Dignidad de la vida

 

La dignidad de la vida

 

A Digna Ochoa la conocí hace varios años, era parte de la familia. Fue siempre una mujer congruente y valiente, de carácter claro y decidido. Por su conciencia cristiana se comprometió con los más pobres, descubrió su vocación de servicio y la practicó a carta cabal en su ejercicio profesional como abogada. Siempre en los casos más difíciles. Siempre de parte de los débiles, de los que no tenían posibilidad de pagar un abogado decente. La recuerdo ayudándonos con los casos del Centro de Derechos Humanos Fray Bartolomé de Las Casas, aconsejando estrategias jurídicas. Siempre con gran energía, con un estilo en ocasiones difícil, de intransigencia permanente contra la impunidad. La recuerdo después de haber sido secuestrada, serena, como si no hubiera pasado nada: consistente en su trabajo por la justicia. Digna veía en el derecho su instrumento eficaz para poner en práctica la justicia. Creía en lo que hacía y minimizaba el riesgo que lo consideraba como parte normal en un país como México.

Dice la crónica del domingo pasado que a Digna se le veía últimamente muy contenta. Quizá el retorno a su país le brindaba una oportunidad nueva de compromiso por la justicia después del exilio. Quizá padecía de ese gozo secreto de saberse actuando en la verdad. Seguramente era la felicidad de su amor con su pareja y la convicción de trabajar en lo justo. Digna cumplió 38 años. Muy joven aún, supo lo que significaba vivir fuera del país a causa de la persecución. Acumuló gran experiencia en su trabajo de abogada. Conocía las cárceles, las más horrendas del país y defendía a los presos políticos que las autoridades insisten en negar su existencia. Muchas horas las pasó en las tristes oficinas de Ministerios Públicos, explicando la Verdad en voz alta, deletreando ante las viejas máquinas de escribir la palabra "justicia". Estuvo donde había la necesidad de un defensor que no se corrompiera, que no pidiera para el refresco del secretario y del acuario del juez... Sufrió dos secuestros.

Dice la referida crónica del domingo que Digna planeaba un viaje, que después de la cárcel iría a ver a su familia. De hecho Digna vivía viajando de una cárcel a la otra, de Guerrero a Almoloya, de las oficinas de migración a Cerro Hueco, aquélla de Albores Guillén desbordante de inocencia *. Ante las amenazas a sus hermanas les decía que habían algunos que le planeaban otro viaje ya pronto, el último, su Resurrección. Se lo concedieron. Su familia se hizo de pronto más grande, y ante las palabras de Miguel Concha en el sepelio, cuando dice que "no nos sentimos intimidados", crecen sus hermanos y hermanas y se hacen muchos hoy exigiendo a las autoridades el castigo a los culpables.

Digna fue asesinada el viernes 19 justo cuando el presidente Fox concluía una entrevista con el reportero del Corriere della Sera al que le manifestó que la situación en el país se normalizaba y que la guerra era un hecho del pasado. Ocultar en el exterior lo que sucede dentro fue la práctica habitual del régimen del cual se quiere el presidente distanciar. La mentira favorece la impunidad, la mentira vigoriza la violencia y robustece la cólera de quienes viven otra realidad. El Presidente miente, lo dice Digna hoy muerta. Y si este crimen se mantiene en la impunidad sus autores cobrarán nuevas vidas. Es indispensable una investigación rápida y eficaz para detener a los asesinos. Las pistas las tienen los ministerios públicos donde descansan en paz las averiguaciones previas por amenazas en contra de Digna y de los defensores de derechos humanos del país. Las pistas las tienen dentro del propio sistema de administración de justicia donde están los casos que Digna seguía y se puede investigar.

Existe una responsabilidad incumplida por parte de las autoridades que no se puede soslayar en el nombre de la herencia incómoda. Los funcionarios del nuevo gobierno conocían de las amenazas y había medidas que la Comisión Interamericana de Derechos Humanos había solicitado al gobierno mexicano y no se cumplieron. La prevención de los delitos no es una virtud en un sistema democrático, es simplemente una necesidad básica de convivencia en una sociedad. Hay otras amenazas que apuntan a otros defensores y es elemental que los gobiernos estatales y federal tomen las medidas necesarias a fin de garantizar el derecho a la defensa de los derechos humanos.

Con frecuencia, los ataques que sufren los defensores de derechos humanos en el país se realizan de manera abierta e impune a través de los medios de comunicación social, particularmente por la televisión. Se les acusa de "defender terroristas" o de ser "amantes de la violencia". Se establece un medio adecuado de linchamiento público y se les descalifica de su acción social. La violencia predigerida se deglute mejor viéndola por la televisión.

La amenaza sobre el cuerpo de Digna muerta nos recuerdan a las de tantos otros muertos en tantos otros países. Esa hojita de papel bond, con letras de molde, hechas con plumón negro, rellenas de obediencia aburtiana, es la misma que se encontró en Guatemala sobre los cuerpos de los catequistas masacrados en alguna aldea sin nombre, sobre el cuerpo de Monseñor Romero, sobre veinte mil argentinos, sobre los cuerpos de los Sin Tierra en Brasil. Es el mismo INRI que delata al autor. Es el mismo "hijos de puta a todos los mataremos". Es el mismo "no se muevan y cállense" no soporto su Digna voz, no soporto su dignidad. Con el mismo denominador común, como si fuera sacado de algún manual de "cómo asesinar a un defensor de derechos humanos" escrito en inglés y mal traducido al español.

Adiós Digna. La familia te tiene más presente, no nos intimidan. La Dignidad no tiene precio. Como te dijo Luis del Valle: "Que todos seamos Digna, que seamos dignos de la vida que nos fue dada".

Pablo Romo.

 

 

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