¿Tiene sentido una Comunidad Contemplativa
en una sociedad marcada por el consumismo, por el materialismo?
¿Cuál es su misión específica?
¿Tiene sentido hoy la Vida
Contemplativa?
La Orden de Predicadores, empezó su camino,
hace 800 años con un grupo de mujeres dedicadas a la oración
contemplativa. Santo Domingo de Guzmán vio la gran decadencia de la
Iglesia del siglo XIII y se aprestó por buscar una solución. Pronto
comprendió que ésta implicaba un camino de regreso al Evangelio, al
estilo pobre de Jesús de Nazaret y a su mensaje sencillo y
liberador. Y comprendió que hacía falta abrir los ojos, descubrir
todas las semillas de verdad que le rodeaban; que era urgente
dialogar, incluso con los que pensaban diferente o eran condenados
por herejes, y que quizás, quizás, tenían una parte de la Verdad que
tanto le seducía.
Nos encontramos en siglo XIII. Diego de Acebes,
obispo de Osma, recibió el encargo del Rey Alfonso VIII de dirigirse
a Dinamarca a pedir, la mano de una joven danesa para su hijo
Fernando, de trece años. El obispo escogió de compañero de viaje al
joven canónigo Domingo de Guzmán.
Se pusieron en camino y se dieron cuenta de un
fenómeno hasta aquel momento, para ellos totalmente desconocido:
observaron como los cátaros y los albigenses, unos grupos de hombres
y mujeres cristianos, que vivían en austeridad y pobreza evangélica,
atraían a sus filas a mucha gente. Con una mortificación extrema,
castigaban su cuerpo y vivían sin libertad, bajo el peso de una
conciencia que veía en todas partes pecado. Los poderes civiles les
favorecían e incluso tenían sus obispos. Tenían a la gente
deslumbrada por su radicalismo.
Este estilo de vida de los cátaros, era una
denuncia a la Iglesia y a sus jerarquías que vivían aposentados en
la riqueza y en una relajación absoluta de costumbres. La jerarquía
y los Conventos estaban llenos de nobles ineptos que habían
profanado la fe con su vida: la simonía, la compra y venta de cargos
eclesiásticos, el tráfico de influencia, eran el pan de cada día que
había socavado los cimientos e la Iglesia.
Entre ellos había autismo: No se escuchaban, y
lo que era peor, todos intentaban imponer la Palabra por la fuerza,
y la violencia hacía estancia entre unos y otros. Los cátaros
intentaban eliminar a todos los que no vivían conforme al mensaje de
Jesús; y los jerarcas, a todos los que negaban algún dogma de la
Iglesia.
Nos dice la tradición, que Domingo de Guzmán,
pasó toda una noche dialogando con su hospedero, un cátaro
convencido. Seguramente, en medio de aquella noche oscura, se hizo
la luz. Uno y otro se escucharon; escucharon las razones que
latían en sus corazones, y la sed insaciable de la Verdad que por
caminos diferentes buscaban. Aquel hospedero, descubriendo el fuego
que quemaba en el corazón de aquel canónigo burgalés, quedó
cautivado por su Palabra y lo pidió el ingreso a la fe que él
predicaba. Dice la historia que la incoherencia de la Iglesia
quitaba el sueño al joven Domingo de Guzmán, y que en sus largas
noches de oración pedía a Dios insistentemente misericordia por los
pecadores y la luz de la verdad para todos.
En una ocasión, quizás impactado por la vida
de los cátaros, exhortó a los legados pontificios y a sus séquitos
diciéndoles: “No es así como debemos predicar a Jesucristo. Con
los pies descalzo, debemos salir a los caminos”.
Lejos de condenar a los denominados “herejes”,
les escuchó como personas y descubriendo la parte de verdad que
tenían, la puso en práctica.
Su vida era coherente, y su palabra conseguía
liberar a muchos del peso del fanatismo y de una doctrina que los
hacía esclavos de una ley sin entrañas.
Había en la región un grupo de mujeres, hijas
de nobles cátaros, que habían sido entregadas por sus padres para la
formación y la manutención, y que habían recibido lo que denominaban
como “consolamentum” y llevaban una vida de “perfectas cátaras”, en
una especie de conventos. Algunas de éstas, convencidas por la
palabra y la vida de aquel hombre austero, pobre y buscador de la
verdad, decidieron secundar su predicación, y como no existía forma
de vida dentro de la Iglesia para acogerlas, se reunieron en aquella
casa de Prulla que vino a ser el primer convento de Dominicas
Contemplativas.

Una Comunidad de mujeres nacida del diálogo
entre personas de diferentes creencias pero hermanadas por el deseo
de Dios y las ansias de verdad y libertad que hay en el corazón de
toda persona humana.
Las comunidades de cátaras eran los centros de
predicación, con predicadores itinerantes, que volvían al “convento”
y hacían turnos de predicación. Este fue el modelo inspirador de
aquel primer Convento de Dominicas Contemplativas. Ellas, con su
oración, hospitalidad fraterna, el estudio de la palabra y la
acogida, serían el fundamento de lo que más tarde seria la Orden de
Predicadores. Una orden nacida por buscar la verdad y llamada a
contemplar la Palabra en el silencio y a darla en la vida.
Hoy, como el comienzo, nuestra misión
fundamental es orar por la humanidad, y a base de contemplar a Dios
en la oración, contemplar el mundo con los ojos que Dios contempla
el mundo y las personas: con amor y respeto.
Esta contemplación, nos pone en contacto
directo con nuestros hermanos y hermanas los hombres y mujeres, con
sus necesidades, con sus anhelos, también con sus esperanzas y
alegrías.
Las Monjas sabemos por experiencia que desde
la CONTEMPLACIÓN, desde la oración y el silencio, que empapan
nuestra jornada, nace la fuerza que nos empuja a dar aquello que
recibimos: espacios de paz y serenidad; confianza en que estamos en
buenas manos, sentido de la gratuidad, hospitalidad. Acogemos a todo
el mundo, con el mismo espíritu que nos sentimos acogidas y amadas
por Dios, y por todos los que Él ha puesto en nuestro camino, por
vosotros.
Nuestra plegaria cobra sentido en cada rostro,
en cada hermano y hermana, en las diferentes realidades...
Hacemos camino con todos los que llaman a
nuestra puerta y que buscan ayuda, consuelo, compartir la amistad,
la vida, la sed de Dios. Haciendo camino desde la proximidad y la
amistad.
La luz de la Verdad que todos buscamos, tiene
muchos colores, mucha claridad, y resplandece más y mejor, cuando la
compartimos....
Nuestras casas, nunca se llamaron Monasterios,
-en los monasterios viven los solitarios-. Santo Domingo quería que
los Conventos fueran casas de predicación, donde las hermanas,
viviendo en fraternidad, a base de fijar la mirada en Dios, de
buscar la verdad, de amar, se volvieran incandescentes,
transformándose en luz con su vida. Quería comunidades en el corazón
de las ciudades, porque la luz que se enciende ha de iluminar a
todos, y nunca se ha de esconder. La luz se nos da para compartirla.
Por eso, queremos que nuestra casa esté siempre abierta, que siempre
nos encontréis disponibles, y que en nosotras encontréis hermanas:
mutuamente nos necesitamos... Todos nos podemos ayudar.
Queremos que casa nuestra sea casa de todos
vosotros, y que en ella, al menos podáis encontrar paz y reposo. La
paz que tanto necesita nuestra humanidad, y que desde nuestra
pobreza, queremos construir, y os queremos ofrecer.
De un tiempo a esta parte, en el seno de la
iglesia escuchamos muy a menudo la queja de que la juventud ha
marchado, que las iglesias están vacías, que la gente no se apunta,
que la estructura no da para más... Y esto genera muchas desazones y
desvelos.
Nosotras, no estamos ajenas a esta situación,
pero creemos que los acontecimientos nos hablan, y que si
permanecemos atentas, podremos descubrir los caminos que se abren
ante nosotras con una infinidad de posibilidades nunca imaginadas.
Estamos convencidas de la fidelidad de Dios, que no nos deja, y que
nos da siempre la oportunidad de descubrir caminos nuevos para
avanzar con libertad.
Desde hace unos años la iglesia pide a las
familias religiosas, que vuelvan a sus raíces, al espíritu que las
hizo nacer, y que bebiendo de la fuente, se dejen llevar por el
Espíritu.
Nosotros hemos nacido del diálogo con la
sociedad y la cultura, con personas de diferentes religiones, que
por caminos diversos buscaban a Dios, buscaban la humanización de la
vida y la paz... Trabajaban por construir el Reino. Por eso no ha de
extrañar a nadie que continuemos en diálogo: un diálogo que nos
enriquece, nos da vida.
Creemos que nuestro servicio más importante,
es ofrecer espacios de encuentro personal con Dios y con uno mismo,
y acompañar, desde nuestra vida contemplativa, a que todos los que
buscan el bien y la verdad con rectitud y pureza de corazón, la
encuentren.
Creemos, hoy más que nunca, que la fraternidad
ha de ser expresión de nuestra oración: si seguimos a Jesucristo, no
nos podemos cerrar a la realidad de la humanidad... Él se hizo uno
de los nuestros, y desde un domicilio humano, amó con pasión humana
y divina... Esto es lo que queremos hacer... Y esto no caduca nunca,
tenía sentido antes y lo tiene ahora.
En una sociedad que busca, nosotros
queremos dar testimonio de nuestra fe, porque creemos en los cielos
nuevos y la tierra prometida, que ya han empezado, donde habitan la
justicia y la paz. Y desde esta fe queremos decir, que pese a las
dificultades, Dios se fiel, y su luz brilla y se hace presente
cuando superando las diferencias, nos sentimos hermanos y trabajamos
juntos por un mundo mejor.