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Cuando Dios terminó la creación del mundo, se
quedó un buen rato contemplándolo. Estaba realmente satisfecho;
no obstante, Él era Dios y por tanto su obra estaba a la altura de lo
que de Él se podía esperar. La sensación de bienestar que
le daba ver a todas sus criaturas (en especial a los hombres y a las mujeres)
corretear alegres por el mundo, le parecía tan natural y espontáneo
que le recordaba al más natural y auténtico de los olores: el
olor fresco a limpio, lo que algunos llaman el no-olor (como si representase
el valor cero y fundamental en la escala de los olores). Así pues, Dios
pensó que siempre que sus criaturas fuesen plenamente felices, el mundo
olería fresco y limpio, mientras que cuando hubiese alguna de sus criaturas
sufriendo por causa de alguna otra criatura, en el mundo comenzarían
a percibirse malos olores. Y así lo dispuso Dios.
Pasado el tiempo, el comportamiento de algunas criaturas provocaba el sufrimiento
de sus semejantes. La atmósfera del planeta comenzó a cargarse
de un olor pestilente que molestaba incluso a Dios pues le irritaba los ojos
y le hacía llorar (¿quién sabe si esto fue la causa del
diluvio universal?).
La situación no mejoraba mucho. Es más, la tendencia era a empeorar
(aunque eso no quiere decir que dejase de haber hombres y mujeres que fuesen
motivos de olores buenos). De repente, un día Dios se planteó
la posibilidad de "vacunar" al mundo con un refuerzo o recuerdo de aquel olor
fresco a limpio que reflejaba lo que a Él más le importaba: la
felicidad de sus criaturas y en especial, de los seres humanos. Por tanto, aquella
vacuna tendría que ser muy eficaz y debería cumplir como mínimo
2 funciones: 1) recordar a los hombres y mujeres al amor que Dios sentía
por ellos; y 2) hacerles entender que su felicidad, y por tanto el buen olor,
era responsabilidad suya, ya que Dios confiaba plenamente en ellos.
Ante un reto como éste, Dios comprendió que debía hacer
algo que fuese realmente impactante. ¡Y a fe que lo hizo! Envió
a su único Hijo, el Dios hecho hombre. Y fue tal su adaptación
a la realidad humana y su presencia en el mundo entre los hombres y las mujeres,
que al compartir día a día sus alegrías y problemas, inyectar
aquella vacuna adecuadamente, fue algo natural. Es cierto que, como todas las
vacunas, al principio dolió un poco; para algunos incluso tuvo efectos
secundarios y a otros les provocó reacciones alérgicas, pero nada
lo suficientemente grave como para no poder ser subsanado por la misericordia
de Dios.
La primera gran manifestación de la eficacia de la vacuna tras la Resurrección
(proceso de asimilación por el organismo de los anticuerpos de la vacuna)
fue en el día de Pentecostés. Cuando el Espíritu Santo
entró en forma de fuerte viento, todos reconocieron en medio de aquel
vendaval un olor fresco a limpio: el olor a Dios. Aquello no significaba que
el buen olor hubiera triunfado ya en ese momento, sino que era el "ya pero todavía
no". Pero lo importante era que ahora la situación variaba significativamente.
A partir de ahora, cuando la atmósfera se cargase de olor pestilente,
el anticuerpo de la vacuna recordaría a los hombres y a las mujeres el
amor que Dios les tenía y como éste se manifestaba en la capacidad
que Él les había dado para generar buen olor.
Aquel sentimiento provocado por la vacuna hizo que muchos de los hombres y mujeres
que desprendían buen olor se unieran en una casa común. Sin embargo,
el hecho de pertenecer a esa casa común ni garantizaba desprender buen
olor ni poseía en exclusiva la patente del olor a Dios. De hecho, dentro
de aquella casa común en algunas ocasiones también se notaba alguna
corriente de malos olores.
Por eso, pasados algunos siglos, se empezó a pensar en crear algunos
perfumes que pudieran contribuir a mejorar el ambiente. Estos perfúmenes
deberían poseer al menos 2 características fundamentales: 1) tener
una esencia y olor característico que recordase o evocase algunas de
las maravillas de Dios y del mundo; y 2) no provocar un olor a sí mismos
sino contribuir, entre todos los perfumes, a instaurar en el mundo definitivamente
el olor a Dios.
Al principio se crearon perfumes, a modo de ambientador, que colaboraban en
el ambiente general, pero se notaban más en contextos particulares o
de clausura. Entre ellos estaba el ambientador con olor a hierbas silvestres
y arándanos (benedictinos y cistercienses). Pero fue en el siglo XIII,
justo cuando el mal olor era más fuerte de lo normal en la casa común,
cuando aparecieron 2 de los perfúmenes más populares: el de esencia
de rosas (llamado "Florecillas di Francesco") y el de esencia de pino (conocido
como "perfume de la predicación"). A lo largo del tiempo surgieron muchos
más, como por ejemplo el perfume SJ (de gran calidad, pero en ocasiones
extremadamente caro y exquisito) y el perfume "di Bosco" (una fragancia especial
para jóvenes).
Nuestra historia se centra en el perfume de esencia de pino: el "perfume de
la predicación". Aquel perfume tuvo un gran éxito en sus primeros
años de existencia, su olor era muy agradable para las gentes de aquellos
tiempos. Tenía uno de sus secretos en las proporciones en que se mezclaban
sus componentes. Al principio constaba de 3 componentes: agua de monjas, alcohol
de frailes y aromas laicales. Sin embargo, desde el principio, los responsables
de este perfume tuvieron claro que el secreto de su éxito frente al mal
olor se basaría en su flexibilidad para adaptarse a las nuevas situaciones,
y eso incluía variar o añadir algún componente. Por eso,
algunos siglos más tarde se incluyó un nuevo componente en la
fórmula: las fragancias de hermanas.
Debido a esa particular característica para "contemplar" las nuevas realidades
y emprender nuevos retos se han podido aromatizar muchas situaciones. En algunas,
se logró embriagar el ambiente con aquel peculiar olor (se les concedió
el premio "El grito de la Española", hubo fuertes emanaciones en lugares
como París o Siena entre otros muchos, y sobre todo obtuvieron el reconocimiento
de muchas personas que gozaron con su olor. ¡Lograron llevar la felicidad
por narices!). En otras ocasiones, las menos gracias a Dios, los problemas en
el embotellado del perfume hicieron que saliese un aroma enrarecido que intoxicó
algunos ambientes reconocibles por cierto olor a quemado. Pero lo cierto, es
que con esos éxitos y fracasos, los componentes del perfume de la predicación
se mantuvieron unidos y vinculados a la fórmula original del perfume,
a diferencia de otras esencias que optaron por diversificar su perfume en una
amplia gama de olores derivados.
Y así han llegado hasta nuestros días. Ante el olor de nuestra
atmósfera actual, los responsables del perfume han decidido reunirse
a pensar cómo deben combinarse los componentes para que el perfume de
la predicación contribuya hoy a reconocer el olor a Dios. Saben que la
fórmula original, atribuida al gran alquimista Domingo de Guzmán
(hombre de profundo olor a Dios), es imprescindible para la esencia del perfume.
¿Es cuestión de hacer una buena campaña de "marketing",
presentación y promoción del perfume ? (Algunos proponen llamarlo
"Predicatorum" by Timothy Radcliffe) ¿Quizá sea un problema referido
a si el perfume es "pour homme" o "pour femme" o ambos? ¿La mezcla de
componentes ha de hacerse en función de los olores que impiden que hoy
no huela todo lo posible a Dios?
¡Quizás podáis entre todos ayudar a encontrar las respuestas
a estas preguntas y la proporción de componentes adecuada para el perfume
de la predicación! ¿Quieres ayudarles? ¿tienes un momento
para pensar y dialogar sobre ello? ¡Pues manos a la obra! Pero antes de
nada, cierra los ojos e inspira profundamente para empezar a trabajar! Está
ahí, aunque a veces no logres reconocerlo. Vuelve a inspirar. ¿Lo
reconoces ya? ¡Es ese olor que tantas veces se presentó en tu vida
y que te hace ser más tú mismo! Es ese olor que nos recuerda lo
mejor de nuestro mundo, de nuestras vidas y de nosotros mismos. Es como ese
olor que nos agrada tanto, como cuando huele fresco y limpio. ¡Sí,
no lo dudes, es el OLOR A DIOS!
| Autor: | Miguel Peiro (preparado para el VI Encuentro del MJD Español) |