DOMINICAS CONTEMPLATIVAS
 
 

Todas las órdenes y familias religiosas en el seno de la Iglesia surgieron con una misión específica: Unas nacieron para empezar una tarea inexistente y necesaria; otras para dedicarse a la acogida de los enfermos, huérfanos, personas en situación de riesgo.

 

Las hay que surgieron para reformar a la misma iglesia en tiempo de crisis o decadencia.

 

Muchas, cambiaron, a lo largo de la historia su misión, urgidas por la evolución de la sociedad que les imponía nuevas formas de vida y relación con el mundo y las personas.

 

¿Cuál es la situación de las Dominicas Contemplativas?

 

Hoy, 800 años mas tarde, Santo Domingo de Guzmán ¿volvería a fundar un Convento de vida Contemplativa como lo hizo en Prulla?

 

¿Fundaría una Comunidad Contemplativa en Manresa?

 

¿Tiene sentido una Comunidad Contemplativa en una sociedad marcada por el consumismo, por el materialismo?

 

¿Cuál es su misión específica?

 

¿Tiene sentido hoy la Vida Contemplativa?

 

La Orden de Predicadores, empezó su camino, hace 800 años con un grupo de mujeres dedicadas a la oración contemplativa. Santo Domingo de Guzmán vio la gran decadencia de la Iglesia del siglo XIII y se aprestó por buscar una solución. Pronto comprendió que ésta implicaba un camino de regreso al Evangelio, al estilo pobre de Jesús de Nazaret y a su mensaje sencillo y liberador. Y comprendió que hacía falta abrir los ojos, descubrir todas las semillas de verdad que le rodeaban; que era urgente dialogar, incluso con los que pensaban diferente o eran condenados por herejes, y que quizás, quizás, tenían una parte de la Verdad que tanto le seducía.

 

¿Y, cuál fue el proceso?

 

Nos encontramos en siglo XIII. Diego de Acebes, obispo de Osma, recibió el encargo del Rey Alfonso VIII de dirigirse a Dinamarca a pedir, la mano de una joven danesa para su hijo Fernando, de trece años. El obispo escogió de compañero de viaje al joven canónigo Domingo de Guzmán.

 

Se pusieron en camino y se dieron cuenta de un fenómeno hasta aquel momento, para ellos totalmente desconocido: observaron como los cátaros y los albigenses, unos grupos de hombres y mujeres cristianos, que vivían en austeridad y pobreza evangélica, atraían a sus filas a mucha gente. Con una mortificación extrema, castigaban su cuerpo y vivían sin libertad, bajo el peso de una conciencia que veía en todas partes pecado. Los poderes civiles les favorecían e incluso tenían sus obispos. Tenían a la gente deslumbrada por su radicalismo.

 

Este estilo de vida de los cátaros, era una denuncia a la Iglesia y a sus jerarquías que vivían aposentados en la riqueza y en una relajación absoluta de costumbres. La jerarquía y los Conventos estaban llenos de nobles ineptos que habían profanado la fe con su vida: la simonía, la compra y venta de cargos eclesiásticos, el tráfico de influencia, eran el pan de cada día que había socavado los cimientos e la Iglesia.

 

Entre ellos había autismo: No se escuchaban, y lo que era peor, todos intentaban imponer la Palabra por la fuerza, y la violencia hacía estancia entre unos y otros. Los cátaros intentaban eliminar a todos los que no vivían conforme al mensaje de Jesús; y los jerarcas, a todos los que negaban algún dogma de la Iglesia.

 

Nos dice la tradición, que Domingo de Guzmán, pasó toda una noche dialogando con su hospedero, un cátaro convencido. Seguramente, en medio de aquella noche oscura, se hizo la luz.  Uno y otro se escucharon; escucharon las razones que latían en sus corazones, y la sed insaciable de la Verdad que por caminos diferentes buscaban. Aquel hospedero, descubriendo el fuego que quemaba en el corazón de aquel canónigo burgalés, quedó cautivado por su Palabra y lo pidió el ingreso a la fe que él predicaba. Dice la historia que la incoherencia de la Iglesia quitaba el sueño al joven Domingo de Guzmán, y que en sus largas noches de oración pedía a Dios insistentemente misericordia por los pecadores y la luz de la verdad para todos.

 

En una ocasión, quizás impactado por la vida de los cátaros, exhortó a los legados pontificios y a sus séquitos diciéndoles: “No es así como debemos predicar a Jesucristo. Con los pies descalzo, debemos salir a los caminos”.

 

Lejos de condenar a los denominados “herejes”, les escuchó como personas y descubriendo la parte de verdad que tenían, la puso en práctica.

 

Su vida era coherente, y su palabra conseguía liberar a muchos del peso del fanatismo y de una doctrina que los hacía esclavos de una ley sin entrañas.

 

Había en la región un grupo de mujeres, hijas de nobles cátaros, que habían sido entregadas por sus padres para la formación y la manutención, y que habían recibido lo que denominaban como “consolamentum” y llevaban una vida de “perfectas cátaras”, en una especie de conventos. Algunas de éstas, convencidas por la palabra y la vida de aquel hombre austero, pobre y buscador de la verdad, decidieron secundar su predicación, y como no existía forma de vida dentro de la Iglesia para acogerlas, se reunieron en aquella casa de Prulla que vino a ser el primer convento de Dominicas Contemplativas.

Una Comunidad de mujeres nacida del diálogo entre personas de diferentes creencias pero hermanadas por el deseo de Dios y las ansias de verdad y libertad que hay en el corazón de toda persona humana.

 

Las comunidades de cátaras eran los centros de predicación, con predicadores itinerantes, que volvían al “convento” y hacían turnos de predicación. Este fue el modelo inspirador de aquel primer Convento de Dominicas Contemplativas. Ellas, con su oración, hospitalidad fraterna, el estudio de la palabra y la acogida, serían el fundamento de lo que más tarde seria la Orden de Predicadores. Una orden nacida por buscar la verdad y llamada a contemplar la Palabra en el silencio y a darla en la vida.

 

Hoy, como el comienzo, nuestra misión fundamental es orar por la humanidad, y a base de contemplar a Dios en la oración, contemplar el mundo con los ojos que Dios contempla el mundo y las personas: con amor y respeto.

Esta contemplación, nos pone en contacto directo con nuestros hermanos y hermanas los hombres y mujeres, con sus necesidades, con sus anhelos, también con sus esperanzas y alegrías.

 

Las Monjas sabemos por experiencia que desde la CONTEMPLACIÓN, desde la oración y el silencio, que empapan nuestra jornada, nace la fuerza que nos empuja a dar aquello que recibimos: espacios de paz y serenidad; confianza en que estamos en buenas manos, sentido de la gratuidad, hospitalidad. Acogemos a todo el mundo, con el mismo espíritu que nos sentimos acogidas y amadas por Dios, y por todos los que Él ha puesto en nuestro camino, por vosotros.

 

Nuestra plegaria cobra sentido en cada rostro, en cada hermano y hermana, en las diferentes realidades...

 

Hacemos camino con todos los que llaman a nuestra puerta y que buscan ayuda, consuelo, compartir la amistad, la vida, la sed de Dios. Haciendo camino desde la proximidad y la amistad.

 

La luz de la Verdad que todos buscamos, tiene muchos colores, mucha claridad, y resplandece más y mejor, cuando la compartimos....

 

Nuestras casas, nunca se llamaron Monasterios, -en los monasterios viven los solitarios-. Santo Domingo quería que los Conventos fueran casas de predicación, donde las hermanas, viviendo en fraternidad, a base de fijar la mirada en Dios, de buscar la verdad, de amar, se volvieran incandescentes, transformándose en luz con su vida. Quería comunidades en el corazón de las ciudades, porque la luz que se enciende ha de iluminar a todos, y nunca se ha de esconder. La luz se nos da para compartirla. Por eso, queremos que nuestra casa esté siempre abierta, que siempre nos encontréis disponibles, y que en nosotras encontréis hermanas: mutuamente nos necesitamos... Todos nos podemos ayudar.

 

Queremos que casa nuestra sea casa de todos vosotros, y que en ella, al menos podáis encontrar paz y reposo. La paz que tanto necesita nuestra humanidad, y que desde nuestra pobreza, queremos construir, y os queremos ofrecer.

 

De un tiempo a esta parte, en el seno de la iglesia escuchamos muy a menudo la queja de que la juventud ha marchado, que las iglesias están vacías, que la gente no se apunta, que la estructura no da para más... Y esto genera muchas desazones y desvelos.

 

Nosotras, no estamos ajenas a esta situación, pero creemos que los acontecimientos nos hablan, y que si permanecemos atentas, podremos descubrir los caminos que se abren ante nosotras con una infinidad de posibilidades nunca imaginadas. Estamos convencidas de la fidelidad de Dios, que no nos deja, y que nos da siempre la oportunidad de descubrir caminos nuevos para avanzar con libertad.

 

Desde hace unos años la iglesia pide a las familias religiosas, que vuelvan a sus raíces, al espíritu que las hizo nacer, y que bebiendo de la fuente, se dejen llevar por el Espíritu.

 

Nosotros hemos nacido del diálogo con la sociedad y la cultura, con personas de diferentes religiones, que por caminos diversos buscaban a Dios, buscaban la humanización de la vida y la paz... Trabajaban por construir el Reino. Por eso no ha de extrañar a nadie que continuemos en diálogo: un diálogo que nos enriquece, nos da vida.

 

Creemos que nuestro servicio más importante, es ofrecer espacios de encuentro personal con Dios y con uno mismo, y acompañar, desde nuestra vida contemplativa, a que todos los que buscan el bien y la verdad con rectitud y pureza de corazón, la encuentren.

 

Creemos, hoy más que nunca, que la fraternidad ha de ser expresión de nuestra oración: si seguimos a Jesucristo, no nos podemos cerrar a la realidad de la humanidad... Él se hizo uno de los nuestros, y desde un domicilio humano, amó con pasión humana y divina... Esto es lo que queremos hacer... Y esto no caduca nunca, tenía sentido antes y lo tiene ahora.

 

En una sociedad que busca, nosotros queremos dar testimonio de nuestra fe, porque creemos en los cielos nuevos y la tierra prometida, que ya han empezado, donde habitan la justicia y la paz. Y desde esta fe queremos decir, que pese a las dificultades, Dios se fiel, y su luz brilla y se hace presente cuando superando las diferencias, nos sentimos hermanos y trabajamos juntos por un mundo mejor.