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En uno de los
libros más populares del Antiguo Testamento: El Eclesiastés,
se nos ofrecen unas reflexiones que a las personas mayores nos
debieran ayudar para asumir la etapa final de la vida con la mayor
serenidad posible. Dice el Eclesiastés: “Todo tiene su momento, y
cada cosa su tiempo bajo el cielo: Su tiempo el nacer, y su tiempo
el morir; su tiempo plantar, y su tiempo de arrancar lo plantado… Su
tiempo el llorar, y su tiempo el reír; su tiempo el lamentarse, y su
tiempo el danzar…”
Afortunadamente, gracias a que la
calidad de vida ha mejorado, somos más personas las que cada día
disfrutamos de este tiempo añadido, con una paz y serenidad,
inimaginable hace unos años cuando mirábamos con cierto temor el
declive normal de nuestra existencia. Pensamos, que el gran
privilegio de gozar de unos cuantos años más de vida debiéramos
aprovecharlo para que fuera tiempo de gratitud, de despedida
serena y agradecida de nuestro paso por la tierra.
Al habernos desligado
de otras preocupaciones y favorecidos por cierta soledad, estos años
son más propicios para que demos gracias al Buen Dios: por cada
amanecer que alumbra y da a luz un nuevo día para reencontrarte con
el apasionante reto de la vida; por el soplo del aire matutino que
da alma a nuestros sonidos y sentimientos; por el agua limpia que se
desliza a través de nuestras manos, dando frescura y ánimo a nuestro
cuerpo y a nuestro espíritu; por la fruta, y el café y el pan
caliente, que nos dan el primer aliento y fuerza para empezar de
nuevo a caminar por la existencia… Y si tenemos la inmensa suerte de
vivir en la sagrada montaña de la Peña de Francia, por poder
contemplar y hasta saludar a los pajarillos que revolotean y juegan
con sus frágiles e ingenuos vuelos, en los alrededores de nuestra
casa.
A pesar de las
contradicciones, cansancios y obscuridades en los que los seres
humanos estamos inmersos, si tenemos suficiente salud y paz, en
nuestros últimos años podremos despedirnos de la vida con una
nostalgia agradecida de todo lo que nos ha acompañado durante
nuestra breve existencia, -porque la vida ciertamente no es muy
larga-. En nuestros solitarios otoños vividos en la Peña de Francia
hemos disfrutado de una perfecta sintonía entre el silencio más
profundo de nuestra alma, y el silencio secular de la montaña,
poblada de austeros robles y pinos, humildes y sufridos brezos y
retamas...
En algunos momentos hemos sentido una
profunda nostalgia al irnos despidiendo de esta madre naturaleza que
ha sido testigo silencioso y fiel de nuestros mejores sentimientos:
Mientras el otoño va llegando, estos cerros eremitas solitarios,
testigos insobornables del tiempo, se van poblando de infinitos
silencios. Ráfagas de viento huracanado, caprichoso, inconsciente,
se han llevado a la intemperie del abismo, diademas de flores,
sinfonías de conciertos. El monte se está despojando de lo efímero y
pasajero, cubriéndose de hojas doradas, para dar abrigo a sus
sueños. ¡Ay sufridos montes solitarios de belleza siempre nueva, de
acogedoras entrañas, de desconocidos silencios! Dadme vuestra serena
fortaleza, el calor de vuestro hogar. ¡Sumergidme en vuestro tiempo
mientras va llegando el Gran Silencio!
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