Daba cabida a todos los hombres en su abismo de caridad
Testigos de canonización

Fray Bartolomé de las Casas

Composición ambiental.

Escribimos sobre el siervo de Dios Fray Bartolomé de las Casas. Su imagen está tratada con admiración,  pero queriendo ser en todo momento objetivos. .Nace aquella de su nítida figura evangélica, de su  compromiso humano con los más desfavorecidos, de la actividad humana y apostólica, que revelan la autenticidad del “vocacionado a lo divino” Su misión o destino fue “llenar de gritos y gemidos” este planeta en demanda de justicia a favor de los débiles y desposeídos del mundo.

Fr. Bartolomé de las Casas O.P.Hemos extraído la imagen literaria, lo más cercana y fiel que ha sido posible, dada la brevedad de este espacio, de las múltiples circunstancias y empeños de su vida y, también, de los rasgos encontrados en el estudio y lectura de muchos pasajes de sus obras y algunas líneas de lo mucho que otros han escrito de él.

FRAY BARTOLOMÉ DE LAS CASAS es uno de los hijos históricos más ilustres de Sevilla. A ella estuvo ligado por el nacimiento, crianza y posteriores relaciones familiares y dominicanas, especialmente con el convento de San Pablo. Sevilla, la capital-“plataforma”, que unió  dos Continentes y sirvió al infatigable clérigo y religioso dominico de escala para sus viajes en una y otra dirección, fraguándose aquí, al menos en caracteres de imprenta, los importantísimos “Tratados” de su papel de mediador entre la Metrópoli y el Nuevo Mundo, en búsqueda inagotable e incansable de medios eficaces que ayudaran a resolver los tremendos problemas que surgieron inmediatamente después  del “descubrimiento” y su tarea de lograr una legislación que salvaguardara los derechos  de los Indios. Aquí, en Sevilla, vieron la luz los ocho importantísimos “Tratados”, que publicó el P. Las Casas en 1552, los cuales ocupan uno de los voluminosos tomos de la reciente  edición crítica.

Su ciudad natal se convirtió para Fray Bartolomé de las Casas en "puerto y puerta" siempre abiertos al Nuevo Mundo. Sevilla, la capital fluvial y marítima del mundo en el siglos XVI y XVII, pudo registrar la presencia de Las Casas en repetidas ocasiones, así como sus fugaces y prolon­gadas ausencias. Estas estaban motivadas por sus desplaza­mientos a Aranda, Plasencia,  La Rioja, Cataluña, Valladolid, Valencia, etc., donde quiera se encontrara la Corte o el Presidente y Consejo de Indias..."El Novus Orbis" estaba al otro lado del Atlántico al que, después de realizadas sus gestiones, volvía como en peregrinación afectiva y devocional.

A Las Casas se le asocia con justicia el papel de Padre, Protector y Defensor de los Indios. A él se debe, en gran medida, como tendremos ocasión de ver, la paternidad de las  Leyes Nuevas y del “Derecho de gentes” antes que a nadie, así como las declaraciones de la Iglesia en favor de la igualdad y dignidad de los indígenas americanos, y de sus derechos a la libertad y a sus bienes, siendo promotor virtual de los derechos de los pueblos a su independencia y a labrar su propio porvenir en libertad, al mismo tiempo que mentor lejano y cercano de los derechos fundamentales del hombre, aceptados teóricamente por la Sociedad de Naciones, si bien, todavía lejos de su práctica universal.

A todos estos argumentos, justificativos del espacio que se le dedica en este libro, ha de añadirse la reciente instrucción de la Causa de Canonización, largamente esperada por muchos,  razón por la cual, a partir de ahora, se  deberá acompañar o anteponer a su  nombre y al prefijo “Fray” el de “siervo de Dios”. Unido a ello, y como forma de justificar la elección,­ destacamos de inmediato  el hecho de su ciudadanía y de las muchas veces que hizo escala en su Ciudad natal, con sus idas y venidas a las tierras del Nuevo Mundo, su ordenación episcopal en la iglesia conventual de San Pablo el 30 de marzo de 1544,  así como los desplazamientos que desde ella efectuó al interior de la geografía nacional, como queda dicho,  en busca de remedio para los males de Indias.

 

El escenario de su infancia y primera juventud.

Lo normal es que comencemos por adelantar, aunque sea de una manera muy breve, los datos referenciales a su familia y al lugar o escenario donde nace  y crece al calor de la misma. ¿Qué puede decirse sobre sus padres, hermanos, y ambiente en el se desenvuelve su infancia y juventud hasta que se va por primera vez a las Indias?

La fuente de primera mano la ofrece el mismo­­­ Fray Bartolomé de Las Casas en su Historia de Indias, que comprende  tres gruesos volúmenes, 3, 4 y 5, de la edición crítica.

El padre de Fray Bartolomé se llamaba, conforme a su propio testimo­nio, Pedro: "Y, aunque de aquí resulte algún favor mío, pero la gloria sea toda para Dios, pues es suya toda, este Francisco de Peñalosa era tío mío, her­mano de mi padre, que se llamó Pedro de las Casas, que vino con el Almi­rante y con el hermano a esta isla Española [...] Se sabe que su padre nació en Tarifa hacia 1464 y que se casó en Sevilla, con Isabel de Sosa, hacia el 148­3/4, año este último del nacimien­to de Bartolomé.

El matri­monio parece que se estable­ció en el barrio de El Salvador, esquina de las calles Rivero, en aquel entonces llamada de La Fruta, y Cuna, conocida por Carpintería.  Aquí poseía una panadería, heredada de la familia de la madre. Se cree que el matri­mo­nio tenía otras casas ubicadas en el barrio de San Vicente y San Pablo, siendo  alguna de ellas ocupa­das más tarde por su hermana, llamada también Isabel y por las dos hermanas  menores, respectivamente. De las dos calles que tiene dedicadas en Sevilla, la ubicada en Triana con el nombre de “PROCURADOR”, fue aprobada por el Cabildo Municipal el 8 de julio de 1859, evocando la memoria de quien fue “Procurador de las Indias, Obispo de Chiapa e Hijo de Triana”.

Se sabe de cuatro hijos y todos los tuvieron antes de que Pedro emprendiera su primer viaje a las Indias. Se llamaban: Bartolomé, el mayor, seguido de Isabel, Catalina y Marina. Las diferen­cias de edad entre ellos ronda­ban los dos años.

En el primer viaje de Pedro, en mayo de 1493, Bartolo­mé tenía 9 años, seguido de Isabel con 7, Catalina con 5 y Marina con 3. Esto nos lleva a fijar la fecha de nacimiento de Bartolomé en 1484.

Así como siempre ha existido la certeza en señalar a Sevilla como la patria del P. las Casas, porque él mismo lo repitió por activa y por pasiva, no podría decirse  lo  mismo respecto a la fecha de su naci­miento. La equivocación la originó Fray Antonio de Remesal al afirmar que Fray Bartolomé, que murió el 18 de julio de 1566, tenía 92 años. Al restarse esta cifra, se daba como fecha equivocada de su nacimiento el 1474. Un documento inédito, fechado el 12 de setiembre de 1516, hallado recientemente, se comprueba por testimonio del  propio P. Las Casas "que es treynta e un años de edad” y, confron­tando este dato con diversas referencias a su edad consignadas en otros de sus escritos, ha podido llegarse a la certeza de que nació en 1484, diez años después de lo  que hasta hace un poco más de un cuarto siglo se creía.

Según esto, habrá que acoplar otra serie de datos que debieron tener una espacial significación en su vida y obra

Por de pronto, tenemos que decir que, habiendo nacido en 1484, al ir al Nuevo Mundo en 1502, tenía el Padre Las Casas dieciocho años; al ordenarse de sacerdote en 1507 tenía veinti­trés años; en 1516 tenía treinta y uno; al tomar el hábito dominicano en 1522 tenía treinta y ocho; cuando fue consagrado obispo en 1544 tenía sesenta; y, al morir, en 1566, tenía ochenta y dos. Edades estas ­ normales; y la diferen­cia respecto a la fecha de nacimiento, tradicional­mente aceptada, sería retrasada en diez años".

 

Sevillano de pura cepa.

El propio Las Casas  manifestó en repetidas ocasiones su sevillanía.  Recordemos un par de ellas. La primera la sella en la isla de Cuba. Veámoslo:­ [...] Así que sabida por don Diego Velázquez la venida del tesorero Cristó­bal de Cuéllar y su hija, que traía para dársela por mujer, despa­chose de allí para ir a celebrar sus bodas, y dejó allí con cincuenta hombres a Juan de Grijalva por Capitán,  mancebo sin barbas, aunque mancebo de bien [...]

Dejó allí con él  a un clérigo llamado el licenciado Bartolomé de las Casas, natural de Sevilla, de los antiguos desta isla Española, predica­dor, a quien Diego Velázquez amaba y hacía muchas cosas buenas por su parecer, mayor­mente por sus sermones, cuando predicaba; dejólo como por padre y quien aconsejase a Juan de Grijalva, el cual siempre  obedeció y hizo lo que le aconse­ja­ba [...].

La otra cita se registra en Santo Domingo y resulta más conocida por su referencia a la primera Misa de un neosacerdote en el Nuevo Mundo. Lo refiere así:"En este mismo año [1510] y en estos mismos días que el padre fray Pedro de Córdoba fue a la Vega, había cantado misa nueva un clérigo llamado Barto­lomé de las Casas, natural de Sevilla, de los antiguos de esta isla, la cual fue la primera que se cantó nueva en todas estas Indias; y, por ser la primera, fue muy celebra­da y festejada del Almirante y de todos  los que se hallaron en la ciudad de la Vega, que fueron gran parte de los vecinos desta isla, porque fue tiempo de fundición" [...].

 

Una infancia poblada de luz y colores exóticos.

No resulta fácil todavía hoy día imaginarse al P. Las Casas sin su cabeza llena  de episodios y recuerdos de las Indias, no solo los que captó y vivió allí, sino de los que pudo almacenar desde su infancia. En el libro “Fray Bartolomé de las Casas y su vinculación a Sevilla” se recogen detalles de gran colorido y encanto, que no pueden  pasarse por alto.

Ciertamente que los recuerdos de esta época confiados a su pluma cautivan aún hoy día, porque en cierto modo tienen la fuerza de un reportaje de la época que, haciéndose eco del acontecer de la ciudad que se abre a nuevos e insospe­chados hori­zontes, nos acerca al mismo tiempo la imagen de un niño de nueve años que curiosea y transita las calles de Sevilla sin miedo a per­derse o que le atropelle un coche. Después de muchos años, satu­rados sus ojos de páginas duras y violentas, le debía servir de contrapeso evocar aquellas visio­nes infantiles, que captaban la imagen de un super­hom­bre, Cristóbal Colón, que había descubierto al otro lado de la tierra otros mun­dos insos­pecha­dos, habi­tados por personas y poblados de mu­chas especies de plantas y animales desconocidos. El  portento de hom­bre se encon­tra­ba de vuelta en Sevilla y ofrecía las muestras feha­cientes y contun­den­tes de aquel singu­lar Nuevo Orbe, las mismas que iba a mostrar a los Reyes Fernan­do e Isabel que, por aquellos días, estaban con la corte en Barcelona: [...] "se partió de Sevilla, llevan­do consi­go los indios, que fueron siete los que le habían quedado de los traba­jos pasa­dos, porque los demás se le habían muerto; los cuales yo vide entonces en Sevilla, y posaban junto al arco que se dice de las imáge­nes, a San Nicolás. Llevó papagayos verdes, muy hermo­sos y colorados, y guaizas, que eran unas carátulas hechas de pedrería de husos de pescado, a manera puesto de aljófar y oro, y unos cintos de lo mismo, fabricado con artificio admirable, con mucha cantidad y muestras de oro finísimo y otras ­muchas cosas, nunca otras antes vistas en España ni oídas".

 

Ilusionada mirada infantil

. Bartolomé contempló todo esto con una insaciable curiosidad de niño. Indias y Sevilla se unían, no por tierra, sino por mar, y por lo que podía escuchar a distancias poco menos que insalvables. Pero también escuchaba que Sevilla era como el centro de la tierra. Por eso lo que pasaba más allá de los mares y lo que ocurría dentro de las fronteras de la península ibérica se vivían con una fuerza inimaginable. En su Historia anota un episodio, que posiblemente no sea conocido por muchos, pero que le debió impresionar muy festivamente, ya olvidada la tragedia.

Es, en efecto, otro de los recuerdos infantiles que estampa en las páginas de su Historia como un feliz desen­lace de lo que pudo ser un magnicidio y que culminó con grandes fiestas en todo el reino, al que se sumaba Sevilla, con el motivo añadido del Descubrimiento y que reproducía literalmente así: "acrecen­tó sin compara­ción esta inmensa y nueva alegría ordenar nuestro Señor que viniese en tal coyuntura y sazón, que el Católico Rey D. Hernando estaba ya del todo sano de una cruel cuchillada que un loco malaventu­rado le había dado en el pescuezo, que  si no tuviera un collar de oro de los que entonces se usaban, le cortara toda la garganta, por imagina­ción que el demonio le puso que, si lo mataba, había él de ser rey; de la cual herida Su Alteza llegó a punto de muerte y como está recién sano, hacién­dose por todo el reino inestimables alegrías y regocijos.

"Yo vide en Sevilla hacer una fiesta como la que se hace el día de Cor­pus Christi, y que fue señalada, que en muchos tiempos pasados cosas tan nuevas i diversas, festivas y de tanta solemni­dad nunca fueron imagi­nadas".

 

La emoción de los encuentros.

Se ha dicho  que Bartolomé tenía 9 años cuando su padre emprendió su primer viaje a Indias, el segundo de Cristóbal Colón, al que acompañaba aquel. Se sabe, tal como lo refiere el padre Las Casas, además de saberlo por otras fuentes, que embarcaron en la bahía de Cádiz el 25 de septiembre de 1493. Por el mismo Las Casas conocemos salió de la isla Española en su primer viaje de regreso a Sevilla el 18 de octubre de 1499. No dudamos que tuvo que ser muy emocionante  el encuentro con su esposa e hijos después de cinco años de ausencia...Pero, ¿qué  pudo llamar más la atención al niño Bartolomé y los habitantes de Sevilla en el encuentro con aquellos hombres que debían verles un poco como aventureros y un mucho como héroes, o, para servirnos de una imagen moderna, como cosmonautas?

El P. Las Casas ofrece en su Historia de Indias pintorescos cuadros de la llegada de estos hombres, que en aquellos primeros viajes debían  mirarlos como nosotros veíamos a los astronautas de los primeros viajes a la luna y, posteriormente, interplanetarios.

La novedad que llamó más la atención de aquellos sevillanos fue que cada uno de los expedicionarios­ de las Indias volvían­ exhibiendo indebidamente como trofeos a indios esclavos cuyo número podía ascen­der a unos trescientos, superando el número total de pasajeros la cifra de los seiscientos.

Este hecho le impactó de tal forma  que no lo olvidó nunca y lo refleja muchos años más tarde en su Historia de Indias de una manera muy viva e incluso pormenorizada. ­“Fueron -escribe él- como es dicho, cargados de indios hechos esclavos, y serían por todos seis­cien­tos; y por los fletes de los demás, dio a los maestres do[s]ci­entos escla­vos".

Fray Bartolomé de las Casas debió regocijarse de verdad al plasmar en su Historia la reacción y determinación de la reina Isabel, coincidente enteramente con la suya a lo largo de su vida, desde el 1514, con la predicación contra las encomiendas en la isla de Cuba y renuncia personal a las mismas...

Con seguridad que fue así. El P. Las Casas  refiere, en efecto,. el enojo de la reina Isabel la Católica, a causa del botín huma­no, en estos térmi­nos: "Como [...] supiese la Reina, de gloriosa memoria, que el Almi­rante había dado a cada uno de los que allí venían un indio por esclavo, y que, si no se me ha olvida­do, eran tres­cientos hombres, hobo muy gran enojo, diciendo estas palabras: "¿Qué poder tiene mío para dar a nadie mis vasallos?", y otras semejantes.

 

Fiel  a su vocación de profeta.

Es evidente que Fray Bartolomé no tenía el poder ejecutivo y disuasorio de la reina Isabel la Católica. Y por eso se explica, lo que en ella constituyó un acto de ordeno y mando para que a todos se les diera de inmediato la libertad y todo volviera a la normalidad, aunque no hubiera compensaciones por daños y perjuicios; a Fray Bartolomé, en cambio, le costó sudor y lágrimas, hasta el punto de que,  con voz, todavía robusta de profeta, exclamaba ya en la madurez de sus años: [...] Así creo que quiere Dios torne a henchir los cielos y la tierra de clamores y lágrimas y gemidos en esa corte y en ese mundo[...] 

Se vió en la obligación de escribir estas palabras  al príncipe Felipe ante la situación de la falta de libertad y exacerbada  esclavitud del Nuevo Mundo, consentida y a veces propiciada por el Consejo del Reino. Al contrario, a Isabel la Católica le bastó que se hiciera público y notorio su malestar, con una contraorden de por medio, para que de un golpe se restituyera la justicia. Así, de claro, lo escribe Fray Bartolomé:

“Mandó luego a pregonar en Granada y en Sevilla, donde ya estaba la corte, que todos los que hubieren lleva­do indios a Castilla, que les hobiese dado el Almi­rante, los volvie­sen luego acá, so pena de  muerte, en los prime­ros navíos, o los enviasen. Y mi padre, a quien el Almirante había dado uno y lo había llevado en el susodicho viaje de los dos navíos o cara­belas , que yo en Castilla tuve y algunos días anduvo conmigo, tornó a esta isla con el mismo comenda­dor Boba­dilla, y los trajo, y después yo le vide y traté acá” -se refiere a la isla Española. La orden se cumplió inexorablemente y los inditos fueron devueltos a su lugar de origen , es decir, repatriados y trasladados en la flota de Bobadilla, que salió de Sanlúcar de Barrameda el año de 1500-

 

Lo cortés, no quita lo valiente.

Al clérigo Fray Bartolomé no le duelen prendas a la hora de denun­ciar las injusticias contra los indios por parte de los españoles, aunque se tratara de su propio padre. En su discurso de Molins de Rey del 12 de diciembre de 1519 encara el maltrato de aquellos seducidos por la codicia de oro, las guerras y los repartimientos. [...] “y levantándose mosior de Xevres y el gran chanciller y van al Rey con la orden y ciri­monias susodichas y tornándose a sentar, dijo el chanci­ller al clérigo: "Micer Bartolomé, Su Majestad manda que habléis".  Entonces el clérigo, quitando su bonete y hecha muy profun­da reverencia, comenzó desta manera: "Muy alto y muy poderoso rey e señor: yo soy de los más antiguos que a las Indias pasaron y ha muchos años que estoy allá, en los cuales ha visto por mis ojos, no leído en historias que pudieran ser mentirosas, sino palpado, porque así lo diga, por mis manos, cometer en aquellas gentes mansas y pacíficas las mayores cruel­dades y más inhuma­nas que jamás nunca en generaciones por hombres crueles ni bárba­ros irracionales se cometieron, y éstas sin ninguna causa ni razón, sino sola­mente  por la cudicia, sed y hambre de oro insaciable de los nues­tros.

"Estas han cometido por dos maneras: la una, por las guerras injus­tas y crudelí­simas que contra aquellos indios que estaban sin perjuicio de nadie en sus casas seguros y tierras, donde no tienen número las gentes, pueblos y naciones que han muerto; la otra, después de haber muerto a los señores naturales y principa­les personas, poniéndolos en servidum­bre, repartiéndolos entre sí de ciento en ciento y de cincuenta en cin­cuenta, echándolos en las minas donde al cabo, con los increíbles traba­jos que en sacar el oro pade­cen, todos mueren.. Dejo todas aquellas gentes, dondequie­ra hay españoles, pereciendo por estas dos maneras; y uno de los que a estas tiranías ayuda­ron ha sido mi padre mismo, aunque ya está fuera de ello.

"Viendo todo eso, yo me moví, no porque yo fuese mejor cristiano que otro, sino por una compasión natural y lastimosa que tuve de ver pade­cer tan grandes agravios e injusticias a gentes que nunca nos las mere­cieron, y así vine a estos reinos a dar noticia al Rey Católico, vuestro agüelo; hallé a Su Alteza en Plasen­cia, dile cuenta de lo que digo; recibióme con benignidad y  prometió para en Sevilla, donde iba, el remedio"

Ese es un poco Fray Bartolomé de las Casas y esa es la faena que encara decidida y machacona a lo largo de su vida ante  rey Fernando el Católico, el Regente Cisneros, Carlos V, Regente y Presiente del Consejo García Loaysa, y Felipe II, así como ante los papas Pablo III y Pio V, no menos que a otras instancias metropolitanas o indianas.

 

Una dimensión de su verdadera imagen.

Siempre se ha escrito, muchísimo  del padre Las Casas y su obra,  sobre todo a partir del siglo XVIII. Los investigadores y estudiosos de la historia y del derecho indianos, salvo raras excepciones, han estado del lado de Fray Bartolomé de las Casas. Y cuanto más serias han sido esas investigaciones y mejor y más ampliamente se ha dado a conocer su obra, en más alta estima se le ha tenido.

Por la obras escritas de Fray Barto­lomé, el lector se da cuenta de que se trata de una persona nada común y que en el fondo de sus miles de páginas late el hombre enamorado de Dios, de la Iglesia, de sus hermanos los hombres...Fray Bartolomé fue un apasiona­do servidor de la verdad, de la justicia, de la paz, del amor entre los humanos..., en consecuencia, un defensor acérrimo e insoborna­ble de los derechos de los más débiles contra el poder y la fuerza despiadada y sin escrúpulos  de algunos funcionarios públicos o personas privadas. Fray Barto­lomé no apostó por la violencia para apuntalar el derecho que se resque­brajaba por tantas partes; no buscó enfrentar a unos contra otros..., no fue un exaltado ni un vulgar vocinglero. Fue sí -y eso hay que recono­cerlo- un hombre que elevó el tono de su voz profética contra toda clase de injusti­cia y que buscó en todo momento la práctica de la legalidad ya fuera en aquellos adminis­tradores del bien común, que se habían convertido en perjuros detrac­tores del derecho por sus tropelías, ya fuera por uso y abuso de no pocos encomenderos­.

A través de su obra se descubre oculta su biografía, con rasgos muy definidos, al mismo tiempo que se han aclarado los rasgos de su recia y cristiana personalidad.

 

Un buceo evangélico en su persona y en su obra.

Es claro que no podría tenerse una imagen cabal de Fray Bartolomé de las Casas sino se le mira desde las páginas del Evangelio.

Si la lectura de su obra se hace sin prejuicios, dentro de una visión histórica, y en los ámbitos jurídicos, sociales y religiosos, no será difícil descubrir a lo largo del camino una serie de matices que permiten dar con  una imagen evangélica, bastante redonda sin, defectos destacables y un admirable temple profético, desde la honradez consigo mismo y la leal defensa de los derechos de los pueblos indígenas y de sus habitantes.

Son muchos los  "Lascasistas", que después de haber estudiado su obra a con­ciencia y en profundidad, así como las estructuras y funcionamiento de aquella sociedad, dan por buena y enteramente evangélica la enérgica denun­cia profética de los  abusos de su tiempo­ y no pueden por menos que admirar su talla humana y religio­sa, en la que no es posible encontrar "renuncios" de bulto en el ejerci­cio de una misión tan compleja, valiente y delicada como fue la suya, y en medio de un mundo tan sacudido por las ambiciones de riqueza y poder de unos pocos, que provocaron la persistente degradación o deterioro de una mayoría. Hoy se siguen dando cifras tan preocupantes como ésta: El veinte por ciento de los habitantes de la tierra tiene el ochenta por ciento de la riqueza y el resto, o sea el ochenta por ciento, debe repartirse la miseria de  un veinte. 

Al margen de lo puramente anecdótico, Las Casas ha recuperado su puesto en el amplio espacio de personas e instituciones que en el momento actual han tomado como bandera la defensa de los derechos humanos allí donde están conculcados. Desde esta perspectiva lo analiza Mons. Raúl Vera, hasta hace poco obispo coadjutor de San Cristóbal de las Casas, cuya sede ocupó el ilustre Fraile sevillano.

Históricamente -dice- la figura y la obra de Fray Bartolomé de las Casas se ha ido acrecentando especialmente durante la segunda mitad de este siglo, debido al espacio e interés que la defensa de los derechos humanos está adquiriendo en un mundo cada vez más intercomunicado y que presenta, no sólo en palabras, sino en imágenes, las lacerantes violaciones que contra ellos se realizan en todas las latitudes de este planeta. Y no sin intención de la Providencia Divina, personas como la Sra. Parish y el dominico español Isacio Pérez [...] [muerto el 11 de diciembre del pasado año de 2001] y el ya fallecido historiador Lewis Hanke, con su obra de investigación histórica, nos han permitido un acercamiento muy profundo a los escritos y a la obra del Padre Las Casas. Particularmente el P. Isacio y la Sra. Parish con una labor altamente calificada por su rigurosidad científica, han deshecho los infundios y calumnias que contra Fr. Bartolomé se han levantado por siglos, con el directo propósito de destruir su obra en favor de los olvidados y despreciados de este mundo.

 

El  reencuentro con su imagen.

Si hasta aquí no pocas veces se ha hablado de memoria sobre la vida y obra del Padre Las Casas a causa de no haber estado al alcance de la mano sus escritos o se ha sido víctima de una cierta pereza intelectual, es claro que en estos tres cuartos de siglo últimos han aparecido excelentes estudiosos  e investigadores lascasistas, que al no resignarse a gramofonear los consabidos tópicos, prefirieron irse directamente a las fuentes y  vieron  premiada su labor con el redescubrimiento de su verdadero perfil espiritual y humano.

La publicación de las Obras Completas, por otra parte, y la profusión de ediciones y versiones a distintos idiomas en estos últimos años han colaborado, de forma determinante, a una visión más amplia, erudita y exacta de su figura.

Es de justicia que esta nueva visión del padre Las Casas cale en los ambientes intelectuales y populares y sea difundida para que se le pueda ver desde esa óptica real e histórica. Por eso es muy importante que este redescubrimiento del P. Las Casas se proyecte y se difunda en los estudios y tratados de historia, no sólo  para colocar las cosas en su sitio y hacer justicia al Procurador de los Indios, sino para que las nuevas generaciones se sirvan de sus doctrinas y ejemplos. Y no sólo entre profesores y alumnos, sino también en las clases políticas y en cuantos trabajan entre las clases deprimidas, si de verdad se desea conseguir el respeto que se merecen y si se las quiere ayudar desde las oportunidades y posibilidades de cada uno a esas diferentes esferas..  .

Consideramos fundamental -dice Mons. Vera- que la figura del Fraile Dominico, que mereció el título de Padre, Protector y Defensor de los Indios, sea conocido más profundamente entre quienes somos testigos del surgimiento de las culturas indígenas latinoamericanas, que se levantan para aportar sus riquezas humanas y religiosas a una cultura occidental que sufre todavía, a casi cinco siglos de iniciada la obra de Fr. Bartolomé, la terrible enfermedad de la deshumanización tan característica de quienes, movidos por la búsqueda del poder político y de las riquezas materiales, generan sistemas y procesos que esclavizan y hacen morir a miles de seres humanos, como en su tiempo ya denunciaba el que fuera el primer obispo de Chiapas.

 

Las palabras mueven, los ejemplos arrastran.

Si es importante rescatar la persona del Padre Las Casas en la dirección que se señala, lo es todavía más, porque ha de seguir siendo guía y estímulo para cuantos se han planteado en serio, a causa de su inquietud personal o grupal, trabajar por una sociedad más justa. Desde esa conciencia de encarnación se manifestaba igualmente el Obispo coadjutor de San Cristóbal de las Casas.

Para quienes vivimos y festejamos la entrada de nuestros hermanos indígenas al proceso histórico contemporáneo, como gestores activos de su desarrollo, conocer la personalidad de Fr. Bartolomé, nos invita a convertirnos hacia el hermano y la hermana, a quienes considerábamos incapaces de ser protagonistas del progreso genuino del mundo actual, para saludarlos con una mano bien abierta y emprender juntos el camino, hombro con hombro, codo con codo, hacia una tierra como la que soñó y por la que trabajó incansablemente el Fraile de corazón grande, en cuyo interior campeaban holgadamente y a sus anchas la justicia y la misericordia.

 

Unas leyes justas

Unas leyes justas, observadas por todos, dignifican y optimizan una sociedad; quebrantadas por espíritu de cuerpo o de clase, por capricho o por egoísmo, la corrompen.

Casas y en muchos otros, tuvo la capacidad y honradez de hacer una crítica interna a su presencia en Indias. Reconoce asimismo que fue España la que promulgó el mejor texto legislativo para el gobierno colonial.

Otro de los puntos oscuros, hoy también esclarecido, es la creencia de que patrocinó  la idea del recambio de indios por negros, siendo el causante del comercio esclavista que se montó en el Nuevo Mundo con un imparable tráfico de negros capturados en África y transportados a las Nuevas Tierras, donde la mano de obra de estos hombres y mujeres se consideraba absolutamente necesaria.

[...]Voy a hablar -así se expresa ante la Asamblea de la Conferencia Episcopal de México- de un nuevo Las Casas, no [de] la figura que todo el mundo cree conocer. Para muchos Las Casas fue el autor de un pequeño libro, la Brevísima relación de la destrucción de las Indias, muy exagerado y con cifras excesivas de matanzas de indios. Suponen además que esta obrita inició una Leyenda Negra contra España; y repiten que Las Casas, aunque compasivo hacia los indios, promovió la importación de los esclavos negros de África, para aliviar el sufrimiento de los indígenas. Todo aquello es falso; se ampara en falsificaciones  y hasta calumnias. Hoy, los indios viven todavía marginados, despojados de sus continentes y sus culturas. Y todavía debemos escuchar a Las Casas. Para que podamos escucharlo bien   debo acabar como empecé, destruyendo la gran calumnia sobre los esclavos negros. La verdad es casi lo contrario. Muy lejos de promover la esclavitud negra en el Nuevo Mundo, Las Casas fue el único escritor de su siglo que denunció la trata esclavista de negros africanos. La historia de esta calumnia.,mantenida por tres siglos, ha sido investigada y rebatida últimamente por Isacio Pérez en un libro entero

[...] Vivían en Sevilla muchos negros, esclavos y libres, en su propio barrio, con sus  propias leyes y su propio gobernador. Eran cristianos hispanizados, y apreciados en los trabajos domésticos o las artes mecánicas

Las “Américas podían hacerse” -es bueno se tenga siempre en cuenta-, por otras vías paralelas, que no coincidían en absoluto con la de los especuladores y colonos

En 1517 muchas personas proponían llevar esclavos negros  de África para aliviar a los indios que morían rápidamente [...] Los cortesanos flamencos lo pedían como un comercio lucrativo. Pero el clérigo Las Casas, entonces en la Corte, pedía algo muy diferente: promovía una extensa migración de pacíficos labradores españoles (en vez de brutales conquistadores), y con ello un pequeño complemento de estos hábiles negros sevillanos (que fácilmente se liberarían en las Indias) como ayuda técnica.

[...] En 1552, halló Las Casas en una biblioteca sevillana el manuscrito de una crónica portuguesa, narrando las capturas de  negros tranquilos en la costa oeste de África. Desde aquel momento lamentó su ignorancia y denunció la esclavitud de los negros africanos en los mismos términos en que había denunciado la esclavización de los indios cristianos.. 

Fray Bartolomé de las Casas fue una persona de visión clara y al mismo tiempo clarificador. No volvió la cara a otro lado ante los atropellos e injusticias que contemplaba ni  acalló su conciencia con especiosos argumentos o  por comodidad, ni se encogió de hombros ante las desesperadas  esperas, ni se le cayó el ánimo a los pies, ni echó todo por la borda. Contra viento y marea supo estar firme ante los chaparrones y diatribas de cuantos adversarios  creó su honradez, sentido de justicia y la fuerza del amor cristiano y humano.

Las Casas fue un hombre con espíritu de líder y realista al mismo tiempo.  A él se le debe en gran medida la paternidad de la legislación indiana, a la que le dio una textura humanista-cristiana. Amó la libertad y tuvo como máxima aspiración el logro de la libertad para sus semejantes. Amó apasionadamente la verdad, divisa de la Orden de Predicadores, que hizo enteramente suya, así como la justicia, las dos columnas de la paz.

Bastarían estas dos formulaciones para que la Humanidad agradecida le levantara un monumento. En pleno siglo XVI se adelanta y piensa con la mentalidad de los Padres conciliares del Vaticano II.

“Las leyes y reglas naturales y del derecho de las gentes son comunes a todas las naciones, cristianas y gentiles, y de cualquier secta, ley, estado, color y condición, que sean sin ninguna diferencia”.

“E incluso esas religiones falsas, con sacrificios de hombres, son legítimas mientras no conozcan ni se les haya revelado la verdad del Evangelio, pues corresponden a la bestialidad de su estado natural”

 

El excelente líder de ayer, seguro conductor de futuro.

Las largas experiencias, contrastadas con la investigación y un gran caudal de conocimientos, le pusieron a la cabeza de todo un movimiento que veía y sentía igual que él en lo tocante a la legislación y presencia españolas en el Nuevo Mundo.

[ ...] Las Casas no fue un excéntrico solitario, sino que encabezaba un movimiento reformador en ambos lados del Mar Océano: consejeros, oficiales, religiosos y laicos (esto lo descubrió Hanke). Pero Las Casas fue siempre el líder que inventó casi todas las reformas civiles para proteger a los indios. No sólo las Leyes Nuevas, sino también la alternativa –el corregimiento- para sacarlos del brutal trabajo forzado en las encomiendas de españoles, pues en 1530, se otorgaron estos pueblos libres de indios bajo la Corona –con cada hombre un  vasallo independiente-, pagando un tributo moderado al rey (como en la revisión original del plan de comunidades). También impulsó Las Casas todas las leyes antiesclavistas y muchas reformas menores (Rand Parihs)

 Para ella, a  Las Casas se debe el primer plan de “aculturación en el Nuevo Mundo” Lo presentó -son sus palabras- en 1515. Era un plan “para restablecer comunidades indígenas, con métodos agrícolas, hospitales, iglesias y todo lo demás”. En otra dimensión y bajo un aspecto globalizador, no fue el rey ni sus consejeros los que hicieron las leyes nuevas, sino que, en una gran medida, se deben a Las Casas. Lo afirma con estas terminantes palabras: “Por el contrario,  fue Las Casas mismo, quien mayoritariamente formuló e inspiró  estas Leyes y ya tenemos la prueba terminante”.

Las Casas. Fue el “autor” de una veintena [de leyes] para proteger a los indios, e inspiró otra veintena para reformar la burocracia colonial, y asimismo guió la nueva política colonial de Carlos V. Este fue el máximo esfuerzo humanitario del gobierno español a favor de los indios, y su existencia y contenido se deben a un hombre: Bartolomé de las Casas.

 

La huella de Fray Bartolomé salta a la vista en documentos papales

. Fray Bartolomé de las Casas tuvo ideas muy claras respecto al papel de la Iglesia, Su misión es sobrenatural, la salvación de las almas, pero no puede guardar silencio ante las violaciones del derecho natural y divino y, sí, por el contrario, le corresponde el deber de recordar las obligaciones que tienen las “administraciones públicas” de salvaguardar y promover el bien común de los súbditos.

Helen R. Parish, tras de reconocer esta imponderable labor del  P. Las Casas en los ámbitos civiles, estudia la no menor imponderable influencia en el seno de la Iglesia Institucional para que ésta se sensibilizara e implicara en mayor grado y tratara, a través de sus documentos y  de sus actitudes, remediar en lo que de ella dependía, la situación inhumana que sufrían los indios. La gran bula  del papa Pablo III, “Sublimis Deus”, que “se ha llamado la Carta Magna de los indios” [...] declara  que los indios son seres racionales, completamente humanos, que tienen plena capacidad para la fe, y el derecho a su libertad y a sus bienes; y que su evangelización debe seguir el método pacífico de la predicación y del buen ejemplo. Y un Breve complementario condena la codicia de los que maltratan a los indios, y declara excomulgados automáticamente a los que los oprimen y hacen esclavos. Muchos lascasistas opinan que estos decretos  dieron gran contento a Fray Bartolomé, cuando los recibió en 1537. ¡Si estaría contento Fray Bartolomé, siendo el mismo “autor” e inspirador de estos trascendentales decretos!

 

Su persona, su pluma y sus escritos viajaron incansables. 

Las inducciones al bien o al mal pueden alcanzar metas inmedibles. La energía desplegada por el P. Las Casas no se detuvieron ante las fronteras políticas de la Corona, sino que recurrió a la autoridad, su cabe hablar así, más que moral del Papa.

Estas convincentes afirmaciones, como podrá verse inmediatamente, no tienen nada de gratuitas. Su fondo de verdad se justifica plenamente por las investigaciones recientes y este es el resultado y esta la clave de su explicación, la que tomamos al pie de la letra:

“Resulta que la famosa encíclica “Sublimis Deus” y su Breve sin sanciones, siguen muy exactamente, punto por punto, el primer tratado que completó Fray Bartolomé de las Casas: El único modo de atraer a todas las gentes a una verdadera fe viviente. La versión oficial de esta obra la escribió cuando era un fraile dominico en la isla Española, para contestar la revocación  de un éxito suyo a larga distancia. La primera ley antiesclavista para las Indias, en 1530,  la había conseguido Fray Bartolomé enviando memoriales a la Corte

La experiencia que a continuación iba a seguirse por el mismo P. Las Casas y un compañero de la paz alcanzada, mediante diálogo, con el Cacique Enriquillo, alzado en la montaña, y que había mantenido en jaque durante 15 años al gobierno de la Isla Dominicana, sin que la expediciones militares lograran reducirlo, vino en apoyo de su tesis: Dos frailes habían logrado en nada de tiempo, por la predicación pacífica, lo que las milicias no habían logrado en todos aquellos años por las armas. “Entonces –afirma la autora citada- escribió El único modo, describiendo el único modo concreto de evangelizar, según la enseñanza y el ejemplo de Cristo y los Apóstoles, con paz y justicia, y respeto a las otras culturas [...] Fue así que El único modo dio lugar a la gran encíclica “Sublimis Deus” y su Breve anexo.

 

"Predica a tiempo y a destiempo".

Así, de serio se tomó la consigna de San Pablo. Fraile identificado con su misión, poblada la mente y corazón de muchas ideas y emotividades, todas marchan en la dirección que les marcaba el "palo mayor": La gloria de Dios y el bien de los hombres.

Como algún autor reconoce, el pensamiento del P. Las Casas informa no sólo la “Sublimis Deus”, sino que es tenido en cuenta tanto y más en  venideros documentos papales, y el Confesonario marcará sus líneas a Concilios Diocesanos en Hispanoamérica.

Su imagen es como uno de esos lienzos artísticos, que representa a un personaje ilustre, cuya continua exposición en un lugar inadecuado y a agentes agresivos ha deteriorado y recubierto de herrumbre. Las investigaciones y el desapasionado conocimiento de la actitud enteramente evangélica de Fray Bartolomé, sobre todo de su obra, son las que han permitido que a  su retrato, después de practicarle una limpieza a fondo, se haya devuelto, ya libre de manchones, la luminosidad de sus vivos y exactos colores, es decir, se le reconozcan sus virtudes primigenias, tan reconocidas y exaltadas por sus primeros biógrafos.

 

Genio y figura... Un metal de voz inconfundible. 

No podrá decirse que a Fray Bartolomé se le arrugara el espíritu. Por eso, el timbre de su voz es el mismo al principio y al final,  en el  vigor de los años y en el declive físico de su existencia.

En los últimos meses de su vida, contemplando desde la Metrópo­li y desde la cima de su vida el desolado panorama de las Indias, clamará por la aplicación de algunos medios sancionatorios y coercitivos religiosos, ya que las medidas políti­cas habían remediado bien poco. La petición la hace a Pío V en el año de su muerte. Entre otras cosas le dice:

"Porque son muchos los lisonjeros que ocultamente, como perros rabio­sos e insaciables, ladran contra la verdad, a V. B. humilde­mente suplico que haga un decreto en que declare por descomul­gado y anate­matizado cual­quiera que dijere que es justa la guerra que se hace a los infieles, sola­mente por causa de idolatría, o para que el Evangelio sea mejor predica­do, especialmente a aquellos gentiles que en ningún tiempo nos han hecho ni hacen injuria. O al que dijere que los gentiles no son verdaderos señores de lo que poseen; o al que afirmare que los gentiles son incapaces del Evangelio o salud eterna, por más rudos y de tardo ingenio que sean, lo cual ciertamente no son los indios, cuya causa, con peligro mío y sumos trabajos, hasta la muerte yo he defen­dido, por la honra de Dios y de su Iglesia".

 

Hay  mucho que ganar.

Ante un mundo y una sociedad  bastante desconflautada mundialmente y ante los postulados del siervo de Dios, Fray Bartolomé de las Casas, se nos brinda la oportunidad de escuchar la voz de este invencible Defensor de cuantos son maltrados y aplastadas sus legítimas aspiraciones en no pocos países y en  todos los continentes.

Tras todo este breve andamiaje por el que podemos acceder con más facilidad y libres de determinados prejuicios a la digna figura del Fraile sevillano y a su imponente obra escrita, la citada autora se hace una serie de preguntas, que trasladamos al comprensivo y competente destinatario, con la doble finalidad de excitar su curiosidad, no quedándose en meras conjeturas, y despejar éstas con la lectura directa de sus escritos.

Y ahora, ¿qué vemos en la vida redescubierta de un Bartolomé de las Casas, que no promovió ni la “leyenda negra”, ni la esclavitud negra en el Nuevo Mundo? ¿Una lucha incansable, que en  cincuenta años  logró solamente reformas parciales o bien Leyes Nuevas, que se califican hoy como la más notable legislación por un país conquistador en toda la historia mundial? ¿Y la encíclica “Sublimis Deus” con su Breve: el verdadero comienzo del derecho internacional moderno, proclamando la humanidad y libertad de los indios americanos y de todos los reinos y pueblos  que se podrían en adelante descubrir?

Es posible que Fray Bartolomé siga provocando sentimientos encontrados. Pero, no cabe duda, que cada día serán más los adeptos, que se acerquen a la figura y obra de este excepcional sevillano, con una mirada  llena de respeto admirativo y justo reconocimiento.  

“De parte mía -escribía Rand Parihs-, sólo quiero agregar que Las Casas es una gloria para la Iglesia. [...] La Iglesia se puede sentir orgullosa  por la labor de las Casas. Y las Casas es también una gloria para España. La Historia nos cuenta mil conquistas y mil guerras, todas atroces. Pero sólo España produjo un hombre de gran estatura, líder de un movimiento reformador de clérigos y laicos, que abogó por los vencidos durante la conquista misma [...] Cuando el asistió a la reunión plenaria de los Obispos de la ciudad de México en 1546, las autoridades civiles temían un alboroto, pues Las Casas era el “autor” de esas sensibles Leyes Nuevas. Pero no hubo ningún alboroto. Al contrario, salió a verle toda la Ciudad: Los españoles le miraban tranquilamente y con respeto; los indios se arrodillaban mientras pasaba. Y se oyó gritar en español: “Allá va el santo obispo, padre de los Indios”

La llegada a casa.

Hizo el viaje con el equipaje lleno de la buenas gentes que él amó hasta el delirio cristiano, en respuesta amorosa a la llamada de Dios, que le eligió, sin merecerlo, para "estar" y volver en y por aquellas "universas gentes".

Cerramos esta exposición con la protesta testamentaria de fe, en la que Fray Bartolomé quiere vivir y morir.  Aunque se encuadra en una fórmula cierta­mente convencional, no por ello deja de ser menos significativa. ­No se dispone, hasta el presente al menos, de su testamen­to íntegro. Hemos de contentarnos con un frag­mento del mismo, que contiene la primera y última de las cláusu­las, que se tomaron del testa­mento que el licenciado Palomino, teniente de corregidor de la villa de Madrid, el día 31 de julio de 1566 mandó abrir, leer y publicar, "para que se guardase y cum­pliese según como en él se contenía". Dicho testamento lo había hecho y otorgado Fray Bartolomé de las Casas ante el escribano y notario público Gaspar Testa y siete testigos en el monas­terio de Ntra. Sr. de Atocha, extramuros de la villa de Madrid el 17 de marzo de 1564. [...] su tenor [...] de la cabeza y pie de dicho testamento es este que se sigue:

"En el nombre de la Santísima Trinidad, Padre e Hijo y Espíritu Santo, un solo Dios verdadero: el obispo Fray Bartolomé de las Casas, por­que todo fiel cristiano debe dar testimonio de sí mismo al tiempo de su fin y muer­te, en cuanto en sí fuere por la gracia de Dios y en aquel paso tan peli­groso ocurren muchos y grandes impedimentos, y por eso antes que en él me vea, digo que protes­to vivir y morir lo que viviere en la santa fe católi­ca de la Santísi­ma Trinidad Padre y Hijo y Espíritu Santo, cre­yendo y teniendo como creo y tengo todo aquello que cree y tiene la santa Iglesia de Roma, y en esta fe y creencia protesto y afirmo que quiero vivir lo que me resta de la vida y hasta el fin de ella, que es la muerte inclusive, quiero en esta santa fe morir. E por­que por la bondad y miseri­cordia de Dios que tuvo por bien elegirme por su ministro sin yo se lo merecer, para procurar y volver por aque­llas universas gentes, de las que llamamos Indias [...]

Con la muerte de Fray Bartolomé de las Casas, 18 de julio de 1566, jueves, por la mañana, en el convento de nuestra Señora de Atocha, de Madrid, se cerró el capítulo del mas insigne defensor de las gentes del Nuevo Mundo y comenzó otro capitulo que todavía continúa abierto. Su vida y compromiso siguen siendo paradigmáticos y fuentes de Inspiración en el presente como lo será en el futuro. Dios quiera que nuestra admiración se convierta pronto en oficial veneración.

 

El viaje a los altares

La distancia cronológica nos permite clarificar, con suficiente perspectiva histórica, el papel que desempeñó el P. Las Casas ante la Metrópoli, colonizadores e indios, al mismo tiempo que nos ayuda a verle centrado en su misión de apóstol, de profeta, de defensor de los derechos humanos y perfilar, si cabe hablar así, la imagen de cristiano auténtico, de "santo".  En estas breves palabras, sobre las que se trabajará en la instrucción de la Causa, se resume su gloria y reconocimiento actuales, los cuales se tratará de confirmar a lo largo y ancho de la “Investigación" procesal

Extraer de todo ello el retrato del varón virtuoso, que lejos de fracasar en sus humanitarios proyectos, cosechó innegables logros, no sólo en el dictado de las leyes, sino en evitar mayores males a los indios y  en prevenir sobre tales males, así a obispos, como misioneros y responsables de la administración de justicia en el Nuevo Mundo, como la influencia de algunos de sus “tratados” por ejemplo, el de “Avisos para confesores” a fin de  frenar los desmanes derivados de la prepotencia y avaricia y en lo posible restituir y reparar los daños ocasionados. Es claro que su tesis de una evangelización pacífica y, por consiguiente, sin armas, gozaría hoy de la mayor aceptación  y encajaría de pleno en la doctrina del Concilio Vaticano II.

Nuestro propósito inicial se ha cumplido. Este no era otro que el centrar nuestro personaje en Sevilla, porque nuestra aspiración de hoy es que sobrepase el reconocimiento histórico, meramente intelectual y afectivo,  para descubrir en él la acción de la gracia de Dios, a la que correspondió Fray Bartolomé de las Casas con la práctica de las virtudes cristia­nas en grado heroico. Nuestra intención de recabar de las Autoridades compe­ten­tes que se instruyera la investigación de las mismas en su Ciudad natal, centro de sus operaciones misioneras, también se ha cumplido.

De esta forma, Sevilla, que se ha visto honrada por este insigne hijo, que no dudamos en colocar después de San Isidoro y San Leandro en su misión religio­so-evangelizadora, trataría condignamente de devolverle tan merecidos honores.

Fr. Fernando Aporta, O. P.



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