| 2. El diálogo con la “cultura de la vida religiosa”: Nuestra realidad | |
| Sor María Lucía CARAM | |
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La vida religiosa dominicana en el concierto de la sociedad
Constatamos que, cada vez más, se están dando, en nuestra sociedades, la coexistencia de diferentes estilos de vida muy diferentes, en lo que respecta a la indumentaria, lenguaje, valores, formas de relacionarse, etc. Estamos asistiendo a una eclosión de estilos de vida, de formas de vida que evocan valores éticos, estéticos, esotéricos, religiosos, políticos, etc. Hoy tenemos la posibilidad de conocer, y por lo mismo elegir entre una gran variedad de posibilidades de vida, caminos que se ofrecen como puerta de realización.
La vida religiosa, y la vida dominicana, encarnan, en el concierto de la sociedad actual, un estilo y forma de vida con unas características muy propias que tienen, en principio, una razón de ser y una lógica que no siempre es captada en su dimensión más profunda, y que no siempre sabemos transmitir con fidelidad. Todas las otras alternativas que se presentan en la sociedad, no van en detrimento de esta vida religiosa y dominicana, al contrario, son una oferta más llamadas a convivir y a complementarse mutuamente. Todo aquel abanico tiene sin duda algo que ofrecer a la vida consagrada, a esta vida dominicana, cómo, sin complejos podemos afirmar que está tiene algo que aportar a esa gran sinfonía social y cultural.
¿Cuál es el estilo o la forma de la vida religiosa, de la vida dominicana hoy? ¿Qué podemos ofrecer juntos a la gran sinfonía del mundo? ¿Estamos convencid@s que tenemos algo que ofrecer?
A veces uno tiene la impresión que la presentación de este estilo de vida que llevamos es muy poco seductora para nuestros contemporáneos. Nuestra vida, no siempre es presentada con garra, -tal vez porque no es vivida con pasión- como una alternativa válida para el común de los mortales, que por otra parte no están formados ni capacitados para entenderla porque su lenguaje no les resulta significativo: en unos casos ha quedado desfasado, y en otros no es asimilable porque no se han transmitido los valores de la fe que permiten captarla. Tenemos ante nosotros la oportunidad de repensar una vida religiosa que sea inteligible para todos porque es portadora de libertad y de amplitud.
¿Qué imagen ofrecemos? ¿Cómo vivimos?
Es importante que consideremos qué imagen ofrecemos, porque sin duda ella es reflejo de qué que vivimos en la realidad. Eso nos obliga, a los que intentamos vivir con autenticidad la vida religiosa y a que asumamos una legítima autocrítica. ¿Qué imagen damos? ¿Cómo vivimos esto que tenemos entre manos, y que teóricamente presentamos como una opción absolutamente válida para nuestras vidas y como una propuesta con sentido en nuestro mundo? ¿Qué tipo de cristianismo vivimos y presentamos? ¿El cristianismo de la cruz o el de la resurrección y la gloria? ¿Nos hemos anclado en el viernes santo o somos capaces de expresar con fuerza la resurrección? Nos rebelamos con los profetas de calamidades y con los que ponen el acento en la vida ascética y penitencial, obviando la dimensión mística, aquella que nos abre al misterio y nos permite vivir en sintonía cordial con el Dios de la vida, pero no siempre esto se traduce en nuestras vidas. Parece que a nosotros también nos ataca el virus del pesimismo que nos hace ver a la vida religiosa como una vida en crisis, y nada más. Si esto es así, es lógico que no sean muchos los que se apunten, y lo extraño es que nosotros consintamos en seguir apuntados. No. Hay algo más detrás e todo esto, algo que nos ha fascinado y que nos mantiene en la búsqueda y en el seguimiento, aunque andemos a tientas en el claroscuro de la fe y de los acontecimientos.
Tengo la impresión que no pocas veces presentamos nuestra vida de una manera muy poco seductora. Y, a medida que pasan los años, es como que nos vamos desinflando y dejamos de tener ilusión y empuje.
Nietzche reconocía a Jesús una capacidad seductora impresionante. Para él esta seducción se manifestaba entre otras cosas, en la utilización de un lenguaje que no decía todo; en su capacidad de presentar un mensaje bajo un velo; unas realidades que dejaban entrever un misterio, que es precisamente el que cautiva y nos dispone a la sorpresa. Se trata de dejar un margen al misterio, algo que sugiera más que lo que se explica. Y es que a veces, a fuerza de habernos habituados al misterio, éste ya no nos sorprende, y bajo capa de modernidad y de cercanía, descuidamos la dimensión más trascendente y profunda que anima nuestras vidas: Algo inexplicable, que se fragua en el corazón, en la intimidad con nuestro Dios. Me molesta tremendamente la instrumentalización que desde los ámbitos más conservadores de la Iglesia se hace de lo sagrado, y la multiplicación de “devocioncillas” para atraer al misterio, porque parece que tenemos que apelar a lo más secundario[1] para acercar a la gente al misterio. Pero reconozco que no pocas veces, nosotros mismos estamos tan empeñados en ser como todos, que hasta olvidamos algunos aspectos que nutren nuestra vida y que nos ayudan a cimentarnos en lo esencial, ayudándonos a mantener nuestra mirada fija el Dios que se denominó así mismos como “Yo soy el que soy” y que desde la zarza que arde sin consumirse, nos envía porque no puede resistir los clamores de su pueblo. No nos olvidemos, nos envía después de haber contemplado el misterio; la zarza que arde sin consumirse, es la que calienta nuestro corazón y nos hace portadores de una palabra de liberación, no nuestra, sino de nuestro Dios.
Jesús, -tal y como nos la presenta el Evangelio- es el portador de un mensaje que sugiere, que hace pensar, que trastoca nuestras categorías mentales y que nos obligan a pensar y a tomar partido. Jesús nos dice que la lógica de Dios es diferente que la lógica humana; Él llama bienaventurado a los que el mundo llama desgraciados, y nos presenta la gloria de Dios manifestada en la fragilidad de un ser humano.
Creo que el gran reto de nuestra vida consagrada hoy es el de ser capaces de insinuar, de dejar vislumbrar “algo” más, detrás del velo. Y esto se hace, no sólo con lo que decimos, sino con nuestros gestos y con nuestras actitudes, que dejan entrever la lógica de Dios. Es lo que le pasó a Domingo cuando desmontó la predicación de los legados pontificios: “No es así, con los pies descalzos salgamos a predicar”.
Superando tópicos y estereotipos
Hemos de ser capaces de superar muchos tópicos y los estereotipos que se nos han presentado de la vida religiosa, y animarnos a preguntarnos con claridad y sin miedo: ¿qué significa hoy ser fraile, monja, hermana O.P.? Permitidme que os diga, que si queréis vivir en titularidad vuestra propia vida, que sería bueno, en este ejercicio, que pongáis bajo sospecha desde vuestras convicciones más profundas, estos estereotipos y prácticas que dicen han configurado un estilo de vida y que han llegado a ser presentados como esenciales.
Si reafirmamos estos estereotipos y estos tópicos, que generalmente son negativos, iremos denigrando la imagen de la vida religiosa que acabará por no ser significativa no sólo ara los otros, sino para nosotros mismos.
En el lenguaje coloquial hay expresiones que revelan una imagen más bien negativa de la vida religiosa. Ante eso se impone la urgencia de deshacer esos tópicos y estereotipos asumiendo un planteamiento positivo de cuanto vivimos: Por ejemplo, poniendo el acento en la búsqueda conjunta de la voluntad de Dios, en el diálogo y en el valor de la autoestima, por encima de la obediencia ciega, de la sumisión y de “la voluntad de Dios pasa siempre por la voluntad de los superiores”. Asumiendo un estilo de vida austero que nos permita compartir con los otros, en lugar de escudarnos en la pobreza para “no dar nada porque todo es de la comunidad”, o siendo conscientes de lo que valen las cosas, para dejar de vivir como niños ricos, protegidos con un voto que nos da todas las facilidades para vivir sin que nos falte nada (“despreocupados de lo material”) mientras el resto de los mortales han de sudar la gota gorda para llegar a fin de mes.
No pocas veces se ha presentado la vida religiosa como una vida de renuncia, de abandono, de desinterés por lo mundano y por lo material y finito llevándonos progresivamente a los religiosos a ser una especie de híbridos que desde una vida asegurada pontifican fácilmente sobre lo que sus contemporáneos viven como un drama o con muchas dificultades: hablemos de planificación familiar, de austeridad, de compartir, de reconciliar la fe con la vida, del diálogo.
En una justa y legítima tensión: Fidelidad creativa
Todavía no hemos superado la tensión existente entre el pasado y el futuro teniendo en cuenta el presente que queda en la encrucijada de ambos. Por una parte, fundamentalmente a partir del Vaticano II, se nos pide por activa y por pasiva fidelidad a los orígenes, y por otra nos vemos urgidos por una realidad que nos interpela y que no pocas veces se nos escapa de las manos.
Esa fidelidad creativa a nuestros orígenes, hemos de situarla necesariamente en la fidelidad, no a Santo Domingo ni a los fundadores, sino en una fidelidad al Espíritu que suscitó en ellos un estilo de vida concreto en un momento determinado. Nosotros no somos seguidores de Domingo, somos, por encima de todo seguidores de Jesucristo, con un estilo concreto, el que el Espíritu inspiró a Domingo para asumir una dimensión esencial de la vida de Jesús.
Para vivir en fidelidad a nuestros orígenes es necesario hacer memoria y evitar que esa vuelta a los orígenes se convierta en un lastre, en un peso pesado insoportable, infumable, iríamos hoy. La memoria se ha de convertir en un elemento creativo. Me gusta citar a Gaudí que al abordar su obra, que fue revolucionaria del todo, afirma que “ la única manera de ser originales, según piden nuestro tiempo, es siendo capaces de volver a nuestros orígenes, donde se daba la creación casi casi de manera espontánea.”
Hacer memoria de nuestros orígenes y de nuestro carisma es fundamental para situarnos y saber de dónde venimos, pero también para saber hacia dónde nos dirigimos, hacia dónde queremos ir. Quien pierde la memoria, pierde sus raíces. Dice Espriu que “ no tan solo hemos de hacer memoria para no perder la identidad, sino también para poder responder a la pregunta ¿qué queremos ser?
Es necesario hacer memoria desde la creatividad para evitar encallarnos estáticamente en el pasado permitiéndonos afrontar los retos del presente y del futuro, como un universo de posibilidades llenas de dinamismo, portadoras de vida.
Es fundamental, en este esfuerzo positivo por hacer memoria, recuperar lo esencial, situarlo bien, y deshacernos de lo que es accidental, circunstancial o meramente histórico, y que tal vez nos causa no pocas crisis y dificultades que generan un desgaste importante, en nuestras vidas y en nuestras relaciones. Pero, ¿qué significa realmente recuperar lo esencial? ¿cómo descubrir lo esencial del carisma de Domingo?
Ese discernimiento ha de hacerse desde la comunión. Es un ejercicio que nos obliga a un trabajo de interpretación comunitaria desde la verdad, porque haciendo ese discernimiento en solitario corremos el riesgo de ser subjetivos y equivocarnos porque nos faltará el punto de vista de los otros a los que también afecta e importa esta tarea.
Así, surgirán preguntas interesantes que se han de responder desde la sinceridad, el respeto y la caridad: ¿es esencial llevar el hábito?¿Es esencial la pobreza?¿Es esencial vivir en comunidad y participar de unas determinadas prácticas de oración juntos a lo largo de nuestras jornadas? Y si lo es, ¿cómo se han de vivir? ¿Es esencial que sea un fraile o una hermana quien esté al frente de las obras y que las responsabilidades recaigan siempre sobre un miembro de la Orden, provincia, congregación? ¿Es esencial el voto de obediencia, y si lo es, cómo se ha de vivir?... Las preguntas serán inacabables, y no podrá responderlas más que cada comunidad. Son inaplazables, y de la respuesta que demos a ellas y de cómo afrontemos lo que junt@s hayamos discernido, dependerá en gran medida nuestra liberación de muchos pesos, y conllevará también, sin duda, la responsabilidad de implicarnos con coherencia y sin excusas.
Al decir que es fundamental este discernimiento lo digo consciente de que no pocas veces lo accidental se ha convertido en un tópico que ha terminado distorsionando la mirada respecto a lo esencial, y eso ha sido el criterio de discernimiento a la hora de dar una profesión, una asignación o lo que es peor, de enjuiciar a un herman@.
Insisto en la expresión de Emmanuel Mounier cuando habla de la urgencia de una fidelidad creativa, entendiendo que es una fidelidad elástica, abierta, libre de encorsetamientos. No podemos ignorar que muy pocas cosas “son eternas”-tal vez sólo una- porque los marcos y los escenarios cambian, como cambian los espectadores y los actores. Por lo tanto es fundamental tener la suficiente lucidez, como para incidir en el marco sabiendo que habrá muchas cosas que tendrán que cambiar. No es aceptable, en ningún caso el mimetismo estático con el pasado, simplemente porque fue pensado para un tiempo que ya pasó. Tampoco será lícito forzar las cosas y pretender asumir sin un sereno discernimiento todo lo que nos ofrece el marco y la cultura de hoy.
Tenemos en nuestras manos –y esto tarde o temprano nos llegará- el planteamiento de la vida religiosa dominicana hoy, y tenemos la responsabilidad de vivirla desde un afianzamiento maduro y convincente en Jesucristo, Y esto no se improvisa, requiere el doble movimiento que el Espíritu suscitó desde el comienzo en la Orden y que pasó a ser una consigna para los herman@s que viven en comunidad: “el Contemplata aliis tradere” que requiere, exige y propone espacios de oración y de búsqueda del rostro de Dios presente en la Palabra, en el Pan, en los hermanos; de esta contemplación surgirá la contemplación de su rostro en el mundo al que se nos envía, pero si no nace de este primer momento “orante”, se verá condenado al fracaso propio del que se predica a sí mismo, y eso, siempre es fugaz y pasajero.
Que existan ciertas tensiones en la vida religiosa, no es ni bueno no malo, creo más bien que es positivo, aunque sea porque es la expresión de que hay vida. La muerte es quietud y la inactividad. Por el contrario decir “tensión” es apelar al un deseo continuo de superación: El arco que se tensa cuando apunta a un objetivo, es la expresión clave de cuanto decimos: Al tensar el arco, establecemos una justa distancia entre los extremos para que el tiro sea certero.
El poeta Joan Maragall relaciona directamente esta tensión con el amor, y dice en su obra Elogio del vivir, que: “El que vive, desea vivir más. Sólo vive el que ama; el que no ama, no puede morir, porque ya está muerto”. En este sentido la “tensión” de la que hablamos es positiva. Podríamos cuestionarnos si en nuestras comunidades no hubiera “tensiones”, eso sería un sinónimo, tal vez, de que estamos muertos o de que no anhelamos superarnos porque creemos que ya hemos llegado a la perfección de la vivencia del ideal, y eso, es falso.
Es importante insistir que la “justa y necesaria tensión” no tienen por qué vivirse con angustia o ansiedad, al contrario, han de afrontarse con espíritu creador y con la ilusión propia del que está construyendo un proyecto apasionante de vida, en el que la sorpresa del Espíritu nos obliga a no instalarnos y a permanecer atentos a los signos de los tiempos que reclaman lo mejor de nosotros mismos. Abriendo caminos de diálogo y superando viejos lastresLa vida religiosa no puede permanecer al margen de las nuevas tecnologías, ni negarse a dialogar –como lo veremos en la próxima charla- con nuestra cultura, porque la vida religiosa ni puede permanecer aislada, ni puede tampoco cifrar su vitalidad en la vertiginosidad de la última noticia y del último invento. Se ha de vivir en esto también una legítima tensión a fin de enriquecernos con lo que se nos ofrece como nuevo y que es susceptible de ser aprovechado para transmitir mejor nuestro mensaje.
Es mucho lo que se ha caminado en estos últimos años, todavía nos queda un camino por recorrer en el que tenemos que articular muchos aspectos nuevos que nos ofrece la sociedad y los diversos estilos de vida que hay en ella.
Tenemos en nuestras manos la posibilidad de dar cauce a la superación, impostergable, del abismo que separó durante generaciones y generaciones a la vida religiosa de la vida laical. Lo que para nosotros puede parecer casi norma, no ha estado ni está exento de importantes crisis y sufrimientos. No podemos olvidar – y aquí cabe un mea culpa consciente y humilde de la vida religiosa- que hemos pasado de una actitud hostil en algunos casos y en otros indiferente respecto al laicado al que hemos situado en una situación de inferioridad respecto a la vocación religiosa, a una actitud de corresponsabilidad en la vocación y misión laical y religiosa, y esto es muy importante. Algo similar le pasó a la vida religiosa respecto a la vida jerárquica, y aun colea bastante.
Nos toca no dar marcha atrás y asumir el desafío de la corresponsabilidad con el resto del Pueblo de Dios abiertos a un mutuo enriquecimiento: el otro no es una amenaza, es una oportunidad para construir juntos el Reino de Dios, desde la comunión con el Dios del Reino. No podemos arriesgarnos al fracaso en este ámbito. Hemos de dejar hacer y asumir lo que es propio de nuestra vida y opción, gastar en eso todas nuestras energías, y dejar que los laicos hagan lo mismo. Y esto. No solo por la situación coyuntural en la que nos encontramos, sino porque necesitamos enriquecernos con el carisma vivido desde diferentes espacios y opciones: la riqueza espiritual de la que somos depositarios, se transmitirá mejor y más nítidamente desde la comunión y la complementariedad: Los laicos y nosotros tenemos una misión que compartir, pero no hemos de cambiar los roles, eso empobrecería nuestra identidad y comprometería los frutos de la misión.
La vida religiosa que nos toca vivir depende, creo yo, de nuestra capacidad de vivir seducidos por un ideal que no podemos perder de vista: no soy ahora profesor y ahora asistente social y después fraile o hermana: Soy un dominic@, un consagrado que desde mi ser presto determinados servicio, pero lo hago desde una convicción y con un apasionamiento, que transmiten fuego, dejar intuir algo que está detrás, ye se algo es “El que es” que desde nuestro “no ser” sugiere, convoca, abre los corazones, y se ocupa de nosotros dando crecimiento a la palabra que sembramos y que sube al cielo cargada de frutos.
Hoy más que nunca es necesario y urgente abrir ventanas y ponernos en el balcón de nuestras casas, salir de nuestros feudos para hacer llegar al mundo el mensaje liberador que se nos ha encomendado, con el que podemos dedicarnos a quitar cruces y a sembrar esperanzas.
Nuestros tiempos exigen itinerancia y movilidad, física, espacial y sobretodo “cordial”, para poder ir al otro, y desde su propio escenario anunciarle la llamada que Dios lanza a la humanidad para que se humanice la vida. Somos responsables de mostrar el rostro amable de nuestro Dios y de la fe; el rostro amable de Jesucristo y de la Iglesia, el rostro amable y cercano de la vida religiosa: si lo hacemos, tal vez dejemos de ser responsables de que haya muchos herman@s dejen de participar del odio o del rechazo de estas realidades.
¿Qué espera la gente de nosotros? Gratuidad y Sabiduría
Antes, citando a Nietzche, decía que es más importante lo que se sugiere que lo que se dice. Bien, en esta línea, creo que nuestro mundo reclama con urgencia por parte nuestra, un lenguaje sapiencial, que exprese una sabiduría que hunde sus raíces más allá de lo meramente pragmático; un leguaje que despierte en los corazones la “nostalgia” por lo que hay en lo más profundo de nuestros ser y que es lo único que saciará la sed profunda que todos los hombres, aunque no lo sepan llevan en el fondo de sus corazones. Esta fue la experiencia de Agustín de Hipona: "Tarde te amé, hermosura tan antigua y tan nueva. Tarde te amé. Tú estabas dentro de mí, y yo fuera, y por fuera te buscaba. Y deforme como era, me lanzaba sobre estas cosas hermosas que tú creaste. Tú estabas conmigo, mas yo no estaba contigo. Reteníanme lejos de ti esas cosas que, si no estuviesen en ti, no existirían. Llamaste y rompiste mi sordera. Brillaste, y pusiste en fuga mi ceguera. Exhalaste tu perfume, y respiré y ahora tengo anhelo de ti. Gusté de ti, y siento hambre y sed. Me tocaste, y me abrasó en el deseo de tu paz" (Confesiones).
Cuántas veces nos encontramos con herman@s que son incapaces de un lenguaje sapiencial y solo tienen el discurso pragmático del cálculo y de la especulación. Y la verdad, creo que tanto nosotros religiosos, como la gente, de este lenguaje estamos un poco hartos. Necesitamos oír las voces de los místicos que nos traen noticias de lo que han escuchado y percibido en las horas de intimidad con su Dios... Y esto si es esencial en nuestra vida, basta mirar a Domingo, que como una flecha, apuntando siempre a Jesucristo, pasaba las noches orando al Dios de las misericordias, y durante el día hablaba en dulces coloquios de lo que estaba lleno su corazón y que había cosechado en las vigilias nocturnas, en su lectura reposada de la palabra. Nuestros contemporáneos necesitan que les hablemos de Dios, con un lenguaje entendible y cercano, pero que les transmitamos la paz y la serenidad que sólo Él puede alcanzarnos.
Nuestra vida religiosa pone su centro en el “Otro”, de ahí que es una vida “excéntrica”, lo contrario, una vida autocéntrica, es un escándalo. Estar centrados en el “Otro” nos permite situarnos ante los “otros” con una gran libertad, y nos hace responsables de su suerte y corresponsables, con Jesucristo, del anuncio del Reino a sus corazones.
El que está centrado en el “Otro” vive una dimensión para la que nuestro mundo hoy es muy sensible, y es la de la “gratuidad” . Esta gratuidad es, sin duda un contrapunto al mundo que se mueve por intereses personales, políticos, económicos, mediáticos. La gratuidad sorprende, cuestiona y cautiva. Abre interrogantes.
Esta gratuidad que vive quien vive “del Otro”, es la mejor manifestación de Dios en el mundo, y es reconocida, me atrevería a decir, por la inmensa mayoría de los mortales. El testimonio contundente de que Dios está y camina con su pueblo, se expresa privilegiadamente en la entrega desinteresada y gratuita a la que estamos convocados, de manera particular, los religiosos.
El Buen Samaritano y el Hospedero
Un ejemplo válido es la imagen del Buen Samaritanos que se dirige a Jericó, allí está su centro y su meta, pero es capaz, en el camino, de hacer un alto, de poner entre paréntesis para servir al que yace en el camino. Tener el centro claro, estar centrados en “Otro”, nos devuelve la flexibilidad necesaria para ejercer misericordia, que es aquello para lo que vinimos a la Orden: “¿Qué pides? –nos preguntan- La misericordia de Dios y a vuestra. Quien acoge la misericordia del “Otro” y de los hermanos, se hace, necesariamente dispensador de esa misericordia para todos los que yacen en el camino de su vida.
Una de las críticas, creo yo que muy justas que se nos hace muchas veces a los religiosos, es precisamente esa incapacidad que tenemos para hacer un paréntesis en nuestra vida, fruto del acartonamiento y la incapacidad para ser flexibles en los hábitos y costumbres que hemos asumido, y no pocas veces canonizados.
Ya que he citado al Buen Samaritano, quisiera dar un paso más en lo que es y significa nuestra vida. Muchas veces hemos identificado la misión de la vida religiosa con la de este buen hombre que detiene su marcha y se ocupa y delega en otros el cuidado del “herido”. Eso revela sólo una parte de nuestra vida, y ha dado pie a muchos errores: Tal vez la misión de la vida religiosa, no es la de “encargar que otros cuiden” en día a día del herido, la misión del hospedero, creo yo es determinante para definir nuestra vocación y misión.
En este sentido me parece determinante afirmar que hablar de la vida religiosa está hoya llamada, más que nunca a ofrecer espacios de acogida. La acogida y la hospitalidad son esenciales en una sociedad en la que hay tantas personas que están solas y desean ser acogidas. La vida dominicana lo es de manera significativa, no podemos olvidar que de Domingo se dice que “su corazón era un hospital de desdichas”, y en el proceso de canonización los testigos son unánimes al apelar a su hospitalidad con los más pobres.
Necesitamos comunidades de puertas abiertas, pero para abrir las puertas hemos de garantizar que dentro de ellas se viva y se practique la misericordia y la hospitalidad con los de dentro y desde dentro con los que vienen. Nuestra voz sapiencial se volverá entonces voz crítica, porque acogiendo, podremos denunciar con autoridad a una sociedad que cierra sus puertas a los más vulnerables de nuestra sociedad.
Termino apelando a dos dimensiones fundamentales: una, es la libertad, la otra las llagas que anuncian la vida del Resucitado.
La libertad en la Vida Religiosa
La vida religiosa ha sido asociada no pocas veces a una vida alienada, privada de libertad. Sin duda porque en el imaginario colectivo existe un concepto de libertad muy empobrecido y defectuoso. Así, se ha identificado obediencia con privación de la libertad, lo mismo que la castidad y la pobreza, afirmándose incluso, que la idea de “compromiso” es contraria a la legítima defensa de la libertad.
En esta perspectiva vale la pena insistir que desde nuestro punto de vista, no hay acto libre, no hay libertad interior, sin un compromiso. Precisamente en nuestros compromisos expresamos nuestra libertad. Asumimos libremente una vida, para vivir en libertad, y lo hacemos cuando tenemos a nuestra mano miles de ofertas de estilos de vida multiforma y multicolor. Es muy libre quien decide vivir en el ámbito vital de la fe, en una sociedad que se dice post cristiana y que se autoproclama laica, aunque busque desesperadamente por muchos cauces, no siempre acertados espacios de trascendencia.
Desde esta libertad, podemos ser acogedores y ofrecer dos cosas que nuestros contemporáneos necesitan y desean como el aire para vivir: tiempo y espacio. Tiempo para ser escuchados y espacios para reposar. Podemos ofrecer nuestro tiempo para que el “otro” tome conciencia, muchas veces con un testigo silencioso, de todo un mundo que lo habita y cuestiona, de su capacidad de amar, de sentir, de escuchar los acontecimientos; y espacio para que puedan rehacerse con el soporte de comunidades orantes y fraternas, distendidas y cordiales: Eso que no es fácil encontrar en medio del mundo, ni tan siquiera en las casas de turismo rural, donde hay naturaleza, aire, y espacio, pero donde no siempre se puede sintonizar con el Dios de la vida que se regala en la gratuidad absoluta.
Desde nuestra libertad podemos ofrecer aquello que hoy vale tanto, y que es nuestro tiempo; aquello que tanto falta en medio de las grandes superficies, y que son espacios de silencio, de interiorización, de redescubrimiento de uno mismo, de Dios y del mundo. Es este, un gran desafío que hemos de cultivar en nuestras comunidades, porque nosotros necesitamos esos espacios, y es, tal vez, lo mejor que podemos ofrecer hoy.
La búsqueda del Reino de Dios nos lleva a estar en el mundo, sin ser del mundo, pero siendo memoria de “otro mundo” que ya ha comenzado y que es el del Reino ya presente.
Si vivimos nuestra vida religiosa con gozo, ya estamos prefigurando la vida eterna que ya ha comenzado, estamos haciendo de ella la puerta y las ventanas que unen una y otra y que dejan pasar siempre el aire fresco del Espíritu que está en continuo movimiento.
La presencia significativa de Jesucristo con sus llagas, ¡y las nuestras!
Cuando Jesús se presentó ante los discípulos, estando ya Tomás con ellos, les enseñó sus llagas. Ellas eran garantía de que Él había vencido la muerte y que el aparente fracaso no tenía ya entidad porque Él ahora estaba vivo. Esta experiencia, de verlo, palparlo, contemplarlo vivo, después del “fracaso” de la muerte, les llenó de alegría y los dispuso a acoger el don del Espíritu que los transformaría en testigos creíbles de la resurrección. Las llagas, signos de la ignominiosa muerte que había padecido, adquirieron, para los amigos de Jesús, un resplandor especial y una significatividad insospechada. El panorama se les abrió y con él renació la fuerza y las ganas de seguirle. De repente el sol les brilló y logró calentarles el corazón y ponerlos otra vez en movimiento. Tal vez, algo parecido nos ocurre a nosotros cuando contemplamos las “aparentes derrotas” del día a día de nuestra vida consagrada. Quedamos cerrados en nosotros mismos, y no nos animamos a dar el paso de tocar y palpar esas llagas, que con la presencia del Resucitado, se vuelve luminosas porque nos devuelven a la órbita de la fe y nos reinsertan en el misterio pascual de nuestra propia vida: que anuncia vida, pero que ha de pasar, necesariamente, por la cruz y la muerte. Mirando fríamente todo aquello que no entendemos y que nos hace, experimentamos el miedo, una sensación de precariedad que no sabemos cómo enfrentar. Pero en medio de esta situación, experimentamos también el calor y el abrigo de los herman@s que como nosotros comparten los mismos interrogantes, sangran por las mismas heridas y abrigan en su corazón las mismas esperanzas que nosotros. Digo esto, porque mirando en perspectiva mi propia vida, y estoy segura que vosotros tendréis la misma experiencia, vemos cómo el itinerario de Jesús hacia su Pascua, es nuestro propio itinerario, y el itinerario de los mismos discípulos. Camino pascual que se teje con momentos de fría soledad y de esperanzada fraternidad; de sequía y tedio, juntamente con momentos de explosión de gozo y de creatividad. El camino de la Pascua, la senda del Evangelio está amasada con lágrimas de dolor y de incomprensión, y con maravillosos momentos de fiesta y reconciliación, de fraternidad. Podemos comprender este itinerario personal, si con serenidad, y desde la experiencia de Dios, que se fragua en la “celda interior”, donde se transparenta nítidamente nuestra verdad y la verdad de Dios que nos convoca, somos capaces de vivir con titularidad nuestra propia vida, liberarnos de los prejuicios y de la opinión de los que nos rodean, y llamar a las cosas por su nombre: No nos vale la experiencia de los otros más que como una referencia, “tenemos que hacer nuestro propio camino con libertad y convicción”. Es necesario que abramos los ojos de nuestro corazón para contemplar la historia como la contempla Dios, para beber esa sabiduría que nos da la vivencia de la vida cotidiana donde los hermanos hermanas, donde la gente nos ayuda a discernir la voluntad de Dios aquí y ahora. Nuestro presente es muy similar al de los doce que estaban encerrados por miedo a los judíos. A veces, tenemos demasiada oscuridad, pero si no nos animamos a enfrentarnos con las llagas y las heridas que llevamos dentro, para descubrir detrás de ellas la vida que nos ofrece el Resucitado, no podremos disfrutar de la luz y de la paz que Él nos ofrece y que nos conducirán, sin duda a la experiencia gozosa de la vida nueva para la que Él nos ha convocado.
Trabajo en grupo
Podríamos identificar:
[1] A veces me parece que raya con lo idolátrico. |
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