A los ocho meses de la confirmación de la Orden por el Papa Honorio III, Domingo, vistas y analizadas las cosas, tomó una extraña decisión: decidió dispersar a sus frailes.
La seguridad de Domingo se hizo patente en una expresión a la que nada pudieron objetar: «Dejadme obrar; yo sé bien lo que me hago. Amontonado el trigo se corrompe; esparcido fructifica». El 15 de agosto de 1217 tuvo lugar la anunciada dispersión de los frailes, que muchos gustan de calificar como «Pentecostés dominicano».
Acababa de lanzar a su Orden, sus primeros hermanos, a lo desconocido para los hombres, aunque muy conocido por parte de Dios: |