Derechos humanos en la Iglesia

 

Hola queridos hermanos, me encantaría introducir en esta sección, de opinión y debate, una cuestión sobre los derechos humanos en la Iglesia. Os preguntaréis que por qué lo hago. La verdad que la respuesta es fácil: se trata un tema que he estado estudiando últimamente, lo cual me ha permitido profundizar y descubrir el camino que todavía le queda a la Iglesia por recorrer para llegar hacia su más íntima verdad.

No quiero empezar de forma negativa, porque creo que no es justo, sino que quiero reconocer un par de aspectos en nuestra historia eclesial más reciente:

El primero es la asunción de la Iglesia, desde Juan XXIII y su Pacen in terris,  de los Derechos humanos como elemento consustancial al mensaje evangélico de Jesucristo. La crítica por el origen laico se abandona y la Iglesia reconoce a los derechos humanos como esa mediación antropológico del mensaje cristiano del Reino de Dios.

A partir de este punto de inflexión, que es la Pacem in terris, en no pocas intervenciones papales, la exigencia de los derechos humanos, es un común denominador en muchos ámbitos donde la injusticia es el “pan nuestro de cada día”. Se trata de reconocer cómo, en no pocos    gestos,    la    Iglesia   ha   ido exigiendo la puesta en práctica de los derechos humanos, asumiendo un papel netamente profético.

Estos dos datos, lejos de hacernos caer en una conclusión catastrófica (que no es mi pretensión), nos hace reconocer cómo en la Iglesia, en todo el Pueblo de Dios, estamos sumidos en un proceso de reconocimiento, valoración y exigencia de la puesta en práctica de los derechos  humanos.

Y digo Proceso porque creo que existen realidades en el ámbito eclesial que, lejos de estar en sintonía con el espíritu de los derechos humanos, están totalmente disconformes. En este sentido no quiero ser pesimista, pero no quiero dejar de pasar la oportunidad de poner el dedo en al llaga en determinadas realidades que, bajo mi punto de vista (y el de muchos), están impregnadas de injusticia. No lo quiero hacer por el morbo de hacer una crítica fácil, sino que, por el contrario, me parece que, en estos grupos, hay mucho peso de sufrimiento que no puede dejar indiferente al resto de la comunidad eclesial. ¿Cuáles son estos  grupo?, ¿a  qué  realidades me refiero?: la situación de  la mujer en la Iglesia; la situación de  muchas comunidades eclesiales que, por falta de ministro ordenado, no pueden celebrar la Eucaristía, a la que tienen derecho; sacerdotes que reivindican la posibilidad del matrimonio para si;  un  gran núcleo de hombres y mujeres que, por una orientación homosexual, están llamados a vivir bajo el signo de la soledad toda su vida; la situación de multitud de hombres y mujeres que, divorciados se vuelven a casar, sin poder acceder a la eucaristía o al sacramento de la penitencia    si    no    asumen   las condiciones estrictas y estrechas de la Iglesia; tampoco podemos olvidar la situación de multitud de profesores de religión que, por una cláusula en el acuerdo Iglesia-Estado, no pueden pensar en la posibilidad de una estabilidad laboral..... muchas realidades en donde la dignidad humana, la posibilidad de humanizar por parte de la Iglesia se ve truncada.

No quiero con esto apuntar, ni mucho menos, que el motor que mueve a la Iglesia sea la irracionalidad; pero sí digo que, es necesario y urgente,  revisar determinados esquemas teológicos, ideológicos o filosóficos que sostienen estas situaciones que bajo mi punto de vista, son injustas.

En el fondo, lo que se baraja es la posibilidad, o no, de la  credibilidad de la Iglesia, ¿quién va a creer a una Iglesia que exige los derechos humanos, cuando ni ella misma los cumple?. Por esto, lejos de considerar estas realidades como elementos superficiales de la dinámica de la vida eclesial, están entrocados definitivamente en el aval o testimonio vital que la Iglesia está llamada a desarrollar para que sea creíble ante el mundo en el que estamos viviendo. En este sentido, los dominicos decimos que la vida de la comunidad es la primera predicación porque, en le fondo, todas nuestras palabras se las llevará el aire si el mundo es incapaz de reconocer una veracidad en nuestra vida, un testimonio fiable y una palabra que, anteriormente, la hemos hecho carne.



Antes de acabar, y esperando más aportaciones, la reflexión que cabe es la de caer en la cuenta de que la Iglesia, nuestra Iglesia, lejos de ser una realidad estática, se conforma como una comunidad en movimiento, en proceso hacia lo que debe ser: sacramento de salvación (testigo de la llegada del Reino). Aquí es donde cabe nuestra responsabilidad. En ninguno de los casos podemos abandonar el imperativo de la transformación de nuestra Iglesia en manos de los otros en la jerarquía; sino que, por el contrario, como cristianos militantes y en camino estamos llamados a transformar nuestra propia comunidad eclesial en un verdadero signo del Reino de Dios.

 
 Autor:  Juan Antonio Chaves León, op