Aquel mismo día iban dos de ellos a un pueblo llamado Emaús, que dista sesenta estadios de Jerusalén, y conversaban entre sí sobre todo lo que había pasado.
El relato de Emaús nos muestra a dos jóvenes, desencantados, que, sin embargo “conversan entre ellos” sobre lo que había sucedido en Jerusalén.
Lo que había sucedido en Jerusalén parecía ser el punto final de una historia, el final de aquello en lo que habían puesto sus esperanzas. …. Su imagen de salvación, su dios… la victoria que esperaban… aquello en lo que habían puesto su esperanza, había terminado. Aquel en quien creían, había muerto.
¿Qué dios es el que se le ha muerto hoy a mucha gente? Para mucha gente, más de la que pensamos, hay cosas en las que habían puesto su confianza que ya no les valen (pareja, dinero, sexo, poder,…, nuestra institución, nuestro prestigio social…, nuestra “perfección”). Van descubriendo la fragilidad de estos “dioses” que nos les dan verdadera felicidad. También a ellos se les ha muerto el “dios que imaginaban que les salvaría...”
Ahí están las soledades, suicidios, aislamientos “virtuales”, ruido permanente…. Consultas de los psicólogos llenas… crispación en la vida personal, privada, pública… Nos duelen las relaciones, no sabemos muy bien qué hacer con ellas, cómo manejar el conflicto, la diferencia, la debilidad propia y ajena. Preferimos relaciones “a distancia”, que no nos duelen, ni nos enfrentan con nuestra verdad. A veces son incluso nuestros propios hermanos y hermanas quienes se repliegan a la comunicación vía chat, virtual….
Y, porque van cayendo los dioses y diosecillos, al mundo le falta esperanza, la esperanza fundamental en que otra vida para mí es posible, en que otro mundo es posible.
Los jóvenes del relato evangélico no se quedaron en Jerusalén, junto a los apóstoles, para ver si había explicación posible a los acontecimientos… Marcharon, dejaron la comunidad de los creyentes, ¿quizás porque éstos estaban también demasiado perplejos y desencantados?
También la gente de nuestro tiempo que dejó, o nunca entró en la comunidad de los creyentes, camina de vuelta en muchos casos, muchas veces sin rumbo, decepcionados por la fragilidad de sus propios dioses.
Nuestros jóvenes también han abandonado la Iglesia, el núcleo de los creyentes, Jerusalén… Las estadísticas son claras, su desafección frente a la Iglesia es evidente. Así nos lo muestran algunos datos de la Encuesta Jóvenes españoles de 2005, de Javier Elzo:

Y sin embargo “por el camino siguen hablando entre ellos de lo que ha pasado con Jesús”, nos dice el relato de Emaús. También nuestros jóvenes por el camino siguen conversando entre ellos: la pregunta religiosa sigue estando presente en su conversación. Los jóvenes hablan con sus amigos de la cuestión religiosa, según los datos de Elzo, aunque no lo hagan, ciertamente, con sus propios profesores, religiosos o sacerdotes más cercanos.

Quizás, a diferencia de los adultos, que han privatizado y hasta convertido en tabú la pregunta religiosa, ellos siguen haciéndose preguntas fundamentales. Las preguntas siguen estando ahí. Son, las mismas de siempre, sobre el sentido de la vida, la felicidad, la libertad, la muerte, el mal, lo trascendente….
Si antes la gente venía a la Iglesia en busca de guía y respuesta de sentido para su vida, hoy tendremos nosotros que salir al encuentro de la vida y las situaciones críticas de la gente cuando y donde estas se producen, para poder participar de su conversación y, por tanto, escuchar sus preguntas. El documento de los Obispos de Quebec del año 2000 sobre la Pastoral Juvenil, nos invita a ponernos en camino y salir al encuentro de los jóvenes cuando la vida, con sus momentos críticos, les lleva a hacerse las preguntas fundamentales.
Hay caminos de la vida especialmente privilegiados para plantear preguntas:
- El camino de la vida dulce y amarga.
El propio documento de Quebec señala certeramente:
”Los jóvenes no escapan de esta experiencia de la vida bajo su doble aspecto, dulce y amargo. Experiencias de la alegría de vivir, de crecer, de jugar, de descubrir, de servir, de triunfar. Experiencias igualmente de penas, de trabajo, de soledad, de violencia, de fracaso, de familias rotas, de sufrimientos, de duelos, de pobreza, del futuro incierto. A través de las alegrías y de las desgracias, los jóvenes tienen la necesidad de experimentar y de arraigar en ellos el gusto por vivir. Tienen que descubrir que, incluso si la vida puede ser dura, permanece a pesar de todo y que, verdaderamente tiene mejor sabor que la muerte.
El “drama espiritual” del que se habla con respecto a los jóvenes tiene su origen en esta “crisis de creer” que desborda ampliamente el ámbito religioso. Demasiados jóvenes llegan mal o no llegan a creer en la vida, a creer en el amor, a creer en ciertos adultos, a creer en el futuro. ¿Cómo podrían llegar a creer en Dios?”
“Es importante, pues, acompañarles en el camino de sus vidas, para aumentar el campo de sus aspiraciones, para ayudarles a acoger a la vez la dureza y la belleza de la existencia. En un tiempo donde demasiados jóvenes sufren el mal de vivir e incluso sienten el hastío de vivir, la fe en el Dios de la vida es inseparable de la fe en la vida.”
Creo que estas afirmaciones son aplicables también a los adultos, de los que en realidad los jóvenes son un reflejo.
- El camino del encuentro con la pobreza
La valoración de la acción social de la Iglesia, curiosamente se mantiene intacta, según las encuestas. La gente no acepta el discurso habitual, pero sí valora nuestra presencia en medio de los pobres. La presencia al lado de los desheredados de la tierra, de quienes sufren, hace creíble nuestra palabra y abre la posibilidad a la Palabra. No sólo estamos nosotros ahí, estamos con los más débiles junto con otras gentes, que en ese ámbito se hacen preguntas fundamentales sobre muchas cosas: el dolor, la injusticia, dónde está Dios … Salir al encuentro de los pobres es salir al encuentro de las preguntas que mucha gente se hace. Elaborar las respuestas en ese contexto es bastante diferente a elaborarlas desde una biblioteca. Estarán mucho más encarnadas. Como dijo Timothy Radcliffe en alguna ocasión, “No se ve el mundo de la misma manera desde un 600 que desde un Mercedes”. Sobre este punto nuestros documentos son claros.
- El camino de la cultura
Nuestra presencia en los ámbitos de la cultura naciente, las Universidades, ya no como enseñantes, sino como acompañantes de la búsqueda de la verdad, sigue siendo una llamada clara y fuerte para la Orden. Ahí la gente se hace sus preguntas y las respuestas con frecuencia están demasiado hechas. Son interesantes en este sentido los datos de los estudiantes de la Universidad de Deusto, reflejados en el cuadro anterior: la encuesta parece indicar que los estudiantes de esta universidad católica se hacen más preguntas trascendentes que aquellos de la universidad española en general. En más de una ocasión he escuchado a estudiantes de universidades católicas, algunas de ellas dominicanas, expresar una cierta extrañeza ante lo que para ellos es una falta de presencia explícita de la orientación católica del conocimiento. Habría que cuestionarse si nos estará faltando claridad a la hora de afrontar el diálogo fe y cultura. La pregunta queda ahí planteada…
