Su amor a la cruz

Santo Domingo de Guzmán y la Cruz de Cristo

La cruz de Jesús es para los cristianos de todos los tiempos el testimonio más elocuente del amor de Dios hacia la humanidad y el símbolo de su victoria sobre el pecado y la muerte. Constituye el elemento esencial de la espiritualidad cristiana que todos debemos esforzarnos por reproducir en nuestra vida. La cruz inspira todo impulso hacia la santidad. Santo Domingo, siguiendo las huellas del Salvador, se abrazó a la cruz y la amó sólo porque Jesús también la amó e hizo de ella la expresión más alta de su amor al Padre y a la humanidad1.

Domingo se impregnó hasta lo más profundo de su ser de estos sentimientos de Jesús e imprimió en el corazón de sus frailes el amor a la cruz y a todo lo que ella representa. Su pobreza voluntaria, su vida austera, su caridad apostólica, sus renuncias constantes son la mejor muestra de su amor a la cruz de Jesús. Pero donde se expresa con mayor claridad su unión a Cristo sufriente es en la oración. Quienes convivieron con él de cerca nos cuentan que durante la celebración de la eucaristía derramaba tal cantidad de lágrimas, sobre todo al pronunciar las palabras del canon, que una gota no esperaba a la otra. Esta emotividad y dramatismo brotaba del asombro y de la tristeza propia de los santos al recordar la incomprensión del amor infinito de Dios por parte de la humanidad. Domingo sufre con Cristo y en Cristo por quines viven alejados de Cristo. De ahí nace su deseo de anunciar a todos la Palabra de Dios como prolongación del ministerio de Jesús. En su oración privada y personal Domingo abría su corazón a Cristo sufriente para suplicarle con lágrimas e incluso con rugidos: “Señor, ten piedad de tu pueblo. ¿Qué será de los pobres pecadores?” Y para intensificar su oración unía a ella el esfuerzo corporal mediante genuflexiones, postraciones, flagelaciones… Todo ello expresa la misma preocupación de Jesús por la salvación de la humanidad2.

El opúsculo titulado Los nueve modos de orar de santo Domingo testimonia esta pasión por la cruz de Cristo. Las bellas ilustraciones que le acompañan muestran casi siempre a Domingo orando ante la imagen de un crucificado que tiene las heridas abiertas y del que sigue brotando sangre. En su oración Domingo comparte la agonía de Jesús. De ahí que algún pintor se haya atrevido a representar la pasión mística de Domingo como una vivencia espiritual en la que se identifica totalmente con la pasión del Salvador. El sexto modo de oración nos lo presenta orando con los brazos en forma de cruz, forma que no era habitual en él y que reservaba únicamente para cuando, inspirado por Dios, comprendía que algo grandioso y sorprendente iba a ocurrir en virtud de la oración. En el noveno modo podemos leer que yendo de viaje algunas veces se protegía contra la tentación haciendo el signo de la cruz.

Este amor a la cruz fue igualmente inmortalizado por los bellos frescos de Fray Angélico donde Domingo aparece orando al pie de la cruz, ya sea arrodillado junto al madero ensangrentado del crucificado, ya sea abriendo sus brazos en forma de cruz al mismo tiempo que observa como la sangre de Cristo riega la tierra sedienta, o cubriendo su rostro después de haber contemplado tanto dolor en Jesús crucificado, o postrándose ante la cruz y tocando casi con su mano la sangre que corre por el madero, o abrazándose con ternura al árbol de la vida.

En el Diálogo de santa Catalina de Siena el Padre eterno dice de Domingo que tomó el oficio de su Hijo unigénito esparciendo sus enseñanzas con verdad y luz, para destruir las tinieblas del error, e hizo comer a sus frailes la luz de la ciencia en “la mesa de la cruz”. No quiso que sus hijos atendieran a otra cosa que a permanecer a esta mesa con la luz de la ciencia, buscando únicamente la gloria y la alabanza divina, así como la salvación de las almas3. Este deseo caló muy hondo en las primeras generaciones de frailes dominicos, hasta el punto de que se desvivían por identificarse lo más posible con Jesús crucificado. A lo largo de la historia muchos dominicos y dominicas se han destacado por una devoción especial a la pasión y, en concreto, a la cruz de Jesús. En la cruz han sabido encontrar, como san Pablo y Domingo y otros muchos, la verdadera sabiduría.

Fray Gerardo de Frachet en su obra Vida de los Hermanos, haciendo historia de los primeros momentos de la Orden de Predicadores, denomina con frecuencia a la imagen del crucificado pintado en los muros de las celdas de los frailes libro abierto de la vida y libro del arte del amor de Dios, es decir, el libro del amor con el que Dios nos amó4. Esta relación tan estrecha entre el amor y la cruz que establecían los cristianos medievales nos lleva a pensar que Domingo se refiería a la cruz de Cristo cuando un estudiante le preguntó en qué libro había estudiado para predicar de forma tan incomparable y hablar de las Sagradas Escrituras tan agradablemente, y le respondió diciendo5: “Hijo, estudio, más que en ningún otro, en el libro de la caridad, porque éste lo enseña todo”6.

Como nos dicen acertadamente Guy Bedouelle y Alain Quilici, Domingo tuvo sin duda la gracia de Cristo en la cruz, es decir, la gracia de percibir la inmensa angustia de un mundo sin Dios; él conoció el sufrimiento de Jesús quien veía cómo se alejaban de él aquellos a los que justamente había venido a reunir7. Esta gracia sigue siendo de una gran actualidad en nuestro mundo en el que muchas personas viven como si Dios no existiera y experimentan el sinsentido de su propia vida. Hoy sigue siendo urgente que Dios suscite esta misma gracia en todos los cristianos y, a su vez, que éstos se dejen interpelar por ella.

Fray Manuel Ángel Martínez de Juan, OP


1 Cf. G. BEDOUELLE y A. QUILICI, Les frères prêcheurs autrement dits Dominicains, Paris 1997, p. 31.
2  Cf. D. ABBRESCIA, La preghiera nella prima generazione dominicana, en I. COLOSIO (a cura di), Saggi sulla spiritualità Dominicana, Firenze, 1961, pp. 57-60.
3 Cf. CATALINA DE SIENA, Obras de santa Catalina de Siena. El Diálogo. Oraciones y Soliloquios, BAC, Madrid 1980, p. 403.
4 Cf. J.-R. BOUCHET, “Le Christ «Libre de vie». La dévotion au crucifié chez les premiers prêcheurs”, La Vie Spirituelle 141 (1987) 131.
5 Cf. IBIDEM.
6 Cf. G. de FRACHET, Vidas de los Hermanos, en L. GALMES y VITO T. GOMEZ y otros, Santo Domingo de Guzmán. Fuentes para su conocimiento, BAC, Madrid 1987, p. 428.
7 Cf. G. BEDOUELLE y A. QUILICI, o.c., pp. 31-32.