Dios es perfecto dentro de su absoluta simplicidad y las criaturas participan de esa perfección en su naturaleza y en sus operaciones(1). La perfección del ser humano(2) depende del grado de su participación de la perfección divina. Ésta participación se puede adquirir por dos vías: natural: el ser humano es imagen de Dios en cuanto participa de su ser y sus operaciones de entendimiento y voluntad(3); sobrenatural: la gracia divina nos redime del pecado original y de los pecados personales(4) y nos eleva al rango de hijos de Dios, haciéndonos participar de la naturaleza divina(5). Si bien la gracia es un don que Dios da según su voluntad(6), por medio del mérito de nuestras buenas obras, ésta puede crecer en nuestra alma(7) progresiva e indefinidamente(8), pudiendo nuestra alma alcanzar un alto grado de identificación con Dios en su ser y en su obrar.(9)
La perfección espiritual no consiste simplemente en la transformación por la gracia, sino en la caridad(13). Ésta es fruto de la gracia. Mientras que la gracia da a las virtudes infusas una primera perfección, la caridad les da la perfección última(14). La caridad es el principio originante y motor de los actos de todas las virtudes. La configuración del amante –el ser humano– con el amado –Dios– no sólo le hace semejante a él sino que le hace obrar como él. El amor que nos une a Dios nos empuja a obrar virtuosa y santamente(15). Además, lo hace con tanto mayor agrado cuanto más perfecta es la caridad.(16)
“Dado que Dios es el fundamento de la caridad misma, hay que amar a Dios más que a uno mismo. El amor a Dios abarca también al prójimo, porque no amamos realmente a Dios si no amamos lo que él ama. Pero, inspirándose en el libro del Levítico(21) y en el evangelio según san Mateo(22), defiende la concepción aristotélica de que la amistad con nuestros semejantes no consiste en otra cosa que en extender al amigo el amor que uno siente por sí mismo. De este modo la raíz de esta amistad y lo que la dinamiza es el amor que sentimos por nosotros mismos. Este amor es el modelo y el alimento de la amistad. Pero este ‘yo’ que hay que amar más que al amigo se refiere al ‘hombre espiritual’ del que habla san Pablo en sus cartas; por eso, este amor de amistad no renuncia a soportar cualquier sufrimiento o incluso a dar la vida, si es necesario, en beneficio del amigo”(23).
La práctica de las virtudes merece, además del aumento de la gracia y del hábito de las mismas virtudes, el incremento de los siete hábitos sobrenaturales que son los dones del Espíritu Santo. Éstos son diferentes de las virtudes. Gracias a ellos la persona se dispone a seguir –de una manera pronta, directa e inmediata– la inspiración del Espíritu Santo de un modo superior a su modo connatural humano. Ello se lleva a cabo en orden a un objeto o fin que las virtudes no pueden por sí solas alcanzar. Es decir, los dones del Espíritu Santo son necesarios para la salvación. Éstos dotan a los actos de las virtudes de perfección consumada y heroicidad –a ello está llamado todo cristiano–. En la medida que crecen las virtudes y los dones, va aumentando también la disposición psicológica del sujeto a recibir ese crecimiento. En tanto que aumentan la disposición y los méritos, Dios produce proporcionalmente el crecimiento espiritual de esa persona. Cuando dicho crecimiento alcanza un cierto nivel, desarrollándose en el sujeto los hábitos de los dones, éste es capaz de ser movido directamente por el Espíritu Santo.(34)
1 Cf. Tomás de Aquino, Summa Theologiae I, q. 4, a. 2, ad 1; Summa contra gentiles, I, qq. 28, 31.
2 Santo Tomás, apoyándose en la antropología aristotélica, habla del ser humano en tanto que una unidad (De anima a. 12; De veritate q. 26, a. 2 ad 3 y 26, 10; Tomás de Aquino, Summa Theologiae I, q. 76, 1, ad 5; Summa contra gentiles II, a. 57): “el alma y el cuerpo tienen un único ser, el ser del hombre, del compuesto humano” (G. Celada Luengo, Tomás de Aquino, testigo y maestro de la fe, San Esteban, Salamanca, 1999, 165).
3 Cf. Tomás de Aquino, Summa Theologiae I, q. 93, a. 3.
4 Cf. ibid. I-II, q. 82, a. 1; q. 83, aa. 2-3.
5 Cf. ibid. I-II, q. 109, aa. 2, 7.
6 Cf. ibid. I-II, q. 112, a. 4.
7 Para facilitar la lectura y comprensión, en todo el apartado 1.4.5.b. Santo Tomás de Aquino. Breve estudio de su espiritualidad, vamos a emplear el término “alma” en vez de “ánima”.
8 Cf. ibid. I-II, q. 114, a. 8.
9 Cf. V. Cudeiro, “Espiritualidad”, en A. Lobato (dir.), El pensamiento de Santo Tomás de Aquino para el hombre de hoy, vol. III, Edicep, Valencia, 2003, 915-939, 916-197; A. Royo Marín, Los grandes maestros de la vida espiritual, BAC, Madrid, 2002, 207-208.
10 Cf. Tomás de Aquino, Summa Theologiae I-II, q. 3, a. 1, ad. 1.
11 Cf. Tomás de Aquino, In IV Sent., d. 22, q. 1, a. 2, ad 4.
12 Tomás de Aquino, Summa contra gentiles III, q. 150; cf. Cudeiro, o.c., 916-918.
13 Santo Tomás dedica un tratado a hablar de la caridad: Tomás de Aquino, Summa Theologiae, II-II, qq. 23-46.
14 Cf. Tomás de Aquino, De Verit., q. 14, a. 5, ad. 6.
15 Cf. Tomás de Aquino, In III Sent., d. 27, q. 1, a. 1.
16 Cf. Cudeiro, o.c., 918-920.
17 Cf. Martínez Juan, o.c., 266-268.
18 Cf. L. S. Cunningham, J. E. Keith, Espiritualidad cristiana. Temas de la tradición, Sal Terrae, Santander, 2004, 209.
19 Cf. Tomás de Aquino, Summa Theologiae I-II, q. 65, a. 5 c; Summa contra gentiles LIV; Martínez Juan, o.c., 266-268. Cunningham y Keith afirman que la “teología de la amistad” desarrollada por santo Tomás es poco conocida y se la ha prestado poca atención, aunque hay místicos, como santa Teresa de Jesús (Camino de perfección 9,4; 26,1; Libro de la vida 8,5) y san Juan de la Cruz (Noche oscura 2,7,4), que definen en términos semejantes la relación con Dios (cf. Cunningham, Keith, o.c., 210.-
20 Cf. Tomás de Aquino, Summa Theologiae II-II, q. 26, a. 4, ad 2.
22 Mt 22,39/Mc12,31/Lc 10,27.
23 Martínez Juan, o.c., 269.
24 Cf. Tomás de Aquino, Summa Theologiae II-II, q. 1, a. 1; q. 17, aa. 1, 5.
25 Cf. De perfectione vitae spiritualis, c. 5; Cudeiro, o.c., 920-921. La fe es el “alimento” de la caridad: es su luz reveladora y penetrante de la amabilidad de Dios, que nos hace conocer las manifestaciones de la bondad divina (cf. Tomás de Aquino, Summa Theologiae I-II, q. 62, a. 4; H. D. Noble, La amistad divina. Ensayo sobre la vida espiritual según santo Tomás de Aquino, Desclée de Brouwer, Buenos Aires, 1944, 35). A su vez, la caridad da perfección a la fe -y a la esperanza–: “La caridad –dice Noble– robustece la certeza de nuestra creencia, más aún, organiza nuestra vida moral bajo el régimen del espíritu de fe: he ahí su papel y su importante influencia” (Noble, o.c., 119).
26 Cf. Tomás de Aquino, Summa Theologiae II-II, q. 24, a. 8; Cudeiro, o.c., 921-922.
27 Cf. Tomás de Aquino, Summa Theologiae II-II, q. 24, a. 8; Cudeiro, o.c., 921-922.
29 Este grado lo pueden alcanzar, según santo Tomás, tanto los religiosos como los laicos (cf. S. Tugwell, “La espiritualidad de los dominicos”, en J. Raitt, Espiritualidad Cristiana II. Alta Edad Media y Reforma, Lumen, Buenos Aires-México. 2002,33-47, 43).
Santo Tomás distingue entre perfección absoluta –que es propia y exclusiva de Dios– y la perfección relativa, que puede ser alcanzada por el ser humano (cf. Tomás de Aquino, Summa Theologiae II-II, q. 184, a. 2; Royo Marín, Los grandes..., 211-212).
30 Cf. Tomás de Aquino, In I Sent., d. 17, q. 2, a. 3, ad 4.
31 Tomás de Aquino, Summa Theologiae II-II, q. 147, a. 2; cf. In Rom., c. 12, lect. 1-2.
32 Cf. Tomás de Aquino, De perfectione vitae spiritualis, c. 8.
33 Cf. Tomás de Aquino, In Phil., c. 3, lect. 2; Summa Theologiae II-II, q. 136, aa.1, 3; Cudeiro, o.c., 922-925. Según Cudeiro: “Se encuentra aquí esbozada la doctrina de la purificación pasiva a que Dios somete a las almas que alcanzan cierta perfección. Esa doctrina será desarrollada ampliamente por los místicos dominicos alemanes M. Eckhart, J. Taulero y E. Susón, quienes, en general, se muestran discípulos de santo Tomás. Nuestro máximo Doctor místico, san Juan de la Cruz, lleva a su máxima expresión esa doctrina, partiendo de los místicos renanos” (ibid., 925).
Cessario nos habla de otra importante influencia de santo Tomás en la escuela renana. Eckahrt retoma y amplia la positiva valoración que santo Tomás hace de lo creado y su empleo como punto de partida para un conocimiento por analogía del orden sobrenatural (cf. R. Cessario, “Tomás de Aquino, Santo”, en L. Borriello, E. Caruana, M. R. Del Genio, N. Suffi (dir.), Diccionario de Mística, San Pablo, 1691-1694, 1692).
34 Cf. Tomás de Aquino, Summa Theologiae I-II, q. 68, aa. 1-2; Cudeiro, o.c., 925-927; A. Royo Marín, Teología de la perfección cristiana, BAC, Madrid, 200210, n. 139. La función específica de cada uno de los siete dones del Espíritu Santo no la vamos a tratar en este trabajo.