30/06/2009
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I. Contemplamos la Palabra
Primera lectura: Génesis 19,15-29
“En aquellos días, los ángeles urgieron a Lot: "Anda, toma a tu mujer y a esas dos hijas tuyas, para que no perezcan por culpa de Sodoma." Y, como no se decidía, los agarraron de la mano, a él, a su mujer y a las dos hijas, a quienes el Señor perdonaba; los sacaron y los guiaron fuera de la ciudad. Una vez fuera, le dijeron: "Ponte a salvo; no mires atrás. No te detengas en la vega; ponte a salvo en los montes, para no perecer." Lot les respondió: "No. Vuestro siervo goza de vuestro favor, pues me habéis salvado la vida, tratándome con gran misericordia; yo no puedo ponerme a salvo en los montes, el desastre me alcanzará y moriré. Mira, ahí cerca hay una ciudad pequeña donde puedo refugiarme y escapar del peligro. Como la ciudad es pequeña, salvaré allí la vida." Le contestó: "Accedo a lo que pides: no arrasaré esa ciudad que dices. Aprisa, ponte a salvo allí, pues no puedo hacer nada hasta que llegues." Por eso la ciudad se llama La Pequeña. Cuando Lot llegó a La Pequeña, salía el sol. El Señor, desde el cielo, hizo llover azufre y fuego sobre Sodoma y Gomorra. Arrasó aquellas ciudades y toda la vega con los habitantes de las ciudades y la hierba del campo. La mujer de Lot miró atrás y se convirtió en estatua de sal.”
Evangelio: Mateo 8,23-27
“En aquel tiempo, subió Jesús a la barca, y sus discípulos lo siguieron. De pronto, se levantó un temporal tan fuerte que la barca desaparecía entre las olas; él dormía. Se acercaron los discípulos y lo despertaron, gritándole: "¡Señor, sálvanos, que nos hundimos!" Él les dijo: "¡Cobardes! ¡Qué poca fe!" Se puso en pie, increpó a los vientos y al lago, y vino una gran calma. Ellos se preguntaban admirados: "¿Quién es éste? ¡Hasta el viento y el agua le obedecen!"
II. Compartimos la Palabra
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“Ponte a salvo: no mires atrás.”
Ayer hemos leído el “regateo” de Abrahán con Yahveh, intentando salvar a las ciudades en atención a los justos que pudieran vivir en ella. Llegó hasta diez, pero ni siquiera este reducido número se encontró. Era general la apostasía y rebeldía de aquellos pueblos.
Cuando se cumplió el tiempo, Dios envió a su Hijo nacido de mujer, y entonces por aquel único Justo, fuimos todos salvados de la perdición eterna.
La salvación es siempre obra de Dios. Cierto que a nosotros nos corresponde el salir del peligro, el huir de las ocasiones, el no pactar con el mal. Y eso con urgencia, sin volver la mirada hacia atrás, porque ya estamos advertidos: “Nadie que ponga su mano en el arado y mire atrás, es apto para el Reino de Dios” (Lc. 9,62)
Lot y su familia se resistían a dejarlo todo, por eso los ángeles les cogen de la mano, y los guían fuera de la ciudad. Era urgente, pues Dios quería salvarlos, eran justos.
También para nosotros puede ser urgente y decisivo el aceptar la gracia de la conversión. El poder del mal ha sido vencido por Jesucristo. Hemos recibido un bautismo de Espíritu Santo y fuego, el mal ha sido borrado de nuestro corazón. Mantengámonos en el camino recto, y en la asamblea bendigamos al Señor. Aprendamos de San Pablo: “…Olvido lo que dejo atrás, y me lanzo a lo que está por delante, corro hacia el premio a que Dios me llama…”
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“¡Señor, sálvanos que nos hundimos!”
Qué majestad, qué gloria y poderío el de Jesús: duerme tranquilo, y calla mientras la barca es azotada por la tempestad. Los discípulos que le han seguido, se asustan ante el peligro de hundirse, se le acercan y a gritos le despiertan: “¡Señor, sálvanos, que nos hundimos!”.
El seguir a Jesús no significa verse libre de contratiempos y dificultades, siempre se corre un riesgo. Jesucristo está en nuestro corazón, en nuestra vida, nos lo prometió, y cada día lo hace realidad. Pero en ocasiones calla, parece dormir. Es entonces cuando tenemos que avivar la fe, que significa fiarnos de Él, que sabemos que nos ama y de todo puede sacar un bien: para nosotros y para la Iglesia, que en definitiva es la barca que Él dirige con su Espíritu Santo y en la que todos caminamos al encuentro del Padre. Cuando arrecian las tempestades y todas las fuerzas del mal parecen dispuestas a hundirla, clamemos en nombre de todos: ¡Sálvanos! Y Él, que es dueño de todas las situaciones, increpará a los “vientos”, y se hará una gran calma. Y nosotros, que sabemos quién es Jesús, entonaremos un canto de alabanza y bendición adorando admirados su grandeza y poder.
MM. Dominicas Monasterio Ntra. Sra. de la Piedad
Palencia
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