Profesor en el Angelicum

  Fray Manuel Ángel Martínez de Juan, OP

            En Salamanca el P. Arintero enseña hasta 1909, fecha en que vuelve de nuevo a salir para impartir su enseñanza en Roma, en el Colegio Angelicum que comenzaba su andadura justamente ese año. Quieren que enseñe Sagrada Escritura, pero Arintero reconoce su incompetencia para ello; dice que él podría enseñar Apologética o Lugares Teológicos y con más dificultad Hermenéutica. Aunque preferiría enseñar teología mística, disciplina que según él mismo dice ya se impartía en algunos seminarios. Pero en Roma acabará enseñando eclesiología.

            En un principio se resistió a ir a Roma reconociendo su torpeza y dificultad para la explicación, debido a la creciente falta de memoria, de talento sintético y su dificultad para expresarse bien en latín. Es cierto que no poseía talento sintético como se puede percibir en sus libros; le faltaban dotes expositivas, en parte por la sordera y en parte también por su dificultad innata para sujetarse a un método.

            En Roma (1909-1910) entabla una importante amistad con el P. Reginaldo Garrigou-Lagrange, a quien logró interesar por la espiritualidad. De hecho Garrigou llegó a ser discípulo del P. Arintero y a su vez un maestro de renombre mundial. A través de él se difundió el pensamiento de Arintero en el mundo francés.

            El P. Garrigaou dice de él: “hablaba defectuosamente y el tratado De Ecclesia lo enseñaba de manera demasiado mística, sin ordenar de modo suficientemente científico las nociones y los principios. Por esto no permaneció en el colegio. El P. General, terminado el tiempo de vacaciones, le dio orden de regresar a su Provincia de España”[1].

            El P. Arintero se encontraba contento en Roma. No sospechaba que le mandarían regresar a España. Fue un golpe muy humillante. La explicación de este hecho está, según algunos, en que era considerado un “profesor peligroso”, tocado de “modernismo”[2].


[1]P. Reginaldo GARRIGOU-LAGRANGE, Sum.Proc. Inf., p.45; tomado de: A. BANDERA: P. Juan G. Arintero. Una vida de santidad, p. 236.

[2] A. HUERGA, “La «evolución»: clave y riesgo de la aventura intelectual arinteriana”, p. 45.