Temas de estudio y reflexión |
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III Asamblea de Predicación (2)El impulso espiritual dominicano para la predicación3.- El impulso espiritual para la predicación en el Capítulo General de BogotáEl documento “Amar al mundo. Vida Apostólica” de las ACGB ya ha sido presentado en sus líneas teológicas. No quisiera aburrirles volviendo a repetir lo ya dicho. A mí me toca insistir en lo relativo al impulso espiritual para la predicación. Precisamente uno de los cinco epígrafes del documento de Bogotá lleva ese título que, además, se corresponde prácticamente con el lema genérico de esta Asamblea . Con el objeto de alcanzar este fin, el Documento, a continuación, se atreve a señalar cuatro dimensiones fundamentales para la misión dominicana hoy. No sé si la formulación es muy feliz, puesto que los enunciados de estas “dimensiones fundamentales” revelan, más bien, la identidad del predicador o el rostro renovado que ha de caracterizar al predicador dominico hoy : 1) el predicador es, en primer lugar, el hombre del encuentro y del diálogo; 2) El predicador es enviado para amar al mundo siguiendo a Cristo, cuya presencia desea revelar; 3) El predicador tiene como claustro el mundo; 4) El predicador es miembro de la Familia Dominicana. Como es lógico, para llevar a cabo esta misión renovada, para que la identidad del predicador se ajuste al perfil deseado, se necesita un impulso espiritual, una fuerza interior, la frescura de una vida sazonada por los valores evangélicos y dominicanos. No habrá, pues, una misión renovada sin un impulso espiritual renovador. Con este objetivo, el documento nos conduce hacia su segundo apartado. Aunque en él vamos a centrarnos, la verdad es que, el estímulo espiritual dominicano requerido para afrontar el reto de la predicación, atraviesa transversalmente todo el documento. El segundo apartado de nuestro texto (Un impulso espiritual para la predicación) consta de cuatro números (57-60), acompañados de dos exhortaciones y una encomienda. Lo primero que se estudia es el impulso predicador. Un toque de realismo encabeza la reflexión. ¡Siempre es bueno partir de la realidad para no engañarse! Y la verdad es que el impulso a favor de la predicación tiene sus rémoras. Así se expresa el Capítulo General, en los números 57 y 58. Los capitulares son muy conscientes de que hay provincias más frágiles que otras, de que no todos los frailes pueden estar de la misma manera implicados en las innovaciones apostólicas y de que, además, se dan entre nosotros ciertos “inmovilismos”. Esta constatación arranca del Capítulo un lamento (“lamentamos no poder asumir ciertos compromisos apostólicos”). No obstante, esta toma de conciencia no se queda sólo en lo negativo, el texto, manteniendo su apuesta por el realismo, señala aspectos positivos que expresan la posibilidad concreta de avanzar en el impulso de la predicación. Tres son los aspectos positivos citados: 1) juntos podemos renovar nuestro impulso, puesto que participamos de una misma misión; 2) el primer logro de ese impulso es valorar el deseo que tienen los hermanos de predicar y 3) podemos fortalecer nuestro impulso al saber que la sexta parte de los frailes se encuentra en formación inicial. Si prestamos atención, se percibe en estos aspectos positivos una confluencia en torno a una cuestión crucial: la comunión misionera de unos frailes con otros, de unas comunidades con otras, de unas provincias con otras, o, si se prefiere, una concepción de la Orden como comunidad universal embarcada en el mismo proyecto predicador. Expresado con otras palabras: el Capítulo General nos recuerda que la predicación en la Orden siempre es comunitaria, pero con un matiz de peso, la comunidad concernida en la renovación, en cualquier hipótesis misionera, es la Orden entera. Recuperar esta visión extensa de la comunidad misionera, parece decirnos el documento, es nuclear para recrear el impulso espiritual de la predicación y vencer las miradas estrechas y miopes ligadas al espacio restringido en el que cada provincia, cada fraile (o cada rama de la Familia Dominicana, añado por mi cuenta) se halla. A continuación, el celo predicador, realista y comunitario, se abre en el texto al mundo espiritual. No lo olvidemos, lo que busca el Capítulo es un impulso para una predicación renovada. Así, los dos siguientes números detallan la espiritualidad con la que se ha de contar para alcanzar tal objetivo (59-60). Esta espiritualidad se sustenta en dos pilares muy relacionados: la vida de oración-contemplación y la vida comunitaria. El número 59 evoca una sencilla y conocida lección espiritual: para innovar el presente de la misión hay que mirar a los orígenes de la tradición y rescatar la fuerza interior que hizo posible el proyecto dominicano. Sólo pertrechados de esta mirada retrospectiva, indica el Capítulo, se percibe nítidamente cómo los primeros frailes experimentaron una gran pasión por la salvación de los hombres y mujeres de su tiempo, fieles a la compasión de Domingo, y cómo esta pasión apostólica estuvo siempre animada por el diálogo íntimo con Dios. No cabe duda, la pasión misionera y la pasión contemplativa van juntas en la aventura dominicana. En el texto, la aplicación de la lección del ayer a la situación presente se realiza por medio de una afirmación categórica: la vida espiritual, la contemplación, la celebración litúrgica y la intercesión es el punto de apoyo más seguro para entregarnos a la audacia de inventar nuevos modos de encuentro y predicación en el mundo de hoy. Por lo tanto, dice Bogotá, un apoyo indiscutible para renovar el impulso espiritual de la predicación es el ámbito de la vida litúrgico-contemplativa de la Orden. El siguiente número (60) ofrece el segundo de los apoyos requeridos para cimentar con veracidad el impulso espiritual. Se trata de la comunidad. La predicación dominicana es comunitaria. En la comunidad, por tanto, se encuentra una fuente segura de renovación del impulso misionero. El documento describe las razones que justifican la relación esencial entre la comunión fraterna y la espiritualidad buscada. Es muy significativo que esa relación se presente partiendo de la identidad de los hermanos. Así, se dice que los hermanos de la comunidad son: 1) apoyo y estímulo, 2) interlocutores con los que compartir las alegrías y las angustias de la misión y 3) con quienes se descubre que la llamada de Dios a predicar compromete toda nuestra humanidad. De todo esto, el texto extrae un conclusión rotunda: la vida comunitaria es y debería ser cada vez más, el lugar en el que nuestra identidad de predicadores se enraíza dentro de una espiritualidad de la Encarnación. La convicción del Capítulo es evidente: la espiritualidad de la encarnación afecta, al unísono, a la vida común y a la misión. De manera consecuente con lo expuesto en los números 59 y 60, la primera exhortación capitular sobre el impulso espiritual para la predicación propone lo siguiente: Exhortamos a los Priores y a las comunidades de la Orden a velar para que la vida fraterna y contemplativa sea verdaderamente el primer lugar en el que recupere sus raíces el celo apostólico de los frailes (nº 61). No lo olvidemos, pues, la vida fraterna y la vida contemplativa son el motor del impulso renovador de la predicación. Como todos sabemos, en la tradición de la Orden la vida contemplativa incluye e integra el estudio. Nada ha de extrañar, en consecuencia, que el documento Amar al mundo de Bogotá contenga, en el apartado que estamos presentando, una encomienda y una exhortación a propósito de la dimensión comunitaria del estudio y su relación con la predicación. Tanto en la encomienda (nº 62) como en la exhortación (nº 63) está muy claro que el estudio en común de los frailes ha de responder a los interrogantes que se plantean en la vida apostólica. El Capítulo deja bien asentado que existe una relación muy fina entre la vida interna de la comunidad y su proyección en la predicación. El impulso del Espíritu, recordemos lo que dijimos al inicio de nuestra intervención, siempre afecta a ambas dimensiones. El impulso espiritual para renovar la predicación que nos ofrece Bogotá, como se aprecia, reposa en la vida contemplativa (con el estudio incluido) y en la vida común. A lo largo del texto Amar al mundo, estos dos principios adquieren desarrollos y matices a considerar. La verdad es que los matices y las compleciones se refieren más a la vida comunitaria que a la contemplativa. Se echa de menos una profundización similar sobre esta última. Vamos a verlo. La idea que más se repite sobre la vida común en conexión con el impulso de la predicación es la de su medida o extensión. Una razón lo justifica: el espacio que define a la comunidad dominicana es tan abierto como el de su misión. Bogotá insiste en el intercambio de experiencias y en el desarrollo de colaboraciones entre provincias en ámbitos punteros en los que se está dando una renovación de la predicación gracias a los medios de comunicación y a las nuevas tecnologías (nº 68). Por esta vía, Amar al mundo establece el perfil extenso de la comunidad dominicana; un perfil que desborda las fronteras de las comunidades, de las provincias y de las ramas de la familia. Esto, a su vez, justifica que se recuerde a cada fraile que se halla comprometido, por la profesión religiosa, con el conjunto de la misión de la Orden, o que se intente trazar un camino en el que cada fraile sea invitado a contribuir a la vitalidad de la predicación en el mundo (nº 97). La misión dominicana es común y esa comunión se corresponde, en su alcance, con la universalidad de la misión de la Orden. No cabe la menor duda de que, desde estos presupuestos, hay que leer las dos llamadas de atención de nuestro documento en materia misionera: 1) las Provincias han de estar abiertas a misiones de la Orden que no sean las suyas propias y 2) las colaboraciones misioneras en la Orden se han de realizar, en la medida de lo posible, con la Familia Dominicana, especialmente con el Voluntariado Internacional (DVI) y la Juventud Dominicana (MJDI) (nº 86). Se podría decir con Bogotá, sin miedo a equivocarse, que cuanto más abierta, familiar y universal sea la comunidad dominicana mejor responderá al desafío de la renovación de la predicación. Una metodología evangelizadora coherente con este ser comunitario dominicano es el diálogo. Si el diálogo hace la comunidad de hermanos dominicos, el diálogo ha de guiar también la misión dominicana. Nuestro documento lo asevera con precisión. El número 66, por ejemplo, afirma que nuestra predicación ha de contribuir a construir una Iglesia que sea verdaderamente signo de encuentro y de comunión, lugar de diálogo y fraternidad. Un poco más adelante, Bogotá nos indica que la predicación de la Orden está marcada, entre otras, por la actitud del diálogo (aunque confiesa que a veces somos poco hábiles para establecer el diálogo entre nosotros y con otros). Por eso, insiste en que el predicador ha de propiciar, a través del diálogo, un mundo de esperanza y de compasión, de promover los valores del evangelio y de contribuir a revelar la presencia de Dios a los hombres (nº 78). Esta actitud dialogística, nacida de un profundo convencimiento cultivado en la vida comunitaria, ha de conducir la renovación de la predicación facilitando el contacto con las realidades en las que el riesgo de las fracturas y divisiones sea mayor: migraciones, enfrentamientos interreligiosos, desviaciones de ciertos movimientos religiosos nuevos, el diálogo ecuménico, la inquietud de los jóvenes ante su porvenir, las nuevas formas de pobreza, la ecología, los integrismos, ataques a la vida humana. Sostiene el documento que como predicadores, y a pesar de la gravedad de estas realidades, queremos promover el diálogo en medio de ellas (nº 79). Unida a esta misma idea se halla la referencia al conocido sueño cumano de Domingo, que se sustancia en el hecho de que nuestra misión ha de llevarnos siempre más allá, en la dirección de los alejados de la fe (nº 67), en el ejercicio de una espiritualidad de la encarnación que, incansablemente, ha de perseguir la justicia y la paz (nn. 68, 69). En este mismo sentido, el Capítulo exhorta a los frailes a que se unan al conjunto de la Iglesia para realizar los objetivos del Milenio, firmados por todos los miembros de las Naciones Unidas en el año 2000 (nn.70 y Apéndice (3)). (1) Los cinco epígrafes a los que nos referimos son: 1) Llamada a una renovación, 2) Un impulso espiritual para la predicación, 3) Escuchar y unirse a las necesidades de esperanza, 4) Opción por el diálogo y comprometerse con la misión universal de la Orden. (2) No tenemos tiempo de ahondar en ello, pero resulta muy revelador el hecho de que en la presentación de estas dimensiones fundamentales, el texto de Bogotá se refiere varias veces al tema de la esperanza. Ésta se presenta como una actitud testimonial del predicador y como un contenido de la predicación dominicana coincidente con el anhelo de las gentes. (3) Los objetivos del Milenio son ocho: 1. Erradicar la pobreza extrema y el hambre; 2. Lograr la enseñanza primaria universal; 3. Promover la igualdad y la autonomía de la mujer; 4. Reducir la mortalidad infantil; 5. Mejorar la salud materna; 6. Combatir el VIH/SIDA, el paludismo y otras enfermedades; 7. Garantizar las sostenibilidad del medio ambiente y 8. Fomentar una asociación mundial para el desarrollo.
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