Fray Vicente de Couesnongle

LXXXIII Sucesor de Sto. Domingo. Elegido Maestro General en el Capítulo de  Madonna dell'Arco (1974) presidió la Orden hasta 1983. Puso en marcha las cuatro líneas de Evangelización en fronteras o prioridades como características de la Orden. Acerca de una de ellas: "catequesis en un mundo descristianizado" hizo en cierta ocasión esta jugosa reflexión:

Contemplación de la calle. Digo de la calle, no en la calle. No se trata de pasearse distraído en medio de la multitud, sino de tener una mirada atenta sobre todo lo que nos rodea: estas personas, sus rostros, su caminar, la pobreza de sus vestidos o la insolencia de su peinado. La"contemplación de la calle"es saber buscar, adivinar lo que no se ve: fracasos, sufrimientos, aspiraciones. Es descubrir poco a poco lo que todo esto significa en la vida de todos estos hombres, de todas estas mujeres, de estos jóvenes, para sí mismos y a los ojos de Dios. La "contemplación de la calle" - que también puede ser la contemplación de los periódicos, de la radio, de la televisión- sabe hacer siempre actual la mirada a la vez divina y humana de Cristo -el más contemporáneo de todos los hombres-, sobre la muchedumbre, los enfermos, todos los que están poseídos por el mal: el dinero, las injusticias, una sexualidad exacerbada, el poder sin freno, el odio. En esta muchedumbre, ¿Quién es Magdalena, Zaqueo, los publicanos, el sacerdote y el levita que van de Jerusalén a Jericó?; ¿cúales son los que están ávidos de escuchar a Jesús, quizás aún sin tener conciencia de Él?.

Antes de ir a la calle, debemos en la fe, mirar a Cristo, escucharlo, hacer silencio con El. En la calle descubriremos entonces muchas cosas que de otro modo se nos habrían escapado. No hay"contemplación de la calle"si antes no sabemos encerrarnos en nuestra celda, La"contemplación de la calle", la"contemplación de la celda": el apóstol de hoy debe ser capaz de la una y de la otra, y alimentar la una con la otra en un intercambio ininterrumpido.

A imitación de lo que es Cristo mismo en su ser y en su oración, esta contemplación debe ser el punto de unión privilegiado, en nuestra vida, entre la fe y el mundo.