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Revista CR: Paciencia. “La paciencia hace perfecta la tarea…” (Sant 1,4)

8 de julio de 2022
Etiquetas: Estudio / Teología
Revista CR: Paciencia. “La paciencia hace perfecta la tarea…” (Sant 1,4)

Para el apóstol Santiago paciencia y perseverancia activa sería lo mismo y la fe perseverante es camino de perfección, es madurar en la fe.

         Para el apóstol Santiago paciencia y perseverancia activa sería lo mismo y la fe perseverante es camino de perfección, es madurar en la fe. Perseverancia y paciencia… ¿Quién está libre de ser testigo, victima, de pasar por diversas pruebas?, son oportunidades y, según el apóstol, “tened por sumo gozo, hermanos míos, el que os halléis en diversas pruebas, sabiendo que la prueba de vuestra fe produce paciencia, y que la paciencia tenga su perfecto resultado, para que seáis perfectos y completos, sin que os falte de nada” (Sant 1, 2-4). Capaces de superar las pruebas sabiamente, que nada tiene que ver con atesorar muchos conocimientos, sino mirar y atender con la luz del Evangelio en el que se alimenta la fe que capacita y dispone para esa perseverancia, paciencia, que hace la tarea más perfecta.

         La paciencia no se tiene, se adquiere interiormente, es una fuerza moral, un poder del alma, una cualidad del ser que no consiste en tener o no tener paciencia sino en ser paciente, en saber esperar. Con la paciencia nada tiene que ver la pasividad o el simple soportar, ni la misma resignación, es más propio de la paciencia la fortaleza, el dominio de los impulsos y de toda intransigencia.

         Paciencia, dominio sobre nuestros intereses, sentimientos, necesidades, emociones. Entre las emociones básicas está la ira con una función de autodefensa, es una respuesta natural que cuando se sale de control, es desproporcionada a la amenaza, provoca grandes problemas, se convierte en destructiva para los demás y para el mismo sujeto. Contra la ira, paciencia, para comprenderla y manejarla con estrategias adecuadas, con formas asertivas… “Es un antiguo dicho el de “cuenta hasta diez”. Éste es un consejo muy sensato… hasta cierto punto. Dicho consejo intenta ganar tiempo entre la provocación y la respuesta. Pero ¿tiempo para qué? El consejo de contar hasta diez da por supuesto que el tiempo por sí mismo disminuye el impulso de devolver el golpe. Hay algo de verdad en eso, pero podemos hacer algo más que contar: el pensamiento “están agrediéndome” puede ser modificado durante este intervalo. Por todos los medios, cuente; cuente no sólo hasta diez, sino hasta veinte inspiraciones. (Mejor aún: consúltelo con la almohada): pero durante ese tiempo, desafíe y descodifique los pensamientos de agresión y de afrenta”. (Martín Seligman)

         “¡Ten paciencia!” Algo así como “¡no desesperes!” y también “¡pon atención!” Ir deprisa impide disfrutar del camino; la prisa desatiende el conocimiento de lo que se persigue. Darse tiempo, es paradójico en los tiempos que vivimos cargados de mensajes, posibilidades, con el peligro de ofuscar, anular, ¡no pienses! ¡consume! Darse tiempo y conocer, tomar conciencia, disfrutar, contemplar, comprende. “La paciencia hace perfecta la tarea…”. La paciencia es maestra para desplegar más armonía en nuestro “estar”, “hacer” y “ser”. Necesitamos de la paciencia para atesorar experiencias que favorecen ser mejores, crecer.

Número 544 (mayo-junio 2022)

         ¿Por qué la paciencia? Ya estaba escrito este artículo cuando, por despiste, las prisas, la falta de atención, la impaciencia, es eliminado e irrecuperable “¡Qué rabia!” ¿Qué hacer? lamentarse y hacer más grande la rabia o, por el contrario, hacer un stop, serenarse: ¡sentimientos y emociones no os apasionéis, no os paséis! Darse tiempo y con la serenidad recuperada volver a elaborar el artículo libre de toda angustia y mal humor. Paciencia, aquí queda asociada con calma, serenidad, darse tiempo…

         Y se alzan las voces diciendo, con razón,” ¡No es para tanto!” Es verdad, en la vida hay situaciones más graves y dolorosas a las que hemos de enfrentarnos, darles una respuesta o, lo que es lo mismo, una solución, teniendo en cuenta muchas variables, entre otras y la más importante, los demás.

         ¿Para qué la paciencia?  En la vida, insistimos, hay situaciones de oscuridad, misterio, falta de control, ausencias, que desquician, entristecen y, lógicamente, influyen en la manera de hacer la vida, entender la vida, ser en la vida… Es de sabios el hecho de saber guardar en el corazón, como hacía María (Lc 2,19), la madre de Jesús, lo que la vida nos depara y dejar madurar allí y a través de él posibilitar que uno mismo madure. Este testimonio de María nos enseña cómo era su relación con Dios, cómo se situó ante lo desconocido y ante una “llamada” realmente extraña y misteriosa que le llevo a preguntar “¿Cómo sucederá eso si no convivo con varón?” (Lc 1,34).

         La presencia de las virtudes teologales en la vida de los seres humanos son manifestación de la presencia de Dios en sus vidas. La fe y la esperanza expresan nuestra paciencia, no sacian nuestra sed de certezas, seguridades, necesidades, sino que más bien nos enseñan a vivir con el misterio, la necesidad, nuestra realidad. Y el amor, lo definió San Pablo: “El amor es paciente…” (1Cor13,4).

         Según Tomás Halík “La fe, la esperanza y el amor son tres aspectos de nuestra paciencia con Dios; son tres formas de asumir la experiencia del ocultamiento de Dios”. Son los momentos de oscuridad que, por desgracia, en la historia de la humanidad son abundantes y tan próximos (guerras, abusos, crisis, depresiones…), los que precisan de la paciencia para permitir que la luz, que es Dios, penetre en esa oscuridad de la vida humana.  

         Son muchos los ejemplos y testimonios que podemos encontrar sobre esta experiencia. Comenzamos por el mismo Hijo de Dios en el huerto de los olivos: “Llegados al lugar llamado Getsemaní, dijo a sus discípulos: -Sentaos aquí mientras yo voy a orar. Tomó con él a Pedro, Santiago y Juan y empezó a sentir tristeza y angustia. Entonces le dijo: -Siento una tristeza mortal; quedaos aquí velando. Se adelantó un poco, se postró en tierra y oraba que, si era posible, se alejara de él aquella hora. Decía: -Abba, Padre, tú lo puedes todo, aparte de mí esta copa. Pero no se haga mi voluntad, sino la tuya…” (Mc 14, 32-36). Apertura, entrega, confianza, la virtud de la espera, necesaria para alcanzar lo que ya no depende de nosotros y que con la ira, la soberbia, la violencia, la furia, etc., pasiones aborrecibles y rabiosas, se llegaría, a lo más, a perderse uno mismo y alejarse de la luz que se necesita.    

         Seguimos encontrando otros testimonios de hombres y mujeres en circunstancias extremas que imploran resistencia, paciencia…

         “Tendido por entero en el camastro, / fijo la mirada en la gris pared. / Afuera, una noche de verano,  / que me ignora, / se va por los campos, cantando. / Silenciosamente mueren las solas del día / sobre la playa eterna. / ¡Duerme un poco! / Fortalece cuerpo y alma, cabeza y mano. / Afuera, arden pueblos, casas, espíritus y corazones. / Hasta que tras la noche escarlata / alboree el nuevo día- / ¡resiste!... Me hundo en cavilaciones, / me hundo en el abismo de las tinieblas. / Tú, noche, colmada de locura y desafueros, / ¡date a conocer! / ¿Por qué y por cuánto tiempo roerás aún nuestra paciencia? / Un silencio largo, profundo: / Luego siento cómo la noche se inclina hacia mí: / “¡Yo no soy sombría, sólo es tenebrosa la culpa!”… 

         Tendido por entero en el camastro, / fijo la mirada en la gris pared. / Afuera una exultante mañana de verano, / que aún no es mía, avanza por los campos. / Hermanos, hasta que tras la larga noche / amanezca nuestro día, / mantengámonos firmes.  (Dietrich Bonhoeffer)

         Y la oscuridad no les lleva a perderse sino, todo lo contrario, consiguen encontrar y encontrarse, ser más ellos mismo… “los que estuvimos en campos de concentración recordamos a los hombres que iban de barracón en barracón consolando a los demás, dándoles el último trozo de pan que les quedaba. Puede que fueran pocos en número, pero ofrecían pruebas suficientes de que al hombre se le puede arrebatar todo salvo una cosa: la última de las libertades humanas –la elección de la actitud personal ante un conjunto de circunstancias- para decidir su propio camino”(Viktor E. Frankl)

         El ser humano es dueño de sus actos, hasta en los momentos más trágicos. Cuando se deja llevar de sus pasiones, sin control, se limita y se pierde. La impaciencia es puramente instintiva y primaria, es oscuridad frente a la paciencia que es luz.

“La paciencia con los demás es amor,

la paciencia con uno mismo es esperanza,

la paciencia con Dios es fe.”

                                                                       (Adel Bestavros)

 

La paciencia con los demás

         No es una cuestión de justicia, no es una obligación, es más bien, un derecho de los demás. Si nuestra relación se basa y parte de un “esperar de los demás” se puede afirmar que “el que espera, desespera”.  En la vida práctica, en la relación con los otros lo importante es no esperar nada de nadie. Hemos de esperar, sí, pero de uno mismo.          Es un derecho de los demás, ser reconocido, escuchado, atendido, tiene su espacio y su tiempo; precisa de su oportunidad, cada cual tiene su ritmo, sus características, sus cualidades, que sólo él es dueño y señor; pretender imponer nuestro tiempo subjetivo a los demás es motivo y razón suficiente para perder la paciencia, dejarse llevar de la cólera, impacientarse. 

          Por otra parte, la paciencia tiene sus límites y hay que reconocer que hay gente que incordia, que saca de quicio… y, leyendo a Schopenhauer nos sorprende con esta reflexión: “Nuestra cólera queda a menudo desarmada cuando nos recuerdan que la persona contra la que se dirige “es desgraciada”. Pero eso puede decirse de todo el mundo y debería disponernos a una paciencia e indulgencia universal.”

         El paciente da tiempo al tiempo y se sitúa en el presente, y la paciencia es el arte de acoger este presente a su ritmo. Como decía el poeta y novelista Rilke: porque nada importante nace que no se tome su tiempo, porque es necesario madurar lentamente, “como el árbol que no apremia su savia, y se yergue confiado en las tormentas de primavera, sin miedo a que detrás pudiera no venir el verano. Pero viene sólo para los pacientes, que están ahí como si tuvieran por delante la eternidad, de tan despreocupadamente tranquilos y abiertos…”

 

La paciencia con uno mismo.

        Los antiguos ya lo decían. Tertuliano (160 d. C.) afirmaba que la paciencia es una cualidad primordial para tener éxito en la vida, nos permite moderar los impulsos primarios y sacrificar los modales intransigentes, en aras de la esperanza y de una constancia amable y fuerte. La paciencia es el valor que nos da la capacidad de sufrir y esperar; es una cualidad que nos hace más excelentes y más capaces de sacar el máximo rendimiento de nuestras facultades físicas, síquicas, sociales y espirituales.

         La paciencia con uno mismo se traduce en perseverancia. El que persevera sabe esperar y permanece fuerte ante la tristeza y la dificultad. A través de la paciencia, cada uno llega a poseer su propia alma.

         Nada te turbe, nada te espante, todo se pasa, Dios no se muda.

         La paciencia todo lo alcanza, quien a Dios tiene, nada le falta:

         Sólo Dios basta. (Santa Teresa de Jesús)

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