Temas de estudio y reflexión

 

 

 

 

 

III Asamblea de Predicación (2)

El impulso espiritual dominicano para la predicación

4.- Líneas para la reflexión

Después de este sucinto recorrido por el tema, quisiera concluir ofreciendo algunas líneas para la reflexión. Recuerden que dije al comenzar que la magnitud de la cuestión es tal, que, ni mucho menos, se agota con lo poco que yo les pueda sugerir. Además, se trata de un asunto vital, carismático, en el que nos jugamos nuestro ser dominicos y dominicas. Hemos, pues, de implicarnos sin excepciones para resolver un asunto que nos afecta a todos (dice el penúltimo número de nuestro documento: El Capítulo de Bogotá quiere trazar un camino en el que cada fraile es invitado a contribuir a la vitalidad de la predicación en el mundo actual, nº 97). Por lo tanto, mi aportación ha de ser necesariamente abierta y, sobre todo, llamada a la compleción. Les pido, en consecuencia, que reciban los puntos que siguen como grandes líneas para una  posterior reflexión personal, comunitaria y familiar más detenida y jugosa.

1) Una renovación de la vida cristiana requiere un impulso espiritual. La razón es obvia: sin el protagonismo del Espíritu cualquier esfuerzo personal o eclesial fracasa por no sustentarse en Dios. En sus trazos más gruesos, se podría decir que una verdadera renovación espiritual es aquella que logra aunar dos puntos distantes en el tiempo: el ayer, donde todo surgió, y el presente, en el que la vida ha de ser recreada. Desde esta perspectiva, una mirada espiritual, renovadora y renovada, será la que consiga ser, simultáneamente, retrospectiva y contemporánea. Y es que mirar la fuente carismática original, con los ojos puestos, al mismo tiempo, en el presente, proporciona los recursos espirituales adecuados para hallar las respuestas que produzcan hoy los mismos efectos que conformaron, en su singularidad, la vida cristiana del pasado. El Vaticano II ha sido un Concilio experto en el tema. Ahí están sus enseñanzas. El último Sínodo Ecuménico descubrió y propuso este dinamismo espiritual como motor de una seria llamada eclesial al aggiornamento. No habrá que olvidarlo, la renovación espiritual es una actualización lúcida de la tradición, de una tradición viva, en el interior de una dinámica de fidelidad creativa (1) guiada siempre por el Espíritu.

En el dinamismo del impulso espiritual, el diálogo se revela como una metodología pertinente. Un diálogo que, por su misma entraña, deja de ser un instrumento de trabajo meramente humano para transformarse en una herramienta de orden teológico. No hemos de olvidar que estamos hablando del impulso característico de una espiritualidad de la encarnación, la única espiritualidad cristiana sustantiva existente (2). En este contexto, el diálogo se ha de mantener tanto con el hontanar de la tradición recibida como con la frescura de la realidad del presente. Este diálogo bilateral acontecerá en el espacio eclesial contemporáneo, bajo la guía del Espíritu, con el objetivo de lograr una comunión veraz entre el ayer y el hoy y, de esta manera, hacer plausible, pertinente y significativa la vida, el testimonio y la palabra cristiana actual. Es decir, con la finalidad de seguir encarnando la Buena Noticia de Jesús entre las gentes de nuestro tiempo y sus problemas. Con este dinamismo dialogístico y encarnatorio tiene mucho que ver, igualmente, el famoso tema conciliar del discernimiento de los signos de los tiempos, en el que Santo Domingo fue, como hemos indicado, un experto.

Todas estas cosas las expresa, a su modo, nuestra constitución fundamental en su parágrafo octavo. A la hora de plantearnos el impulso espiritual adecuado para una renovación de la predicación dominicana debiéramos tener muy presente su sabiduría:

La finalidad fundamental de la Orden y el género de vida que de ella se deriva conservan su valor en todos los tiempos de la Iglesia. Pero su comprensión y estima, como sabemos por nuestra tradición, urgen sobremanera cuando se dan situaciones de mayor cambio y evolución. En tales circunstancias, la Orden ha de tener la fortaleza de renovarse a sí misma y de adaptarse a ella, discerniendo y probando lo que es bueno y provechoso en los anhelos de los hombres, y asimilándolo en la inmutable armonía de los elementos fundamentales de su propia vida. Entre nosotros, estos elementos no pueden ser cambiados sustancialmente; y deben inspirar formas de vida y predicación adaptadas a las necesidades de la Iglesia y de los hombres”..

2)  De una forma más concreta, hemos de ser conscientes de que el impulso espiritual que obró en los orígenes de la Iglesia y de la Orden se plasmó en los dos ámbitos que las configuran en su mismo ser. Por una parte, el Espíritu modeló una comunidad de personas conformadas al estilo de vida evangélica de Jesucristo. Una comunidad que vivía la comunión y la nutría identificándose con Cristo. Por otra parte, el Espíritu abrió creativamente la comunidad a la misión evangelizadora que Cristo mismo había establecido. Se trataba, claro, de una misión profética universal, que debía romper las fronteras conocidas. Ser y obrar coinciden en Cristo. Ser y obrar han de coincidir en la Iglesia y en la Orden al vivir y anunciar a Cristo. La conclusión se impone: una buena salud en la relación entre la comunidad hacia adentro y la comunidad en su apertura misionera externa es prueba garante de la existencia de un impulso espiritual veraz.

Quizá, por esto mismo que acabamos de recordar, el Capítulo General de Bogotá invita a la Orden a cimentar el impulso espiritual para una nueva predicación en torno a dos realidades: la vida contemplativa-orante y la vida comunitaria. La doctrina de Bogotá deja asentado que, sin dinamismo interno (contemplativo-comunitario), no será posible impulsar la predicación. Lo que es la comunidad hacia adentro es lo que ha de ser hacia afuera y lo que preocupa a la comunidad en su misión ha de modelar su fisonomía interna, de acuerdo al carisma de Domingo de Guzmán. El desafío está ahí: sin una armonización de estas dos perspectivas no habrá renovación de la predicación.

Estamos ante uno de los puntos de la vida dominicana en los que se ha hecho siempre presente una tensión: vida comunitaria-contemplativa y misión-predicación (3). Sólo desde un concepto positivo de la tensión se puede orientar satisfactoriamente el problema. La obra del Espíritu impulsa, al mismo tiempo, la construcción de la comunidad y su misión universal. Si la vida comunitaria-contemplativa detiene la predicación, o no la promueve, o si la misión hace imposible la vida comunitaria-contemplativa, el proyecto dominicano queda herido de muerte.

Todas las comunidades dominicanas hemos de examinarnos con sinceridad ante esta realidad, movidas por el deseo de alcanzar, de manera efectiva, el punto de equilibrio tenso que favorezca la mutua comunicación entre la vida misionera y la vida comunitaria-contemplativa. Como se aprecia, estamos de nuevo en el interior de la dinámica de la espiritualidad de la encarnación, en ella el diálogo y el discernimiento comunitario serán herramientas preciosas. Sin duda, en este proceso tendrá mucha importancia la elaboración de un buen Proyecto comunitario (4). Dejo apuntado también que, sobre esta cuestión, deberemos preguntarnos con lucidez cuál es el sentido de la ley de la dispensa en nuestras Constituciones y cómo se aplica en este asunto  (cf. Constitución Fundamental  & VI (5)).

3) La primera de las dimensiones del impulso espiritual renovador de la predicación compete a la vida contemplativa-orante. Sin dimensión contemplativa, sin dejar que el Espíritu haga nacer en el interior de cada fraile, de cada comunidad y de cada miembro (6) de la familia dominicana a Cristo, sin identificación con Cristo en la oración, en la celebración y en el silencio no es posible recrear la predicación. Se ha de cuidar con esmero este pilar de la vida dominicana (contemplar) y cultivar su íntima relación con la dimensión misionera (dar lo contemplado).

Un elemento relevante de la vida contemplativa dominicana es el estudio. Un estudio que, además, ha de guardar relación con la misión. El Capítulo de Bogotá insiste en ahondar en esta mutua implicación para todo lo relativo al estudio en común, es decir para la formación permanente. Nuestro estudio ha de iluminar la predicación porque el estudio dominicano es contemplativo y misionero.
 
Hablar de la formación permanente nos resulta incómodo. Sabemos que es una asignatura pendiente. No obstante, en ella nos jugamos muchas cosas. Hemos de insistir en su importancia. No perdamos de vista su perfil comunitario e incluyamos en él a toda la Familia. Estamos ante un instrumento apropiado de cara a la renovación interior para la predicación; se trata de un medio privilegiado en el que la preocupación comunitaria por la misión se torna contemplación, ofreciéndonos, a cambio, recursos para afrontar la predicación de manera pertinente (7). Una forma adecuada de plantear la formación permanente siempre será estudiar juntos, con los auxilios que se crean oportunos, los interrogantes concretos que nuestra misión de predicación suscita. No insisto más.

4) Profundizando en el impulso espiritual renovador de la predicación hemos de considerar de un modo particular la correlación entre la comunidad y la universalidad de la misión. H. M. Vicaire comenta en su Historia de Santo Domingo que una de las originalidades del proyecto dominicano naciente fue la concesión de la misión predicadora a toda una comunidad. La predicación dominicana, desde el origen, es comunitaria, es de todos, de toda la Orden. Perder de vista esta dimensión pervierte el sentido de nuestro ser predicador. Este rasgo comunitario de la predicación hemos de leerlo en clave de disponibilidad para la misión. Nos hallamos ante una temática sobre la que todos hemos de reflexionar. Se podría formular como una pregunta: la universalidad de nuestra predicación ¿se corresponde con la dimensión comunitaria de la vida dominicana? La misión de la Orden ha de animar nuestra vida comunitaria y servirla. Sin una idea clara de la dimensión comunitaria de la misión de la Orden será muy difícil renovar la predicación. La tendencia a encerrarnos en lo particular, sin permeabilidad real hacia espacios dominicanos de predicación más amplios, es un freno a la innovación misionera. Bogotá insiste mucho sobre este punto.

En conexión con esto, tal y como lo hemos hecho notar antes, se podría decir con Bogotá que, cuanto más abierta, familiar y universal sea la comunidad dominicana, mejor responderá al desafío de la renovación de la predicación. Así pues, precisamos de una conciencia de Orden y de Familia Dominicana muy viva que se traduzca en empeños de predicación comunes (8). A este respecto, no estaría nada mal, por ejemplo, que en todas las comunidades, provincias y ámbitos de Familia reflexionásemos en torno a las indicaciones que nos van llegando desde la Comisión de Predicación de la Orden (9).
 
5) Por último, creo que no deberíamos desatender en nuestro impulso espiritual renovador la cuestión de la pobreza. En los orígenes de la Orden la pobreza fue un elemento evangélico de enorme importancia. Además, sabemos que todos los movimientos de renovación de la comunidad eclesial y religiosa han ido siempre por caminos de pobreza. La pobreza nos acerca a Dios y a los últimos de este mundo, destinatarios predilectos del reino. Por tanto, no cabe plantear un dinamismo espiritual innovador que no abarque este aspecto de nuestra vida. Tengo la impresión de que este tema no lo solemos tener muy presente en nuestros reflexiones en torno a la misión. Quizá por su complejidad y el desafío que supone. No lo sé. Pero no hemos de abandonarlo. La pobreza indica un estilo de vida hacia adentro y una dirección de la predicación hacia fuera. En ese dinamismo el protagonista es el Espíritu Santo.

Termino con unas famosas palabras de T. Radcliffe que, creo, conectan muy bien con todo lo que hemos comentado hoy aquí:

Cuando Santo Domingo daba el hábito a los hermanos, les prometía el pan de vida y el agua del cielo. Si queremos ser predicadores de una palabra de vida, tenemos que encontrar el pan de vida en nuestras comunidades. ¿Nos ayudan a florecer a meramente a sobrevivir? (10)

La vida dominicana es apostólica, en primer lugar. Pero esto podría dar a entender fácilmente que un dominico tiene que estar siempre ocupado, dedicado a mil apostolados. No. La vida apostólica no es tanto lo que hacemos como lo que somos, es decir, llamados a vivir la vida de los apóstoles según el modo ideado por Santo Domingo. Cuando Diego se encuentra con los delegados cistercienses enviados a predicar a los albigenses les dice: ‘Id humildemente, siguiendo el ejemplo de nuestro amoroso Maestro, enseñando y actuando, viajando a pie sin plata ni oro imitando en todo la vida de los apóstoles’. Ser apóstol significa tener una vida, no un empleo (11)”.

(1) Esta expresión la empleamos para expresar la característica peculiar de la convocatoria del Vaticano II en relación con los Concilios anteriores (V.BOTELLA, El Vaticano II ante el reto del tercer milenio. Hermenéutica y teología, Salamanca-Madrid, 1999, pp.24-26).

(2) Sobre este tema, en su perspectiva contemporánea, se leerá con gusto la reciente obra de J.ESPEJA, Encarnación continuada. En la herencia del Vaticano II, Salamanca-Madrid, 2007.

(3) Sobre esta tensión ya habló el Capítulo General de México (1992) en su Documento Vida de Comunidad  (ACGM, 36.12).

(4) “¿Cómo hacer que nuestra vida comunitaria potencie la misión y, a la vez, que el trabajo apostólico enriquezca la vida de comunidad? Pensamos que el camino normal para superar las tensiones ha de ser el proyecto comunitario” (ACGM, 36.121)

(5) “En razón del fin de la Orden, el superior tiene la facultad de dispensar cuando en algún caso lo creyere conveniente, sobre todo en aquello que pareciere impedir el estudio, la predicación o el provecho de las almas”

(6) Decía el Capítulo General de Roma (1983): “El objetivo fundamental de la Formación Permanente es lograr la renovación y maduración de los religiosos, conforme a sus respectivas edades, de suerte que en todo momento se conserven en disposición adecuada para anunciar la Palabra de Dios a las gentes que viven afectadas por las peculiares condiciones del mundo actual” (nº 207). Existe un librito preparado por Juan Bosch (La Formación Permanente, Valencia, 1994) muy útil para estudiar lo que es la Formación Permanente en la legislación Dominicana. En él se recoge todo lo emanado en los últimos Capítulos Generales de la Orden hasta la fecha de su publicación.

(7) Madrid, 2003, pp.439ss.

(8) Sobre estos empeños comunes de predicación se pueden ver: Actas del Capítulo General de Providence, 427, 448 y 449 y Actas del Capítulo General de Cracovia, 104-105.

(9) Esta Comisión, después del Capítulo General de Cracovia, ha tenido ya dos reuniones: 11-14 de febrero de 2007 y 2-6 de marzo de 2008. Haciendo historia habría que recordar que esta Comisión quedó constituida tras el Capítulo General de Bolonia (ACGBL 42) y recibió un nuevo impulso en el de Cracovia. En concreto, Cracovia recomendó que esta Comisión estudiara dos cuestiones: 1) ¿Es esencial para nuestro testimonio del Evangelio la colaboración en la predicación de hombres y mujeres dominicos, laicos y ordenados?; 2) ¿De qué manera la profesión en la Orden de Predicadores implica una encomienda de predicar como participación en la misión esencial de la Orden? Fruto de la reunión de la Comisión en febrero de 2007 fue una Carta. En ella se señalan dos retos: 1) la Constitución Fundamental de los frailes de la Orden en relación con nuestra realidad histórica actual como Familia Dominicana y 2) la autorización para que los miembros no ordenados de la Familia Dominicana prediquen dentro del contexto litúrgico. Se plantea también el tema de la necesidad de una Constitución para la Familia Dominicana. Finalmente, la Carta indica algunas tareas futuras: encontrar nuevas formas de predicación como Familia Dominicana, reunir recursos adecuados, la formación específica para la Santa Predicación en cada rama de la Orden, hacer hincapié en la Justicia y la Paz (particularmente en los Objetivos del Milenio). En la reunión de la Comisión del 2-6 de Marzo de 2008 se examinaron varias cuestiones disputadas que exigen un estudio posterior (algunas ya conocidas): predicación litúrgica por el no ordenado, el carisma de la predicación, proclamación explícita: ¿es predicación todo lo que hacemos? El trabajo futuro de la Comisión será: predicación en un marco litúrgico (ampliándose la autorización institucional de predicar) y la Predicación como centro para la vida e identidad del laicado dominicano (ver IDI 461 (2008), pp.102-103). La Comisión se volverá a reunir del 8 al 12 de Marzo de 2009.

(10) El manantial de la esperanza, Salamanca, 1998, p.179.

(11) o.c, p.183.