HOMILIA DEL MAESTRO DE LA ORDEN
Jesús está cansado, por eso se retira a la soledad para encontrar un poco de alivio. Mas, cuando llega a ese lugar supuestamente solitario, se topa con muchedumbres que lo están esperando, y siente compasión por aquella gente. Quizás nosotros sentimos compasión por Jesús. Yo estoy a punto de tomar unas vacaciones, de irme a un lugar solitario, y la única persona que conoce ese lugar es Jean-Jacques. Por eso, si de pronto me topo allí con mucha gente, ¡se lo echaré en cara!
Por el hecho de que Jesús mira a las multitudes y sus penurias, sus planes acaban por trastocarse completamente. Si nosotros dejamos que la gente nos conmueva, que sus problemas y necesidades nos afecten, también nuestras vidas sufrirán un vuelco radical. Nuestros planes caerán por tierra.
Felicísimo Martínez suele decir que Domingo vivía una "espiritualidad de ojos abiertos". Los ojos de Domingo estaban siempre abiertos a lo que estaba aconteciendo. Y esto lo forzaba a que sus planes dieran cabida a las necesidades de la gente. A Domingo le gustaban los libros, quería estudiar. Pero cuando vio las necesidades de la gente hambrienta en Palencia, vendió sus libros para que esa gente pudiera comer. Emprendió un viaje hacia el norte de Europa en compañía de su obispo para concertar un matrimonio real. Probablemente, Domingo tenía por delante una carrera diplomática brillante. Pero vio a esa pobre gente del sur de Francia confundida con la herejía, y decidió entregarles su vida.
Jesús es vulnerable ante la necesidad de las muchedumbres. Observa sus necesidades y responde de inmediato. Esta vulnerabilidad es peligrosa. Puede trastocar completamente nuestra vida. A Jesús le costó la vida. Por eso lo primero a lo que el evangelio nos invita es a que nos atrevamos a ver. ¿Somos capaces de jugarnos el riesgo de ver las necesidades de nuestros amigos? Cuando están descorazonados y tristes, ¿hacemos como si no lo viéramos? ¿Nos atrevemos a ver las necesidades de nuestros padres ya ancianos, o nos ponemos nerviosos por lo que pudieran pedirnos y no queremos darles? ¿Me arriesgo a abrir los ojos para ver la gente en la calle, a los pobres y a los desamparados? Si hago esto mi vida podría cambiar totalmente.
Mañana por la tarde Javier va a hacer algo decisivo. Pondrá sus manos en las de su provincial. y entregará su vida a la Orden. Eso de poner uno sus manos en las manos de otro es sumamente peligroso, porque no sabemos lo que los demás harán con uno. Lo que Javier hará es prometer que será vulnerable. Será vulnerable ante las decisiones de sus hermanos, que pueden pedirle que vaya muy lejos, a China, a Corea, ¡ o a convertir a unos ingleses irredentos! Prometerá que hará un esfuerzo por vivir la misma vulnerabilidad de Jesús, que se atrevió a ver a la muchedumbre y tuvo compasión por toda esa gente. ¡Javier, mi querido hermano, más vale que te prepares porque tus planes se trastocarán algún día! Ahora no sabes lo que se esperará de ti más adelante.
Esta vulnerabilidad es en verdad muy peligrosa. Y seremos capaces de jugarnos este riesgo únicamente si creemos en lo que nos dice S. Pablo en la segunda lectura: "¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿la tribulación, la angustia, la persecución, el hambre, la desnudez, los peligros, la espada?... No, en todo esto salimos vencedores gracias a Aquel que nos amó".
San Pablo viene a decirnos que, en realidad, poco importa lo que suceda, aún lo más terrible. Por momentos, podemos sentir que nuestra vida es un fracaso, que estamos solos, que somos traicionados aún por nuestros hermanos. Nada de esto tiene importancia, porque nada puede separarnos del amor de Cristo. ¿Y tú, Javier, crees esto? ¿Lo crees en verdad? Yo solo lo creo a veces, y pido al Señor que me ayude a creer más.
Hay, en cambio, hermanos nuestros que lo creen sin reticencia, totalmente, hasta la muerte. Justo cuando estaba reflexionando en esta homilía, llegó a Santa Sabina la noticia del asesinato de nuestro hermano Pierre Claverie, obispo de Orán, Argelia, hijo de la Provincia de Francia ... y he pensado en sus palabras:
" La Iglesia cumple su vocación y su misión cuando se halla presente donde la humanidad está descoyuntada, donde se da una crucifixión de su carne. Jesús murió colgado entre el cielo y la tierra, con sus brazos extendidos para reunir a todos los hijos de Dios dispersos por el pecado, encerrados en sí y luchando unos contra otros, y aún contra el propio Dios. Jesús se plantó en el epicentro de esta ruptura trágica que viene del pecado. Aquí, en Argelia, estamos justamente en las fallas sísmicas que atraviesan al mundo entero: el Islam y el Oeste; el Norte y el Sur, los ricos y los pobres. Este es el lugar justo en el que hemos de estar, porque aquí es donde puede brillar la luz de la resurrección".
Los discípulos vieron las necesidades de la muchedumbre, pero ¿qué podían hacer ellos? Esa gente tiene hambre ¿quién irá a saciarla? Jesús dice, entonces, algo sorprendente a los discípulos: ¡Dadles de comer vosotros! ¿Que sólo tenéis cinco panes y dos pescados? ¡Pues con eso os basta! ¡Eso es más que suficiente!
Abrir los ojos y ver las necesidades de la gente puede ser en verdad un gesto muy desconcertante. Ese gesto no sólo puede cambiar toda mi vida: ¡también puede llevarme a la desesperación de no saber qué hacer, de no poder hacer nada! Si en verdad logro ver el sufrimiento de mis amigos, de mi familia, de mis colegas, de los pobres, ¿acaso no me sentiría tentado por la desesperación de no tener nada que ofrecerles?
A veces, cuando visito a mis amigos o a mis hermanos en sus conventos, alcanzo a entrever una sed profunda, un deseo de no sé qué. Y he sentido la tentación de huir. Quisiera a veces taparme los ojos y los oídos, decirles: "¡Basta! ¡Callaos! ¡No me digáis nada, no quiero escucharos! ¡ No tengo nada que daros!". Con todo, Jesús nos dice: Dad lo que tenéis. Eso basta. No necesitáis más.
Al ver las necesidades y el sufrimiento de nuestro mundo, nos volvemos hacia Dios y le pedimos que haga algo. El ciertamente lo hará. Pero la respuesta a mi súplica bien puede ser vosotros todos. ¡Esta respuesta bien puede ser yo mismo! Este curioso relato evangélico que hemos escuchado es la historia de una bendición. Jesús pronuncia una bendición. Y el fruto de esa bendición es obtener que los propios discípulos sean capaces de dar mucho más de lo que hubieran podido imaginar.
En octubre pasado, estuve con Jean-Jacques en Canadá. Visitamos una comunidad dirigida por uno de nuestros hermanos. Era una comunidad de drogadictos, de excarcelados, de vagabundos. Todos ellos gente por la cual la sociedad no da un céntimo. La sociedad prefiere no ver a esa gente ruda, violenta, sin futuro... Pero un hermano nuestro, Jean-Louis Morin, se atrevió a verlos y a acogerlos en su comunidad. Lo primero que pensé cuando Jean-Jacques y yo estuvimos allí fue: ¿Y cómo es posible que este hombre, ya entrado en años, sea capaz de encontrar lo suficiente, y mucho más para darlo a esta gente? Jean-Louis padece el mal de Parkinson, y aún así trabaja de lo lindo. ¿Cómo puede atender a tantas necesidades? La bendición de Jean-Louis consistía en hacer que todos ellos diesen lo que tuvieran. Y todos ellos compartían sus propios dones. Uno era un diestro carpintero; otro, un buen cocinero; uno más tenía la gracia del buen humor; otro, en fin, la delicadeza de saber consolar a los tristes. Con la bendición de Dios, toda esa gente tenía de más, como también nosotros. El don, la gracia, de Jean-Louis estaba, pues, en ayudar a los demás a dar lo que tenían.
Y cuando esta fiesta termina, quedan todavía doce canastos bien llenos con lo que sobró. Cuando Dios concede sus dones, lo hace de manera sobreabundante que supera con creces cualquier necesidad nuestra. Esa generosidad suya es una locura. Es imposible tasarla. Dios se parece a una "mama italiana", que hace una comida abundante para sus hijos cuando vuelven a casa; tanta que, habiendo quedado todo el mundo satisfecho con sólo las pastas, todavía esperan en la cocina otros cinco platillos.
Esta generosidad es una característica de Dios. El siempre da hasta la locura. Basta con echar una mirada a la creación. Cuando Dios creó los escarabajos, no quiso que fueran de una sola especie; se le ocurrió hacer cientos de miles de especies, ¡infinitamente más escarabajos que los que hace falta! Hizo también cientos de clases de uvas, cientos de clases de árboles. La creación toda es testigo de esa generosidad exuberante de Dios.
¡Ojalá logremos hacer nuestra esa generosidad descabellada de Dios! Si damos algo a los demás, no hagamos cálculos sobre lo que es estrictamente necesario. Sepamos dar sin medida, sin calcular lo que nos cuesta.
Javier, queremos pensar especialmente en ti. Mañana entregarás tu vida a la Orden, para ir a predicar el Evangelio. Que tu entrega sea incondicional. Que sea igualmente un don descabellado, sin cálculos ni reservas, como ese don de Jesús cuando dijo a los discípulos: "Tomad y comed, esto es mi Cuerpo entregado por vosotros. Os lo doy todo, sin reservas, para siempre".