Nuestra vida

 

"ARDER E ILUMINAR"

VIDA CONTEMPLATIVA EN EL CORAZÓN DE LA ORDEN DE PREDICADORES

 

A Dios se llega por muchos caminos. Hay caminos llenos de encrucijadas en medio de las grandes ciudades, donde se toman las decisiones de la humanidad.  Los hay más sencillos, en el corazón del hogar familia, donde se forman los hombres y mujeres de nuestra historia al calor y al abrigo de los que se aman de verdad.

 

Del mismo modo que Dios se hace el encontradizo a los sabios y a los sencillos; los hombres y mujeres, buscamos su rostro en la trama de nuestras vidas, y en el complicado tejido de la historia desde las más diversas formas de existencia. Todas llenas de ansias de eternidad, y de deseo de verle tal y como es; todas con sed de la verdadera felicidad; aunque no siempre todos encuentran el auténtico camino que conduce a la deseada plenitud.

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Las Monjas Dominicas son el fruto de la genial intuición de Domingo de Guzmán, un hombre que habiendo encontrado Dios, ardió en anhelos de que toda la humanidad pudiera conocer la mejor buena noticia de todos los tiempos: La única capaz de saciar la sed de felicidad y de verdad que todos tenemos en nuestro corazón: Que Jesucristo sea el Dios con-nosotros, el Dios enamorado de sus criaturas, el Dios todo misericordioso, cercano y fiel.

 

Domingo preocupado por la confusión en que vivían sus contemporáneos, por la herejía que hacía estragos en medio del Pueblo de Dios y por la realidad de una iglesia con pastores que se apacentaban a sí mismos, viviendo en la opulencia y dispersando el rebaño a ellos confiado, comprendió que no era así como atraería a los hombres y mujeres al Evangelio. Por esto, con los pies descalzos salió a predicar en pobreza y autenticidad.

 

Así, en los comienzos de la su predicación, quiso asegurar su fecundidad, porque sabía muy bien que el árbol, para dar frutos suficientes, necesita hundir sus raíces en la profundidad de la experiencia de Dios, en el trato cercano, constante y amigo con Aquel a quien quería anunciar.

 

Por esto reunió en el Monasterio de Prulla a un grupo de mujeres que se asociaron a la tarea de la predicación por la oración y la penitencia. Ellas, consagradas totalmente a Dios, buscando su rostro día y noche, en el silencio, permaneciendo a los pies de Jesús, pensando en Él, invocando su nombre, tendrían la misión de velar por la buena siembra, consiguiendo de Dios la apertura a la gracia de aquellos a los que sus hermanos los frailes anunciarían la Palabra de Dios.

 

“Como busca la cierva, corrientes de agua, así te busco yo, Señor Dios mío. Mi alma tiene sed de Ti. ¿cuándo podré ver a Dios cara a cara?

 

Una búsqueda continua del rostro de Dios, define nuestra vida; un impulso que atraviesa nuestras jornadas y que se hace deseo de contemplar al Dios vivo y verdadero: deseo de que Él sea el Dios y Padre de todos. Una sed incontenible de Dios; una sed insaciable, pero serena y apacible, nos mantiene con la mirada fija en Jesucristo y nos hace implorar y aguardar su manifestación en el corazón de nuestras hermanos los hombres y mujeres de todo el mundo.

 

Convocadas para vivir en comunidad, teniendo un solo corazón y una sola alma en Dios, suplicamos sin desfallecer que llegue pronto la paz.... la deseada paz que reclaman los pueblos y los corazones; y asumimos el compromiso de construirla, viviendo la caridad sincera, la fraternidad distendida, la cordialidad evangélica.

 

Como los discípulos de Jesús que permanecieron, llenos de alegría en el templo alabando a Dios, las monjas, poniéndolo todo en común, vivimos en la Casa del Señor: su alegría es nuestro gozo y sus bienes son los nuestros; buscando al Único necesario, hacemos diariamente la experiencia de su cercanía en la noche oscura de la fe y en la certeza de su presencia viva y vivificadora.

 

Nuestro hábito blanco nos recuerda que hemos sido revestidas del Cristo y que su claridad inunda nuestra alabanza y nuestra incesante acción de gracias por ser Él nuestro Dios y Señor.

 

Cada mañana estrenamos la jornada con una invitación a la alabanza universal; la oración hecha melodía, emerge del corazón contemplativo de las monjas y un murmullo silencioso de alabanza pone en movimiento las horas de nuestro día.... Es como una melodía suave, muy suave, que cada mañana enciende la luz de la esperanza en el corazón de los hombres y que cada noche recoge la fatiga de toda la humanidad que a lo largo del día ha invocado Dios por los labios de las monjas; ha buscado su rostro por sus pupilas y que en sus manos elevadas al cielo ha sentido el reposo y la paz.

 

La celebración de la Eucaristía es el centro de nuestras vidas y su expresión más acabada. En ella se dan cita el ofrecimiento diario del pan y el vino, frutos de la tierra, el trabajo y el cansancio de los hombres, que ofrecidos en el altar del Señor se transforman en su Cuerpo y en su Sangre. Compartiendo el pan y el vino, nuestra comunión se fortalece en una suerte de solidaridad universal que nos hace sentirnos hermanas de todos los hombres. Alimentándonos en la mesa de su Pan y de su Palabra, somos testigos del milagro del Pan que Él sigue multiplicando y repartiendo, para saciar el hambre de la multitud que le sigue y que quiere escuchar su voz.

 

El canto de la liturgia empapa todas nuestras jornadas, y desde los nuestras corazones, podemos decir con el salmista, que “A toda la tierra alcanza su pregón, y hasta los límites del orbe se extiende su mensaje”.

 

Hablamos al Señor de los hombres, de sus inquietudes y anhelos, de sus alegrías y tristezas, de su corazón, lleno de desazones y esperanzas. Recogemos sus voces en una plegaria fraterna y solidaria, suplicando para que llegue su Reino y ponga su tienda entre nosotros.

 

La Palabra de Dios nutre nuestra mente y nuestro corazón. La Palabra escuchada con ternura, ilumina nuestros pasos. La lectura contemplativa de la Verdad Sagrada, La Lectio Divina, en sintonía con la tradición de los Padres y Madres de la Iglesia, nos pone en sintonía con Aquel que ha querido llevarnos al desierto, al silencio, para hablarnos al corazón. Allí, de corazón a corazón, Él se hace el Dios próximo y nos manifiesta su compasión y su misericordia.

 

El estudio sistemático, la reflexión serena, la formación permanente, el análisis de la realidad que nos circunda, nos habilita para leer los signos de los tiempos y para hablar con sabiduría, desde la verdad de Dios, al corazón del hombre que muchas veces vuelve su mirada a nosotros porque sabe que tenemos algo que decirles de parte de Dios; o al menos que tenemos que ofrecerle un espacio, donde la voz de Dios, pueda resonar en el silencio y la acogida.

 

Escrutadoras de Dios, con todo nuestro ser, las monjas Dominicas, intentamos penetrar en los misterios de Dios, para llegar a ser adoradoras en espíritu y verdad. Solidarias con la ley del trabajo que hermana a todos los hombres y mujeres, buscamos, desde las más variadas actividades, los medios necesarios para vivir con dignidad y sin agobios, pero con austeridad y en pobreza. El trabajo con el cual nos procuramos el pan de cada día, nos permite compartir nuestros bienes con los más pobres y necesidades.

 

En nuestro horario hay momentos especiales para el encuentro comunitario, para el diálogo interpersonal, para la expansión y el descanso. Allí se fomenta la amistad y la alegría y se dan espacios de auténtica fraternidad.

 

Haciendo profesión en la Vida Contemplativa Dominicana, nos comprometemos a vivir cómo vivió Jesús en su vida temporal, en pobreza, castidad y obediencia.

 

Bienaventurados los limpios de corazón , porque verán a Dios” - Mt 5,8 -

 

La castidad consagrada nos hace ser universales y fecundas, porque poniendo el corazón sólo en Dios, se ensancha nuestra capacidad de estimar y acoger, dándonos la posibilidad de transmitir a los hombres y mujeres el fuego de un amor diferente, sin egoísmos ni posesiones, sin idolatrías ni hedonismo, un amor que nos hace quemar en el más limpio deseo de Dios y en la auténtica pasión por la salvación de la humanidad entera.

 

“*Bienaventurados los pobres, porque vuestro es el Reino de los cielos” - Lc 6,20, Mt 5,3 -

 

Por la pobreza voluntaria escogemos el camino del abandono en las manos providentes de Dios y viviendo el espíritu de las bienaventuranzas, ponemos el corazón en los bienes de arriba, aquellos que nada ni nadie nos podrá arrebatar. Nuestra austeridad y obstinación por compartirlo todo, son la expresión de nuestra opción preferencial por los más pobres, porque optando por Cristo, el grande pobre de la historia, no podemos desentendernos de los que pasan hambre y sed, están desnudos o abandonados.

 

 

“Mi alimento es hacer la voluntad del Padre”

 

Por la obediencia libre, nos comprometemos a buscar la voluntad de Dios y a hacer que su Reino sea una realidad en nuestra tierra. Buscamos juntas los caminos que nos conducen a la más auténtica fraternidad y a la dócil fidelidad a los designios de amor y salvación universal.

 

Llamadas a crecer en caridad en medio de la Iglesia, las Monjas Dominicas extendemos el pueblo de Dios con misteriosa fecundidad y anunciamos proféticamente, con nuestra vida escondida, que Cristo es la única bienaventuranza y que su gracia es un anticipo, ya ahora, de la gloria futura.

 

La llama que encendió el amor en Domingo de Guzmán, estaba llamada a comunicar luz y calor, Verdad y Evangelio hasta los confines de la tierra. Esta antorcha es la que hemos recibido sus Hijas, las monjas.

  • En nuestra comunidad intentamos cada día, vivir íntimamente unidas en comunión de vida e ideales; en generosa disponibilidad, de ayuda entre unas y otras, de mutuo enriquecimiento.

  • Nuestra vida se forja a precio de entrega y renuncia, de gozo y generosidad.

  • Queremos ser focos vivos de oración, donde la presencia orante y silenciosa de las hermanas acoja e invite a la intimidad con Dios.

  • A base de mantener la mirada fija, a lo largo de los años, los días y las horas en el amor incandescente de Dios, purificamos nuestra mirada para ver las cosas como las ve Él.

  • Habitando en la casa del Señor, queremos descubrir la presencia del Señor de la historia.

  • Con la mirada fija en Dios, queremos abrir nuestro corazón, para que la Palabra que Dios pronunciada en la historia tenga acentos de amor y de ternura y para que su Salvación preparada a la vista de todos los pueblos, sea la luz que alumbre a todas las naciones.

  • “Arder e iluminar”: Permanecer en comunión con María, la Madre de Jesús, esperamos, en comunión con toda la Iglesia, la Gran manifestación del Espíritu.

  • Hablamos al Señor de los hombres, de sus inquietudes y anhelos, de sus alegría y tristezas, de su corazón.

  • Escrutadoras de Dios, con todo nuestro ser, las monjas Dominicas, intentamos penetrar en los misterios de Dios, para llegar a ser adoradoras en espíritu y verdad.