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Revista CR: ACOGER. “Quien acoge a uno de esos ‘pequeños’ a mí me acoge… Acoge a quién me envió” (Mc 9,37)

4 de mayo de 2021

Revista CR: ACOGER.  “Quien acoge a uno de esos ‘pequeños’ a mí me acoge… Acoge a quién me envió” (Mc 9,37)

Número 538 de la revista CR, sobre el tema "Acoger"

Nos ha puesto a prueba esta pandemia, lo más inteligente, lo más positivo, será acogerla si queremos encontrar y poner soluciones para superarla. “Sólo se cambia lo que se acepta” frases de C.G.Jung,  

            La pandemia se ha enseñoreado, es una realidad mundial, no hacerle frente, es huir, y no por eso dejará de perseguirnos. Todos somos víctimas, y las soluciones individuales son lo más desacertado. En esta “crisis” o nos hundimos todos o nos salvamos todos. Recurrimos a la misma imagen que el Papa Francisco utilizó en su homilía del 27 de marzo de 2020: “Al igual que a los discípulos del Evangelio (Mc 4, 35-41), nos sorprendió una tormenta inesperada y furiosa. Nos dimos cuenta de que estábamos en la misma barca, todos frágiles y desorientados; pero, al mismo tiempo, importantes y necesarios, todos llamados a remar juntos, todos necesitados de confrontarnos mutuamente. En esta barca, estamos todos. (…) no podemos seguir cada uno por nuestra cuenta, sino sólo juntos.”

            Reconocer nuestra vulnerabilidad, afirmar nuestra solidaridad, son respuestas que nos hacen más humanos; ese reconocimiento y afirmación pueden nacer del amor, el amor gratuito que capacita para acoger, admitir, aceptar, hospedar… que no es tanto atraer hacia sí, poseer, sino más bien dar, servir… Acoger al hermano es decirle, es afirmar: “¡tú eres!”. Reconocer, la grandeza del hermano engrandece.

            El tamaño de nuestro corazón lo hacen los nombres, presencias, que lo ocupan, ese es nuestro tesoro. Así lo expresaba Pedro Casaldáliga: Al final del camino me dirán: / “¿Has vivido? ¿Has amado?”. / Y yo, sin decir nada, / abriré el corazón lleno de nombres. Y este tesoro es nuestra vivacidad, motivación, luz en el camino, la luz que personificamos y nos aportamos los unos a los otros, la luz del amor que nos capacita para hacernos compañía -nadie pasa desapercibido-, que nos apremia para acoger a los más débiles. El tesoro de nuestro corazón, que son los demás, nos lleva a Dios.

            Acoger y vaciarnos de todo aquello que invade y entorpece la mente y el corazón, que nos cercena la capacidad para vivir, vivir con… “El otro (sea extranjero o invitado) representa a Dios. El dicho refleja una vedad profunda: si amamos de manera que nos olvidemos a nosotros mismos, de manera que trascendamos nuestros propios intereses y demandas egoístas, en aquel al que amamos de esta manera, en la persona a quien mostramos amor desinteresado e incondicionalmente, encontramos verdaderamente (aunque, tal vez, anónimamente) aquello (o aquel) que nos trasciende radicalmente: Dios.” (Tomás Halík).

            En este número, observaréis que dedicamos más páginas al tema de la vejez. Han sido muchos los ancianos que nos han dejado y son muchos los que residen fuera del núcleo familias… un recuerdo especial, con devoción y amor los acogemos en nuestro corazón.

Número 538 (marzo-abril 2021)

             Si nos preguntan o nos preguntamos cuáles han sido los momentos mejores, más felices, de nuestra vida, seguramente recordaremos y citaremos aquellos que se vivieron con otros, que se dieron en contextos de participación, de compartir, de celebración, de estar con los demás. Contextos donde se acoge y donde uno se siente acogido.

            El filósofo y sociólogo Frédéric Lenoir ante el interrogante “¿Qué es lo que me hace feliz?” cuenta: “Afirmo que soy feliz cuando me hallo en presencia de los seres que quiero, cuando escucho a Bach o a Mozart, cuando progreso en mi trabajo, acaricio a mi gato al calor de la chimenea encendida, ayudo a alguien a salir de la tristeza o de una desgracia, saboreo un plato de marisco con amigos frente al mar, medito en silencio o hago el amor, me tomo por la mañana  la primera taza de té, observo la mirada de un niño que sonríe o doy un paseo por la montaña o por el bosque… Todas estas experiencia, entre muchas más, me hacen feliz.”   

            Me atrevo a afirmar que la felicidad precisa de los demás: compartir, acoger, abrirse a otros mundos, a otras presencias, que hacen de nuestra vida una realidad más amplia, más profunda, que cambia la propia perspectiva, que plantea otras posibilidades, y se siente y se experimenta como motivación, razón, sentido de nuestra vida.

            Acoger a los demás - “Nadie elegiría vivir sin amigos, aunque tuviese todos los demás bienes” (Aristóteles)-, y valorar y gozar de su singularidad e idiosincrasia que nos aporta sabiduría y alegría de vivir. Para que esto sea una realidad es necesario un “descentramiento”, dejar de ser el centro, “el ombligo del mundo”, así nos capacitamos para acoger y saberse acogido. 

            También es motivo de felicidad la resolución de todo aquello que distorsiona. Vencer los avatares de la vida, que no faltan, y acogerlos para superarlos. Si los escondemos, los negamos, no desaparecen, siempre estarán ahí. Es verdad que cuesta aceptar lo que distorsiona, lo que interrumpe los objetivos, deseos e ilusiones, que nos proponemos, sin embargo, es necesario acogerlos, es la manera de afrontarlos y superarlos.

            Acoger, aceptar, como amar, consiste en decir . Y decir , no es renunciar a la acción, al cambio, a la resolución. Decir no, se hace necesario como consecuencia y coherencia del si dado, se hace en función de un más libre o más nítido. Acoger, que no se haga por debilidad sino como fuerza lúcida y generosa.

             Para ser feliz, como para no serlo, los otros y lo “otro” tienen algo que decir y es opción de cada cuál escuchar o no escuchar, acoger o no acoger; y es cuestión de cada cual el significado que puedan tener para nuestra vida. Acoger a los demás y acogerse… la aceptación de uno mismos capacita para aceptar a los demás. Acogerse para acoger y para saberse acogido. 

            ¿Qué acoger? En coherencia con lo dicho anteriormente, hay cosas, acontecimientos, resultados, que no prevés, no esperas, y se dan… hay que ponerlos en su sitio, hay que afrontarlos. Cuando llegan no llaman a tu puerta, entrar, se presentan, y lo mejor es encontrar, descubrir su significado, su razón de ser y, consecuentemente, cambiar lo que haya que cambiar para que no puedan interrumpir, sin permiso, la ejecución de nuestros proyectos, la realidad de nuestros objetivos, el sentido de nuestras opciones, el caminar coherente y sincero de nuestras acciones y relaciones.

            Acoger, para hacer camino, para definirse, desarrollar y crecer en la vida, para hacer la vida. Acoger, con libertad, abrigada por principios, valores, experiencias, creencias, historia y memoria.          

            Acoger con responsabilidad, que amplía la propia sabiduría. El responsable que acoge los resultados se da la oportunidad de descubrir caminos, otras soluciones, que le enriquecerán. Un error puede ser una oportunidad.

            ¿A quién acogemos? Para empezar, no rechacemos a nadie, pero ¿quiénes son los más urgentes, preferentes, necesitados?

            Hemos tenido la oportunidad, una vez más, a raíz de haber sufrido la borrasca filomena, de comprobar dónde estaban las máquinas para hacer transitable las calles, dónde se ponía el servicio de recogida y limpieza, a quién no le falto ningún servicio, de luz, de agua, etc. Una vez más, las diferencias eran evidente, los poderosos los primeros… ¿Qué y quiénes son lo más urgente?

            Acoger, aprendiendo del Maestro: ¿Dónde ponía sus ojos? ¿Dónde ponía el corazón?... Todo lo que existía era amado por el Hijo de Dios, para Él todo era obra del Padre. El hombre Jesús de Nazaret no ocultó su opción preferencial (no excluyente) por todas aquellas víctimas de la injusticia, la enfermedad, el abandono, la denigración: los “pequeños” que no pueden ser excluidos del amor de Dios. Y poner los ojos y el corazón en los “pequeños” no consiste sólo en declarar y reconocer su dignidad ante Dios, sino también denunciar las causas, solidarizarse a favor de que las condiciones materiales, culturales, políticas, religiosas… cambien en favor de los “pequeños”.

            “Quien acoge a uno de estos niños en atención a mí, a mí me acoge. Quien me acoge a mí, no es a mí a quién acoge, sino al que me envió.” (Mc 9,37)

            Y es que el amor al prójimo resulta, en la práctica, lo mismo que el amor a Dios: “Así cuando diste de comer al hambriento, diste de beber al sediento, acogiste al extranjero, vestiste al desnudo, cuidaste al enfermo o visitaste al encarcelado…, todo eso lo hiciste con Dios. Y cuando te negaste ayudar al hambriento, al sediento, al desnudo, cuando no recibiste al extranjero o cuando ignoraste al enfermo y al prisionero, dejaste de hacérselo a Dios, tanto si fuiste consciente de ello como si no. La identificación de Dios y el prójimo no podía haber sido expresada de un modo más vigoroso y eficaz.” (Albert Nolan)

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