|
Jornada Mundial de las Vocaciones
29 de abril de 2012
“Es importante que en la Iglesia se creen las condiciones favorables para que puedan aflorar tantos “sí” como generosas respuestas a la llamada del amor de Dios” (Mensaje de Benedicto XVI para la Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones 2012). Al hilo de esta frase me pregunto: ¿Qué “condiciones favorables” pueden mover a interesarse por el sacerdocio o la vida consagrada? ¿Será la búsqueda de la felicidad? ¿El deseo de “realizarse” como persona? No imagino una campaña vocacional cuyo reclamo principal sea plantear la vida consagrada como ecosistema donde realizarse como persona…incluso si somos muchos los que nos vemos realizados en nuestra opción de vida, se me ocurren otros con más tirón. La felicidad de la que Jesús ha hablado tiene que ver más con la entrega y la pérdida que con las ganancias. Justo ahora que estamos obsesionados con no perder, Cristo nos recuerda que sólo quien invierte “a fondo perdido” salva su vida y la llena de sentido cuando aprende a vaciarse con El.
Las bienaventuranzas, paradigma de la vida consagrada, tienen como protagonistas a toda una serie de “perdedores”, creyentes que invierten subvirtiendo valores en alza. Y quizás, tanto la vida consagrada como el sacerdocio pueden aflorar allí donde se capta la fuerza del testimonio de personas o comunidades que subvierten valores en alza para construir con pasión el Reino de Dios. ¿Que valores son la “alternativa cristiana”, el “tesoro” de la vida consagrada? La pobreza voluntaria, un estilo de vida sencillo, solidario y liberado del espíritu del lucro y el individualismo; la castidad, como modo alternativo de relaciones humanas presididas por la gratuidad, que integra una afectividad vertebrada alrededor del amor de Dios y el intento de amar y servir desinteresadamente el bien del prójimo; la obediencia, como manifestación de la voluntad de absoluta disponibilidad para la misión en comunión con la Iglesia y al servicio del Reino. Sin embargo, tampoco un estilo de vida pobre, casto y obediente atrae por sí mismo la mirada de los jóvenes, más allá de la admiración.
La condición fundamental y más favorable para que “aflore” un sí estriba en la identificación con Jesucristo. Identificarse con su experiencia de Dios, con su misión, su cruz, su resurrección y su evangelio del Reino. Identificarse con Jesucristo implica también comprender el misterio de su Iglesia y reconocer que El tiene la iniciativa. Muchos jóvenes vienen a la vida consagrada con una idea hecha sobre la misma, con una expectativa fabricada por su fantasía o sus necesidades. Pero ni ante el Evangelio ni ante la vida consagrada lo primero es nuestra “realización”, sino la escucha y el seguimiento, dejándose conducir por Cristo.
La felicidad del evangelio y de la vida consagrada tiene que ver con el lema para esta XLIX Jornada por las vocaciones “Tú sabes que te quiero”. Antes de que Pedro, aprendiendo de sus errores pronuncie esta confesión de fe, Cristo ha conocido su fragilidad y le ha amado en sí mismo. Pero luego, el seguimiento de Jesús implicará para Pedro un “dejarse conducir”. La condición favorable para que la vida consagrada aflore con fuerza como “parábola viva del Evangelio” se juega en la fidelidad al Evangelio, a la Palabra, leída con la Iglesia y vivida con autenticidad y misericordia. ¿Sabemos distinguir si abrimos la Palabra como la carta o el menú de un restaurante, para escoger lo que nos gusta en cada momento, o por el contrario, dejamos que ella nos contraste y conduzca para mantenernos cerca de la experiencia originaria de Jesús? ¿No necesita el mundo la sabiduría acumulada y la profecía muchas veces contracultural, de una Iglesia y una vida consagrada fieles a sus orígenes?
|