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En todo lo que podemos considerar “principio” en la historia de la salvación está la mujer. Está presente en la creación, hasta el punto de que sólo cuando ella aparece la obra creadora de Dios alcanza su perfección. Está presente cuando llega la plenitud de los tiempos y la Palabra se hace carne. Para que la Palabra pueda entrar en nuestro mundo humano se requiere la presencia de una mujer íntimamente penetrada por la Palabra. Rechazada por el mundo, la Palabra es rehabilitada por Dios mismo. ¿Y quiénes son las primeras que cobran conciencia de esta rehabilitación divina de la Palabra y anuncian al mundo tan buena nueva? Las mujeres. Ellas son las primeras testigos de la resurrección de Jesucristo. A ellas se les aparece primero Jesús resucitado. Según Tomás de Aquino el motivo de esta precedencia es porque ellas estaban mejor preparadas que los varones para entender la maravilla de la vida. Y estaban mejor preparadas porque le habían amado más.
Sólo desde la fe y el amor es posible acoger a Cristo resucitado. Él mismo lo había anunciado: “Dentro de poco el mundo no me verá, pero vosotros sí me veréis”. ¿Por qué el mundo no puede verle? De nuevo Tomás de Aquino viene en nuestra ayuda: a Jesús resucitado sólo es posible verle con los ojos que da la fe. Por esto sus apariciones se sitúan siempre dentro de un contexto de fe y amor. Su presencia, entonces y hoy, es palpable allí donde se parte, reparte y comparte el pan de la eucaristía, dónde se escucha y acoge la Palabra, donde se vive la fraternidad. Ver a Jesús resucitado requiere una determinada postura. Por eso el mundo no puede verlo. Quizás nosotros hubiéramos aconsejado a Jesús que se dejase ver de Poncio Pilato, representante poderoso de aquellos que le mataron. Consejo absurdo, pues los que le mataron no podían verle, porque no tenían la mirada preparada para ello.
Durante toda esta semana de Pascua, la primera lectura de la Eucaristía está tomada de los sermones del libro de los Hechos de los Apóstoles. Hay un estribillo que se repite en todas esas lecturas: “Vosotros le crucificasteis, pero Dios le resucitó”. Está claro, no fue Dios quien rechazó a Jesús, fueron unas malas personas que no pudieron soportar su Palabra. Dios, al resucitarlo, dio la razón a Jesús y se la quitó a las autoridades que le habían crucificado. Una vida como la suya es la que Dios acoge. En su seguimiento nosotros podemos vivir con esperanza.
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