Temas de estudio y reflexión

 

 

 

 

Predicar a los que están de vuelta

4.- Les ardía el corazón… por una música sonora

Pero la cosa no acaba ahí. Aunque saquemos la teología de las aulas. El relato de Emaús nos muestra algo interesante: Jesús les explica las Escrituras, pero todavía están ciegos. Jesús se queda con ellos y es al partir el pan cuando se les abren los ojos. Entonces caen en la cuenta… ¿No estaba ardiendo nuestro corazón mientras nos explicaba las escrituras?
Les ardía el corazón…Cuando se les abren los ojos lo que les confirma es que “estaba ardiendo su corazón”. Quizás podrían haber dicho “ahora me encajan todas las razones…”. Pero no, lo que dicen es que lo que han oído y visto les ha afectado al corazón.
Lo sabemos, es así para todos los seres humanos: es lo que nos llega al corazón lo que más nos importa. ¡Hasta para recordar un número de teléfono nos es más fácil hacerlo si hay un contenido afectivo ligado a ese número!
Nuestra predicación, creo, no debe estar dirigida sólo ni principalmente a la cabeza, sino al corazón, al menos también al corazón. A las heridas que lleva la gente en él: “la del amor, la de la muerte, la de la vida…”
Hay un interesante diálogo en la película Copying Beethoven. El músico trata de explicar a su copista, Ana, qué es la música. Ella es capaz de comprender y transcribir cada nota, cada partitura, incluso es capaz de reproducirla, pero no llega a comprender el secreto de la música, ni es capaz de crearla. El diálogo va así:


Diálogo tomado de la película Copying Beethoven
- Música, música… las vibraciones en el aire son el aliento divino hablando con alma de hombre.
- La música es el lenguaje de Dios.
- Los músicos estamos tan cerca de Dios como es capaz de estarlo un hombre. Oímos su voz, leemos sus labios, damos a luz a los hijos de Dios para su alabanza. Eso es lo que somos los músicos, Ana… y si no somos eso, no somos nada.
- Abrir la música a lo feo, a lo visceral. Sólo se llega a lo divino desde las tripas del hombre. Aquí, aquí es donde vive Dios. No en la cabeza, ni siquiera en el alma. En las tripas porque es aquí donde la gente le siente.
-¿Está diciendo que debo encontrar el silencio en mi interior para poder oír la música?
- La clave es el silencio. El silencio entre las notas. Cuando el silencio la envuelva podrá cantar su alma.

Algo parecido podríamos decir de los predicadores y la predicación:
Predicar desde el silencio. La gente no podrá entender nuestra “música”, la de la experiencia del amor de Dios, si no nace del silencio e invita y acompaña para adentrarse en el silencio. Entonces ERES música, la música que tocas. Entonces ERES palabra, la Palabra que predicas.
Todo lo que no haya pasado por “nuestras tripas” no llega a la gente. No llega el discurso, llega la experiencia de los testigos.  Testigos implicados, aquellos que han dado pruebas de “aguantar el tirón”, de compartir el dolor, las búsquedas, la oscuridad, el dolor... Sólo llega la palabra de quien ha sido “afectado por  LA PALABRA
Ojala nuestra música sea, a demás, polifónica. En un mundo que despierta tras el largo sueño de una cultura patriarcal, la Iglesia sigue entonando con demasiada frecuencia una música a una sola voz: la masculina. No sólo la música, la imagen que proyecta es “demasiado masculina”. Sin embargo nuestra tradición dominicana ha sido en sus orígenes polifónica, aún cuando históricamente se haya desvirtuado esa polifonía, convirtiendo las voces de algunas de nuestras ramas en simple “apoyo a la voz de los tenores”.
Figuras como las de Rosa de Lima o Catalina de Siena son algo más, mucho más, que anécdotas en la familia de los predicadores. Son una maravilla: mujeres predicadoras en tiempos en que la mujer no tenía voz.
Monasterios fundados desde sus orígenes como “Casas de Predicación”, en torno a los cuales se agrupaban laicos, monjas, frailes… son una llamada a recuperar de nuestros orígenes un tono mucho más polifónico para nuestra predicación. Depende de todos y todas nosotras. Pero si nos atrevemos a predicar juntos, estaremos haciendo un favor a la Iglesia, creando espacios donde la voz de la mujer, de los laicos, su experiencia de fe y seguimiento se pueda oír. (Conste que no siempre los problemas para que esto sea así vienen del lado de los frailes).
Con Damian Byrne, en su carta sobre la Familia Dominicana, estoy convencida de que nuestra predicación se vería fortalecida por esta colaboración de todas las ramas. Equipos de predicación, comunidades en las que se vive en estrecha colaboración entre frailes hermanas y laicos, proyectos pastorales comunes… Todo lo que nuestra creatividad pueda imaginar para que poner a funcionar talentos diversos y complementarios, visiones de la realidad desde diversos ángulos y estados de vida… todo ello aportará realismo y encarnación a nuestra palabra vivida y predicada.
El Encuentro de las Comisiones internacionales de la Orden, celebrado en Fanjeaux, en mayo de 2006, declaraba algunos compromisos en este sentido:

  1. Nos comprometemos a encontrar espacios de predicación conjunta como miembros de la familia de Domingo.
  2. Nos comprometemos a alcanzar modos nuevos e innovadores de predicación que hablen especialmente a los pobres, a los jóvenes y ancianos.

Es tarea de todos nosotros seguir creando esos espacios comunes de  predicación donde se pueda dar una predicación con las voces de todos nosotros.