Dom
2
Dic
2012

Homilía I Domingo de Adviento

Año litúrgico 2012 - 2013 - (Ciclo C)

A ti, Señor, levanto mi alma. Enséñame tus caminos.

Pautas para la homilía

El evangelio de hoy, nos puede resultar agobiante pues nos sigue hablando de crisis, pero también tremendamente aleccionador y sugerente. Nos sitúa radicalmente ante nuestra responsabilidad personal y social frente a lo que le pasa y pasará al mundo. Ante tal cúmulo de inquietudes, los interrogantes surgen solos: ¿Pero, yo puedo hacer algo? Y más profundamente aún: ¿Tengo yo la responsabilidad ineludible y de la que se me pedirá cuenta, de hacer algo? ¿Soy únicamente juguete de las circunstancias y de las estructuras o he de tomarme en serio como cooperador activo, bien para aumentar el problema o bien para formar parte de la solución?

Este mismo evangelio nos da pistas: frente a la inquietud y al miedo “por lo que se nos viene encima”, no poderos aturdirnos con drogas como la bebida, el vicio o la preocupación por el dinero (como si la única solución fuese la económica). Por el contrario: por ser solidarios con todas las víctimas y con todos los que sufren no resignarnos, sino “alzar la cabeza” ansiando, esperando, trabajando por y atisbando nuestra liberación. Estar despiertos, orantes y activos.

En eso consiste la esperanza teologal, la virtud propia del Adviento, este nuevo tiempo litúrgico que empezamos. La esperanza, que fue definida por el poeta francés Peguy como “la fe más agradable a Dios” porque supone confianza total en Dios y, juntamente y gracias a ello, disponibilidad total para ponerse al servicio de su Reino. En el “Año de la fe” no podemos olvidar que la fe sin esperanza que no lleve a la caridad es una pura ideología alienante, una “fe muerta”.
El modo de vivir esta esperanza nos lo muestra la segunda lectura: seguir “las instrucciones del señor Jesús”, gracias a las cuales “procedemos agradando a Dios”. Para ello, necesitamos que nos “fortalezca internamente” (y, entonces, la oración aparece como imprescindible). Este modo nuevo de vivir en esperanza se concreta y verifica en ese amor mutuo del que el Señor por su Espíritu nos colma y que es testimoniado por hombre y mujeres fieles al Evangelio como el mismo Pablo (“como nosotros os amamos”). ¡Ojalá cada cristiano pudiésemos decir lo mismo!

Para conseguirlo, y porque sabemos que esto no es una vana esperanza, suplicamos con el salmo: “A ti, Señor, levanto mi alma. Enséñame tus caminos. Tus sendas son misericordia y lealtad…”.

En una situación también de crisis profunda, Jeremías (1ª lectura), supo señalar a la Esperanza en persona: a ése Germen, entonces puramente futuro y hoy la espléndida realidad de Cristo Resucitado que nos atrae con nuestro mundo y nuestra historia hacia sí.