Una experiencia con la Orden en Kenia

 

Después de haber estado gran parte de 1997 planteándomelo, tomé la decisión y me marché a Kenia. Mi objetivo era tener una experiencia en un país desfavorecido del mundo, esto es, un país subdesarrollado (aunque tengamos remordimientos de conciencia al decirlo). Todo esto fruto de mi desarrollo personal cristiano, y desde un planteamiento de opción por los más pobres y marginados.

Cuando estaba organizando todos mis preparativos estalló en Kenia una revuelta estudiantil, y toda una serie de protestas debido a la cercanía de las elecciones presidenciales que iba a haber a finales de 1997. El resultado fueron decenas de muertos, el comienzo de lo que seguiría con las matanzas en la zona de Mombasa durante agosto y septiembre de 1997.

Ante este panorama inesperado, mis planes se desbarataban, y la gente que me rodeaba me aconsejaba aplazar el viaje, incluida la embajada española en Kenia. Hubo momentos en que a punto estuve de aplazarlo, pero creo que al final pudo más mi cabezonería y me lancé a la aventura.

Fui a Kenia como pude haber ido a cualquier otro país desfavorecido que se hubiera mezclado en esos momentos en mi vida. Sin embargo Kenia se había cruzado en mi vida desde el Encuentro Internacional del Movimiento Juvenil Dominicano de León, allí fue donde conocí a Emmanuel Okwach, seguro que muchos de vosotros también le conocéis. Era el representante de Kenia en el encuentro. A partir de ese momento nos habíamos estado escribiendo por Internet muy a menudo

Me puse en contacto con Emmanuel para comentarle mis propósitos de visita, y si se lo comenté no muy decidido, fue él quién acabó de decidirme ya que se ofreció personalmente a crearme un programa de trabajo allí. Yo le expresé mi deseo de conocer la presencia de la orden en Kenia, y de conocer zonas muy desfavorecidas. En definitiva, que mi viaje no era precisamente el de ir a hacer un safari. Aparte de todo esto, ya que soy miembro de la ONG Ingeniería Sin Fronteras, también tenía otros objetivos en mi viaje, aunque éstos complementaban al verdadero objetivo.

Lo que allí pude ver y me transmitieron fue un país totalmente sacrificado por las clases dominantes y poderosas, como son la comunidad india y como no el entorno del gobierno. La natalidad es extremadamente alta, y por la capital, Nairobi, deambulan los niños abandonados, acompañados del 60 % de la población desempleada. La parte del lago Victoria es una de las más pobres, y las enfermedades como el Cólera, la Malaria y el SIDA son el pan de cada día. La gente es tan extremadamente pobre que no tiene acceso a una pequeña porción de terreno que le produzca lo básico para poder comer, no ya para vender. Los terrenos de alrededor del lago Victoria está abandonados al cultivo debido a la escasez de agua, y ante la pasividad del gobierno por crear canales de distribución de agua. Debido a que la proximidad del lago está enfanagado los habitantes de la zona no pueden pescar, y cerca del 90 % de la pesca capturada por multinacionales es exportada. Es un hecho ver a la gente comerse lo que los países ricos no se han llevado; crías de peces y raspas.

La experiencia vivida con la orden en tierras kenianas fue sumamente rica. Estuve conviviendo con la comunidad San Martín de Porres de Nairobi y con la de Kisumu. Estas comunidades son muy jóvenes, y por ahora se dedican básicamente a la formación de nuevos frailes. Hasta el momento sólo ha sido ordenado un dominico keniano, Joseph Otieno,poco antes de llegar yo allí, a principios de agosto.

Tengo mucho que agradecerles a todos por haberme acogido como si fuera uno más de la familia, de hecho me sentí realmente parte de la familia dominicana. Pero a quien tengo que agradecerle más es al provincial de Kenia, William Sinkele. William es un enamorado de África y de las personas que pueblan este continente, y hablando con él pude sentir su pasión por la tarea de evangelización en África.

Por la comunidad de Nairobi siempre entra y sale gente constantemente, es realmente un hogar para cualquier visitante. Bill, como le gusta que le llamen a William, ayuda a jóvenes y a familias a montar sus propios negocios y a que se automantengan, y constantemente se pasan a saludarle y de paso se quedan a comer. La hospitalidad que derrocha esta casa es digna de seguidores de Jesús, y dentro de la comunidad se respira un aire de jovialidad y alegría que nunca olvidaré. Aún en momentos difíciles sabían mantener ese ambiente cálido. Durante mi estancia, había un dominico que estaba siendo juzgado en Ruanda por su pertenencia a la tribu contraria a la que tiene el poder. Este dominico, cuyo nombre no recuerdo ahora mismo, había sido detenido por las autoridades kenianas cuando se disponía a salir de Kenya. Fue conducido a Ruanda y encarcelado a la espera de un juicio. Bill temía que tal juicio no se produjera nunca, o algo peor, que fuera condenado a muerte. Un día nos enteramos que el juicio se había producido, y el fallo era un año de cárcel. Esta noticia fue recibida en Nairobi como una buena noticia, ya que se presagiaba lo peor. Durante las oraciones siempre se pedía por él. Un día llamó por teléfono desde Ruanda para contarnos que le habían dejado pasar un día entero con su comunidad en Ruanda antes de que empezara la condena de un año en la cárcel. Ese día todo el mundo en la casa estaba muy contento, y además coincidía con la barbacoa que se hacía todos los sábados por la noche; fue un día de fiesta.

Desde que he vuelto de Kenya me escribo constantemente por Internet con los estudiantes de la casa y sobretodo con Bill. Hace un par de días me escribió contándome que habían tenido un encuentro en Nairobi las comunidades dominicas de Ruanda y Burundi. La situación de la orden en estos países es de extrema dificultad según me cuenta, y en los últimos meses cuatro estudiantes han dejado la orden. Añade que la situación se está deteriorando si cabe. Mucha personas están siendo asesinadas cada día y muchas otras simplemente "desaparecen". El gobierno ya no controla a sus soldados, y los ataques de los rebeldes hutas se están intensificando. He aprovechado esta oportunidad de escribir en el boletín para contar esta noticia reciente que he recibido.

Después de estar en Nairobi un tiempo me trasladé a Kisumu, donde también conviví con dominicos. En la preparación del viaje a Kenya, una de mis ocupaciones sería trabajar como voluntario en un centro para chicos de la calle llamado Pandipieri. A este centro suelen ir a trabajar los dominicos que se encuentran en el noviciado en Kisumu. El centro ofrece manutención, cobijo para dormir y clases a los chicos que se encuentran huérfanos ,vagando por las calles sin familia o también niños maltratados. La labor es estar con los chicos en el centro, darles clases y, sobretodo, esperanza. Esta era pues una de mis labores al llegar a Kisumu, pero nuestros planes a veces poco cuentan. Dos días después de haber llegado a Kisumu, empecé a sentir problemas respiratorios, que se manifestaban en una tos que se intensificaba por las noches. Tuve que suspender mi asistencia al centro de chicos, y los días los pasaba por los alrededores de la casa de Kisumu, víctima de tan horrible tos y del cansancio de los fármacos. De todas formas, tengo que agradecer no haber cogido la Malaria, dado que aquella zona es una de las más afectadas por esta enfermedad del este de áfrica.

Poco puedo contar por tanto de mi experiencia con aquellos chicos, sin embargo creo que lo poco que vivencié fue muy intenso en mi vida, y la ha marcado desde entonces. Nunca en mi vida he visto una gente tan agradecida como aquellos chicos abandonados. Sus condiciones de vida en el centro eran muy malas, teniendo que tener que dormir el suelo sin colchones ni sábanas. La comida consistía en una ración al día de crías de peces con un poco de Ugali (comida típica de Kenya parecida al pan pero más pastosa). Sus ropas estaban desgarradas y sucias, lo que significa que muy poca gente cuidaba de ellos. Es cierto, debido al salario tan sumamente bajo que cobran los profesores, éstos únicamente se dedican a darles clase, pero no cuidan de ellos. Dejando a parte el mejor o peor funcionamiento que pudiera tener el centro, la situación de estos chicos jamás la había palpado en nadie que conociera, y por muy penosa que fuera, los que estaban fuera del centro no gozaban de mejor situación. El problema no era que esos chicos estuvieran allí en esas condiciones, sino que la situación en aquella zona era generalizada. Yo había visto a aquellos, pero a cuantos me faltó por ver. No sé si alguna de las personas que está leyendo estas líneas pensaba que Kenya era un país afortunado desde el punto de vista económico comparado con sus países vecinos, pero le puedo asegurar que la pobreza que se respira es extrema.

Ya estamos en febrero, y hace casi cuatro meses que regresé de Kenya. Cada vez que cuento lo vivido se me olvidan pequeñas cosas, y la euforia de la experiencia vivida se va diluyendo poco a poco. Cuando llegué de Kenya me di cuenta de la vida tan superficial y materialista que a veces llevamos; que a veces llevo. Esto me incentivó a intentar cambiar mi vida y a pensar más en los demás, en los más pobres del mundo. Cuando me acomodo en nuestra vida fácil, cuando me encierro en mi mismo, pienso en aquellos chicos que jamás tendrán una oportunidad para desarrollarse como personas, para tener una vida digna, un alimento digno, un hogar, ... y entonces entiendo las palabras de Jesús, sus sufrimientos, que me llaman a moverme y dar mi vida por los desamparados.

 
 Autor:  David Sáez (MJD Atocha)