Itinerario y rasgos de su espiritualidad

 Sor Lucía Caram, OP

En las diferentes etapas de su vida se constata un proceso de maduración espiritual, en el que su experiencia de Dios, y su misión en medio del mundo adquiere unos rasgos y un itinerario hacia su identificación plena con Jesucristo muy característicos.

La experiencia fundante que vivió a los seis años fue el punto de partida de un proceso imparable hacia las cumbres de la santidad. Cuando regresaba junto a su hermano Esteban de casa de su hermana Buenaventura que vivía en el otro lado de la Ciudad. “De repente Catalina levantó los ojos y pudo percibir, al otro lado del Valle, por encima de la Iglesia de los Dominicos, la imagen de Jesucristo -que le bendecía-, vestido de pontifical y acompañado por los apóstoles Pedro y Pablo y por San Juan Evangelista.”

No es este el lugar para analizar el hecho y cómo pudo ocurrir. Evidentemente, hoy ni por asomo nos figuraríamos a Jesucristo vestido de pontifical y en medio de gran majestad. Pero hay que decir, en este caso y en los muchos otros que van jalonando su vida, que Dios siempre supo adaptarse a la psicología y mentalidad de la época, haciéndose cercano y entendible para aquellos a los que dignó visitar o revelar extraordinariamente. Si en aquel momento la imagen del Señor era majestuoso y real, lógicamente esa era la forma de visualizarlo en la oración, el pensamiento, los escritos.

Más allá de los hechos externos, que Catalina se negó a relatar a su hermano, que no vio nada, lo cierto es que esta experiencia dejó en su alma y en la totalidad de su vida, la huella profunda del paso de Dios, siendo el comienzo de un camino de continua transformación en el que la atracción irresistible de Jesucristo configuró definitivamente su santificación. Todo había cambiado en su vida[1], y a partir de este momento la pequeña, movida, sin duda por una inexpresable sed de Dios, comenzó a procurar la soledad, con el deseo de imitar a los Padres del desierto a los que conocía por las narraciones e historias que de ellos le había relatado Tomasso Della Fonte, más tarde dominico y primer confesor de nuestra Santa.[2]

Tomó la decisión de hacer vida eremítica, primero ocultándose en los rincones, y después, manifestando su naturaleza dominante, imponiendo a las demás niñas que con ella jugaban determinadas oraciones. Pronto se cansó de este juego ya que su corazón aspiraba a la realidad y a la entrega absoluta,  y no a la ilusión y a la fantasía.

Un día, huyó de su casa queriendo ir al desierto para concretar definitivamente su deseo de soledad. Pero, como es lógico, al llegar la noche, sintió temor al verse sola, pensó en sus padres, en que las puertas de la ciudad estarían cerradas y -nos dicen sus biógrafos- milagrosamente pudo regresar sin que nadie se hubiera percatado del hecho. Estos acontecimientos son reveladores de la misteriosa acción y atracción de la gracia en su vida.

A los 7 años formuló expresamente al Señor su voto de virginidad, prometiendo ante una imagen de la Madona, en la casa de su padre, que no tendría otro esposo que a Jesús, su Hijo. El beato Raimundo nos transcribe la oración que en esta ocasión hizo:

 “¡Oh beatísima y Santísima Virgen!,que fuiste la primera entre todas las mujeres en consagrar con voto perpetuo tu virginidad a Dios, y por esto te concedió ser Madre de su Unigénito Hijo. Pido a tu inefable piedad que, no teniendo en cuenta mis pecados y defectos, te dignes concederme gracia tan grande y me des por Esposo al que deseo con toda mi alma: el sacratísimo Hijo único de Dios, mi Señor Jesucristo”[3]

Estamos en la primera etapa de su vida motivada por un creciente amor a Jesucristo y por una legítima pasión por la salvación de las almas.”[4]

Ahora, todo sería distinto: El altísimo la había cubierto con su sombra y había hablado a su corazón de niña. Su proceso de santificación fue muy de prisa y  estuvo acompañado de no pocas gracias y carismas, a los que supo responder con una exigente vida de oración, recogimiento y mortificación. Pero no le fue fácil. La cándida idea de cortarse el cabello y hacerse pasar por chico para ser admitida en el convento, revela, algo de lo que pasaba ya por su mente infantil con deseos inexplicables de radicalidad. “De pequeña, quería ser fraile dominico, tuvo que conformarse con ser Mantellata”.[5]

Su opción le acarrearía problemas: sus ayunos -comía sólo legumbres-, sus extremadas penitencias y sus largas oraciones, trajeron consigo las reprimendas de su madre. Tuvo que mantener ante ella una entereza y una dulzura, nada fácil de combinar, para ser fiel a sus propósitos.

Entonces, y en Italia, a los doce años, una joven tenía que comenzar a preocuparse por su porvenir. Su madre, que ya había casado a dos hijas, pensaba ya buscar matrimonio para Catalina. Hasta los quince años ella resistió con entereza la presión familiar, y aunque jamás desistió de su compromiso con Jesucristo, sí tuvo una época en la que su fervor decayó.

Por estas fecha, su hermana Buenaventura consiguió que se tiñera el cabello y que realzara su belleza natural con vestidos apropiados para ello y con maquillajes en su rostro. Pero al poco tiempo, en agosto de 1362, su hermana murió de parto, y junto al cadáver de su hermana, Catalina experimenta, lo que ella llamará su conversión, su vuelta a Dios, tomando la determinación de entregarse sin reservas y para siempre a Dios. Tenía quince años.

La lucha familiar se desata en su contra, y la joven decide cortarse el cabello a rape, reafirmando de este modo su opción. Su familia la confinó a las tareas domésticas de la casa, no dejándole tiempo ni respiro. Lejos de turbar su ánimo, ella decide asumir todo como un servicio a Jesucristo y a los apóstoles, y es cuando comienza a forjarse en su interior la vivencia de la celda interior, donde se daba cita con Dios en su corazón. Al no tener un espacio físico para ella, pero persistiendo la atracción hacia la intimidad con Dios, ella descubrió esta misteriosa celda en el fondo de su corazón.

A los 16 años, 1363, vence su natural timidez y habla claramente con su padre. Éste ordena que se la respete y que se deje de tratarla como “la criada” de la casa, actitud que habían tomado para hacerla desistir de su idea de desposarse con el Señor, y que lejos de quitársela, la afianza. Decide hacerse Mantellate[6], -la tercera orden- teniendo que superar diversos obstáculos para ser admitida: Se suceden difamaciones, actitudes escépticas por parte de los frailes y de celos por otras mantellates.

También es el tiempo en el que, entre el dolor y la oración continua, el sufrimiento y su adentramiento en Dios, se va gestando su maternidad espiritual, y comienza a nacer la familia de sus seguidores, hombres y mujeres, seglares y frailes van a consultarla.

A los 20 años se ubican sus desposorios místicos con Jesús, y a partir de entonces, tiene que dejar su vida de retiro y soledad, para darse a una actividad apostólica inaudita: para sus fuerzas, para su condición de mujer y para el momento que atravesaba la sociedad y la Iglesia. Aunque de momento temió que sus actividades menoscabasen su intimidad con Dios, comprendió que  había aprendido a vivir en lo que ella llama la “celda interior del adentramiento en Dios y de su propio conocimiento”[7] Su actividad sería la proyección de su contemplación.

Empieza a darse a los más pobres y abandonados. Enfermos contagiosos y repugnantes que nadie cuida. La intimidad con Jesús la conduce allí donde el rostro de Cristo se muestra con claridad en medio de la miseria y del abandono. Empieza a revelarse como una maestra espiritual de primer orden. Tenía una especial capacidad de leer el interior de las personas e ir a la raíz de los problemas.

La contemplación de Cristo como Verbo Encarnado que derramó su sangre en la cruz para la salvación del mundo, la comprensión espiritual del misterio trinitario de Dios y la conciencia del amor de Dios y del pecado humano que hería ese amor marcarán toda su vida interior. Ella quiere ser como Cristo.

Entre 1370-72, comienza la vida política. Comienza su relación personal y epistolar con grandes personalidades del gobierno y de la Iglesia. Y da los primeros pasos promoviendo la cruzada para recuperar, de manos de los infieles, el Santo Sepulcro.

El 1374, es llamada por el Capítulo General de Florencia para ser examinada, y se le señala como director a Raimundo de Capua, asunto que ella considera una gracia de la Virgen.

En 1376 intercede ante el Papa Gregorio XI para que regrese a Roma. Trabaja incansablemente por la unidad de la Iglesia, que no logra ver, ya que en 1378 tiene lugar el cisma de occidente. Durante este período, su amor a la Iglesia seacrecienta, hasta que  el 29 de abril de 1380 muere en Roma, ofreciendo su vida por esta “Esposa amada”.

La verificación de su espiritualidad, como auténticamente cristiana, cristaliza en el compromiso que genera en ella la vivencia de su fe. Se da en ella el doble movimiento verificador de la vida en Dios: Experiencia de Dios, entrada en la celda interior, y envío a la misión. Que ella, en su doctrina expresará como el itinerario que sigue a la conversión inicial:

Tras el descubrimiento realizado en la propia interioridad la persona se enfrenta ante una encrucijada: La constatación de la propia finitud puede llevar a la persona, o bien a instalarse en ella con resignación o rebeldía; o por el contrario, a abrirse con confianza a Dios que habita en lo profundo del ser. Quien opta por éste último camino acoge el amor creador de Dios y reorienta toda su existencia hasta alcanzar la transformación interior. Este itinerario hacia la vida en Dios, es expresado por Catalina poniendo en boca de Dios las etapas que se suceden en este proceso:

 “La persona viendo, conoce; conociendo ama; y amando gusta de Mí Sumo y eterno Bien; y gustando, sacia y llena su voluntad; es decir, el deseo que tiene de verme y conocerme: Deseando, tiene y teniendo, desea”. [8]

Este proceso explica, que el camino de Catalina que comenzó con una “visión”, acabara en amor consumado y oblativo, por la Iglesia y la humanidad: Por su Esposo Jesucristo y su gloria.

 



[1] Johannes Jörgensen, Santa Catalina de Siena, p.30. Fontis, Buenos Aires.

[2] Es importante notar que Nicoluccia, hermana de Catalina, se había casado con Palmiro Della Fonte. La peste negra, en 1349, dejó huérfano a su hermano menor, Tomasso, que entonces tenía 10 años -7 mayor que Catalina-. Éste fue recogido en casa de Jacobo, influyendo positivamente en Catalina a quien entusiasmaba con lectura de vidas de Santos, muy frecuentes por entonces. Tomasso pasó de ser director a ser dirigido y discípulo fiel de Catalina. Es muy probable que por medio suyo conociera Catalina a Raimundo de Capua.

[3] Cfr.R.Capua I,c.3.

[4] CARAM  María Lucía, Santa Catalina de Siena, el coraje en la Iglesia, Monte Carmelo, Burgos, 2000.

[5] LLAMEDO Juan José O.P., conferencia Catalina de Siena y la Iglesia, Valencia 1999.

[6] Llevan este nombre por el manto negro que llevaban encima del hábito.

[7] Raimundo de Capua o.c,p 27

[8] El Diálogo, edición preparada y comentada por Ángel Morta, BAC, Madrid 1955. Cap.XLV.