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La vida contemplativa en una Iglesia transgénica |
Últimamente se habla mucho de los alimentos transgénicos. Con la manipulación genética parece que ya se puede obtener casi cualquier cosa. No sería de extrañar que existiesen tomates que pesen el doble de lo normal, maíz que segregue él mismo los antídotos para sus peores enfermedades o trigo que crezca a gran velocidad. Y es que el ser humano, desde sus orígenes, ha conseguido ir poco a poco transformando la naturaleza para que ésta le sirva lo más eficazmente posible.
La “utilidad” es el criterio cada vez más empleado para valorarlo todo
en la vida. Lo que “produce” es bueno y lo que no, hay que desecharlo. Y esto,
desgraciadamente está ocurriendo también dentro de la Iglesia.
No es difícil oír a cristianos muy comprometidos -en parroquias
o en grupos de acción social, por ejemplo- hablar con menosprecio de
la vida monacal. No se explican cómo habiendo tanto mal en el mundo,
haya otros cristianos que se metan en un monasterio a hacer algo tan poco productivo
como rezar.
Sin embargo, en los libros de oración se dice que la vida contemplativa constituye las raíces con las que la Iglesia se asienta en lo sobrenatural. Así como resulta evidente que sería una tontería diseñar un tipo de árbol transgénico sin raíces, aludiendo a que éstas no producen ni madera ni frutos ni, generalmente, nada rentable, también lo sería dejar a la Iglesia sin vida contemplativa. Es verdad que la vida contemplativa “produce” más bien poco, sin embargo, es la oración la que sostiene a la Iglesia incluso en medio de terribles tormentas y la que la nutre de lo más sabroso del Amor de Dios. Las personas dedicadas a la contemplación nos enriquecen con su incomparable ejemplo y con sus magníficas obras artísticas y teológicas. Su particular forma de ver la vida es una parte muy importante del acerbo religioso y cultural de la humanidad. La contemplación es un elemento indispensable para el bienestar de la sociedad.
Lo que más desea Dios es que los hombres trabajemos unos por otros para alcanzar el bienestar común: Dios es feliz cuando los hombres somos felices y por ello nos ayuda todo lo que puede, respetando siempre nuestra libertad. Pero también Dios, como progenitor nuestro que es, disfruta con la atención, el cariño y el mimo de sus hijos. Gracias a los monjes y las monjas, la Iglesia alaba a Dios como se merece.
Si Jesús, siendo el Hijo de Dios, pasaba largas horas orando para que su Padre le ayudara a llevar a cabo su misión, cuánto más necesitará la Iglesia de la oración para predicar la Buena Noticia. Si la Iglesia dejase de orar se convertiría en una mera O.N.G.. Dios la seguiría ayudando, porque no rechaza a nadie, pero lo haría desde la distancia y la soledad.
La forma más natural de relacionarnos íntimamente con Dios es la oración. La humanidad en su conjunto, y cada uno de nosotros en particular, necesitamos la ayuda, la paz y el cariño de Dios. Y Él, por su parte, agradece mucho que sus hijos le tengamos en nuestro corazón. Por tanto, dejémonos de tanto “utilitarismo” antinatural y penetremos con las raíces de nuestra oración en Aquel de quien viene el auténtico Amor, para después poder trabajar plenamente por la felicidad de todos en la Tierra.
| Autor: | Julián de Cos |