Dom
24
Abr
2022

Homilía II Domingo de Pascua

Año litúrgico 2021 - 2022 - (Ciclo C)

Paz a vosotros

Pautas para la homilía de hoy


Evangelio de hoy en audio

Reflexión del Evangelio de hoy

Tiempos de incertidumbre

Aunque hoy celebramos un acontecimiento de esperanza y alegría que renueva e impulsa la vida, no podemos cerrar nuestros ojos al paisaje en el que se desarrolla la pascua. Si nos ponemos en lugar de los primeros discípulos, el panorama no podía ser más oscuro: su mesías, su señor, el que les había llenado de esperanza y mostrado a Dios «abba» lleno de misericordia y compasión con sus hijos, había sido crucificado, había muerto, había desaparecido… ¿Desesperanza? ¿Incertidumbre? ¿Miedo? ¿Rabia?

Miremos a nuestro alrededor, miremos a nuestro mundo… Tal vez en nosotros estén las mismas emociones y sentimientos. O tal vez tengamos la misma tentación que aquellos discípulos: cerrar puertas y ventanas para protegernos, dejar fuera aquello que nos asusta, o no entendemos, o no compartimos…

«Paz a vosotros»

«Paz a vosotros» (Jn 20,19.21.26) es siempre el saludo de Jesús resucitado. No parece ser solo un saludo o un buen deseo para sus vidas, más bien se constituye en el núcleo de la experiencia pascual. Una experiencia de encuentro con Jesús vivo, que libera del desencanto y el temor, que llena de alegría y, sobre todo, que impulsa a vivir.

Esta es la primera consecuencia del encuentro con el resucitado, la transformación personal, no en otra persona, sino en la misma, pero con un impulso nuevo, el del Espíritu que nos saca de nuestro pequeño mundo y nos envía a los demás, a un mundo que necesita oír y vivir «paz a vosotros».

Enviados con la fuerza del Espíritu Santo

Dice el texto del evangelio que «sopló sobre ellos» (Jn 20,22) para transmitirles el Espíritu Santo. El verbo «sopló» es el mismo que se utiliza en el Génesis (2,7) para el aliento de vida que Dios insufla al hombre. Con aquel aliento el hombre se convirtió en un ser viviente y con este nuevo soplo de Jesús el hombre es re-creado, re-animado para realizar su fe y su vida.

Tras la resurrección de Jesús, la nueva vida del discípulo tiene una misión específica: «como el Padre me ha enviado, así también os envío yo» (Jn 20,21). La misma misión que realizó Jesús en su vida es la que encomienda a los primeros discípulos: sanar, perdonar, anunciar el triunfo de la vida, llevar paz… Hoy nosotros somos enviados para realizar nuestra fe y nuestra vida en esta misma misión.

Enviados como comunidad

¿Cómo voy yo a realizar la misma misión de Jesús? Escuchamos en el libro de los Hechos de los Apóstoles cómo era la vida y misión de las primeras comunidades, animadas por el Espíritu Santo. La vida transformada de cada uno de los discípulos se muestra plenamente en la vida compartida, en la fe vivida, en la misión realizada en comunidad. «Hacían muchos signos y prodigios en medio del pueblo» (Hch 5,12).

Hoy como comunidad de creyentes, aunque nos encantaría hacer prodigios, nuestra tarea es ser signo de la presencia de Jesús vivo y resucitado en nuestro mundo. «¡Hemos visto al Señor!» (Jn 20,25) y por eso somos una comunidad abierta a quienes buscan, acogedora con quienes dudan, tierna con quienes lloran, sanadora con quienes sufren heridas, paciente con los temerosos, generosa con los que buscan la paz. Tal vez esto sea un sueño, pero «¡hemos visto al Señor

Creyentes ¿sin haber visto?

Pero ¿qué pasa si yo no puedo decir que «he visto al Señor»? Ninguno de nosotros conoció directamente al Señor. Otros nos hablaron, nos contaron su experiencia de encuentro, nos dijeron que Jesús estaba vivo y presente, que le vieron y tocaron, que compartió la mesa… No es suficiente que nos lo cuenten, también nosotros, como Tomás, necesitamos vivir esa experiencia: hemos de palpar sus heridas y sentirlas como las nuestras, es preciso que me siente a la mesa con Él, que escuche su Palabra, que sienta su presencia, que llene mi vida con su fuerza.

Cada domingo, cada eucaristía… es el día primero de la semana. Es el momento privilegiado para que cada uno de nosotros, y toda la comunidad, se encuentre con Jesús Resucitado. Él nos regala su paz, pone sobre la mesa su cuerpo vivo, nos llena de su Espíritu y no nos envía a su misión.

Felices los que sin ver hemos creído. Pero más felices aun, los que creyendo transparentan en su vida a Jesús Resucitado.