Semana Cuarta
Día Séptimo |
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Lucas
12,49-53
He
venido a traer fuego a la tierra
Reconsiderando
esa hermosa imagen de Jesús, un himno de comunión canta: Mendigo del
fuego yo te tomo en mis manos como en la mano se toma la tea para el
invierno
Y Tú pasas a ser el incendio que abrasa el mundo
En
toda la Biblia, el fuego es símbolo de Dios; en la zarza ardiendo encontrada
por Moisés, en el fuego o rayo de la tempestad en el Sinaí, en los
sacrificios del Templo, donde las víctimas eran pasadas por el fuego, como símbolo
del juicio final que purificará todas las cosas:
Jesús se compara al que lleva en su mano el bieldo para aventar la
paja y echarla al fuego (Mateo 13,40).
Habla del fuego que quemará la cizaña improductiva (Mateo 13,40)
Pero Jesús rehusa hacer bajar fuego del cielo sobre los samaritanos.
(Lucas 9,54)
La Iglesia, en lo sucesivo, vive del fuego del Espíritu
descendido en Pentecostés. (Hechos 2,3).
Ese fuego ardía en el
corazón de los peregrinos de Emaús cuando escuchaban al Resucitado sin
reconocerlo
(Lucas 24,32).
¡Y
otra cosa no quiero sino que haya prendido!
Cuando
Jesús, en las páginas precedentes nos recomendaba que nos mantuviéramos
en vela y en actitud de servicio, nos invitaba a una disponibilidad
constante a la voluntad de Dios. El mismo Jesús dio ejemplo de esa
disponibilidad, de ese deseo ardiente de hacer venir el Reino de Dios.
No hay que estar durmiendo.
¡Cómo quisiera que el fuego haya prendido y esté ardiendo! Hay que
despegarse de la banalidad de la existencia, hay que arder
en el seno
mismo de las banalidades cotidianas.
Tengo
que recibir un bautismo, y ¡cuán angustiado estoy hasta que se cumpla!
La
renovación del mundo por el fuego de Dios, la purificación de la
humanidad, son como una obsesión para Jesús. Sabe que para ello tendrá
que ser sumergido bautizado- en el sufrimiento de la muerte, que será vapuleado como las olas del mar vapulean a un ahogado. Este pensamiento le
llena de angustia.
La
salvación del mundo
la purificación, la redención de los hombres
no
se han llevado a cabo sin esfuerzo, ni sin sufrimientos inmensos. No lo
olvidemos nunca.
¿Cómo
podría extrañarnos que eso nos cueste, puesto que ha costado tan caro a Jesús?
Señor,
danos la gracia de participar a tu bautismo.
¿Pensáis que he venido a traer
paz a la tierra? Os digo que no,
sino división.
El
Mesías era esperado como Príncipe de la Paz (Isaías 9,5; Zacarías 9,10;
Lucas 2,14, Efesios 2-14)
La
paz es uno de los más grandes beneficios que el hombre desea; aquel sin el
cual todos los demás son ilusorios y frágiles. Los hebreos se saludaban deseándose
la paz: Shalom. Jesús despedía a los pecadores y pecadoras con esa
frase llena de sentido: Vete en paz (Lucas 7,50; 8,48; 10,5-9). Y sus
discípulos tenían que desear la paz a las casas donde entraban.
Pero
Ese
saludo, esa paz nueva, viene a trastornar la paz de este mundo.
No es
una paz fácil, sin dificultades: es una paz que hay que construir en la
dificultad.
Porque de ahora en adelante una
familia de cinco estará divida: Tres contra dos, y dos contra tres
El
Padre contra el Hijo, y el Hijo contra el Padre
La Madre contra la Hija, y
la Hija contra la Madre
Vemos
cada día en muchas familias ese tipo de conflictos que anuncia Jesús. Llegará
un día en que habrá que decidirse, por, o contra Jesús; y en el interior de
una misma familia, la separación, la división resulta dolorosa
Te
ruego, Señor, por las familias divididas por ti: ¡cuán seria es esa toma de
posición que Tú exiges! Ineluctable, inevitable, necesaria.
DA GRACIAS.
Escribe
la impresión final.
(Rezo las oraciones finales)

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