El conocimiento de Dios y la predicación
Según cómo se estudie la teología en las escuelas resulta un tipo determinado de espiritualidad(1):
Santo Tomás le dio mucha importancia a la actividad intelectual. Según él: “Estudio es una palabra que designa aplicación intensa de la mente a algo, cosa que no puede hacerse sino mediante su conocimiento”(3). La “estudiosidad” la localiza entre las partes de la templanza. Distingue en ella dos aspectos: el apetito de saber y el esfuerzo requerido para la actividad intelectual.(4)
Experimentar a Dios es, ante todo, un don divino, una gracia, que aumenta la libertad humana “pues –dice Manuel Ángel Martínez hablando sobre el pensamiento de santo Tomás(5)– nuestras acciones son más nuestras cuando las recibimos enteramente de Dios. Por este camino, cualquier viejecilla cristiana supera con su fe el conocimiento de Dios alcanzado por los filósofos anteriores a la encarnación de Cristo. Es el conocimiento que brota del amor; cuanto más se ama a Dios mejor se le conoce y mayor felicidad produce ese conocimiento”(6). Entonces surge una pregunta: ¿Por qué estudiar si por medio de la gracia alcanzamos un conocimiento superior?: porque “la gracia no destruye la naturaleza, sino que la perfecciona”(7). La gracia, por tanto, no hace inútil ningún esfuerzo humano.(8)
El conocimiento por connaturalidad es la más alta sabiduría, es un don del Espíritu Santo(12) y tiene gran importancia cuando nos relacionamos con Cristo(13) o hablamos de Dios, pues, como dice san Juan(14), sólo el que ama conoce a Dios, pues Dios es amor(15):
“Y esa compenetración o connaturalidad con las cosas divinas proviene de la caridad que nos une con Dios, conforme al testimonio del Apóstol: Quien se une a Dios, se hace un solo espíritu con El (1 Cor 6,7). Así, pues, la sabiduría como don, tiene su causa en la voluntad, es decir, la caridad; su esencia, empero, radica en el entendimiento, cuyo acto es juzgar rectamente, como ya hemos explicado (1 q.79 a.3)”(16).
Cuando estudiamos la realidad y nos remontamos a su origen, podemos descubrir que Dios existe (vía afirmativa). Pero si comparamos a Dios con la creación, constatamos que son dos realidades absolutamente diferentes (vía negativa). Y si afirmamos que es la causa de todo, descubrimos que está por encima de todo (vía de la preeminencia). La gracia nos puede ayudar a profundizar en el conocimiento de Dios. Pero ni siquiera con su auxilio llegamos a saber qué es Dios. Por eso buscamos unirnos a él como a algo desconocido(17).
Debido a esta dificultad, santo Tomás no dudará en afirmar que a Dios es mejor amarle que conocerle(18). Si bien, el mismo amor es ya conocimiento(19). Así como una persona puede ser perfectamente amada sin ser perfectamente conocida, algo semejante ocurre cuando se ama a Dios(20).
Santo Tomás consideró que era necesario el estudio en las Órdenes dedicadas a la predicación(24). Es más, defendió la superioridad de las Órdenes dedicadas a la enseñanza y la predicación –o a ministerios parecidos-, sobre las que se dedican simplemente a la contemplación, “ya que es más perfecto iluminar que ver la luz solamente, y comunicar a los demás lo que se ha contemplado –contemplata aliis tradere(25)-, que contemplar sólo”.(26)
1 Cf. Martínez Díez,
Espiritualidad dominicana. Ensayos sobre el carisma y la misión de la Orden de Predicadores, Edibesa, Madrid, 1995, 160-163;
Domingo de Guzmán. Evangelio viviente, San Esteban, Salamanca, 1991, 229-233.
2 Javier Ordóñez afirma que las universidades aparecen en el siglo XII y toman fuerza en el siglo XIII. Surgen de la asociación de maestros dispuestos a enseñar y alumnos dispuestos a aprender. Es en Francia y la península Itálica dónde se fundan en mayor número y más tempranas universidades: Bolonia (1150), París (1200), Oxford (1220), Padua (1222), Cambridge (1225), Salamanca (1230), Nápoles (1224) (cf. J. Ordóñez, “Antigüedad y Edad Media”, en J. Ordónez, V. Navarro, J. M. Sánchez Ron, Historia de la ciencia, Espasa, Madrid, 2003, 15-229, 212).
3 Cf. Tomás de Aquino, Summa Theologiae II-II, q. 166, a. 1c.
4 Cf. Tomás de Aquino, Summa Theologiae II-II, q. 166, a. 2 ad 3; Martínez Díez, Espiritualidad..., 154-155. El estudio no es una pérdida de tiempo como decían algunos en la época de santo Tomás, pero tampoco es la meta absoluta, pues cuando surgen necesidades concretas, hay que dejarlo para dedicarse a ellas (cf. Quodlibet I, q. 7, a. 2; Celada Luengo, o.c., 100).
5 Cf. Tomás de Aquino, Summa Theologiae I, q. 3, a. 1, ad 5.
6 Martínez Juan, o.c., 264.
7 Tomás de Aquino, Summa Theologiae I, q. 1, a. 8, ad 2.
8 Martínez Juan, o.c., 264-265.
9 Cf. Tomás de Aquino, Summa Theologiae, II-II, q. 45, a. 2 c. William Johnston expone esta opinión personal: “En Tomás el conocimiento por connaturalidad y el conocimiento desde la investigación científica estaban admirablemente mezclados y armonizados. Era un místico consumado y un poderoso pensador. Pero al final fue el místico el que triunfó. Después de su gran revelación se negó a escribir y habló poco, diciendo que todo lo que había escrito era como paja comparado con lo que había visto. El conocimiento de la connaturalidad había triunfado; el conocimiento a través de la investigación científica era como paja” (Johnston, o.c., 67-68).
10 Cf. Tomás de Aquino, Summa Theologiae, I, q. 1., a. 6., ad 3.
11 Johnston, o.c., 63-64.
12 Cf. Tomás de Aquino, Summa Theologiae, I, q. 1. a. 6., ad 3.
13 En algunos pasajes santo Tomás llega a recomendar a sus lectores que no estén demasiado apegados a la humanidad sagrada de Cristo, pues no es un fin en sí misma sino un medio para alcanzar a Dios (cf. Jn 7,32). Jesús hizo desaparecer su presencia física para que sus discípulos no se apegasen demasiado a sus cualidades puramente humanas (cf. Tomás de Aquino, Summa Theologiae II-II, q. 28, a. 3, ad 9).
15 Cf. Johnston, o.c., 65-69.
16 Tomás de Aquino, Summa Theologiae, II-II, q. 45, a. 2c.
17 Cf. ibid., I, q. 12, a. 13c.
18 Cf. ibid., I, q. 82, 3c.
19 Cf. Tomás de Aquino, In Ioanem, cap. 15, lect. 3, nº 2018.
20 Cf. Tomás de Aquino, Summa Theologiae I-II, q. 27, a. 2, ad 2; Martínez Juan, o.c., 265.
21 Hay un doble movimiento: de la razón a la fe, para que la fe revele a la razón su sentido, y de la fe a la razón, para que la razón haga creíble a la fe (cf. Celada Luengo, o.c., 158-159).
23 Cf. Cessario, o.c., 1693. Resumiendo esta idea de santo Tomás, afirma Tugwell: “A través del intelecto, el hombre puede unirse a Dios, y el ascenso a Dios por la contemplación es un proceso intelectual, aunque debe ser motivado por la caridad y debe tener un componente afectivo” (Tugwell, o.c, 36).
24 El propio santo Tomás destacó como un gran predicador. En sus homilías, la sobriedad no daba lugar a muchos artificios oratorios (cf. Celada Luengo, o.c., 165).
25 Contemplata aliis tradere se convertirá en la formulación clásica del ideal dominicano (cf. Martínez Díez, Espiritualidad..., 157).
Los dominicos tienen como lema: Veritas. Detrás del estudio se halla la incansable búsqueda de la verdad. Sobre la verdad se construye el edificio de la salvación cristiana. Es la verdad que afecta a la totalidad de la persona. La Verdad bíblica, la Verdad que nos hace libres (cf. Martínez Díez, Espiritualidad..., 143, 155).
26 Cf. Tomás de Aquino, Summa Theologiae II-II, q. 188, a. 5c; Cunningham, Egan, o.c., 115; Martínez Díez, Espiritualidad..., 157, 173-174; Johnston, o.c., 59. Pero santo Tomás considera que la vida contemplativa es mejor y más perfecta que la activa, ya que: así lo afirman las escrituras (cf. Lc 10,42), es más propia del ser humano, puede ser más continua y duradera, etc. Así mismo, afirma que la vida contemplativa es más meritoria que la activa pues el amor de Dios en sí mismo –más propio de la vida contemplativa– es más meritorio que el amor del prójimo por Dios –que corresponde más a la vida activa–. Ésta no debe de oponerse a la contemplación, sino ha de ser algo sobreañadido a la misma. La vida activa favorece la contemplación cuando dirige y ordena las pasiones del alma. Si bien respecto al tiempo la vida activa es anterior a la contemplativa -pues las buenas obras conducen a la contemplación–, en el orden de dignidad o perfección, la vida contemplativa precede a la activa -pues su objeto es anterior y más excelente: por ello mueve y dirige a la activa– (cf. Tomás de Aquino, Summa Theologiae, II-II, 182, 1-4; Royo Marín, Los grandes..., 214-216).