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Traslado de los restos de las hermanas del Corpus Christi de Valladolid

26 de abril de 2024

Crónica de Fr. Carmelo Preciado OP

  Amaneció un día hermoso, el 19 de abril, después de los días revueltos de esta Pascua de 2024. Era la fecha señalada para realizar en Caleruega, el enterramiento de los restos de las hermanas del Monasterio del Corpus Christi de Valladolid.

  Nos reunimos en una Eucaristía muy fraterna, en el Coro de las hermanas: monjas de Caleruega con las venidas de Zamora. Compartían la celebración los frailes que estaban en Caleruega y otros llegados de San Pablo de Valladolid, que atendieron hasta el final a las hermanas del Corpus.

  Ante la mesa del altar estaban las urnas con los restos de las hermanas que habían sido trasladados… Ellas ya habían ofrecido sus vidas al Señor. haciendo realidad las palabras de Santa Catalina de Siena:·”¡Oh Dios eterno! recibe el sacrificio de mi vida por este cuerpo místico de la Iglesia. No tengo nada más que dar que lo que me has dado, por eso toma mi corazón… Padre eterno, fuego, llama de amor…”.

  Comenzamos con un breve recuerdo de la historia del Monasterio, porque como dice un historiador: “Pocos conventos vallisoletanos ofrecen un historial más azaroso, tanto por lo que hace a su establecimiento en los edificios desde su fundación, por Doña Ana Boninseni en 1545, hasta el edificio que ocuparon en la Acera de Recoletos, así como por su instalación al que, al final, ha ocupado (a partir de 1889) en el Prado de la Magdalena…” Y en el que han vivido hasta el 13 de noviembre de 2020, en que fue clausurado, dando gloria y alabanza al Señor generación tras generación.

traslado hermanas valladolid

  Se recordó su despedida, en Valladolid, con la eucaristía presidida por el Sr. cardenal y residente de la Conferencia Episcopal, don Ricardo Blázquez, los frailes de San Pablo, monjas y religiosas, laicos de la Familia Dominicana, además del Vicario de la Vida Consagrada, el Párroco, y muchos fieles que llenaron la Iglesia conventual. Fue familiar y fraterna, aunque embargados por la pena, pero con esperanza en un resurgir del corazón para vivir la vocación dominicana allá donde se encontraren.

  Ni las cenizas de las hermanas difuntas, ni las presencias o ausencias de las hermanas vivas, tienen la última palabra, solo Dios con su Espíritu que anima, como Buen Pastor y que es quien sembró y espera recoger el fruto de nuestras vidas allá donde estemos en el momento oportuno.

  La homilía glosó el Libro de la Sabiduría: “las almas de los justos están en manos de Dios…” y estas hermanas nuestras, seguro que “ya han sido probadas como oro en el crisol… y las ha aceptado Dios”… después de su muerte hace ya varios años… El Señor es nuestro buen Pastor que cuida de nosotros… Pero el insiste en “prepararnos sitio… y nos muestra el camino, la verdad y la vida para llegar… al cielo nuevo y la tierra nueva prometida”.

  Mientras… como dicen esos conocidos versos:

-Nunca visites panteones, / ni llenes tumbas de flores.
Llena de amor los corazones, / en vida, hermano, en vida...

  Procesionalmente nos trasladamos al cementerio donde, con nuestro canto y nuestra oración, depositamos las urnas que despedimos con la Salve y el O spem miram.

Fr. Carmelo Preciado OP