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El Compromiso Formal |
Me pide el boletín que os escriba algo acerca de la necesidad de la institucionalización y del compromiso institucional y por supuesto yo he aceptado de inmediato, aunque en estos momentos esté hasta arriba de trabajo.
Es necesario partir de unas premisas previas que den una clave de lectura para las líneas que siguen. Cuando hablo de institución por ello entiendo: algo fundado, establecido, organizado, canalizado a través de estructuras(1). Por tanto, la institucionalización supone la regulación jurídica, fundar algo haciendo que se escape a la subjetividad y al libre albedrío de la gente.
Ante esta
definición ya nos surgen los primeros interrogantes: ¿para qué es necesaria
la institucionalización? ¿No supone ésta ahogar el carisma? ¿No hay implícito
un riesgo de burocratización y centralismo? ¿Cuando algo se institucionaliza,
la institución no se convierte en un fin en sí mismo? A todas estas dudas intentaremos
dar una respuesta.
Desde una perspectiva sociológica parece que las instituciones son necesarias, y lo mismo se nos dice desde el campo de la antropología cultural y desde otras ciencias humanas(2). Para los autores que se dedican al estudio del hombre, las instituciones son algo absolutamente necesario, producto del instinto de sociabilidad y de la tendencia humana a la distensión; el hombre a través de sus hábitos tiende a protegerse de lo imprevisible. Su fundamento es la actividad racional humana, la conducta ritual y representativa del hombre. El hombre solitario y aislado es un animal y sólo la socialización hace que el animal racional pase a ser humano. El crecimiento humano es este proceso de socialización. Surgen así las instituciones, que acaban por autonomizarse respecto al hombre, convirtiéndose en una realidad objetiva, duradera y autónoma. Las instituciones llegan a determinar nuestro medio ambiente y nuestra conciencia. El hombre crea instituciones que a su vez recrean al hombre.
Pero esto que acontece en el obrar humano, ¿sucede también en aquellas actividades que el hombre realiza impulsado por el Espíritu?, ¿son también necesarias las instituciones para realizar los carismas(3)? ¿No son dos realidades que se oponen radicalmente?
Para intentar
resolver estas cuestiones nada mejor que seguir a Max Weber(4) quien en su estudio
sobre los diversos tipos de dominación, estudia la dominación carismática y
el proceso de evolución de una constitución carismática hacia las diversas formas
de rutinización o cotidianización del carisma. Para el autor la "estructura
carismática" responde siempre a una situación extraordinaria y es algo singular.
Es por esta singularidad que es inestable y por ello tiende a establecerse como
algo habitual, permanente, cotidiano. Es el proceso que llama Weber "objetivación
del carisma", el carisma tiende a institucionalizarse y se convierte en asociación
racional y en tradición. Se pasa de una gracia personal e intransferible a carisma
trasmisible, adquirible, vinculado a un cargo. Es a través de este proceso que
el grupo consigue la supervivencia. Cuanto más crezca el número de miembros
para el grupo carismático más necesaria se hará la organización y la disciplina.
Aquí está en juego la misma pervivencia del grupo. Cuanto más aumente el grupo
mayor organización y por tanto mayor institucionalización requiere, organización
que tendrá que intentar integrar los factores emotivos e irracionales y subordinarlos
a una disciplina común. Según nuestro autor la institucionalización no es más
que el resultado de la objetivación y habituación de lo carismático.
En otras palabras, un grupo que nace entorno a un lider carismático o aglutinado por un ideal y que vive sus inicios movido más por elementos afectivos e irracionales, si quiere pervivir, antes o después ha de institucionalizarse. La primera cosa que ha de hacer es concretar, plasmar el ideal, el objetivo, la razón de existir. Ha de dotarse de una organización interna, que sea capaz de canalizar la autoridad carismática y darle continuidad aún después de la desaparición del lider. Organización que haga posible la expresión externa del propio grupo, la comunicación con el resto de la sociedad. Son también necesarios ciertos símbolos y lenguajes que den entidad al grupo y en los que todos los miembros se identifiquen. Y por último, establecer momentos de encuentro donde los miembros puedan vivir los ideales por los cuales el grupo existe, momentos de autorrealización. En el momento en que se consigan estos elementos, se racionalice y se someta a disciplina el carisma, se puede decir que está garantizada la pervivencia del grupo. El grupo podrá crecer, sus miembros se sentirán realizados e identificados en él. El grupo está institucionalizado.
No se me
escapa que este proceso tiene sus riesgos. Como decía al principio, toda institución
tiende a la burocracia y al centralismo. Al mismo tiempo, y según mi parecer
es el mayor riesgo, toda institución tiende a convertirse en un fin en sí misma.
Por último, las instituciones, muy a menudo, no sirven sólo a los fines que
oficialmente las definen, sino que también generan otros intereses que muchas
veces acaban por imponerse a los oficiales. Cada una de estas desviaciones admite
multitud de variantes y de matices que no tenemos tiempo para ver uno a uno,
pero merecerían ser tratadas con profundidad.
Para solventar estos riesgos, siendo conscientes de que el proceso de institucionalización se nos impone de hecho desde la primera rutinarización de las actuaciones, hay que pensar en los distintos correctivos que se pueden introducir para que la institución persiga los fines que hicieron surgir carismáticamente el grupo. Es en este sentido en el que yo me atrevo a delinear los siguientes.
En primer lugar, y de modo general, la institución no ha de perder nunca la perspectiva de sus ideales u objetivos, ha de intentar constantemente ponerlos en acto, realizarlos. Para ello es necesario que se repiense a sí misma constantemente y que se "recree". Que sea consciente del momento histórico en el que existe y de la forma de realizar el fin en ese momento histórico. Se ha de discernir con claridad lo que son fines, objetivos y lo que son medios, instrumentos y que por tanto son secundarios. Que lo importante siempre será el motivo por el que surge y que las estructuras son mudables. Que incluso el motivo, la razón de existencia ha de ser sometida constantemente a la pregunta acerca de su necesidad o no.
En segundo lugar, como correctores funcionales que tiendan a evitar la burocracia y el centralismo, las instituciones se han de democratizar lo más posible. Se han de determinar las "células" básicas del grupo, así como potenciar al máximo la comunicación horizontal entre ellas. Favorecer al máximo la democracia directa, propiciando que las principales decisiones sean adoptadas por el mayor número de personas, "lo que afecta a todos y a cada uno, debe ser aprobado por todos"(5). Se ha de salvaguardar el principio de la unidad en la diversidad. El principio de unidad ha de ser pluripersonal, porque la realidad es pluriforme, poliédrica y los accidentes inciden en la sustancia.
Si queremos
evitar que la institución se convierta en un fin en sí misma, o que los intereses
personales de los administradores sean proyectados sobre toda la institución
es necesario evitar el gobierno de los técnicos o tecnócratas, intentando que
nadie se dedique en exclusividad a la administración o gestión del grupo. Se
ha de limitar el mandato de los dirigentes así como someter a control grupal
sus actuaciones. En todo momento hay que buscar los cauces para que las inquietudes
de los distintos elementos que componen el grupo tengan su debido eco y no queden
ahogadas en los diferentes escalones administrativos. Que nadie se sienta marginado.
Salvar siempre a la persona, el individuo(6). Se han de establecer mecanismos
de reforma constitucional que procuren mitigar las disfuncionalidades, pero
sobre todo institucionalizar la formación permanente de los miembros y su enriquecimiento
cultural. A mayor cultura menos posibilidad de manipulación e instrumentalización
existen.
Bien, después de esta larga disquisición teórica y abordando directamente la cuestión que se me plantea podríamos diferenciar en ella dos direcciones:
1) ¿Sería conveniente que el MJD se institucionalizase?
2) ¿El MJD debería institucionalizar sus compromisos con la Familia Dominicana?
Respecto de la primera yo diría que ya está institucionalizado, desde que ha rutinizado sus actuaciones y ha generado una cierta tradición, diseñado sus células básicas y la comunicación entre ellas. Por otro lado, posee unos órganos de coordinación y un boletín que posibilita el intercambio de experiencias. Mantiene unos momentos de encuentro y de formación, pero sobre todo, lo mejor es que se cuestiona sobre su realidad.
Pero esta
institucionalización que podríamos denominar elemental, según mi modo de ver
las cosas, debiera completarse y perfeccionarse. En mi opinión, el MJD se encuentra
en un momento crucial, el paso de la primera generación carismática a la segunda.
Es este paso el que hay que garantizar para asegurar la pervivencia del Movimiento.
Es el momento de determinar cosas tan fundamentales como el grado de pertenencia
de las personas y el vínculo de unión al grupo. Vínculo que puede ser desde
el pago de una cuota, hasta la formulación de un compromiso, una promesa, un
voto. Es el momento de establecer la formación necesaria, sea para los candidatos
a pertenecer al Movimiento, sea para los miembros de pleno derecho. En fin,
es el momento de poner los cauces al Espíritu para que éste siga soplando y
haciendo que el MJD siga siendo, y sea cada vez más, una realidad importante
en la Familia Dominicana.
Respecto de la segunda, si el MJD debiera institucionalizar sus compromisos con la Familia Dominicana, yo creo que también. Lo primero es proceder al reconocimiento jurídico. Los vínculos entre las instituciones, y lo mismo vale para el vínculo entre un individuo y una institución, no pueden quedarse en vagos afectos sino que exigen una formulación jurídica. Para ello lo primero y necesario es alcanzar el reconocimiento de la personalidad jurídica y de la capacidad de obrar, para después determinar el nivel de pertenencia y agrupación. Yo creo que es necesario y que haría un gran favor a la Orden o a la Familia Dominicana, como se quiera llamar, y contribuiría a que se realizaran las Actas del Capítulo General de Bolonia.
Bien, hasta aquí mi contribución. Sé que habría que profundizar mucho las cosas, pero no hay espacio, ni yo tengo tiempo para ello. Basten estas líneas como inicio de una reflexión que me parece muy interesante.
| Autor: | Luis García Matamoro, op |
Roma 1 de Junio 2000
Notas:
(1) Institución en Diccionario de la lengua española; Diccionario de Sociología.
(2) Desde la Antropología cultural puede verse: A. GEHLEN, El hombre, Salamanca 1980. Desde la sociología: M. WEBER, Economía y sociedad, México 1969.
(3) Carisma: algo espontáneo y libre que se da en la Iglesia en virtud de la acción del Espíritu que se derrama donde cuando y como quiere. Autoridad o potestad que se escapa a la transmisión institucional, a la reglamentación y al control. Don gracia o regalo gratuito de Dios. Cf. Diccionario de la lengua española.
(4) Cf. M. WEBER, Economía y sociedad I, México 1969, pp.193-217.
(5) "Quod autem omnes uti singulos tangit, ab omnibus approbari debet" Regula Iuris 29 in VI.
(6) M Horkheimer a pronosticado un futuro en el que los individuos se convierten en meros miembros masificados de una sociedad impersonal, que ahoga la espontaneidad, la creatividad y la capacidad crítica y ofrece a cambio la cultura del bienestar y del consumo. M. HORKHEIMER, A la búsqueda del sentido, Salamanca 1976, p. 99; H. Marcuse llama al hombre moderno unidimensional, tiende a semejarse a la máquina. H MARCUSE, El hombre unidimensional, Barcelona 1971, p.180; Para E. Fromm es la llamada personalidad necrófila caracterizada por: puntualidad, limpieza, rendimiento, eficiencia, orden. Y al mismo tiempo faltan las cualidades del ser vivo: imaginación, fantasía, creatividad, espontaneidad, capacidad de improvisación, sentido para el ocio y lo no utilitario. E FROMM, Anatomía de la destructividad humana, Madrid 1975, p. 320.
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En la última
Asamblea Nacional del M.J.D. se habló de la idea del "compromiso formal" de
los seglares laicos del M.J.D. con la Orden. Pensamos que este es un tema que
aún debemos reflexionar y madurar entre tod@s, sirva este artículo para ello.
La idea surge desde la necesidad de avanzar, de dar un siguiente paso en el camino. De querer alcanzar un compromiso formal para con la Familia Dominicana y así poder trabajar en una misión común. Pero, ¿cómo surge esta necesidad?. Pues nace de una doble vertiente: de nosotr@s-como M.J.D.- y del resto de Familia Dominicana.
De la Orden por una cuestión mas bien práctica, puesto que si "La mies es mucha y los obreros son pocos" es bueno saber con quién se cuenta para la Misión Común. Hasta ahora a los jóvenes se nos ha considerado como gente cercana a la Orden o como parte de una Pastoral Juvenil. Sin embargo, es tiempo de cambiar el "chip", de que se nos vea más allá de jóvenes comprometidos y de que se nos exija más. Está claro quién es fraile, quién es religiosa, quién es monja y cuál es su vinculación con la Orden, pero aún no se sabe quiénes somos, qué hacemos, hasta cuándo y para qué se puede contar con nosotr@s. Y lo que es peor, no todo el mundo nos considera dominic@s. Parece que para ello es necesario demostrar un compromiso público de cara a la Orden.
Por nuestra parte, la necesidad nace de una afectividad para con la Orden, de la identificación con el carisma dominicano y de la asunción del mismo. De las ganas que sentimos de trabajar y caminar en la Misión común, pero desde lo que somos: seglares laicos. Cierto es que muchos de nosotr@s ya lo estamos haciendo, que trabajamos codo con codo con las diferentes ramas de la Familia Dominicana, pero sentimos que es el momento de dar el siguiente paso; un paso que significaría poner nombre a una opción, a un estilo de vida. Un paso en el que después de un proceso de reflexión y de maduración nos vincularíamos con la Orden para una misión común.
Un compromiso
no es algo que se deba tomar a la ligera. Un compromiso es una responsabilidad,
y como tal debemos vivirlo, pues no sólo nos implica individualmente con la
Orden, sino también comunitariamente.
Desde luego que aún estamos muy verdes en este tema, y que quizás sea precipitado incluirlo como tema central de nuestro boletín cuando aún no se ha madurado lo suficiente. También es cierto que no todos los miembros del M.J.D. estamos al mismo nivel y que no todo el mundo siente la necesidad de comprometerse de una forma jurídica con la Orden, pero creemos que sí es un buen momento para la reflexión, para hacer un alto en el camino y situarnos en todo lo que estamos viviendo.
Ahora es cuando nos preguntamos cómo se le podría dar forma a ese compromiso que nos vincule jurídicamente con la orden, cuáles serían los requisitos necesarios para toda persona que quiera realizarlo, si es o no cuestión de tiempo personal o más bien de un tiempo marcado en periodos diferenciados, y qué implicaría en nuestra vida diaria y comunitaria, entre otras cuestiones que nos surgen e interrogan.
| Autor: | Maite Moreno (El Levantazo) |