El sueño de Marta

Por la tarde

Iba a llegar tarde de nuevo al ensayo. El revuelo de papeles en la habitación de Marta era una batalla perdida para su madre. A ella no le gustaba que nadie se entrometiera en su orden particular, porque luego no era capaz de encontrar nada cuando tenía que salir disparada de casa. ¿Dónde estaría el Réquiem de Mozart? Justo traspapelado entre un par de cojines granates encima de la mecedora. Por fin podía salir.

- Tengo el tiempo justo para llegar. - pensaba mientras se ajustaba la cazadora.

- Mamá, no me esperes para cenar esta noche. Tenemos cena con los del conservatorio - gritó mientras abría la puerta. Su madre oyó el portazo antes de que pudiera replicar.

En el metro iba repasando la obra. Entre estación y estación las líneas del pentagrama adquirían vida propia en su mente. Se sorprendió de la facilidad con la que ya se manejaba con la música escrita. Cuando empezó con el solfeo estuvo a punto de desesperarse y abandonar los estudios de música. Las clases le habían resultado monótonas: marcar el compás, llevar el ritmo, hacer escalas interminables... Al principio se creía incapaz de comprender todos esos símbolos musicales dispuestos sobre cinco líneas paralelas; garabatos que nada parecían tener que ver con la música. Ahora las páginas de una partitura hablaban por sí solas del talento creador del compositor. Repasando el Réquiem, le parecía increíble cómo Mozart había compuesto esas notas que daban la impresión de provenir de otro mundo. Habían fluido de su mente a sus dedos, ¡sin una sola tachadura! Sí, la perfección lógica de la armonía impregnaba hasta la más mínima semicorchea y construía una arquitectura admirable. Desde que realizó sus primeros ejercicios de composición se interesó por el estudio de la música. En la partitura quedaba todo listo para ser interpretado. La cuestión era saber leer.

Ya habían empezado. Se quedó en el umbral de la puerta y vigiló desde la ventanilla la primera oportunidad para entrar. Desde donde se encontraba podía apreciar perfectamente cómo se compenetraban los timbres de los violines y violonchelos con las voces del coro para producir una misma música. Ni la más pequeña flauta dejaba de tener un papel que cumplir en el conjunto, ni tampoco un violín solo tenía sentido por sí mismo. La perspectiva que tenía Marta desde la ventanilla de la puerta era privilegiada para captar con más intensidad los matices de todos los instrumentos. Siempre se reprochaba ensimismarse demasiado en la parte que le tocaba interpretar, porque perdía la noción de la totalidad, ¡y el conjunto resultaba extraordinario! Tradicionalmente siempre había existido una cierta rivalidad entre los diversos instrumentos y se llevaba muy a gala eso de que el director al finalizar el concierto destacara tu virtuosismo. Pero desde donde ahora se encontraba Marta esas diferencias de clase carecían de sentido. Una sinfonía sería imposible con sólo clarinetes o trombones. Era un milagro que tanta diversidad produjera una unidad tan bella. También llegaba tarde Roberto, el violonchelista pelirrojo, un poco fantasma en opinión de Marta, con todas aquellas ínfulas que tenía de familia de músicos. Parecía que iba a decirle algo, pero justo en ese momento la primera parte del ensayo acababa de terminar, así que Marta aprovechó para introducirse en la sala. Entraron los dos y cada uno se deslizó a su puesto, no sin que el director notara su incursión con una mirada reprobatoria. Marta abrió su estuche y allí estaba el violín que le había regalado su padre el día que cumplió dieciocho años. ¡Menudo disgusto había supuesto en casa anunciar que se quería dedicar a la música! Su padre era oftalmólogo y siempre había tenido la ilusión de que su hija siguiera con la consulta que llevaba en casa. ¿De dónde le vendría a su hija la pasión por la música? ¡Además la música clásica!

El repiqueteo de la batuta sobre el atril reclamó la atención de los jóvenes músicos. El coro se estaba retirando, por lo que iban a repasar la parte más instrumental de la obra. Marta se aprestó a buscar en su partitura el lugar indicado y comprobó rápidamente la afinación de su violín.

El ensayo recomenzó, pero según iban sucediéndose los compases Marta notaba que una cierta desgana se apoderaba de los instrumentos. Concentrada de nuevo sólo en la partitura, no estaba prestando atención a los matices que indicaba el director. De hecho, cuando de pequeña veía en la televisión esos conciertos que retransmiten por Navidad, nunca había entendido qué pintaba ese señor que estaba de pie en el centro de la orquesta de espaldas al público. - ¡Pero si no toca ningún instrumento! – se decía. Era increíble que sólo sosteniendo entre sus dedos esa varita, que parecía mágica, hacía que todo el mundo se fijase en él. Para más inri, al finalizar la actuación, el público parecía que sólo le aplaudía a él. ¿Qué podía tener de especial agitar ese palitroque y los pelos, cuando no emitía ni una sola nota durante todo el concierto?

- Bien, vamos a ver si prestamos más atención a las entradas – interrumpió de repente el director.

Marta se dio cuenta de que no era la única que no estaba concentrada. Se hizo el silencio. El director pasó una intensa mirada por todos los músicos, desde los instrumentos de viento, al final de la orquesta, hasta los instrumentos de cuerda junto a él. Sus ojos resplandecían de pasión, pero de pasión incomprendida, casi incomprensible.

– ¿Por qué os dedicáis a la música? – preguntó inesperadamente.

Sólo cada cual sabía responder a esta pregunta. Marta reconoció entonces la magnitud de lo que había planteado el director. ¿Cómo era posible que algo que requería tantos ensayos y desvelos, tiempo y esfuerzo, no tuviera una razón precisa de ser? Al fin y al cabo ella se dedicaba a la música porque le gustaba, o al menos eso creía. Pero, ¿por qué, realmente, se dedicaba a la música? Nunca, desde que empezó a estudiar en el Conservatorio, se había cuestionado de esta manera. Ahora, este joven y nuevo director, en cierto modo, le sorprendía y desconcertaba.

- ¿Alguien sabe para qué se compuso esta obra? – volvió a preguntar.

Un arco se levantó al fondo de la primera de violines.

- Es una misa de Réquiem, ¿no?

- Efectivamente, y ¿cómo se compuso esta obra?

- Se la encargaron a Mozart, pero no la terminó. La concluyeron sus discípulos – añadió la trompa.

- Exacto. Mozart no estaba componiendo para el que se la encargó. ¡Estaba componiendo a su propia muerte!

La sala de ensayos enmudeció.

- Vosotros estáis recreando un combate titánico dentro del alma de Mozart. La lucha de un genio de la música. Un genio que sabe que su talento no es nada frente a la majestad de la muerte ‘Rex tremedae maiestatis’ – resonó la voz del director.

Y añadió suavemente – Pero lo puede ser todo ante la misericordia ‘qui salvando, salvas gratis’. Cada vez que arrancáis de vuestros instrumentos esas notas, esas dramáticas notas, la lucha se desata: Mozart está de cuerpo presente, pugnando contra el misterio de la muerte.

Marta sintió un repentino escalofrío. Siempre había entendido la música como algo agradable o como un reto para sus dedos, pero jamás como la expresión, como la fuerza de algo insondable. Todos se dispusieron a repetir "da capo" el fragmento. El mismo primer acorde sonó como antes, pero nunca antes Marta lo había percibido igual. Todos habían cambiado. Mozart estaba allí.

 

Por la noche

Todos acabaron cansados del ensayo, pero Marta acabó agotada. El cansancio era indefinible, semejante a un ligero estremecimiento. Una confusión de algo que estaba bullendo en su interior, enmarañando su conciencia. Decidió volver a casa y disculparse por no ir a la cena. Prefirió no coger el metro. En esos momentos meterse bajo tierra hubiera sido asfixiante. Pensó que sería mejor andar calle abajo hasta coger algún autobús que la pudiera llevar a casa. ¡Qué tipo tan... singular! – se dijo a sí misma. El rumor de los automóviles se había convertido en el ruido de fondo de sus pensamientos. Ahora comprendía mejor esos gestos magistrales al dar una entrada o insinuar una cadencia. Un simple arqueamiento de ceja era suficiente para que se corrigiera el fagot; o un sutil movimiento de meñique hacía que las trompas del final de la orquesta suavizaran su timbre. Consistía en tener la partitura en la cabeza y mirarle, tan sólo mirarle.

De pronto Marta fue consciente de una melodía que desde hace un rato debía ya estar en el aire, zafándose del ruido ambiental. La melodía de una alegre flauta de pico sonaba hacia el interior de las callejuelas del barrio antiguo. Antes de pensar a dónde se dirigían sus pies, Marta se vio atraída hacia esas notas danzarinas y juguetonas. Dejó la ruidosa avenida y sin reparar en su cansancio arribó a una pequeña plaza adornada al estilo medieval. Debían de ser las fiestas del barrio, porque niños y mayores atestaban las calles colindantes a la plazuela, paseando por entre los puestecillos multicolores. Un grupo de gente se arremolinaba en torno al flautista vestido de juglar. Cuando Marta tuvo la oportunidad de asomarse, acababa de terminar la pieza y estaba solicitando la generosidad de su público haciendo ademán con su gorro. Con un elegante gesto introdujo las monedas recién recibidas en su zurrón y se dispuso a narrar con voz potente y melodiosa los desamores de un desafortunado caballero errante.

- ... y el joven Rodrigo peregrinaba por la faz de la tierra buscando una lid que le hiciera merecer a los ojos de su dama. No poseía ningún título que avalara la nobleza de su corazón. Sólo la fama de una gran gesta podría ganar los favores de su amada. Pero la envidia de los enemigos del joven Rodrigo les había movido a la infamia ante los oídos de la hermosísima Beatriz. Sus preciosos ojos azulados se habían cegado con las mentiras, llegando a tratar con desdén y frialdad al joven caballero herido de amor. Y así fue como el joven Rodrigo, desfallecido de amores, tocó esta estampida para penar su mala fortuna.

Los sentimientos del doloroso amor se convirtieron en notas musicales que hablaban, como por encantamiento, a la intimidad del alma. La sutil intensidad de la melodía hizo que las parejas se estrecharan mutuamente, los niños pequeños se sujetaran con fuerza a la solapa de sus padres y a Marta se le nublara momentáneamente la vista. De pronto, pero sutilmente, la melancolía empezó a teñirse de esperanza. Marta no sabría decir bajo que imperceptible cambio de tonalidad se atisbaba ahora una chispa de luz que sanaba el corazón herido del amante.

A lo lejos sonaron las once en la torre de la catedral.

- ¡Dios mío, qué tarde es! – exclamó Marta en su interior.

A la mañana siguiente tenía un apretado horario de clases desde las ocho. Se apresuró a salir por las callejuelas del barrio antiguo, todavía pobladas de un numeroso gentío. Tuvo que correr para coger el último autobús que la llevaba a casa. Apenas tardó en apearse, porque con la hora que era las avenidas ya estaban bastante despejadas. Introdujo la llave en la cerradura y palpó el interruptor de la luz, pero no lo encendió porque se manejaba bien en la oscuridad de la casa. La celeridad con la que había llegado a casa había congelado momentáneamente los sentimientos que le habían aflorado al escuchar la tan dulce y triste melodía del trovador. Cuando se introdujo en la cama esos sentimientos volvieron a hacerse perceptibles al recordar las notas del mágico flautín. Intentó analizar musicalmente el tema que recordaba, pero incluso las reminiscencias de sus sentimientos eran más potentes. Pensó que ese pobre juglar trotamundos seguramente nunca hubiera estudiado nada de música. ¿Cómo era posible que su flauta inflamara tanto el ánimo? El sueño fue apoderándose de sus párpados y en su mente se fueron entremezclando las sucesivas imágenes y cadencias de todo lo vivido aquella tarde.

El ajetreo de todo el día la sumió en profundo sopor, en la oscuridad más absoluta. No veía nada, ni oía nada, ni sentía nada. Sólo la gélida soledad del vacío. De pronto, un punto de luz apareció tímidamente en las tinieblas. Era un punto musical, saltarín y juguetón, del que chisporroteaba una desbordante creatividad, como una bengala armoniosa. El movimiento del punto cada vez más resplandeciente empezó a sugerir un cierto ritmo, de tal modo que la luz que de él emanaba se difractó en tres nuevos puntos de luz multicolor. Todos ellos danzaban en torno al tema inicial, pero cada uno iba enriqueciendo la melodía principal con sus propias variaciones, dándole infinidad de matices al conjunto. Cada vez bailaban más y más aprisa. El ritmo creativo se aceleró vertiginosamente, multiplicándose sin cesar los focos musicales en nuevos puntos de luz, y éstos a su vez en otros nuevos, hasta alcanzar una explosión de fulgor cromático que inundó la Naturaleza entera.

En el espacio inmenso Marta experimentaba la serenidad y majestuosidad de la creación entera girando al compás de una melodía universal. Parecía que las notas daban vida al sinfín de luminarias que poblaban el cosmos. Cada lucero reproducía de forma original y fascinante la armonía de fondo con su propio ritmo, y dentro de cada ritmo otra cadencia a menor escala, y así un número incontable de veces, como si se tratara de una maravillosa escala infinita.

La creatividad del tema principal era tan fecunda que podía generar vida con vitalidad propia. Esto engendraba una riqueza tan exuberante de temas que la complejidad podía desarrollarse ilimitadamente. Tanto, que en la profusión de escalas musicales empezaron a oírse faltas de afinación, desajustes de armonía entre la multitud inmensa de intérpretes y ritmos apenas compatibles entre sí. Al mezclarse iban difundiendo una amalgama de crujidos, chirridos, golpes sordos, cuchicheos, gemidos, llantos, gritos e incluso alaridos que distorsionaban la música original. Ésta, poco a poco, se iba atenuando y haciendo casi inaudible. La estridencia empezó a ser insoportable para Marta. Era una locura desbocada que hacía resquebrajar el mundo entero, y lo que antes era pura transparencia se había teñido de una opacidad grisácea y triste.

Los oídos ya se habían acostumbrado de tal modo al zumbido sordo y a la carcajada burlesca, que Marta se había olvidado del tema que la había seducido al principio. Fue entonces cuando empezó a añorarlo desesperadamente, pero no conseguía reconstruir la armonía primigenia en medio de ese hastiante y repetitivo martilleo que la aturdía. De pronto cayó en la cuenta de que en el interior de la propia disonancia empezaban a escucharse pequeños retazos del motivo primero que aquí y allá llevaba el silbido del viento. Daba la impresión de que los fragmentos de la composición magistral se buscaran entre sí como tímidos amantes y se encontraran en el eco de los corazones que aún no habían quedado ensordecidos. Marta comenzó a desear ver el rostro de quien interpretaba esa misteriosa música que la guiaba en medio del caótico fragor circundante. En medio de la silenciosa oscuridad una tenue luz brilló. Una luz como la luz que Marta había visto al principio, pero mucho más frágil y pequeña, despojada de toda majestuosidad. Y empezó a reproducir fielmente el tema que tanto estaba ansiando. Al mirarla todos los músicos que aún seguían buscando, empezaron a vibrar armónicamente, cada cual con su timbre característico. Marta se sintió reconfortada porque esa luz la hacía también vibrar con una ternura melodiosa que al mismo tiempo la hacía ser fuerte y tener esperanza. Era como si las escalas retorcidas se fueran suavemente enderezando. La frágil luz tenía la propiedad de afinar los instrumentos y conjuntarlos, de tal modo que la luz del conjunto resplandecía cada vez más y más, convirtiendo la opacidad en transparencia. Pero hubo músicos que al recibir la luz, en vez de vibrar con ella, se dedicaron a registrarla en pliegos, temerosos de que algo tan valioso se les olvidase. Nadie hubiera tenido la capacidad escribir la sinfonía entera, así que cada instrumento transcribió la parte que le correspondía. De esta manera los violines enseñaban sólo a los violines, los trombones a los trombones, los platillos a los platillos... Y en vez de propagar la radiante melodía interpretándola, se dedicaron a solfearla. Esto apenó a Marta porque muchos instrumentos comenzaron a enmudecer y con el tiempo fueron incapaces de reconocer ni el timbre propio ni el de los demás. Y entre todos ellos se volvió a abrir un abismo de confusión. En vez de dirigir su mirada a la luz principal, se fijaron en el más virtuoso o el más antiguo, o el más sabio de los suyos. De todas maneras, la música era incontenible y no se dejaba atrapar. Y así, aunque hubiera quienes fueran opacos a la luz y no la dejaran transmitirse, todos podían oír la música y afinar sus instrumentos. Incluso los que no disponían de instrumentos ni sabían música, gozaban en la clara penumbra cantando el tema universal.

 

Por la mañana

Marta se despertó con la luz que penetraba por las rendijas de su persiana. Saltó de la cama porque si ya había tanta luz en su habitación era evidente lo tarde que era. Después del primer sobresalto le vino a la mente lo que había estado soñando. Aún cuando recordaba vívidamente los detalles, no podía comprender lo que podía significar, si es que significaba algo. Lo más seguro es que todo ello fuera debido a las emociones de la tarde anterior y no debía prestarle mayor importancia. Se dispuso a quitarse el pijama para darse una ducha rápida. Salió del baño, se vistió con la ropa de diario y se preparó el desayuno. Mientras las tostadas se calentaban su madre entró en la cocina.

- ¿Qué tal la cena anoche? – preguntó al poner la leche en el microondas.

- Al final no fui – respondió secamente Marta.

- ¿Cómo que no fuiste? Ese chico, ¿cómo se llama?, Roberto, ¿no? Llamó justo cuando te fuiste para saber si ibas a ir al ensayo.

Marta miró a su madre sorprendida. – ¿Y qué quería?

- Nada, no me dijo nada concreto, como no estabas... – y añadió mientras sacaba la leche ya caliente – ¿No es ese chico pelirrojo que vino un día a casa? Sí, mujer, a traerte esa partitura que se te había quedado olvidada en el conservatorio. A mí me parece majo.

Marta cambió de tema. - ¿Ya se ha ido papá?

- Sí, hija, son las nueve menos cuarto y sabes que tu padre se levanta a las seis y media.

- ¡Qué son ya las nueve menos cuarto! Tengo que volar si quiero llegar por lo menos a la segunda hora.

- Tu padre no hace más que decirme que vives en casa como en una pensión. Nunca estás. – le reprochó su madre.

Marta devoró apresuradamente la tostada con mermelada que se había preparado. Al salir de la cocina su madre le cogió la mata de pelo ondulado y negro.

- Espera, déjame que te desenganche los nudos que tienes. Parece que has dado mil vueltas esta noche en la cama.

- Mamá, que no tengo tiempo ahora. – dijo en tono lastimero

Marta pudo zafarse de la cariñosa presa de su madre y salió, una vez más, pitando de casa.

La profesora de Historia de la Música era una mujer rubia de mediana edad con el pelo corto y demasiado delgaducha en opinión de Marta. Llevaba unas gafas demasiado grandes para su pequeña nariz, pero su voz era extraordinariamente agradable. Dibujó en la pizarra una serie de círculos concéntricos y en el centro lo que podía ser el planeta Tierra.

"En la Antigüedad se pensaba que la Tierra estaba en el centro del Universo y los planetas y el sol giraban en torno a ella. Los astros se movían porque se les creía sujetos a unas esferas móviles, mientras que la última de las esferas era la de las estrellas fijas, que no se movía. Los pitagóricos, siguiendo a su maestro Pitágoras, pensaban que había una proporción perfecta entre todas las partes del universo, a semejanza de las proporciones musicales de un arpa. Ya dijimos al hablar de Pitágoras que se le atribuía el descubrimiento de que la longitud de las cuerdas de un arpa tenía que guardar una proporción numérica para que sonasen armoniosamente. Es la primera noticia que tenemos sobre los acordes musicales. Pues bien, esa armonía que tanto fascinaba a Pitágoras, sus seguidores la aplicaron a las esferas celestes. Para ellos, el movimiento de las esferas celestes guardaba una proporción igualmente armoniosa, produciendo lo que se dio en llamar la música celeste."

En este punto Marta recordó su sueño. El tema musical empezó a insinuarse en su cabeza. Se imaginó una morada gigantesca adornada muy bellamente. Estaba engalanada con grandes vidrieras de colores, pero al parecer sólo tenía una puerta, ¡y era extraordinariamente pequeña para las dimensiones de la casa! Se acercó a la angosta puerta, reluciente como un cristal recién pulido, porque fuera se estaba quedando fría. La melodía también ahora le parecía más apagada. ¿Estaría abierta la puerta? Notó de pronto que el bolsillo de su cazadora pesaba. Introdujo la mano y sacó una llave. La música se hizo más fuerte y sugerente. Marta se fijó que los dientes de la llave guardaban una proporción exacta, como las notas de un acorde. De repente volvió a la realidad.

"... aunque la reforma litúrgica que introdujo Gregorio VII tardó mucho tiempo en imponerse para toda la cristiandad. Los monjes de Cluny y posteriormente los del Císter fueron los que más desarrollaron la notación musical del canto gregoriano, hasta el punto de que..."

Marta se introdujo de nuevo en la explicación de clase. Se sentía un poco sorprendida de soñar despierta. En realidad era la primera vez que le pasaba algo semejante. Al terminar la clase, Marta le pidió al compañero de al lado los apuntes para ver lo que se había perdido.

- ¡Qué pasa, tía! Si has estao en clase, ¿no?

- Es que ha habido una parte que no he cogido – dijo Marta sonriendo azorada.

- Vale tronca, pero son de Huelva, ¿eh? Que el otro día dejé una partitura de piano y hasta la fecha, colega. – Sacó los apuntes de una carpeta decorada con los "Scorpions".

Volvió a sonar el timbre.

- Bueno me voy que tengo canto con Téllez.

- Que no ha venío, tía. Sa enrollao con un virus griposo y sa quedao en su choza. Yo me voy al bareto a tomarme una cañita. ¿Te vienes?

- No, no. Prefiero subir a ver si está el de composición, que le tengo que entregar unos ejercicios.

Marta no podía entender cómo a Mario le podía gustar la música clásica y al mismo tiempo el "heavy metal". Todo el mundo decía que era una máquina del virtuosismo. Además de hacer piano, estudiaba derecho por las tardes y nadie sabía de donde sacaba tiempo para enrollarse en cualquier fiesta.

Subió por las escaleras pero no esperaba encontrar a nadie en el despacho. Cuando llegó la puerta estaba entornada.

- Pase, pase – dijo una voz ronca desde el interior.

El profesor de composición debía de ser uno de esos profesores jubilados eméritos al que le dejan seguir dando alguna clase. Curiosamente era una persona muy exigente y al mismo tiempo entrañable. Marta se acercó despacio, mientras el maestro escribía algo sobre la mesa de su despacho.

- Siéntese, siéntese, que no le voy a cobrar por ello. – le dijo sin levantar la vista.

Marta tragó saliva – Eh... Vengo a traer los ejercicios de composición que mandó...

- ¡Un momento! – interrumpió bruscamente el maestro.

- Mi menor aquí, y aquí La sostenido... ¡ya está! – exclamó finalmente.

- ¿Qué quería joven? – preguntó levantando la vista al tiempo que se quitaba sus gafas de media luna.

- Los ejercicios de composición... – musitó Marta.

- ¡Ah sí! Los ejercicios. Enséñemelos, enséñemelos – insistió.

Marta dudó un momento y de repente se le vino a la mente el tema del sueño.

- Estoy pensando en escribir una nueva composición. Si usted quisiera corregirla... – comentó mientras sacaba los ejercicios de la carpeta.

- Sabe señorita que el tiempo de entrega se le acaba – dijo frunciendo el entrecejo y juntando los rugosos dedos de sus manos.

- Ya, ya. Pero esto es aparte.

Marta le pasó los ejercicios y el anciano profesor empezó a leer lo que había escrito. Pasaba por los compases reproduciendo las notas con los gestos de su cara.

- No está mal, no está mal – se dijo a sí mismo en voz alta.

- Bueno, veamos cómo compone usted, señorita. Empiece a escribir en la pizarra eso que dice tener en la cabeza.

Marta titubeó un instante - ¿Ahora?

- Sí, sí, claro, ahora – y el anciano maestro le ofreció una tiza.

El encerado sólo contenía las líneas del pentagrama. Marta cogió la tiza y empezó a reproducir las notas que sentía en su interior. El tema empezaba con una flauta de pico de una manera asombrosamente sencilla, pero poco a poco iba desplegando toda su vitalidad creadora. Marta no daba abasto para fijar las notas sobre la pizarra. No cesaban de fluir, arremolinarse y generar nuevas melodías. Antes de que borrase para llenar otra nueva pizarra, el maestro iba tomando nota de todo lo que ella iba plasmando. Cada vez más y más instrumentos iban uniéndose, haciendo variaciones y coloreando la melodía principal. De pronto, el tema disonante irrumpió oscureciendo las sucesivas escalas con una nota grave y repetitiva. Las escalas se iban retorciendo y parecían rechinar asustadas. Marta nunca había experimentado la soltura de escribir tantas semicorcheas juntas en escalas tan complejas sin cometer ningún error.

- Pare, pare, por Dios. ¿Qué quiere? ¿Qué me vuelva loco?

- Pero ahora no puedo parar – se quejó Marta respirando fatigosamente.

- ¿Se puede saber de dónde se ha sacado todo esto, señorita?

Marta se ruborizó. - Lo he soñado – dijo en voz baja.

Y agregó levantando la mirada– Ahora viene el tema inicial dentro de la disonancia.

- ¿Sabe usted lo que está escribiendo?

- No. No sé si todo esto tiene algún significado. – dijo desconcertada.

El maestro se levantó de su asiento y empezó a pasear nerviosamente de un rincón a otro del despacho. Después de unos larguísimos minutos volvió a sentarse en su silla giratoria. Se puso las gafas y observó pensativamente a Marta por encima de ellas.

- Muy bien, continúe. Pero no le garantizo nada.

En aquel momento se asomó por la puerta la secretaria del centro.

- Las actas que me pidió ya las tengo...

- ¡Qué maneras son estas de interrumpir! – chilló desaforadamente.

Y levantándose de su asiento dio a la pobre mujer con la puerta en las narices.

 

De nuevo por la tarde

Continuaron el trabajo y se les pasó la hora de la comida sin que se dieran ni cuenta. Marta siguió emborronando pizarras, mientras el anciano profesor iba repasando sus notas para saber si había alguna manera humana de orquestar aquel raudal de creatividad. Era como si cualquier forma de belleza pudiera emanar libremente de aquella insondable composición. Por fin el maestro dijo a Marta.

- ¿Se ha dado cuenta ya de que es imposible acabar la obra, o necesita más tiempo?

Marta paró instantáneamente de garabatear - ¿Cómo?

- Usted está intentando dar fin a lo que no puede tener fin, a lo infinito.

Marta se quedó atónita. El anciano maestro se apoyó en la mesa de su escritorio y empezó hablar pausadamente.

- En su sueño, ¿por qué cree usted que la melodía principal no eliminó la disonancia, sino que se introdujo en ella?

- Pues no sabría decir, posiblemente porque así ninguna nota queda en balde.

- Efectivamente, el tema principal ama y respeta todo lo que ha salido de él. Ama la libertad, por que él mismo es pura libertad.

Marta no alcanzaba bien a comprender lo que le estaba queriendo decir el anciano profesor.

- En el sueño había músicos que intentaban apoderarse de la música, pero sólo conseguían un fragmento de la partitura completa – afirmó desde la pizarra.

- Pero me imagino que no podrían retener la música – replicó el maestro

- No, la música la podía tararear cualquiera, aunque no supiera nada de solfeo – asintió Marta.

- ¿Sabe usted que está intentando escribir sobre Dios?

- ¿Dios?

- Dios es el compositor, el director y la música al mismo tiempo.

- ¿Entonces?

- Lo único que le puedo recomendar es lo que yo he venido haciendo desde que por primera vez escuché esta obra. Buscarla, compartirla e interpretarla a los cuatro vientos.

El anciano se acercó al piano que estaba junto a la pared y empezó a tocar el tema.

Marta le quiso interrumpir apoyando suavemente la mano en su hombro.

- ¿Pero cómo se llama el director?

- Lo de menos es su nombre, simplemente fíjese usted en él.

Entonces Marta sacó el violín de su estuche y empezaron a interpretar juntos. Al compartir la música cruzaron el umbral hacia la acogedora morada de siempre. Allí ya estaban esperándoles todos los que disfrutaban tocando la única y gran sinfonía multicolor. Los músicos no sólo interpretaban, sino que al tocar iban creando la obra. Y cada instrumento, ya fuera de cuerda, viento o percusión, podía ser al mismo tiempo compositor, director y música.

 
 Autor:  Juan Luis (El Levantazo)