El diálogo interreligioso

 

La convivencia plural entre culturas y religiones

Apuesto que ninguno de vosotros lleva ya la cuenta de las cumbres internacionales de distinta índole (O.N.U, G-7, Unión europea, euromediterránea, euro-latinoamericana...) que se han celebrado y que quedan en buenas palabras que continúan dejando en la estacada a los grupos y a los pueblos pobres. Las manifestaciones antimundialización se suceden paralelamente a cada una de estas cumbres y cada vez con más firmeza se presentan alternativas viables para construir otra mundialización.

Son cosas sabidas. También sabemos que el actual proceso de mundialización - por su proyecto económico neoliberal, por el poder de los medios, sobre todo, virtuales) - tiende a homogeneizar los modelos humanos. Hay un estilo de vivir y de hacer que parece imponerse sobre las tradiciones culturales y religiosas de los pueblos. Con dolor, con mucho dolor, me afecta la agonía de tantas y tantas culturas que han hecho la identidad de pueblos y gentes en este mundo. Esa agonía parece conducir directamente a la muerte. Con el derrumbamiento de una cultura o una tradición religiosa no nos enfrentamos sólo a una injusticia odiosa; hay algo todavía mucho peor: es un trozo de humanidad la que se pierde para siempre. Es la riqueza, la vivacidad, la creatividad humanas lo que está en juego. Y aquí hay que tomar partido sin matiz. No es posible escondernos detrás de "medias tintas" o ambigüedades. Es cínico apelar a la complejidad de las cosas. O se está con unos o se está con otros. Aunque perdamos, es preferible huir de la ley de los fuertes. Al menos, ponemos a salvo nuestro respeto a la dignidad de los otros.

Para mí sólo hay un camino: luchar por cada pueblo, por cada cultura, por cada tradición religiosa. Y ese combate pacífico, de manos abiertas, se hace con la defensa de los grupos culturales y religiosos y con el fomento del encuentro y del dialogo que nos lleve a construir un mundo realmente común: simétrico, horizontal, en el que no haya dominadores que aplastan y matan a los pueblos.

Hay muchos modos de matar y en el actual proceso de mundialización se está produciendo un fenómeno histórico de una envergadura imponente y trágica. Estoy pensando en todos los procesos migratorios que se están dando ahora mismo en el mundo; añádase los millones de seres humanos desplazados por las diferentes guerras y los nunca suficientemente maldecidos "campos de refugiados".

Me detengo en el proceso de migración masiva y sus repercusiones en la convivencia plural y el diálogo religioso y cultural. Me parece importante por su incidencia en la situación del Estado español. Avanzo unas propuestas que, al menos para mí, son claras:

Podríamos continuar. Lo cierto es que ya existe un porcentaje importante de emigrantes - aunque mucho menor que en otros países europeos - y, hágase lo que se haga, la presencia de grupos emigrados irá en aumento. Es aquí donde comienza mi argumento. Nos encaminamos hacia una sociedad plural intercultural e interreligiosa. ¿Cómo vamos a afrontar esta situación? ¿Se están avanzando algunas propuestas y alguna preparación? ¿No se alimenta subrepticiamente la xenofobia y el cierre en ghetos de los emigrantes? ¿Cómo convivir, dialogar y enriquecerse mutuamente comunidades cultural y religiosamente diferentes? ¿Hacia qué Estado, hacia que Unión europea caminamos?

La maravilla de la diferencia

Una primera palabra para caer en la cuenta de la radicalidad de lo que está en juego.

Las culturas y religiones no son un efecto de superficie. Son una manera de ser, de nacer, vivir, celebrar, morir... Es algo que afecta a lo más radical del ser humano. De tal manera que condiciona fundamentalmente tanto la identidad cultural como la personal. Nos encontramos con fenómenos que no son intercambiables. Radicalmente singulares, hacen que con ellos nos vaya la vida y su sentido.

F. Huntington (experto en contrainsurrección durante la presidencia de L. Jonhson) publicó en 1993 su obra Choque de civilizaciones en la que defiende que se han acabado las guerras ideológicas y el futuro - ya presente - se enfrenta a una guerra de civilizaciones. Nuestra civilización capitalista mundial ha de mantener su poder contra la amenaza de las civilizaciones rivales - particularmente Islam y China -, porque: "El mundo no es uno. Las civilizaciones unen y dividen a la humanidad. Las personas se identifican con la sangre y con la fe, por eso combaten y mueren" . Una visión miserablemente excluyente de la riqueza cultural humana.

No es ese el camino de una mundialización humana. Hemos de mantener la identidad e igualdad de culturas y tradiciones religiosas, a la vez que su diferencia. Jamás tratar de asimilar a los otros a nosotros mismos. Hay que tomar la vía de la diferencia, el respeto a lo diferente.

Lo diferente y las diferencias irrumpen; no se presentan como aquello que es homologable a la propia identidad, pero tampoco necesariamente como lo hostil. La figura última de lo diferente lleva las señas del extranjero y el sentido de su irrupción es el de una alteridad que apela a mi propia identidad. ¿Es posible el respeto a lo diferente? ¿Es posible apreciar lo diferente y su valor por ser diferente? Ciertamente es posible y es también el único modo de entender las relaciones humanas. Hay que explorar cómo la identidad propia – mi pueblo, mi cultura, mi religión - está abierta a la alteridad por la alteridad misma; que esa alteridad no es una modalidad de mi identidad o de la defensa de mi identidad; hay que tratar de decir cómo mi identidad vive y se constituye por y desde la alteridad de los otros.

Me pregunto si no puede irse más lejos todavía y comprender que podemos amar lo diferente por ser diferente. Amar aquello que yo no soy, que no seré, justamente porque no lo soy, por que es lo otro distinto. Todo esto tiene mucho que ver con la magnanimidad, con la hondura y la profundidad del espíritu. Sólo un espíritu así es capaz de vivir el milagro de escuchar una voz diferente de la propia y sólo ese espíritu es capaz de acoger al otro con gratitud. Otros pueblos, otras culturas, otros grupos..., vivirlo es una maravilla, deseas inconteniblemente ser un instante, al menos un instante, un trozo de ese pueblo o esa cultura o esa tradición religiosa, ser cuerda que vibra cuando trabajan o te acogen, cuando celebran o ríen, cuando cantan, aman o mueren. Y amas, amas con locura, la posibilidad de ser hombre de mil maneras y una nota de tristeza resuena en tu corazón porque temes que esos trozos de humanidad se pierdan irremediablemente.

No hay aventura más inquietante, más fascinante - ni siquiera alcanzar la Luna se aproxima - que la aventura humana, la propia y la que es una salida hacia otros que te sorprenden y te atraen y que no sólo te enseñan mundos, símbolos diferentes, sino que te ayudan a descubrir lo que tú mismo eres. Lo he pensado muchas veces. Hay como dos fuerzas que tiran de nosotros y que no tienen por qué ser antagónicas: el tirón de la propia identidad - he de saber qué y quién soy - y el de las voces que nos llegan desde la otra orilla de nosotros mismos.

El encuentro y la comunicación humanas

Sin embargo, si sólo nos quedamos en la afirmación de la diferencia se tiende al aislamiento, al rechazo y a la incomunicación, se corre el riesgo de consagrar las desigualdades y se carece de un modo adecuado para fundar un protagonismo ético en pie de igualdad que ao ético en pie de igualdad que aencia aislada se pudre. Sería malo, sin embargo, abrir horizontes de unificación que envuelvan y así diluyan las diferencias. La vía es el reconocimiento de los otros como interlocutores y protagonistas; el ejercicio de la comunicación, de la escucha y del diálogo y el aprendizaje en esa maravilla que son las voces plurales. Todo esto no significa alzar la bandera del relativismo y del "todo da igual",. Es la apertura a la singularidad de cada voz y la defensa de un pluralismo que rechaza tanto la pluralidad inconexa como una unificación homogénea. La única posibilidad humana y moral es, sólo puede ser, la intercomunicación y el diálogo entre voces plurales. La tolerancia no es una actitud "pactista"; es el rigor de un camino que mantiene a la vez la singularidad irreductible de las vidas y de los grupos y a la posibilidad de construir la universalidad humana. En todo caso, el propósito es siempre el logro de ese protagonismo humano en pie de igualdad. Un protagonismo de voces múltiples y diferentes.

¿Cómo es posible hablar de una identidad singular - un ser humano, una cultura, una religión - que, sin embargo, lleve la promesa de la universalidad? A mi modo de ver esta cuestión se aclara por otra: ¿Cómo incluye a los otros una identidad singular? Sólo en el encuentro con los otros, en el reconocimiento de su diferencia, en la palabra proclamada o escuchada, en la comunicación y el diálogo puede entenderse una singularidad llamada a la universalidad sin que ésta sea abstracta, metafísica o anuladora de los otros. La prueba de fuego de la universalidad está en la acogida - casi entendida empíricamente - que se hace de la alteridad y en el encuentro real con los otros. Una acogida que asume al otro; o, mejor, es olvido de uno en favor del otro y por el otro.

Hacia un estado y una Europa plural

Vamos a variar el enfoque sobre lo mismo, orientándonos a nuestra situación socio-política. El futuro del estado español y de Europa se construirá como una sociedad plural, cultural y religiosamente. Las cosas son así y así serán. Además es bueno. Pero hay que prepararse: la convivencia y el cruce de grupos diferentes no están exentos de dificultades como es obvio.

Es difícil determinar las raíces de Europa, de España y, todavía menos, cuando nos situamos en el área mediterránea. Sin entrar en ello, esta Europa que tanto ha explotado históricamente el mundo, se configura política y socialmente por unos ciertos valores que quedan reflejados en las constituciones actuales de los diferentes estados. El sentido del individuo, la tolerancia, la afirmación de los derechos humanos, el valor de la igualdad y la libertad, el imperio de la ley, la organización democrática del estado...

Convivir y dialogar en una sociedad multicultural

Es una cuestión delicada. Pensemos que se trata de la convivencia de una minoría cultural y religiosa en y con una comunidad establecida (bien nacional, estatal o supraestatal). Por otra parte, ¿podemos decir que todos los gestos culturales o religiosos son igualmente válidos?, ¿se puede juzgar una cultura? Pensemos en la prohibición de la transfusión de sangre en alguna tradición religiosa, o en la pena de muerte, o la ablación del clítoris, o en las mujeres obligadas a casarse. Son sólo algunos ejemplos de una dificultad que no debemos ignorar.

Desde el punto de vista de la organización política, tanto desde el Estado español como desde la U.E. hay dos cuestiones muy diferentes: Una: naciones que reclaman autogobierno. Otra: minorías culturales y religiosas.

Cuando se trata de naciones sin estado que reclaman autogobierno, teóricamente, los modelos son relativamente claros: autonomía, federalismo, confederalismoi, independencia... La cuestión que debemos abordar aquí, sin embargo, es la convivencia y el diálogo entre diversas culturas en un mismo espacio social, una dominante y otra minoritaria. Es ahí donde nos hemos de formular la idea de una sociedad multicultural y una ciudadanía pluralista y diferenciada. La protección de las minorías es una cuestión de justicia y también una cuestión de riqueza humana. Esto exige una protección política y social de estas minorías. Y también la necesidad de construir una ética intercultural.

Parece claro que la cultura dominante no debe asimilar a la cultura o tradición minoritarias y que se trata de convivir en las diferencias. Incluso nos hemos de plantear un futuro en que vivamos un mestizaje cultural. Dicho esto. ¿Todo lo diferente es respetable?, ¿desde qué criterios podemos valorar lo bueno o lo malo en una cultura o tradición? Por otra parte, hay que tener en cuenta algo que está profundamente vinculado al sistema occidental de valores. Aunque una determinada cultura o tradición es decisiva para la identidad personal, en occidente la propia identidad se elige y no puede ser impuesta; la afirmación de la autonomía humana es uno de los valores occidentales irrenunciables.

Como siempre, el camino para la solución de posibles conflictos es el diálogo. Sin embargo, pueden darse casos en que ese diálogo sea imposible. ¿Qué debe hacerse? En mi opinión, aquí hay un límite que no puede permitirse traspasar. Las distintas comunidades culturales o religiosas han de aceptar unas ciertas reglas de juego. Cuando estas se vulneran, los principios constitucionales y las leyes deben aplicarse, sin temor a ser acusados de falta de respeto por otras tradiciones.

Una visión ética: hacia una Europa cosmopolita

Después del 11 de septiembre ha regresado con fuerza la idea de lo que se llama estados vigilantes en que prima la seguridad y el poder militar sobre la libertad y la democracia, la necesidad de defendernos sobre la salvaguarda de los derechos humanos, con sus secuelas de autoritarismo y re-etnización. Este es un camino sin salida.

Debemos mantener la idea de un Estado y una Unión Europea cosmopolitas. Esto exige el reconocimiento de la alteridad de los otros. Aunque sea reiterativo, he de insistir en algo inevitable: guste o no guste, los flujos migratorios que produce la mundialización se mantendrán. El desafío de la convivencia entre grupos y tradiciones diferentes es mantener la posibilidad de lealtades diferenciadas dentro de unas reglas últimas de juego comunes, así como sostener simultáneamente la capacidad y el derecho a la autodeterminación – a la identidad - con la responsabilidad por los otros, los extranjeros, lo que están fuera y los que son nuestros conciudadanos. No se trata de negar el derecho a la autodeterminación, sino de liberarlo de una visión unilateral y abrirla a los intereses del mundo. Y algo a lo que debemos estar vigilantes: es cierto que debe lucharse contra el terrorismo, pero sólo se vencerá si se superan las causas que alimentan o legitiman el terror. Es posible la coexistencia y el diálogo entre identidades culturales y religiosas diferentes, dentro del marco del principio de tolerancia constitucional.

¿Será este el camino que se tomará? Desgraciadamente, las cosas no van hoy por ahí, pero confío en que el futuro nos traerá un más alto sentido humano y moral de la convivencia humana.

 
 Autor:  Juan Antonio Tudela Bort, OP