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El Beato Bartolomé Longo "Apóstol del Rosario"

Manuel Ángel Martínez, O.P.

            Bartolomé Longo nació el 11 de febrero de 1841, en Latiano, pueblo de la provincia de Lecce, cerca de la ciudad de Brindis (Italia), situado en una llanura y rodeado por todas partes de viñas y jardines; en su época contaba con unos siete mil habitantes. Era hijo de Bartolomé y Antonia Luparelli. Su padre se esmeró mucho en su primera educación; a los seis años lo envió al floreciente colegio que los PP. Escolapios tenían en la cercana ciudad de Francavilla Fontana. Después de los estudios secundarios se inclinó por el derecho, licenciándose en la universidad de Nápoles en 1864. De 1865 a 1866 su fe recibió una fuerte sacudida al dejarse influenciar por sectas espiritistas.

            Gracias a la influencia de su amigo Vicente Pepe y del dominico P. Alberto Radente[1] volvió de nuevo a la fe, aunque su lucha interior durará todavía unos años. Más tarde podrá escribir haciendo alusión a la propia experiencia diciendo que «no puede haber ningún pecador tan perdido, ni alma esclavizada por el despiadado enemigo del hombre, Satanás, que no pueda salvarse por la virtud y eficacia admirable del santísimo Rosario de María, agarrándose de esa cadena misteriosa que nos tiende desde el cielo la Reina misericordiosísima de las místicas rosas para salvar a los tristes náufragos de este borrascosísimo mar del mundo»[2].

A comienzos del mes de octubre de 1872 visitó por primera vez el valle de Pompeya. Iba como administrador de la condesa de Fusco con el fin de renovar el arrendamiento del gran cortijo de la Taberna del Valle. Quedó impresionado por la miseria, tanto material como espiritual, de las gentes del valle. Allí sucedió algo decisivo para su vida, llegando a descubrir la misión que la Providencia divina le tenía reservada. Él mismo nos lo cuenta abriendo los secretos de su corazón, pero antes nos advierte que para comprenderle bien hay que haber pasado por una experiencia semejante a la suya: «Amigo lector: ¿te has encontrado alguna vez con la mente agobiada por los pensamientos más tristes y desconsoladores, con la imaginación hondamente turbada por los más oscuros y aterradores fantasmas que impresionan profundamente, que abaten el espíritu y lo llenan de desolación, de oscuridad, de melancolía, de tristeza y de un pesar indefinible que le atormentan cruelmente? Pues bien, solamente tú puedes comprenderme»[3].

En este momento hacía poco tiempo que había salido de la oscura y «tenebrosa selva de errores» en la que se «había perdido miserablemente como secuaz» de las «impías y funestas teorías del magnetismo y espiritismo», y su corazón latía agitadísimo hasta el punto de no encontrar la paz deseada.

«A los treinta y tres años de mi vida -sigue diciendo en su relato-, como otro Saulo en el camino de Damasco, me vi postrado en tierra y como constreñido por una lucha incesante, tenaz, despiadada con Satanás, que furioso contra mí, excitaba grandes tempestades a morder aquel mismo lodo, en el cual, zambulléndome a guisa de inmundos seres, levantaba, ¡temerario! mi orgullosa cerviz desafiando al Omnipotente.

Y cuando yo, en un acceso de frenesí me rebelaba más airado contra él, entonces él, siempre misericordioso y benigno, haciendo gala de sus inagotables bondades, me esperaba misericordioso para hacer triunfar en mí su soberana clemencia, para que ésta, venciendo mi loco orgullo, allí donde abundó la iniquidad, sobreabundase la misericordia. Abyssus abissum invocat: un abismo invoca a otro abismo»[4].

Bartolomé Longo experimentó su conversión como un verdadero don de la paciencia y de la benignidad de Dios. Así lo expresó conmovido al recordarlo más tarde:

«¿Y quién, ¡oh Dios mío!, quien sino tu propia e inefable bondad pudo moverte a esperarme con tanta longanimidad cuando yo vivía tan alejado de ti? Tan sólo tu esencial e infinita bondad podía sufrirme por tanto tiempo: tu incomprensible bondad, Soberano Señor, te ha inclinado a usar conmigo tanta misericordia; sí, pues -como cantó el coronado Profeta- “todos los caminos del Señor son misericordia y bondad” (Sal 25, 10).

Tu infinita paciencia ha triunfado de mi loca rebeldía; tu dulcísima benignidad de mi alejamiento de la casa paterna; y los tiernos latidos de vuestro Corazón amoroso, paterno, generoso, de las continuas ofensas que con mis locos desvaríos ocasionaba a tu soberana Majestad.

Tú ¡oh Padre de las misericordias! Cuando yo, ¡hay infeliz de mí!, yacía en el insondable abismo de mis culpas, me tendiste piadoso tu poderosa diestra, y me levantaste de aquella y horrorosa sima. Miraste compasivo la humillación, las penas y el lastimoso estado de mi pobre alma, y tu gran misericordia, con uno de esos rasgos incomprensibles a nuestro limitadísimo entendimiento, triunfó gloriosamente de mi sombría ingratitud; pues en las humillaciones levantas más altas las montañas de tu gracia»[5].

El primer fruto de esta gracia fue inspirarle el deseo ardiente, ilimitado e insaciable de Dios; de tal modo que sólo Dios podía alumbrar las densas tinieblas en que se encontraba envuelta su mente; «sólo él podía sacarla de la oscura selva de errores en que andaba perdida, y del piélago profundo de incertidumbres en que fluctuaba; sólo Dios podía satisfacer plena y cumplidamente las ansias ardorosas de un corazón desgarrado por la violencia de tantas y tan feroces pasiones»[6].

Pero el centro de la narración de su conversión se encuentra en las páginas siguientes que no podemos menos de transcribir:

«Era por el mes de octubre de 1872 cuando, de un modo extraordinario, se levantó furiosa la tempestad en el agitado mar de mi corazón. Su peligroso oleaje dio contra mí con tal ímpetu y fuerza, que me hizo zozobrar. Las henchidas olas de profunda tristeza, que vinieron a caer sobre mi atribulado corazón, estuvieron a punto de sumergirme en el infierno de la desesperación. Con el corazón así acongojado, con la imaginación turbada, con la mente agitada de los más tristes pensamientos, y tan aflictivas ideas que me parecían rayanas en la desesperación, salí de la casa de Fusco, y sin rumbo cierto me eché a correr a la aventura, y llegué hasta el punto más retirado y salvaje de estos campos, que los aldeanos le apellidan Arpaja, como lugar más propicio para morada de harpías. Reinaba un silencio profundo: dirigí mi vista por todo mi alrededor, y no veía alma viva por todo aquel paraje.

Entonces me detuve de repente: y era tan vehemente, tan agitada la palpitación de mi angustiado corazón, que me parecía quería salirse de los estrechos límites de mi pecho. En medio de tan indecible aflicción de mi espíritu creí escuchar aquellas consoladoras palabras que yo mismo había leído más de una vez, y que no cesaba de recordarme mi querido y santo amigo, que ya goza de Dios: Si quieres salvarte, propaga la devoción del santo Rosario: es promesa de María.

¡No puede perecer el que propaga una devoción que es tan grata a todo el cielo! Estas palabras vertieron sobre mi atribulado corazón el más dulce bálsamo de consuelo, que mitigó todos sus padecimientos, convirtió todas sus amarguras en la más suave alegría, endulzó todas sus tristezas; fueron, en fin, como un plácido viento suave que, calmando las hinchadas olas del revuelto mar de mi interior, restituyeron a mi azorado corazón la serenidad, la paz y la tranquilidad. ¡Qué mutación tan maravillosa se verificó en mí al eco suavísimo de tan consoladoras palabras!»[7]

Sin perder la emoción ni la viveza del relato continua diciendo:

«¡No puede perecer el que propaga la predilecta devoción de la bendita Madre de Dios! Este celestial pensamiento fue como un vivísimo rayo de luz que ahuyentó y disipó las densas tinieblas de aquella tenebrosa noche en que vivía, o más bien estaba sepultada mi pobre alma. El homicida del género humano, que me tenía esclavizado bajo su tiránico poder, previó sin duda su derrota, si yo secundaba fervoroso y con verdadero celo la divina idea: y temeroso de soltar la presa, me estrechaba más y más, y como haciendo sus últimos esfuerzos, entre los pavorosos anillos y espantosas espiras de sus infernales cadenas. Era la última lucha, lucha terrible, decisiva.

A punto de perecer en aquella tremenda y decisiva lucha, vencido por el enemigo, levanté mis ojos llorosos y mis manos suplicantes al cielo, y dirigiéndome hacia la soberana y piadosísima Consoladora de los afligidos, le dije con la energía y el ardor que inspiran el peligro y la desesperación:

Si es verdad que habéis prometido a vuestro gran siervo santo Domingo que se salvará el que propague el santo Rosario, yo me salvaré ciertamente, porque no abandonaré este lugar sin haber propagado antes esta saludabilísima devoción.

Nadie respondió a mis acentos de desesperación; un silencio sepulcral me rodeaba por todas partes; pero por la apacible calma que sucedió al singular combate que el enemigo trabara conmigo haciendo entonces sus últimos esfuerzos para asegurarse la victoria, entendí que aquel grito de indefinible angustia había subido hasta el excelso trono de María. Oí en esto resonar pausadamente en lontananza el eco de una campana; tocaban a las Avemarías, a las doce del mediodía. Me postré y uní mi plegaria a las que en aquella hora dirigía a María la multitud de fieles de diversas lenguas y diferentes países.

Cuando me levanté, pude observar que se había asomado furtivamente una lágrima al borde de mis ojos. La respuesta del cielo no se hizo esperar»[8].

A partir de este momento Bartolomé tomó la determinación irrevocable de promover con todo el ardor de su corazón y con todas las fuerzas de su alma la devoción del rosario por todo el valle de Pompeya a donde le había conducido la Providencia divina. Al principio pensó realizar este compromiso yendo de casa en casa distribuyendo medallas, estampas y rosarios, pero pronto cayó en la cuenta de que eran contadas, en esta región, las personas que sabían rezar el Avemaría. Entonces se le ocurrió otra idea. Como agudo observador, se dio cuenta de que los habitantes del valle sentían un profundo respeto por los difuntos y de que se quejaban amargamente de que en los entierros no había nadie que acompañara al cadáver rezando alguna oración, y que ni siquiera se dedicaba a sus difuntos, en el aniversario de su muerte, un recuerdo que perpetuase en los nietos la memoria de sus antepasados; entonces pensó en fundar la Cofradía del Rosario con el fin de que los miembros de esta hermandad acompañaran y dieran sepultura cristiana a los difuntos, pero también para que se asistieran mutuamente, se ayudaran en las enfermedades y demás necesidades corporales, facilitaran el casamiento de las jóvenes pobres y fomentara la devoción del rosario. Bartolomé estaba convencido de la gran eficacia de esta oración para reformar las costumbres y mantener el espíritu cristiano, escapando de la tibieza y alcanzando el verdadero fervor. Llega a decir de esta oración que es el himno que más ensalza a la Virgen María, la plegaria que más le agrada, la música que más dulcemente resuena en sus oídos, el imán que atrae abundantes bendiciones del cielo, «basta decir que ha bajado del cielo para salvar al mundo»[9]. El rosario es definido también como medicina para nuestras llagas[10].

Mientras andaba dándole vueltas a este proyecto, un día de la segunda mitad del mismo mes de octubre salió de caza y se encontró providencialmente, en el lugar más inesperado, con un sacerdote natural del valle llamado Jenaro Federico, quien se convirtió en el más constante amigo y fiel compañero en la ejecución del proyecto que Dios le había encomendado realizar. Bartolomé comenta este encuentro aludiendo a una de sus convicciones más profundas: cuando el ser humano no busca otra cosa que la gloria de Dios en todo lo que hace, entonces es asistido por su especial y amorosa providencia, revistiéndole de un poder sobrehumano. Por otra parte, piensa que la casualidad o el azar no existe; todo tiene un sentido, aunque a veces resulte difícil de descubrir.

En torno a la fundación de la Cofradía del Rosario, Bartolomé concibe el proyecto de construir un altar dedicado a la Virgen del Rosario en la ruinosa iglesia parroquial del valle. Siguiendo el consejo de su amigo y confesor, el P. Radente, adquiere el cuadro de la Virgen que se convertirá en la imagen milagrosa que presidirá la Cofradía. La pintura no tenía ningún valor artístico; los personajes representados no tenían belleza ni elegancia. Más tarde la pintura fue retocada varias veces. Para colmo, por las prisas y por un cierto descuido, el cuadro llegó de Nápoles al valle de Pompeya en un carro cargado de estiércol. Poco a poco fue surgiendo la idea de construir una iglesia más grande, que finalmente se convirtió en un santuario grandioso. Bartolomé Longo tomó este proyecto con un empeño tenaz. Y a pesar de las muchas dificultades con las que se encontró jamás se echó atrás. Antes de comenzar la obra ya había sido advertido por el obispo de la diócesis de Nola de que tendría que estar dispuesto a sufrir muchas contrariedades. Con la experiencia llegó al convencimiento de que espinas y rosas es el principio y la máxima que dirige constantemente las obras de Dios, el que les da su carácter peculiar y su distintivo. No le faltaron ocasiones de comprobar que no hay victoria sin lucha.

Bartolomé entendió la construcción de este templo como un misterio de amor, de misericordia y de paz. Descubrió que Dios realiza sus obras de forma imprevisible: «Sus misericordias llueven sobre el ser humano cuando éste menos lo piensa. Cada uno de nosotros, si discurre sobre ello y examina su memoria y su conciencia, puede ser testigo abonado de lo que decimos. Vino Dios al mundo desconocido y sin ruido. Nadie podía imaginar que en una pobre familia que había venido de Nazaret para inscribirse en el registro romano, se hallaba oculto el Redentor del mundo, que en aquella misma noche debía manifestarse»[11]. Dios obra igualmente en silencio: «Fue en silencio en el que se efectuó la generación eterna del Verbo. En medio del silencio bajó Dios al seno de una de sus criaturas, y se hizo hombre; en el silencio obra el mayor milagro de la gracia en el ser humano, cuando cambia su corazón malvado en un corazón santo. En el silencio obró Jesús su mayor prodigio, testimonio de su divinidad, es decir, su resurrección. Y así las mayores obras que emprende Dios se fraguan en el silencio. El ruido es propio del hombre, que busca ayuda en el rumor, en la voz, en las gestiones, en sus esfuerzos, señales inequívocas de su impotencia. De aquí se sigue que cuanto más ruegue el hombre en el silencio, tanto más se llega a Dios y le halla»[12].

Gracias a las curaciones que la Virgen realizó incluso antes de construir el santuario, mucha gente se animó a apoyar económicamente el proyecto. Años antes de concluir la obra, el santuario fue conocido internacionalmente y los donativos comenzaron a llegar de todas partes. La construcción duró prácticamente 15 años (1876-1891). Este santuario se convirtió pronto, según decía Bartolomé Longo, en un «centro de suspiros, de plegarias, de fervorosas preces, de ardientes súplicas, y de los más entusiastas votos de millares y millares de católicos que por mar y por tierra, y en todos los puntos del globo, llenos de confianza se dirigen a ella, entonando a todas horas y en todas las lenguas: Spes nostra, salve»[13].

A la sombra del santuario fue naciendo, al mismo tiempo, la nueva Pompeya mariana, con toda la infraestructura propia de una ciudad de la época. Bartolomé Longo se ocupó enseguida de promover toda una serie de obras asistenciales. En 1877 publica su libro Los quince Sábados del Santo Rosario; cuando escribe la Historia del santuario de Pompeya ya habla de quince ediciones de la obra anterior y de la distribución de doscientos cuarenta mil ejemplares. Con el dinero recaudado de la venta de este libro socorrió a las niñas huérfanas reunidas en torno al santuario. En 1884 se funda una Escuela tipográfica editora con un periódico propio: El Rosario de la nueva Pompeya. En 1885 se abren las salas de Artes y Oficios para los niños y niñas de Pompeya. En ese mismo año Bartolomé Longo contrajo matrimonio con la condesa Mariana Farnararo, viuda de Fusco, quien colaborará con él en todas las obras de caridad. En 1886 se fundan los Asilos infantiles Bartolo Longo para los niños y niñas pompeyanos. En 1887 se celebra la apertura del Hospicio de las niñas huérfanas abandonadas, que se irá ampliando en los años sucesivos. En 1891 su periódico comienza a abogar por la causa de los niños de los encarcelados, con un artículo que encendió la caridad del mundo en favor de estos niños. Ese mismo año sale a la luz el nuevo periódico Valle de Pompeya, órgano de la nueva institución humanitaria para la educación moral y cívica de los niños de los encarcelados. Con la pluma y los hechos preconizó los más sanos principios de la reforma penitenciaria[14].

En 1894 el papa León XIII aceptó poner el santuario bajo su inmediata jurisdicción y confió a Bartolomé Longo y a su esposa su administración.

En 1897, después de varias gestiones fallidas para traer a Pompeya una congregación de religiosas que se encargara de la administración de las obras de beneficencia fundadas por él, decidió fundar una nueva congregación: las hermanas dominicas Hijas del S. Rosario de Pompeya. A ellas les encomienda varias tareas: 1) El cuidado, educación e instrucción de las niñas huérfanas; 2) el cuidado y mantención del santuario; 3) la asistencia e instrucción religiosa y civil de los niños del pueblo pompeyano, tanto con la escuela gratuita como con el catecismo en los días festivos; 4) la asistencia y nutrición de los niños del Asilo infantil; 5) la atención a los sacerdotes que atienden el santuario y a los vienen a visitarlo; 6) la asistencia espiritual y material de las niñas que están en el Hospicio y se preparan para recibir la primera comunión en el santuario. En alguna ocasión Bartolomé Longo aludió también a la asistencia de las niñas huérfanas de todo el mundo, visión profética que fundamentó el echo de que la congregación se haya extendido ya por varios continentes.

En 1906, después de un doloroso pleito suscitado por algunas personas malintencionadas, Bartolomé Longo renunció en favor de la Santa Sede a todas las obras de beneficencia fundadas por él. Desde ese momento se convierte en un modesto y eficaz colaborador del primer delegado pontificio que tomó en sus manos la administración de todas estas obras. A partir de entonces se centró principalmente en el periódico El Rosario de la nueva Pompeya.

El 5 de octubre de 1926, a la edad de 85 años murió en Pompeya. En su testamento había dejado escrito lo siguiente: «Deseo morir como terciario dominico[15]… entre los brazos de la Virgen del Rosario, con la asistencia de mi padre santo Domingo y de mi madre santa Catalina de Sena».

Este «futuro santo en pantalones», como le denominaba el papa Benedicto XV, fue beatificado el domingo 26 de octubre de 1980 por el papa Juan Pablo II, juntamente con Juan Luis Orione y María Ana Sala. En la homilía de la beatificación el papa, entre otras cosas, dijo de él lo siguiente: «…puede ser definido verdaderamente como “el hombre de la Virgen”; por amor a María se hizo escritor, apóstol del evangelio, pregonador del rosario, fundador del célebre santuario en medio de enormes dificultades y adversidades; por amor a María creó instituciones de caridad, se hizo mendicante para los hijos de los pobres, transformó Pompeya en una ciudad viviente de bondad humana y cristiana; por amor a María soportó en silencio tribulaciones y calumnias, sufriendo un largo Getsemaní, siempre confiado en la Providencia, siempre obediente al Papa y a la Iglesia. Él, con la mano en las cuentas del rosario, nos dice también a nosotros, cristianos de finales del siglo XX: “Despierta tu confianza en la Santísima Virgen del Rosario… ¡Debes tener la fe de Job!… ¡Santa Madre adorada, yo deposito en ti toda mi aflicción, toda esperanza, toda confianza!” (marzo 1905)»[16]. Su fiesta se celebra el día 5 de octubre.

Bartolomé Longo es un modelo acabado de cómo un único objetivo -en su caso la difusión del rosario- basta para llenar de sentido toda una vida, haciéndola extremadamente fecunda en beneficio de los más desheredados de este mundo. 



[1] De éste último dirá en su obra Historia del Santuario de Pompeya: «Cuando yo, en medio de los azares de mi borrascosa vida me veía tan desencaminado y perdido, me envió el cielo a este buen religioso para que fuese mi padre, mi maestro y mi guía” (p. 118). Al no poder acceder directamente al texto original utilizaremos la segunda edición de la traducción publicada en español, en Valladolid, en 1900, pero tomándonos la libertad de retocar algunas de sus expresiones con el fin de que su lectura sea más fácil e intentando guardar la fidelidad al sentido del texto.

[2] ID., pp. 13-14.

[3] ID., p. 75.

[4] ID., p. 76.

[5] ID., pp. 77-78.

[6] ID., pp. 78-79.

[7] ID., pp. 79-80.

[8] ID., pp. 80-82.

[9] ID., p. 162.

[10] ID., p. 267.

[11] ID., pp. 244-245.

[12] ID., p. 245.

[13] ID., p. 170.

[14] Cf. N. FERRANTE, art. «Longo, Bartolo», Dizionario degli Instituti di perfezione, Rama 1978, t. 5, c. 724.

[15] Perteneció a la Tercera Orden de Santo Domingo desde los treinta años.

[16] Ecclesia 2004 (1980) 10.



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