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La Iglesia sólo
puede ser comprendida en toda su profundidad a partir del Misterio de la
Trinidad. El Vaticano II da cuenta de ello comenzando su exposición
sobre la Iglesia con un capítulo que se titula “El Misterio de la
Iglesia”. Allí se nos dice que la Iglesia es una realidad que, desde
el principio hasta el final, tiene su explicación y su sentido en su
relación con las Personas Divinas. Este capítulo ilumina todo el
desarrollo posterior de la LG. Todo lo que en ella se dirá tiene su
explicación en sus raíces trinitarias. Un teólogo contemporáneo, Bruno
Forte, expresa que la Iglesia es icono de la trinidad. Por eso creo que,
a la hora de plantearnos el modelo de Iglesia que queremos escoger tiene
que partir de la contemplación del Misterio de Dios, que no es sino una
comunión de personas. Esto nos remite inmediatamente al tema de la
unidad en la diversidad. Todas las opciones, estructuras, metodologías y
acciones eclesiales están llamadas a reflejar este misterio en sus
múltiples facetas. Cada persona, cada comunidad, cada pueblo que acoge
el Evangelio lo hace a su manera. Nuestra pregunta a la hora de
plantearnos y escoger nuestro modelo de Iglesia debería ser ¿de qué
manera la Iglesia aymara, quechua o mestiza es reflejo de la vida íntima
de Dios? La pregunta nos coloca en una actitud contemplativa, nos ayuda
a superar los prejuicios ante determinadas formas exteriores, nos
permite penetrar en búsqueda de lo esencial.

Estamos en el año
Jubilar. La Iglesia nos invita a la glorificación de la Trinidad.
Nuestra búsqueda de un plan pastoral que responda a las inquietudes de
nuestros contemporáneos es una buena oportunidad para entrar en comunión
con la Iglesia universal.
En 1425 Rublev
pintó un icono de la Trinidad en memoria del Santo Ruso, Sergio
(1313-1392). Se encuentra en Moscú. Lo pintó no solo para compartir el
fruto de su meditación en el misterio de la santísima trinidad, sino
también para ofrecer a sus monjes una forma de mantener sus corazones
centrados en Dios mientras vivían en medio de los quehaceres políticos.
En esos tiempos se luchaba con gran pasión por la unificación de Rusia.
El icono fue pintado para que el pueblo ruso pudiera conquistar “el odio
devorador del mundo a través de la contemplación de la Trinidad”. Por lo
tanto, la contemplación del icono no es una tarea a-temporal ni
a-histórica y puede ayudarnos también hoy, en nuestro contexto peruano,
tan difícil en nuestros días, a superar las ambigüedades a que pueden
someternos el enfrentamiento entre los grupos, la tentación de conseguir
el poder a cualquier precio, aunque sea el de la violencia, la muerte o
la deslealtad que hemos presenciado en estos días.
La palabra griega
icono significa “imagen” y se aplica a cierto tipo de cuadros propios de
la Iglesia cristiana oriental. El icono es un sacramento, pues
representa el misterio de Dios. Lo representa en cuanto camino que nos
conduce al encuentro con Dios. En el icono la representación es
presencia y no reproducción. Nos llama a atravesar lo visible para
dejarnos alcanzar por lo invisible. El icono no se mira como un cuadro.
Se lo venera. Es un llamado que nos invita a la contemplación del
misterio de Dios. El pintor de iconos reza antes de pintar y pide a Dios
que dirija sus manos. Es don de Dios que se acoge en la acción de
gracias, sacramento de la presencia que convoca nuestra presencia. Los
íconos están creados para ofrecer acceso, a través de la puerta de lo
visible, al misterio de lo invisible. Están pintados para llevarnos a la
puerta de la habitación interior de la oración y colocarnos cerca del
corazón de Dios.
Rublev se inspiró
en el pasaje de Gn 18,1-10, conocido como “la hospitalidad de Abraham”.
(Leer el texto)
-
Aparecen tres ángeles frente a la tienda de Abraham, en el
encinar de Mambré.
-
Se lavan los pies, se reponen del camino.
-
Comen la comida que Sara y Abraham les ofrecen generosamente.
-
Anuncian un nacimiento inesperado (siempre que hay un encuentro
en torno a una mesa se produce un nuevo nacimiento)
-
Abraham es viejo y no tiene hijos, a pesar de la reiterada
promesa de Yahvé.
A partir de este
gesto de hospitalidad, Rublev evoca el misterio de la Trinidad.
Preguntémonos si en el pueblo quechua, aymara o mestizo no existen
“iconos”, imágenes, que nos permitan de igual manera evocar este
misterio. Ayer Diego nos planteaba algunas situaciones que bien podrían
hacerlo.
El icono de la
Trinidad nos invita a habitar en la casa del amor. El documento de
Puebla nos dice: “Dios en su misterio más íntimo no es una soledad
sino una familia” (582). Esta nueva imagen de
Dios- Trinidad, casa del amor que nos presenta el magisterio de la
Iglesia tiene mucho que ver con el icono que vamos a contemplar. ¿Cómo
vivir en un mundo marcado por el miedo, el odio y la violencia y no ser
destruidos por él? Vivir en el mundo sin pertenecer a él es la esencia
de la vida espiritual. Nos hace concientes de que nuestra verdadera casa
no es la casa del miedo y de la violencia, sino la casa del amor, donde
Dios reside. El icono de Rublev nos deja vislumbrar la casa del amor
perfecto. Los temores nos atacan por todas partes, pero cuando
permanezcamos en la casa de Dios, estos temores mundanos no tendrán
ningún poder sobre nosotros: “En el mundo tendrán apreturas, pero
ánimo, yo he vencido al mundo” (Jn 16,33). Las
palabras del salmo “hasta el gorrión ha encontrado una casa y la
golondrina un nido ... felices los que viven en tu casa
(Sl 84,3-4) se convierten en palabras que revelan
la posibilidad de estar en el mundo sin ser de él. Podemos hacer todo
sin abandonar la casa del amor: “el amor acabado echa fuera el temor"
(1Jn 4,18).
Hay diversas
interpretaciones de las figuras del icono. Escogemos algunas, podemos
realizar otras, dejándonos guiar por el Espíritu.
-
El
círculo: Los tres personajes configuran un círculo. Pero más propio
es hablar de un movimiento circular entre ellos, sugerido por sus
miradas, por el juego de sus manos, por la inclinación de sus cabezas.
Todo expresa una comunión extraordinaria entre los tres. Se podría decir
que mantienen una conversación silenciosa, hecha de miradas y gestos.
Dentro de este círculo sagrado se nos revela el misterio de Dios, esta
casa del amor. Es el misterio de la hospitalidad, expresado no sólo en
la bienvenida de Sara y Abraham a los tres ángeles, sino también en la
bienvenida de Dios a la pareja de edad avanzada en la alegría del pacto
a través de un heredero. Es la prefiguración de la misión de Dios a
través de la cual nos envía a su hijo único para darnos la vida en el
Espíritu.
-
La casa de Abraham y Sara se convierte en la morada de
Dios entre nosotros. Nos evoca la casa de Nazaret.
-
La copa: El centro de los tres personajes es la copa. Los
tres la rodean. Además, la copa está ubicada en el corazón de una copa
más grande que dibujan los dos ángeles laterales. El tema de la
conversación no puede ser otro que la copa. Es la copa eucarística.
-
El cordero: En la copa está el cordero que Abraham ofreció
a los ángeles. Es el Cordero de Dios. Es el centro del icono. Las manos
del Padre y del Hijo revelan su significado.
-
Los tres personajes: están vestidos de azul, símbolo de su
divinidad. No son iguales, son diferentes. Sus actitudes, sus miradas,
el color de sus ropas así lo indican.
-
El Hijo: en el centro lo señala con los dedos indicando
así su misión de ser el cordero del sacrificio, tan humano como divino
por la encarnación.
- El
Padre: a la izquierda, anima al hijo con un gesto de bendición.
-
El Espíritu: quiere decir, mientras señala el rectángulo,
que la entrega del Hijo es para la salvación del mundo.
-
El rectángulo: sus cuatro esquinas representan el orden de
la creación: norte, sur, este y oeste. Su posición indica que hay un
lugar en la mesa para aquellos que quieren participar en la entrega del
Hijo ofreciendo sus vidas como testigos del amor de Dios.
- La
encina de Mambré se convierte en árbol de vida. Evoca el árbol del
conocimiento del bien y del mal y el árbol de la cruz. Ella se hace
visible, está formada por el travesaño vertical del árbol, el Hijo, el
cordero y el mundo (representado por el rectángulo). El travesaño
horizontal está formado por las cabezas del Padre y del Espíritu. No hay
círculo sin cruz, ni vida eterna sin muerte, no se gana la vida sin
perderla, ni hay reino celestial sin calvario. El círculo y la cruz no
se pueden separar jamás: Jn 15,19-20 "El siervo no es más que su
amo, si a mí me han perseguido, lo mismo harán con ustedes, si
permanecen en el mundo el mundo los querrá como cosa suya, pero como no
le pertenecen, el mundo los odia”
Lo que
el icono nos revela:
Podemos seguir
nuestra meditación de las imágenes y dejar que los textos bíblicos
resuenen en nuestro interior. En relación con el tema que nos ocupa
sugiero algunas conclusiones:
- Vencer
el odio y la división imperante a través del amor y de la entrega de
nuestras vidas por El, con El y en El, como proclamamos en el
Eucaristía.
- El
círculo y la cruz que están presentes, nos ayudan a comprender
nuestro compromiso en la lucha por la justicia y la paz en el mundo, que
se da mientras permanecemos en la casa del amor.
-
Solamente acogiendo a los demás es posible oír la
revelación de Dios en Jesús y podremos reconocer a un Dios que viene a
sentarse a nuestra mesa cada vez que acogemos a sus hijos e hijas.
- Que
sólo es posible habitar en la casa del amor acogiendo las
diferencias.
- Que
la hospitalidad es perfecta cuando hombres y mujeres nos unimos
para preparar el advenimiento del reino, como lo hicieron Sara y
Abraham.
- Que
todos estamos invitados a compartir la mesa de los alimentos
visibles e invisibles, a fin de que nadie quede excluido por su
procedencia, sexo, situación social, religión o manera de pensar o por
sus errores.
- Que
la Eucaristía es el único porvenir de la humanidad porque ella
está en el principio de comunión que nos dio la vida, y es el presente
eterno del Dios amor.
Terminamos
rezando Ef. 1,3-14.
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