Temas de estudio y reflexión

 

 

 

 

IV Asamblea de Predicación:

La fe viene por la predicación (Rom 10,8c)

 

Presentación

Fr. José Manuel Alcácer Orts, O.P.

 

Queridos hermanos:

Mi objetivo, al aceptar esta invitación a dirigiros la palabra –a la vez que la agradezco sinceramente- vendría marcado por el propio S. Pablo, quien al comienzo de su carta a los Romanos declara que les escribe para “sentir entre vosotros, el mutuo consuelo de la común fe” (Rom 1,12), y al hacerlo, edificarnos en ella; repasar los cimientos que nos definen como predicadores, con el fin revitalizar nuestra identidad, cobrando ejemplo y estímulo del Santo Apóstol, en quien nuestro Padre Sto. Domingo se inspiró, según la tradición que se remonta al encargo recibido de los propios Apóstoles Pedro y Pablo de sostener la Iglesia mediante el ministerio de la predicación.

Este acontecimiento, al menos en cuanto a su finalidad,  se recoge en la Bula “Religiosam vitam” del Papa Honorio III al confirmar la Orden el 22 de Diciembre de 1216, entendiendo que con ello se trataba de reimplantar en la Iglesia la vida propia de los Apóstoles.

Con la aprobación pontificia la Orden participaba del ministerio de predicar propio de los Obispos, pero con una dimensión universal; era el mismo Papa el que confería la misión canónica y el que enviaba a todos sus miembros a que ejercieran este sagrado ministerio en la Iglesia, según lo manifiesta de un modo entusiasta en la segunda Bula que les dirigirá -la “Gratiarum  omnium largitori”- con fecha de 21 de Enero de 1217, que encabeza dirigiéndose a sus queridos hijos, a los que llama por primera vez “predicadores”, y en la que les exhortaba a no ser otra cosa, para que “afirmados cada día más en el Señor – son palabra textuales del Papa- os apliquéis a anunciar la  Palabra de Dios, insistiendo a tiempo y a destiempo, cumpliendo gloriosamente vuestra obra de ministros del Evangelio”.1

Entre 1217 y 1221, sucesivas Bulas del mismo Honorio III en las que recomendaba a la Iglesia universal a la  Orden recién nacida, destaca, por su importancia, la del 11 de Febrero de 1218, en la que el mismo Papa fija definitivamente el nombre: “Frailes de la Orden de Predicadores”.

Pues bien, una vez asentada nuestra identidad como Predicadores, hechos partícipes de la vocación apostólica, mi cometido consiste -dando  un segundo paso- en reflexionar, junto con vosotros sobre nuestra identidad y la grandeza de nuestra vocación como predicadores, redescubriendo nuestra vieja doctrina, apoyándome y enriqueciéndola con el testimonio de la Escritura,  puesto que el Papa en  los mismos orígenes de la Orden nos insta a cumplir como tarea específica “anunciar la Palabra del Señor”.

Por eso he elegido el tema que intentaré explicar, puesto que mi exposición irá orientada a subrayar la importancia que tiene el hecho de predicar la Palabra, ya que en frase de S. Pablo es “la Palabra de fe que predicamos” (Rom 10,8c) y que al ser escuchada desencadena la fe, porque es Palabra de Cristo (cfr.Rom 10,17). De ahí que mi título responda a la idea que quiero desarrollar: “la fe viene por la predicación”.

Pero como quiera que este tema está muy relacionado con lo que actualmente se denomina la transmisión de la fe, antes de entrar en materia, quisiera hacer una precisión puesto que muchas veces se habla demasiado a la ligera de que hay que transmitir la fe, y el hecho de decir que “venga por la predicación”, podría llevarnos a pensar, que es a través del hecho del anuncio por el que se transmite, dando a este verbo el significado sinónimo de que se “engendra”, cuando todos sabemos que la fe es -según rezaba el viejo catecismo- “un don sobrenatural que infunde Dios en el alma”. De manera que nos encontramos con que si Dios es el único que puede infundir la fe, habrá que preguntarse como cuestión previa, cual es el sentido de la afirmación paulina de que “la fe viene por el mensaje escuchado y el hecho de escuchar a través de la Palabra de Cristo” (Rom 10,17).

Dejaré para más adelante la explicación exegética, por ahora me basta con decir que quien predica solo puede limitarse a confesar la fe en el momento de la predicación, de suerte que esta confesión actúa como el detonante del que Dios se sirve para infundir la fe en el que escucha; o lo que es lo mismo se podría hablar de una coincidencia entre el momento de la predicación y el despliegue de la fuerza divina que encierra, que es capaz de dinamizar lo enunciado en la vida de quien la está escuchando y aceptando en su interior; de modo que podríamos definir la fe como el resultado de tres sumandos simultáneos, a saber:la fuerza divina que la desencadena (“no me avergüenzo del Evangelio que es una fuerza de Dios para todo el que cree” (Rom 1,16);el cumplimiento de lo anunciado (“porque si confiesas con tu boca que Jesús es el Señor, y crees en tu corazón que Dios le resucitó de entre los muertos, te salvarás” (Rom 10,9);  y la libertad del que responde obedeciendo a la fe que se confiesa y predica, según la afirmación paulina: “he recibido la gracia del apostolado destinado a promover la obediencia de la fe” (Rom 1,5).

Siendo la predicación el medio insustituible para poner en marcha todo este proceso de salvación. Es ahí, en mi opinión donde radica la importancia y grandeza de este ministerio que como carisma propio hemos recibido del Señor y ha sido ratificado por la Iglesia.

Descubrir esto en un texto paulino de la carta a los Romanos, al que afluyen como flujo y reflujo de su pensamiento, otros pasajes de sus cartas (Gal 3,2.5; 1Tes 2,13), será la tarea que intentaré llevar adelante, como eje central de mi exposición, que se estructurará de la siguiente manera:


1 Vicaire, M.H. “Historia de Sto. Domingo”.Barcelona, Juan Flors, 1964, 362.


(Obtener el archivo "pdf" de la conferencia)

 

Consideración primera:

El “antecedente lucano”. (Lc 24,44-48)

Consideración segunda:

El texto de Rom 10

Consideración tercera:

Conclusión