Estudio y Predicación

 

 

El estudio al servicio de la predicación

Es indiscutible el puesto central del estudio en el proyecto fundacional de Domingo. Pero el estudio ya existía antes de Domingo y antes que éste fundara la Orden de Predicadores.

Domingo no inventó el estudio. La actividad intelectual era ya conocida y ejercitada en las escuelas del monaquismo clá­sico y en las escuelas palatinas y catedralicias1. La origina­lidad de Domingo no consiste en introducir el estudio en la vida religiosa. Ora et labora, rezaba el lema benedictino. Muchas veces se ha afirmado, sin demasiada precisión, que la innovación de Domingo consistió en sustituir el trabajo manual del lema benedictino por la actividad intelectual de los domi­nicos. Esta afirmación, que tiene su parte de verdad, no debe ser interpretada como si el estudio comenzara con la Orden de Predicadores. Precisamente el estudio dominicano se inserta en una ya larga tradición de estudio e investigación, que florece especialmente en los siglos XII y XIII, precisamente cuando nace la Orden de Predicadores.

La originalidad de Domingo consistió en poner el estudio al servicio de la predicación, en dar a éste una significación y una finalidad específicamente apostólicas. Su intuición profética consistió en darse cuenta de la absoluta necesidad de una ade­cuada preparación intelectual para la renovación efectiva del ministerio de la predicación. Como todos los demás compo­nentes del proyecto dominicano —pobreza, liturgia, observan­cias, dispensa...— el estudio dominicano tiene desde el prin­cipio un carácter y una finalidad eminentemente apostólica. Santo Tomás razonará la necesidad del estudio para las Ordenes religiosas fundadas para la predicación o para minis­terios parecidos2. Y defenderá, en este sentido, la superioridad de las Ordenes dedicadas a la enseñanza y la predicación sobre aquellas que se dedican simplemente a la contemplación, "ya que es más perfecto iluminar que ver la luz solamente, y comu­nicar a los demás lo que se ha contemplado —contemplata aliis tradere—, que contemplar sólo"3. La conocida expresión contemplara aliis tradere se convirtió en formulación clásica del ideal dominicano.

Para comprender la significación y relevancia de esa intuición profética de Domingo, es preciso situar su proyecto fundacional en el contexto histórico. El P. Mandonnet ha hecho un acertado análisis de la crisis de los esstudios a principios del siglo XIII y su relación con la fundación de la Orden de Predicadores4. En el siglo XII hay un gran desarrollo intelec­tual en algunas élites eclesiásticas y un lamentable abandono intelectual en la mayoría de los eclesiásticos. Los clérigos estu­diosos se dedican sobre todo al derecho civil o eclesiástico; son juristas y no teólogos. El Concilio III de Letrán (1178), consciente de los efectos negativos de esta crisis en el minis­terio de la predicación, establece que cada iglesia catedral tenga un maestro con la misión de instruir gratuitamente a los clérigos de esa iglesia. El Concilio IV de Letrán (1215) con-firma este decreto, que apenas en contadas ocasiones se había cumplido, y lo amplía a todas las iglesias. Además establece que la iglesia metropolitana tenga un teólogo que instruya a los sacerdotes en la Sagrada Escritura. En 1219 Honorio III se lamenta aún de la inercia de los prelados para llevar a la prác­tica estos decretos pretextando que escasean los maestros en teología. Será la fundación de la Orden de Predicadores la encargada de dar oportuna respuesta a los decretos de los Con-cilios de Letrán, para resolver así el problema de la enseñanza de la teología y de la predicación.

La Orden de Predicadores tiene desde el principio un carácter esencialmente doctrinal, con vistas a resolver el grave problema de la falta de maestros encargados de enseñar las ciencias sagradas. Pero tanto la obligación del estudio como la actividad docente tiene como objetivo último el ministerio de la predicación. El carácter doctrinal del estudio doninicano era inseparable del concepto contemporáneo de "predicación" que tenía también un carácter doctrinal y se distinguía de la mera exhortación moral o penitencial5. La nueva Orden de Predicadores es al mismo tiempo una Orden de Doctores. Pero Domingo no pretende fundar una Orden de profesores, sino una Orden de predicadores. Los dominicos son esencialmente predicadores, y a este ministerio están ordenados, en definitiva, el estudio y la enseñanza.

Sobre este trasfondo histórico es preciso interpretar y valorar tanto las escuelas de teología que funcionaban en las comunidades dominicanas como la actividad docente de los dominicos en otras escuelas de teología. Los Papas pedían a los dominicos que abrieran una escuela de teología en cada uno de sus conventos. Era la forma más efectiva de llevar a la práctica los aludidos decretos de los Concilios de Letrán. Y muchos Predicadores se convierten en lectores de teología, unas veces en las Universidades como París, Oxford, Canter­bury, Nápoles..., otras veces en las numerosas escuelas dioce­sanas. Los arzobispos y obispos se dirigen a los Predicadores en busca de maestros y lectores de teología para sus propias escuelas diocesanas. Pero, es preciso insistir en ello, el obje­tivo último es siempre resolver la profunda crisis del ministerio de la predicación.

El estudio dominicano tiene, pues, desde el principio un carácter esencialmente apostólico. Está más próximo a las escuelas urbanas (y catedralicias), que darán lugar al naci­miento de las Universidades, que a las escuelas monásticas, que se mantienen fieles al ideal de la fuga mundi. Aquéllas se inspiran en el espíritu del orden social naciente v recogen toda la vitalidad que emerge de la cambiante sociedad medieval, revalorizando e incentivando así la vocación inte­lectual. Estas se mantienen en el conservatismo feudal y van entrando progresivamente en la rutina intelectual 6. Aquellas constituyen la Escuela de los Maestros; éstas constituyen la Escuela de los Místicos o Schola Christi.

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1E. GILSON, La Filosofía de la Edad Media, Madrid 1958, t. II, pp. 225ss.

2Suma Teológica, II-II, 188, 5 c.

3Suma Teológica, II-II, 188, 6 c.

4P. MANDONNET, Saint Dominique..., t. II, pp. 84ss.; M. H. VICAIRE, Dominique et ses Précheurs, Paris 1977, pp. 58-100; V. D. CARRO, Domingo de Guzmán, Madrid 1973, pp. 527-534, 735-736.

5P. MADONNNET, Saint Dominique..., t. II, p. 93

6M.D. CHENÛ, Introducción à l’etude de Saint Thomas d’Aquin, Paris 1954, pp. 14ss.

Tomado del libro FELICISIMO MÁRTINEZ, Espiritualidad Dominicana, Edibesa