10/02/2010
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Santa Escolástica
I. Contemplamos la Palabra
Primera lectura: I Reyes 10,1-10
“Cuando la reina de Sabá vio la sabiduría de Salomón, dijo al rey: ‘¡Es verdad lo que me contaron en mi país de ti y tu sabiduría! Yo no quería creerlo; pero ahora que he venido y lo veo, resulta que no me habían dicho ni la mitad. ¡Dichosa tu gente, dichosos los cortesanos que están siempre en tu presencia, aprendiendo de tu sabiduría! ¡Bendito sea el Señor, tu Dios, que, por el amor eterno que tiene a Israel, te ha elegido para colocarte en el trono de Israel y te ha nombrado rey para que gobiernes con justicia!’”.
Evangelio: San Marcos 7,14-23
“En aquel tiempo, llamó Jesús de nuevo a la gente y les dijo: ‘Nada que entre de fuera puede hacer al hombre impuro; lo que sale de dentro es lo que hace impuro al hombre… Porque de dentro, del corazón del hombre, salen los malos propósitos, las fornicaciones, robos, homicidios, adulterios, codicias, injusticias, fraudes, desenfreno, envidia, difamación, orgullo, frivolidad. Todas estas maldades salen de dentro y hacen al hombre impuro”.
II. Compartimos la Palabra
Todas las generaciones, incluida la nuestra, han tenido y tienen sus “contaminantes”, sus tabúes, alimentos que se creía y se cree contaminan el cuerpo e ideas que, ciertamente, contaminan el alma. Quizá el origen de los “alimentos impuros” de los judíos estuviera en razones higiénicas y sanitarias por su clima especialmente cálido. Unido esto a su especial predisposición a la dimensión religiosa, se explica el salto a la contaminación del alma a través del alimento puramente corporal.
No fue fácil el cambio de mentalidad que la enseñanza y la práctica de Jesús trajo consigo. Pedro tuvo dificultades; Pablo, también. Marcos vuelve a la carga con estas palabras de Jesús para intentar poner más luz y liberar a aquellos primeros cristianos de las ataduras de sus padres. “Nada que entre de fuera puede hacer al hombre impuro. Lo que sale de dentro es lo que hace impuro al hombre”.
Para empezar, hay que ser correctos y respetuosos, hay que ser honrados. Pero eso es algo tan frío que no se necesita ser cristiano para practicarlo. Eso puede ser una moral de mínimos para dar el salto a captar la enseñanza hoy de Jesús. Porque “lo que entra en el corazón –no en el vientre- y lo que sale del corazón, eso es lo que hace puro o impuro al hombre”. Y enumera algunos de los pecados, entonces más significativos.
Jesús, buen cardiólogo, nos pide que cuidemos el corazón. Que nos fijemos en las motivaciones de su Padre Dios en su actuación sobre nosotros, y que intentemos imitarle. Que no seamos duros, que no se nos vea crispados y enfadados, que no condenemos, que bendigamos siempre y, fruto de esa bendición, nos manifestemos acogedores y acogidos. No dudemos, para lograrlo, limpiar y duchar el corazón. “Danos, Señor, un corazón nuevo, un corazón puro. Renuévanos por dentro con espíritu firme”.
Nació el año 480, en Nursia, Italia. Su vida estuvo, desde siempre, desde antes de nacer, ligada a la de su hermano gemelo san Benito. Ambos, de forma distinta pero con igual intensidad, se consagraron a Dios desde jóvenes y, por medio de la vida religiosa, alcanzaron la santidad.
Por más conocido y manido que pueda resultar, no me resisto a transcribir uno de los últimos gestos, si no el último, de santa Escolástica, tal como nos lo relata san Gregorio. San Benito solía ir a ver y charlar con su hermana una vez al año. “En el último coloquio que tuvo lugar el primer jueves de cuaresma del año 547, Dios demostró que le agradaba más el gesto de afectuosa caridad que el cumplimiento riguroso de la regla. Escolástica le pidió a su hermano que permaneciese con ella, para que toda la noche hasta el día siguiente pudieran hablar de la alegría de la vida celestial. Ante la negativa de Benito, ella juntó las manos y permaneció en oración… Y, pocos instantes después, pareció que se abrían las cataratas del cielo: el aguacero y los truenos obligaron a Benito a desistir de regresar al monasterio. Pero le echó la culpa a la hermana que replicó: ‘Yo se lo pedí y él me lo concedió’”. Tres días después, Benito veía subir una paloma desde el monasterio hacia el cielo. Era el alma de Escolástica.
Fray Hermelindo Fernández Rodríguez
La Virgen del Camino
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