Temas de estudio y reflexión

 

 

 

 

Predicar a los que están de vuelta

5.- Quédate con nosotros… y nosotros contigo

 Al acercarse al pueblo a donde iban, él hizo ademán de seguir adelante. Pero ellos le rogaron insistentemente: «Quédate con nosotros, porque atardece y el día ya ha declinado.» Entró, pues, y se quedó con ellos. Sentado a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo iba dando.  Entonces se les abrieron los ojos y le reconocieron, pero él desapareció de su vista.Se dijeron uno a otro: «¿No estaba ardiendo nuestro corazón dentro de nosotros cuando nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?»


El relato de Emaús nos dice que los discípulos, llegada la noche le pidieron a Jesús que se quedara con ellos. Les ardía el corazón al escuchar sus palabras, y, quizás por eso le pidieron que se quedara con ellos.
Hay un relato estremecedor en la vida de Catalina, en relación con el joven Nicola di Toldo. Todos lo conocéis: Catalina busca la manera de acercarse a este joven a punto de morir decapitado… logra entrar en sus heridas, “le explica las escrituras”… y el joven le pide que se quede con él en el momento de ser ajusticiado. Catalina lo hace. El gesto de quedarse con él, de compartir su sufrimiento hasta el final hace creíble su palabra.
¿Nos atrevemos a “quedarnos” y hacer los procesos con la gente que sufre las rupturas familiares, la complejidad de los problemas de las relaciones personales o de pareja, las consecuencias de la violencia o la injusticia, el dolor o la enfermedad…? ¿O estamos demasiado ocupados, pasamos de largo o la gente no nos encuentra?
Pero hay otra forma de “quedarnos con la gente”, que consiste, precisamente, en dejar que “se queden con nosotros”… para “partir el pan”. Que vengan y vean.
Los ámbitos de pertenencia habituales eran familia (ahora rota), pueblo, ciudad (ahora espacio impersonal), el gremio (frente a las relaciones laborales duras y competitivas)... la Iglesia (la gente no se siente a gusto en ella, no la percibe como su comunidad)…
Es curioso ver cómo en algunas empresas multinacionales hablan ahora de crear “comunidades” entre los empleados. Ciertamente los objetivos son otros (mejorar relaciones laborales, fortalecer sentido de identificación con el grupo y la firma…). Detrás de ello hay un indicador claro de que se ha identificado esta necesidad de arraigo y pertenencia para “funcionar bien”.
Todo ser humano necesita de estos espacios y, hoy por hoy, creo que somos las comunidades de religiosos quienes mejor podemos ofrecerlos dentro de la Iglesia. Nuestras comunidades, como casas de predicación, deberían, creo yo, ofrecer espacio de encuentro, de escucha, de acogida. Si nuestra experiencia de vida comunitaria tiene sentido liberador para nosotros, debería estar mucho más abierta para la gente.
Es interesante ver cómo la gente acude a monasterios y casas de retiro buscando espacio de silencio, de interioridad… Nos están hablando de su propia necesidad de “oasis en medio del desierto” en el que viven. Recientemente he visto cómo un joven adulto ha sido acogido en la comunidad internacional de Bruselas mientras realizaba una investigación histórica en la Universidad. El testimonio de acogida de la comunidad, el trato, la participación en los espacios de oración y encuentro de la comunidad han sido para él una palabra predicada, clara y elocuente. Sería interesante saber también cuáles fueron los efectos de esta visita para la comunidad.
En mi experiencia de seis años en una comunidad dominicana internacional en Irlanda he visto cómo era precisamente la acogida incondicional la palabra más fuerte que hemos pronunciado para muchos jóvenes, especialmente para los jóvenes adultos que “venían de vuelta”. Esa acogida ha posibilitado en muchos casos encuentro de fe con Jesús, experiencia de liberación. No ofrecimos nunca una comunidad perfecta, pero sí una de puertas abiertas. Y eso tuvo su efecto. Jóvenes que estaban al margen de la sociedad (pienso en ex-reclusos, drogadictos en proceso de rehabilitación, chavales que no encajaban en el sistema escolar) encontraron un lugar donde nadie les juzgaba. Jóvenes alejados de la Iglesia encontraron un espacio dentro de ella donde sentirse parte de. Pero no sólo los jóvenes, también los adultos buscaban ese espacio. Muchas veces la “predicación” se daba en la cocina, alrededor de una taza de té. Ciertamente la gente llegaba a preguntarse por qué vivíamos así.
En los años en que acompañé los primeros pasos del Movimiento Juvenil Dominicano Internacional pude constatar que los grupos más fuertes, los que perduraron más y se sentían más orgullosos de su identidad dominicana tenían detrás la experiencia de alguna comunidad dominicana, en muchos casos de hermanas, que les acogían incondicionalmente como comunidad, les escuchaban sin prisas, se interesaban por sus cosas. No siempre era el testimonio del fraile o hermana que acompañaba más directamente el grupo el más fuerte. En muchos casos les he oído contar a los jóvenes de otros grupos o países cómo hermanas bien mayores les acogían y hacían sentir en su casa cuando tocaban las puertas de la comunidad. Y lo contaban con enorme orgullo. Por el contrario aquellos grupos que eran “dirigidos” por personas individuales, se desvanecieron más fácilmente.
Hace algunos años tuve ocasión de visitar la comunidad de Froimond, cerca de Bruselas. Tras la celebración de la eucaristía dominical, a la que, por cierto, participaban muchos jóvenes adultos, la comunidad abría sus puertas para compartir la cena una vez en semana. Estas “jornadas de puertas abiertas”, según contaban, tenían un efecto de convocatoria, encuentro,… la gente estaba familiarizada con la casa, y allí acudían en busca de respuestas, silencio, o se sentían fácilmente convocados para una sesión de debate teológico.