Vie
9
Ago
2019
¡Llega el esposo, salid a su encuentro!

Santa Teresa B. de la Cruz

Santa Teresa B. de la Cruz

Nacida en el seno de una familia judía, tras pasar por una fase de ateísmo se convirtió al catolicismo. Filósofa, religiosa carmelita descalza y mística alemana. Murió mártir durante la persecución nazi. Fue canonizada por Juna Pablo II y nombrada posteriormente patrona de Europa

Biografía

El día 1 de mayo de 1987, en el estadio de Colonia, donde tuvo lugar la beatificación de Edith Stein, brotó de labios del Papa Juan Pablo II el siguiente reconocimiento: «La Iglesia del siglo XX vive hoy un gran día. Nos inclinamos ante el testimonio de la vida y la muerte de Edith Stein... Una personalidad que reúne en su vida una síntesis dramática de nuestro siglo. La síntesis de una historia llena de heridas profundas que siguen doliendo aún hoy, pero que hombres y mujeres con sentido de responsabilidad se han esforzado y siguen esforzándose por curar síntesis al mismo tiempo de la verdad plena sobre el hombre, en un corazón que estuvo inquieto e insatisfecho hasta que encontró descanso en Dios».

a) De familia numerosa judía

Edith Stein nace el 12 de octubre de 1891 en Bresalu (entonces Prusia; hoy es la Broclaw polaca).

De la infancia de Edith Stein hay que subrayar los elementos que van a configurar su futuro: presencia de la madre, austeridad de vida, sentido del bien y del mal, inteligencia despierta, cultivo y defensa del mundo interior, independencia en el obrar y pensar y, por lo mismo, emprendedora, carácter voluntarioso, prevalencia de lo racional, un gran autodominio, defensora de la dignidad personal, de nobles ideales, etc.

Desde los escritos propios y por las referencias de otros, cabe deducir que Edith Stein fue una niña intelectualmente privilegiada…A los doce años acudió a la escuela. Allí se le abrirán horizontes y perspectivas nuevos;… su despierto espíritu le hacía soñar y concebir esperanzas grandiosas, su yo naciente exigía ya libertad y reconocimiento…

b) Hacia la indiferencia religiosa

La señora Auguste Stein, además de procurar sustento y educación para la prole, vela con diligencia por la evolución espiritual de los suyos. Los primeros pasos de la pequeña Edith, tanto en la fe como en la vida, estarán dirigidos y animados por el celo, la fuerza y el testimonio de esta hebrea convencida. Toda su existencia estuvo saturada de una apuesta inquebrantable por el Dios todopoderoso. La firmeza en la fe de esta madre, no será impedimento, sin embargo, para que la indiferencia religiosa vaya haciendo acto de presencia. Pronto advertirá Edith Stein tal descuido; ciertamente seguirán todos tomando parte en las celebraciones, fiestas y ritos religiosos, mas la falta de devoción, de interés y de convicción personal resulta palpable… A los 15 años se desligará de la, por ella denominada, fe infantil, a la que no sustituirá por una fe madura; seguramente que las primeras raíces de la fe fueron insuficientes para soportar la sacudida brusca al irrumpir la adolescencia.

Precisamente a esta edad y con este ánimo, y a muchos kilómetros del hogar materno, en Hamburgo y en 1906 —donde pasa una larga temporada en busca de descanso, de claridad interior y de no poca independencia—, quedará zanjada la cuestión religiosa. Aquí se confirma su ateísmo, o distanciamiento teórico y práctico de la fe de sus padres. La seriedad de la decisión se deja translucir en un texto autobiográfico referido a este momento: Max y Else (cuñado y hermana, matrimonio en cuya casa transcurre esta temporada) eran incrédulos por completo. En aquella casa, de religión, nada en absoluto —y continúa–. Aquí tuve conciencia completa de la oración, y la abandoné por una decisión libre».

La opción de vivir sin religión por parte de esta mujer no equivalió a renunciar al esfuerzo por hallar una respuesta a los interrogantes que el ser humano, tarde o temprano, se plantea. Aparcar a Dios no supuso cerrar el paso a toda posible interpelación proveniente del misterioso fondo de la persona, ni trajo como consecuencia un desconcierto en el comportamiento ético de la joven judía, o la caída en una especie de hedonismo larvado, o el abandono de los principios vigentes desde la infancia.

c) Buscando la verdad

La verdad del hombre, de ella misma, tiene para Edith Stein tal fuerza de atracción, que no se ahorrará esfuerzo alguno hasta dar con la misma. El primer sacrificio que se impone será abandonar Breslau, para acudir al lado del profesor judío, Edmund Husserl, incorporándose al círculo fenomenológico de Gotinga. En esta filosofía contempla la senda propicia para el propósito que persigue: alcanzar la verdad. Además… acude a las conferencias de otro filósofo también judío, Max Scheler. Este pensador ejercerá una influencia decisiva en el camino hacia la verdad... Max Scheler por entonces era católico, y hace brillante propaganda de lo mismo. La influencia de este profesor rebasará los límites del campo estricto de la filosofía, hasta reconocer: «Éste fue mi primer contacto con este mundo hasta entonces para mí completamente desconocido. No me condujo a la fe. Pero me abrió a una esfera de fenómenos ante los cuales ya nunca podía pasar ciega».

En 1915 Edith Stein cumplirá 24 años. Hace un año estalló la Primera Guerra Mundial… Se inscribirá en la Cruz Roja Internacional, ofreciéndose incondicionalmente… Los libros y las especulaciones ceden el puesto a las necesidades concretas del ser humano; en este caso del hombre que sufre, y sufre físicamente, pero también padece desarraigos, soledades, desesperación, falta de afecto, etc. En 1917 Edith Stein alcanza los 26 años, es ya doctora en filosofía y se encuentra trabajando en Friburgo como asistente de su querido maestro Husserl; pero la guerra continúa arrojando desgracias, destrucción y muertes por doquier. Pues bien, una de las personas más querida de los jóvenes fenomenológicos, el profesor Adolf Reinach, cae en el frente de Flandes en noviembre de este año. De origen judío también, se había hecho bautizar en la Iglesia evangélica junto con su esposa en un permiso militar… Se le encargará a Edith Stein acudir a Gotinga en representación de Husserl y a requerimiento de la esposa del fallecido, para ordenar la producción manuscrita del marido caído. Emprenderá el viaje sin que ambas misiones le preocupen demasiado, A medida que se acerca a la ciudad va tomando fuerza una inquietud: ¿qué palabras alentadoras dirigir a una joven esposa, amiga, que acaba de perder a su marido?; ¿qué esperanza proyectar que disipe el desconsuelo de un corazón femenino?

Edith Stein halló ante sí a una mujer creyente, que acepta la muerte del marido con serenidad, rebosando esperanza y contagiándola a su vez. El intercambio de papeles desconcierta a la inteligente filósofa. En la viuda Ana Reinach descubre sorpresivamente la explicación no de la muerte, sino a la vida del desaparecido. La confianza en Dios y en la eternidad de la persona, testimoniada por la amiga en trances tan comprometidos, supera la capacidad argumentativa de la bienintencionada Edith Stein…: «Éste fue mi primer contacto con la cruz y con la virtud divina que ella infunde a los que la llevan. Entonces vi por primera vez y palpablemente ante mí, en su victoria sobre el aguijón de la muerte, u la Iglesia nacida de la pasión del Redentor. Fue el momento en que mi incredulidad se desplomó, y Cristo irradió, Cristo en el misterio de la cruz. El testimonio humano logra lo que muchos años de estudios no pudieron ofrecer. La muerte, o mejor, la postura ante la misma, dan un sentido a la vida. Dios no es una verdad filosófica, es, al contrario, algo vivo y tan personal, que forma parte del ser mismo del hombre». Su amiga Ana así se lo da a entender.

d) ¡Aquí está la verdad!

De los 26 a los 30 años, Edith Stein lleva a cabo una contienda personal nada despreciable. Se siente dividida en su ser, desconcertada y sin ayuda. Buena parte de los años 1919 y 1920 los pasa en su ciudad y con su familia, mas esto no suaviza el fragor de la batalla interior. Algo de la crudeza de esta hora se deja traslucir en textos suyos como éste: «Por aquella época mi salud no iba bien a causa del combate espiritual que sufría en total secreto y sin ninguna ayuda humana».

Es 1921 y Edith Stein cumple 30 años. Y llegó el momento de la rendición, de la entrega. Es verano; la filósofa se encuentra descansando en la casa de campo de unos amigos. Éstos han salido; atardece, se dirige a la pequeña biblioteca y agarré —son palabras de la interesada— a la buena de Dios y saqué un voluminoso libro. Llevaba por título ‘Vida de Santa Teresa’, escrita por ella misma. Comencé a leer, y quedé al punto tan prendida que no lo dejé hasta el final. Al cerrar el libro, dije para mí: Aquí está la verdad»…Teresa de Jesús, la mistagoga, halló una buena interlocutora. La maestra de los espirituales aparece ahora cual consumada psicóloga, desveladora y conocedora de mundos interiores propios y ajenos… El impacto será decisivo para el camino a emprender a partir de ahora. De ello es consciente 16 años más tarde al referirnos: «Cuando recibí el bautismo, en el año nuevo de 1922, pensé que aquello era sólo una preparación para mi ingreso en la orden».

La aceptación de Dios como Verdad, incluye la firme determinación de dejar paso a la nueva vida en ella injertada. Edith Stein padeció una auténtica regeneración bautismal; su vida cristiana, a partir de aquí, queda expresada en el lema repetido, una y otra vez, en su epistolario y conferencias: Vivir en las manos del Señor. Abandonarse confiadamente a la gracia de Dios. Así maduró su fe, y con ese mismo espíritu vivió los pocos años, pero intensos, de carmelita descalza.

e) En la escuela de Teresa de Jesús

El primer viernes de abril de 1933, año jubilar, asiste a la hora santa que tiene lugar precisamente en la iglesia del Carmelo de Colonia, y nos transmitirá su oración: «Yo hablaba con el Señor, y le decía que sabía que era su cruz la que ahora había sido puesta sobre el pueblo judío. La mayoría no lo comprendía, mas aquellos que lo sabían, deberían echarla de buena gana sobre sí en nombre de todos. Yo quería hacer esto, él únicamente debía mostrarme cómo. Al terminar el ejercicio tenía la más firme persuasión de que había sido oída. Pero dónde había de llevar la cruz, aún era desconocido para mí». A últimos de mayo tiene lugar la entrevista de Edith con la priora y subpriora del Carmelo coloniense, y como único móvil convincente para la decisión por esta orden expone: «Lo que vale no es la labor humana, sino la Pasión de Cristo, participar en ésta es mi deseo». Y porque sabe que el misterio del hombre —a cuyo estudio dedicó la mayor parte de sus investigaciones— se clarifica a la luz del misterio de un Dios crucificado, elige, como apellido religioso para el resto de su vida el de la Cruz. El 15 de abril de 1934 inicia el noviciado, y desde entonces será hermana Teresa Benedicta de la Cruz. No es un capricho, es una sentida necesidad; sólo desde aquí espera dar sentido a su existencia; en ella ve su vocación personal y universal en los momentos históricos que se avecinan. Tomará como maestro espiritual a San Juan de la Cruz, al doctor del todo y de las nadas, llegando a ser discípula aventajada.

A medida que el cerco externo se estrecha, la urgencia por abrazarse a la cruz aumenta. Poco a poco el peso crece, se saborea en todo su realismo, mas no se deja sorprender. Por otra parte, rechazar la cruz no es posible para quien la ha pedido y configura nombre y persona. Y cuando el entorno se vuelva tenebroso, y haya tenido que irse desprendiendo de todo, carrera, amigos, familia, comunidad de Colonia, nación alemana (el último día de 1938 sale de Alemania y es admitida en el Carmelo de Echt, en Holanda), cuando sólo le queda la fe, en 1940 escribe con no poca decisión: «No puede verse libre de la Cruz quien tiene por título 'de la Cruz’». Su ocupación intelectual última no podía ser otra que un trabajo sobre la cruz de la mano del gran mentor en la materia, Juan de la Cruz. Teoría y praxis se confunden, se apoyan y se animan mutuamente. La Ciencia de la Cruz—así es el título de la obra steiniana— únicamente se alcanza cuando a uno se le concede sentirla en su radicalidad.

f) Víctima del Holocausto

El 2 de agosto de 1942 es obligada por las fuerzas nazis de ocupación a abandonar de inmediato el convento de Echt. Será deportada, junto con otros religiosos judíos todos ellos, a diferentes campos de concentración… Desde la barraca 36 del campo de concentración de Westerbork le llega a la priora del Carmelo una nota con fecha 5 de agosto y con la firma de Benedicta. La última frase testimonia el talante grandioso de quien escribe: «Se encuentran aquí muchas personas, que necesitan un poco de consuelo y lo esperan de las religiosas»... Un agente holandés, que tuvo ocasión de observarla y hablar con ella en el campo, dejó escrito: «En el infierno de Westerbork vivió algunos días, anduvo, habló y oró..., como una santa. Eso era ella realmente». Durante una conversación dijo: ‘El mundo se compone de contrastes... (Pero) al final nada quedará de esos contrastes. No quedará otra cosa sino el gran amor...’ Yo presencié la sonrisa y la inquebrantable firmeza que la acompañaron a Auschwitz».

El 9 de agosto de 1942 llevó a cabo, a la par que muchos congéneres de raza y de fe, la consumación de su holocausto en la cámara de gas de Auschwitz. En comunión con sus hermanos y unida al Cristo redentor, recorrió el último tramo de su ascensión al martirio en silencio, orando, intercediendo, porque en palabras suyas: «Sólo los que rezan están capacitados para detener la espada sobre nuestras cabezas, y por medio de una vida santificada librar a este mundo de los poderes juzgadores».

El 1 de mayo de 1987 Edith Stein fue beatificada por Juan Pablo II en Colonia, con el título de mártir de la fe.

El 11 de octubre de 1998 tuvo lugar la solemne canonización de Edith Stein por Juan Pablo II en la plaza de San Pedro en Roma.

El 1 de octubre de 1999 Santa Teresa Benedicta (Edith Stein) es declarada co-patrona de Europa por Juan Pablo II, junto con Santa Brígida de Suecia y Santa Catalina de Siena.

Mensaje

La canonización de Edith Stein supone para los creyentes una palabra profética, y para el hombre de hoy un reto a la vez que un estímulo. La vida y la doctrina de tan singular mujer constituyen un legado enriquecedor digno de ser tenido en cuenta en los tiempos presentes. Merece la pena destacar algunos elementos de su mensaje por lo que comporta de actualidad y de iluminación para todos nosotros.

a) Amor a la verdad

Fue mujer entregada a buscar lo fundamental, lo esencial, de sí y del mundo que le rodea; lo suyo es ir hasta las raíces últimas para no perderse en superficialidades; aspira a descubrir lo que es en verdad.

La fuerza motriz de tal proceder proviene de una convicción fuertemente sentida, y que referirá en su obra filosófica más importante: «La verdad es una, pero se descompone en muchas verdades que debemos conquistar una tras otra. Profundizar en una de ellas nos hará ver más lejos, y cuando descubramos un horizonte más vasto, percibiremos desde nuestro punto de partida una nueva profundidad».

b) Talante universal

De manera evidente se percibe en esta mujer su alergia a lo cerrado y a las estrecheces; no le van los reduccionismos. Es partidaria de miradas amplias y generosas. El talante universalista, rompedor, seguirá presidiendo la existencia de Edith Stein, también una vez aceptado Dios en su vida, aunque en principio no fue así; ya que, según confesión propia, «en el tiempo inmediatamente anterior a mi conversión y después, durante un cierto período, llegué a pensar que llevar una vida religiosa significaría dejar de lado todo lo terreno y vivir teniendo el pensamiento única y exclusivamente en cosas divinas. Pero, poco a poco, he comprendido que en este mundo se nos exige otra cosa, y que incluso en la vida contemplativa no debe cortarse la relación con el mundo; creo, incluso, que cuanto más profundamente alguien está metido en Dios, tanto más debe, en este sentido, salir de sí mismo, es decir, adentrarse en el mundo para comunicarle la vida divina».

c) Espíritu ecuménico

En el ser y pensar de Edith Stein aparecen elementos ecuménicos asumidos con toda naturalidad. Ella es judía y católica al unísono, sin que le suponga conflicto alguno... Estuvo muy por encima de clasificaciones y exclusivismos demasiado humanos. Esto quedará patente, por ejemplo, más tarde cuando, tras la muerte del profesor Edmund Husserl, judío y convertido al protestantismo, escribe a la religiosa que lo atendió en los últimos instantes: «No tengo preocupación alguna por mi querido maestro. He estado siempre muy lejos de pensar que la misericordia de Dios se redujese a las fronteras de la Iglesia visible. Dios es la verdad. Quien busca la verdad, busca a Dios, sea de ello consciente o no».

d) Al servicio del ser humano

Desde joven tuvo una alta estima de sí, y de sus semejantes; se esforzó por respetar y defender la dignidad que todo ser humano encarna. Como filósofa su pensamiento se orientó de modo decidido hacia la persona, a descifrar el misterio que encierra. En este campo merece un capítulo aparte los estudios dedicados a presentar el ser de la mujer, así como su lugar en la vida civil y eclesiástica. También en estos temas procederá con el máximo rigor, buscando siempre los fundamentos racionales y teológicos. Por otra parte, la entera existencia de Edith Stein estuvo presidida por una máxima que ella misma formuló y que trató de llevar a la práctica; reza así: «Estamos en el mundo para servir a la humanidad». A ella dedicará su pensar, sus desvelos, su vida y su muerte.

Ezequiel García Rojo, O.C.D.

Texto tomado de: Martínez Puche, José A. (director),
Colección Nuevo Año Cristiano de EDIBESA.