Dom
18
Ago
2013

Homilía XX Domingo del tiempo ordinario

Año litúrgico 2012 - 2013 - (Ciclo C)

He venido a prender fuego en el mundo

Pautas para la homilía

En lo referente al fuego, evidentemente Jesús no es ningún incendiario o uno de esos pirómanos que pululan por los campos en el tiempo estival. El fuego que Jesús ha venido a traer a la tierra es el fuego del conocimiento y del amor del Padre, el fuego de la caridad y del amor de los unos con los otros, el fuego del Espíritu Santo que extienda el conocimiento de su nombre hasta todos los confines de la tierra.

Cuando dice que tiene que recibir un bautismo, por supuesto que no se refiere al bautismo de Juan que había recibido ya al comienzo de su predicación, sino al trance de su muerte. Es un bautismo de sangre, el bautismo de su pasión y muerte, por la que nosotros habíamos de ser regenerados para la vida eterna. Por eso precisamente desea recibirlo.

Y cuando dice que no ha venido a traer la paz, sino la guerra y la desunión en las familias ¿qué quiere decir Jesús? ¿Cómo es posible que Jesús haya podido decir tal cosa, cuando en las últimas horas de su vida, rodeado de sus apóstoles en la última cena, dijo: La paz os dejos mi paz os doy; Padre, que todos sean uno como tú y yo somos uno?

Evidentemente, no viene a traer la paz del rey Sedecías, de la primera lectura, una marioneta en las manos de los poderosos corruptos de su gobierno. Un hombre sin personalidad, sin carácter y sin autoridad que accede cobardemente a entregar a Jeremías para que lo maten diciendo: Ahí lo tenéis en vuestro poder, el rey no puede hacer nada contra vosotros. Y cuando un hombre compasivo, un extranjero, le pide su liberación, la concede a toda prisa porque está lleno de miedo y no sabe qué hacer. Gobernantes así son la ruina de los pueblos.

La paz a la que alude Jesús en el contexto de la última cena es una paz interior, una paz del Espíritu, un gozo del alma. Y es el resultado de la armonía entre Dios y el hombre interior, algo tan hermoso que probablemente será necesario experimentarlo alguna vez para saber lo que es, y para comprender también que es algo que el mundo no puede dar.

Ahora bien, la paz a la que alude Jesús en este texto que estamos comentando no tiene ese sentido. Mejor dicho, tiene un sentido peyorativo. Es una paz externa, la paz de la pereza, del conformismo, de la cobardía. La paz que existe entre las personas que están juntas, pero que no tienen ningún lazo interior para estar unidas. No hay nada fuerte y vigoroso que una a las personas que viven en esa paz. Y en cuanto surge el menor conflicto, eso será la chispa que haga saltar la paz en que viven en mil pedazos para dar paso a la guerra y a la división.

Esto es precisamente lo que ocurre cuando Jesús entra con fuerza en el corazón de una persona. Se adueña de ella y la condiciona de tal manera que esta persona será una persona distinta, se sentirá movida a hacer cosas distintas y a renunciar a cosas que antes hacía con normalidad. Y el impacto puede ser tan fuerte, incluso entre los miembros de una misma familia, que provocará la desunión entre ellos. La historia se ha encargado de acreditar esta realidad con la abundancia de casos que se quiera. Esa es la división que Cristo ha venido a traer. La división de los que no tenían ninguna razón sólida y fuerte para estar unidos. Y la división de los que aceptan y rechazan a Cristo en sus vidas.