Dom
24
Abr
2011

Homilía Domingo de Resurrección

Año litúrgico 2010 - 2011 - (Ciclo A)

Hoy es el día en que actuó el Señor; sea nuestra alegría y nuestro gozo.

Pautas para la homilía de hoy

Reflexión del Evangelio de hoy

(Estas pautas presuponen que se ha leído la lectura de 1 Cor 5,6b-8)

Una vez martirizado Jesús, y tras un largo Sábado Santo, muchas y muchos de los que lo habían seguido proclamaron valientemente que Jesús estaba vivo, había resucitado de entre los muertos, y se habían encontrado con él, experimentando en sus vidas su presencia y la fuerza de su Espíritu. El anuncio, después de la decepción del Viernes Santo, no fue fácil. Y solo se explica porque Jesús mismo, en contra de las expectativas de los suyos, se dejó ver; impuso su presencia a aquellas mujeres y a aquellos varones antes decepcionados y acobardados. Entonces recobraron la alegría, y también el valor para anunciar algo que resultaba peligroso para sus vidas. Pues anunciar que Jesús había resucitado equivalía a decir no solo que su causa seguía en pie, sino que él mismo estaba vivo para ponerse al frente de la causa. Esto significaba, además, que Dios había dado la razón a Jesús y se la había quitado a sus asesinos; significaba que las autoridades se habían equivocado, que ellas no tenían razón, que no habían podido con Jesús y, por consiguiente, tampoco iban a poder con los suyos. La proclamación de la resurrección no dejó indiferente al poder religioso y político que había condenado a Jesús. Anunciar la resurrección era una provocación.

Este anuncio debería seguir siendo hoy una provocación. Por tanto, debería ir necesariamente unido a un serio compromiso a favor de la vida y en contra de todos los males, injusticias y mentiras que pueblan este mundo. Solo entonces este anuncio resultará una buena noticia para las víctimas y una seria advertencia para los verdugos. En un anuncio así se manifiesta el poder de vida del Espíritu del Resucitado que mueve a sus portadores a actualizar en nuestro mundo la palabra y la obra de Jesús. Creer en la resurrección de Cristo es creer que la muerte, la mentira, el odio y la injusticia no tienen ningún futuro, que es inútil construir sobre estas realidades que se oponen a Dios. Lo que tiene futuro es la verdad, la vida y el amor. Por eso es posible luchar por la vida y el amor sin temor a la muerte.

Este compromiso a favor de la vida, sólo es posible si los cristianos vivimos una vida resucitada. En esta línea San Pablo decía a los Corintios, y nos sigue diciendo a nosotros, que estamos llamados a fermentar la masa, a ser luz para el mundo, a manifestar que la vida tiene sentido, a ofrecer razones para vivir. Pero, ¡atención dice San Pablo!, la masa no puede fermentarse con levadura vieja, “porque sois panes ázimos”. Vale la pena detenerse en estas extrañas palabras: “sois panes ázimos”. Un pan ázimo es un pan sin levadura. Los judíos celebraban la Pascua con pan ázimo recordando la apresurada salida de Egipto, en la que llevaron consigo solamente panes sin levadura. Pero los ázimos son también un símbolo de purificación: eliminar lo viejo para dejar espacio a lo nuevo. A la luz de la resurrección de Cristo, donde acontece la verdadera novedad, pues allí aparece la vida que no muere más, el sentido purificatorio de los ázimos adquiere un nuevo sentido: nosotros, sus discípulos podemos y debemos ser “masa nueva”, “ázimos”, liberados de todo residuo del viejo fermento del pecado; ya no más malicia y perversidad en nuestro corazón.

Esta afirmación de San Pablo: “sois panes ázimos”, es una invitación a propagar el anuncio de la Pascua con la boca, pero sobre todo con el corazón y con la vida, con un estilo de vida “ázimo”, simple, humilde y fecundo en buenas obras. El Resucitado nos aguarda en Galilea, o sea, en los caminos del mundo, para que seamos portadores de paz, y hagamos de este mundo no un camino de cruces, un via crucis, sino un camino de luces, un via lucis, pues como dice un poeta palestino, Mahmoud Darwish, tenemos bastantes ayeres, necesitamos un mañana.