HOMILIA DE LA EUCARISTIA FINALQueridos hermanos y hermanas:
El evangelio que acabamos de escuchar nos habla del envío de los discípulos para la misión. Este evangelio se dirige hoy a nosotros. Fortalecidos por este encuentro, nosotros tenemos que ir también por el camino de la misión.
Los discípulos reciben la llamada. No acuden por propia iniciativa. Son llamados por Jesús. Nosotros también hemos recibido la llamada, y la recibimos hoy, cada uno de forma diferente: como laico, como fraile o como hermana. Todos nosotros hemos sido tocados por la compasión de Domingo, pero, como el profeta Jeremías, nos sentimos demasiado débiles, demasiado frágiles, incapaces para tal misión: "Señor, no sé hablar". Sin embargo el Señor nos ha honrado con su llamada. No pasa nada si tenemos miedo. ¿Cómo vamos a anunciar la buena noticia del amor y de la salvación en nuestro mundo de indiferencia, de injusticia, de violencia? ¿cómo anunciamos el amor de Dios a esa madre cuyo hijo ha muerto de SIDA en Madrid hace unos días? ¿cómo predicar la fraternidad a vuestros vecinos inmersos en la violencia de Belfast? Es normal tener miedo ante la misión de ser predicador de la buena nueva.
Este evangelio nos dice otra cosa: los discípulos no van solos: se les envía de dos en dos. Sabéis que esta es una antigua tradición en la Orden Dominicana: Domingo solía enviar a los hermanos de dos en dos; es lo que nosotros llamaríamos un socio. Cuando viajo con Timothy, no es para llevarle el equipaje. Habéis visto cómo viste, ya podéis imaginaros qué ligero es su equipaje. Si vamos juntos, es para compartir la misión, las alegrías y las tristezas, para formar ya una pequeña comunidad cristiana y dominicana, en la cual hablamos, rezamos y reímos juntos. Para mí, durante estos días, ha sido muy importante la presencia de Yvon, de modo especial cuando caí en una profunda tristeza por la muerte de mi amigo Pierre, el obispo dominico de Orán, a cuyo funeral no pude asistir. No vamos solos en el camino de la misión. Vamos juntos. Hoy o mañana caminaréis juntos de nuevo en vuestros grupos dominicanos: Kerygma en Malta, DCY en Irlanda, Grupo Antorcha en Uruguay, Movimiento juvenil italiano, MJD en España.
Jesús envió a sus discípulos con las manos vacías, pero, al mismo tiempo, les invita a realizar cosas grandes. ¡Qué paradoja!
Como a los discípulos, se nos invita a viajar con poco equipaje, lo mismo que los peregrinos a Compostela que saben que es preferible viajar con una pequeña mochila a la espalda.
Pero, al mismo tiempo, Jesús les llama a realizar grandes cosas: les da autoridad sobre los espíritus inmundos. Ser misionero no es ofrecer palabras fáciles, discursos superficiales, como a veces hacemos en la Iglesia; ser misionero está muy unido a curación, a consuelo, a salvación. Todos recordamos el bello final del cuento de Solo: "Estáis tan preocupados por la causa de Dios que habéis olvidado preguntarles por sus heridas". Para esto es nuestra misión: para curar y consolar.
Si ésta es nuestra misión, no es tarea fácil. Es una aventura llena de riesgos.
En primer lugar, existe el riesgo de abrir nuestros ojos a la realidad del mundo. Felicísimo habló de la espiritualidad dominicana como "una espiritualidad de ojos abiertos". Pero, con frecuencia, es duro mantener los ojos abiertos. Este año, cuando visitaba a nuestras hermanas dominicas en los barrios bajos de Bombay, en un momento me sentí desesperado y no pude aguantar más.
Existe también el riesgo del desaliento. Ya sabemos que Domingo, una vez iniciada su misión en Toulouse, vivió años muy difíciles y se sintió desanimado. Se encontraba solo, incomprendido. También Jesús, aparentemente, flaqueó.
Ser discípulo, aceptar ser enviado por Jesús, significa finalmente estar dispuesto a darlo todo.
Hemos comenzado este Encuentro con la triste noticia del asesinato de nuestro hermano Pierre, obispo de Argelia. Esta muerte es una tragedia para la iglesia de aquel país, porque él era una referencia para todos, un personaje brillante en el área del diálogo interreligioso. No obstante, nuestra fe nos dice que su vida fue muy fecunda. No deja de ser un misterio. Al final del funeral de Pierre, una joven argelina musulmana se puso en pie y dijo ante la multitud, los oficiales y la prensa: "Pierre era nuestro obispo". Ella era una musulmana. La fecundidad de una vida entregada.
Hemos asistido en este santuario a la profesión solemne de Javier, que se nos va a China. ¡Vaya lotería! A los ojos humanos puede parecer una locura.
Cada uno de nosotros está llamado a entregar su vida, no sólo en tales momentos espectaculares, sino también en la vida ordinaria. Durante nuestros encuentros en estos días, hemos oídos los múltiples retos que debemos afrontar: la desesperación de la juventud en Polonia, el desempleo en España, la violencia en Irlanda, los sin techo en París y Madrid, la explotación de la mujer en Asia, el hambre en Africa. Cada uno de nosotros está llamado a dar su vida, de una forma o de otra.
Pero seamos claros: ser misionero de Cristo no quiere decir ser un superhombre o una supermujer, especialistas del cambio social. Significa ser, ante todo, hombres y mujeres, que han experimentado ya la misericordia y la ternura de Dios. No podemos ser predicadores si no hemos experimentado en nuestras propias vidas la misericordia de Dios: lo cual implica que tenemos que aceptar, en primer lugar, nuestra propia fragilidad, nuestra propia vulnerabilidad. Y esto costará lágrimas no pocas veces. Pero si nos decidimos a vivir el amor y la misericordia de Dios en nuestro propio corazón y en nuestras propias vidas, entonces podremos en verdad comunicar a los demás esta misericordia y este amor.
Como dijo bellamente Teresa de Avila, y lo hemos cantado aquí en repetidas ocasiones: "Nada te turbe, nada te espante; quien a Dios tiene, nada le falta". Por eso emprendamos juntos esta ruta, como discípulos de Jesús, hijos de Domingo y testigos del amor de Dios. Amén.