La ciudad perfecta

Todos los cuentos, al menos los que son clásicos, se enorgullecen de enmarcarse en una época remota. No es éste el caso del presente relato, pues pudo muy bien haber pasado ayer por la tarde, o más bien todavía estar por ocurrir.

En aquel tiempo, no sé ya si pasado o futuro, todos los habitantes estaban muy orgullosos de su espléndida ciudad. ¿Qué nos falta?, se preguntaban unos a otros con altivez. En realidad, no les faltaban motivos para pavonearse frente a los forasteros que, sorprendidos, visitaban las maravillas de semejante población. Una agradable temperatura primaveral durante todo el año, atractivas figuras masculinas y femeninas paseándose por sus calles, gente amable y hospitalaria que nunca desatendía indicar a un turista; todo ello generaba un ambiente acogedor y hogareño que, a quien se marchaba, siempre le dejaba con el sueño de volver algún día. Se ofrecían todo tipo de actividades deportivas, como natación en la piscina olímpica, vela en las mansas aguas de la bahía, atletismo, fútbol, baloncesto... No eran de extrañar todas estas instalaciones, porque numerosas veces había sido escogida como sede olímpica. Tampoco extrañaban la cantidad de museos interactivos, pinacotecas y muestras feriales por su repetido nombramiento para la exposición universal.

Pero últimamente la gente estaba un tanto alborotada, porque se corría el rumor de que algo faltaba, aunque nadie sabía precisar bien de qué se trataba. Era más bien una impresión vaga que desde hacía algunos meses gentes de otros lugares habían percibido, o más bien echado en falta. La verdad es que la cosa se había convertido en el tema de conversación de todos los vecindarios, pero nadie sabía dar cuenta de lo que pasaba con exactitud. Muchos achacaban los rumores a las envidias de las ciudades convecinas que ni de lejos podían hacer sombra a la acendrada reputación de la ciudad en cuestión. Otros se preguntaban sorprendidos qué podía faltar en una ciudad que en realidad lo tenía todo: buen comer, buen clima, buenas gentes, buenos paseos y avenidas, poco tráfico y apenas ruido...

Con el tiempo, parece que la cosa fue a mayores y de las charlas de los bares la preocupación pasó a los pasillos del ayuntamiento. Concejales y tenientes de alcalde marchaban precipitadamente de arriba a abajo barajando planes de urbanismo, redes de transporte, informes sobre servicios de alcantarillado, luz, gas, teléfonos y hasta vía digital e internet sin que nadie pudiera dar con ningún fallo. Además los impuestos no hacían más que bajar debido a la buena gestión de la administración. ¿Qué podía estar ocurriendo? El pleno del ayuntamiento se tuvo que reunir en sesión extraordinaria, cosa que no ocurría desde no se sabía cuándo, para tomar una determinación al respecto. Una vez leídos todos los informes elaborados, el alcalde tomó la palabra.

- Ciertamente estamos muy por encima de la media mundial, tal y como reflejan las cifras del extraordinario informe que acabamos de escuchar. Todos nuestros ciudadanos se encuentran más que satisfechos en materia de educación, sanidad, ocio... y, sin embargo, seguimos estando ante el hecho de que sigue faltando algo. Lo más terrible de todo es que nadie sabe qué es, aunque todo el mundo lo echa en falta. Propongo, como máximo responsable de esta insigne ciudad, enviar a todos los lugares del mundo corresponsales para que investiguen y comparen nuestra ciudad con el resto, a fin de que se aclare esta cuestión.

Efectivamente así se hizo, e incluso, hubo muchos voluntarios para realizar la misión propuesta por su alcalde. Pasaron los días, las semanas y los meses y todos los ciudadanos acudían puntualmente a las noticias municipales que diariamente retransmitía el canal televisivo de la ciudad. Una y otra vez, el resultado era idéntico: no se encontraba nada que mereciera la pena; es más, a muchos corresponsales les habían ofrecido suculentas ofertas para solucionar los problemas de las ciudades que habían visitado, dada la enorme reputación de la ciudad de donde provenían. La verdad es que la gente, con el transcurrir del tiempo, cada vez andaba más decepcionada, porque el misterio no se resolvía y la ciudad parecía haber perdido el encanto del que tanto alardeaba. Todo se había vuelto más triste.

Una apacible tarde de otoño, cuando el misterio estaba casi olvidado, una niña de unos seis o siete años salió de la fila que le conducía al autobús escolar para cruzar la plaza central como una exhalación y adentrarse en el ayuntamiento.

- ¡Quiero ver al alcalde! - repetía una voz chillona detrás del mostrador. Al otro lado había una paciente secretaria que al parecer no hacía caso al microorganismo de trenzas rubias y mochila roja que intentaba alzarse para que se le pudiera apreciar.

- Pero a quién tenemos aquí - dijo la amable voz de la secretaria. - ¿No deberías estar en clase?

- ¡Quiero ver al alcalde! - volvió a repetir con su infantil voz. - Yo sé lo que falta a la ciudad.

- Pues dímelo y así yo se lo diré al alcalde - dijo tranquilizadoramente saliendo del mostrador y poniéndose a la altura de la pequeña.

- ¡No!, tiene que ser al alcalde. - insistió obstinadamente la criatura.

En aquel preciso instante, bajaba el solicitado edil por las amplias escaleras de lujoso mármol con todo su cortejo de concejales. Inmediatamente, la pequeña de trenzas rubias y mochila roja salió pitando para interponerse en el recorrido del consejo del ayuntamiento con su alcalde a la cabeza.

- Yo sé lo que le falta a la ciudad, señor alcalde - dijo con infantil autoridad ante el asombro de todos aquellos mayores trajeados y encorbatados.

El alcalde no pudo contener su asombro ante el minúsculo obstáculo de trenzas rubias y mochila roja que acababa de interponerse en su camino. Se paró y con inusitada ternura y confianza alzó a la pequeña en brazos y le preguntó en bajito.

- Cuéntame tu secreto. - susurró.

- La ciudad no tiene centro. - respondió con el mismo tono.

- ¿Cómo que la ciudad no tiene centro? Se puede calcular geométricamente el centro de la ciudad.

- Sí, pero la ciudad no tiene centro. - insistió la niña.

Entonces, el alcalde, un hombre que había llegado donde había llegado por su aguda perspicacia, entendió lo que la pequeña le estaba diciendo. Efectivamente, la ciudad no tenía centro, porque tampoco tenía historia. Todas las demás ciudades podían no tener los maravillosos servicios que su ciudad disfrutaba, pero todas tenían una raíz, un centro, del que manaba la identidad de la ciudad. En el fondo, de lo que se trataba era de que la ciudad era homogénea, de tal modo que cualquier barrio era idéntico al siguiente, con el mismo tipo de casas, de calles, de farolas, de centros escolares y sanitarios. Todo era absolutamente igual y la cuadrícula de calles constreñía la ciudad en un angosto corsé racional. Por otro lado, todo se renovaba con tanta rapidez y tan simultáneamente por toda la ciudad, que no quedaba rastro de ninguna historia, de ninguna memoria. Efectivamente, la pequeña muchachita de trenzas rubias y mochila roja tenía razón, con esa razón inocente e indefensa que todos hemos disfrutado alguna vez, con esa razón tan convincente: la ciudad no tenía centro.

Todos estos pensamientos pasaron por la mente del alcalde más rápidamente que un fogonazo, pero con una claridad tal que le dejaron boquiabierto. Fue entonces cuando la estrechó entre sus brazos y sólo pudo pronunciar suavemente: gracias.