Temas de estudio y reflexión

 

 

 

 

III Asamblea de Predicación (2)

El impulso espiritual dominicano para la predicación

2.- El impulso espiritual de Domingo de Guzmán

No he de recordarles a ustedes lo que ya saben desde hace mucho tiempo sobre Domingo de Guzmán y los albores de la Orden de Predicadores. Sólo me gustaría subrayar algunos datos conocidos que son pertinentes para nuestro propósito.

La obra de santo Domingo se inscribe en un movimiento espiritual de mayor calado que se ha denominado evangelismo y que, en su vertiente ortodoxa, supuso, entre otras cosas, una reforma dentro de la vida eclesial y religiosa de aquel tiempo. Así, las llamadas órdenes mendicantes se presentan como una versión del seguimiento de Cristo más acorde con los nuevos tiempos y, sobre todo, con los orígenes de la misma Iglesia apostólica. De paso, esta reforma iba a socavar las bases de un sistema feudal que, en lo político y religioso, se mostraba enfermo y decadente. En este proceso, el Espíritu, como no podía ser menos, tuvo un gran protagonismo. Esto se percibe con claridad en el ser y hacer de la comunidad que surge en torno a Domingo de Guzmán.

En los tiempos de Santo Domingo muchos eran los signos que indicaban a la Iglesia la necesidad de una vuelta al ideal de la pobreza evangélica, a la predicación y a la comunidad apostólica. En aquel contexto, los excesos de una Iglesia feudalizada trataban de ser combatidos desde la propia Sede Romana a través de la reforma Gregoriana, por la que se anhelaba conseguir para las comunidades eclesiales un retorno a las fuentes del evangelio primitivo. No cabe duda de que la genialidad de Santo Domingo consistió en saber aunar en la Orden de Predicadores muchos de los elementos imprescindibles para llevar a cabo una renovación veraz. Lo más llamativo en este proceso, es que Domingo fue capaz de incorporar estos elementos en su proyecto a medida que trabó contacto con la realidad que le tocó vivir. Es decir, Santo Domingo leyó los signos de su tiempo movido por la frescura de la espiritualidad de la encarnación, y supo dar una respuesta cabal.

Es sabido que el encuentro con la herejía en el sur de Francia marcó la vida del santo castellano. Allí el ideal evangélico de la pobreza y la fuerza de la predicación itinerante se le revelaron como signos del Espíritu que, desgraciadamente, en manos de la herejía provocaban unos efectos devastadores. Justamente entonces, Domingo se siente llamado a formar una comunidad apostólica de predicadores itinerantes que vivan el ideal de la pobreza evangélica. Brota la Orden de Predicadores y, además, con entrañas de familia, puesto que las hermanas contemplativas están asociadas desde el inicio al ideal de la predicación de Domingo. La comunidad dominicana en versión masculina o femenina es Casa de Predicación (1).

Si prestamos atención, el estilo de la comunidad y la misión son las piezas claves de la propuesta de Santo Domingo para la Orden de Predicadores. El impulso espiritual al que se abre nuestro padre es la actualización del que animó el nacimiento de la primera comunidad cristiana: una comunión fraterna basada en el evangelio del reino, en la que la pobreza tiene un valor testimonial relevante, al servicio de una predicación abierta a la realidad. La espiritualidad de la encarnación o el seguimiento sincero de Cristo es la clave de bóveda de este proceso. Detengámonos un momento en ello.

La espiritualidad de la encarnación es la espiritualidad cristiana. El Espíritu, como dijimos, crea y recrea a Jesucristo en las personas y en la Iglesia. El Dios cristiano es un Dios humanado, cercano, dialogante, interesado por los hombres y mujeres, por sus circunstancias concretas. Con ellos se identifica en su Hijo hecho hombre. Domingo de Guzmán, conducido por el Espíritu, cruza la frontera de la ortodoxia (2) en el ámbito de la predicación y de la teología cuando topa con la herejes, y percibe allí una interpelación a encarnar una vida y un anuncio que respondan a los desafíos hallados. Lo transcendente es que Domingo, para combatir la herejía, dialoga críticamente con ella. Por una parte, recibe el testimonio positivo que le dan los herejes en lo referente a la pobreza y a la dedicación a la predicación, y, por otra, contrapone el testimonio de una predicación doctrinal bien fundada. La espiritualidad de la encarnación, es la conclusión que queremos rescatar, incluye, en la conformación de Cristo en las personas y en los contextos, una lectura de los signos de los tiempos y un diálogo profético con las realidades de cada momento. A través de esta lectura, y su discernimiento en Cristo, es posible encarnar el Evangelio de una manera significativa para las gentes de cada época y de cada situación. En esto, Domingo de Guzmán fue un experto. Un experto en impulsos espirituales, un experto en la espiritualidad de la encarnación.


(1) “La comunidad dominicana es llamada desde el comienzo Domus Praedicationis, Casa de Predicación” (F.MARTÍNEZ, Domingo de Guzmán , evangelio viviente, Salamanca, 1991. p.143).

(2) Empleamos una expresión familiar entre los dominicos tras el Capítulo General de Ávila, 1986 (cf. ACGA, 22). Sabemos que esta expresión tiene en F.MARTÍNEZ a su valedor (ver o.c., pp.289-292).