Temas de estudio y reflexión

 

 

 

 

III Asamblea de Predicación (2)

El impulso espiritual dominicano para la predicación

1.- Espiritualidad y misión

“Recibiréis la fuerza del Espíritu Santo, que vendrá sobre vosotros, y seréis mis testigos” (Act 1, 8)

El Resucitado, como nos recuerda el libro de los Hechos en el texto que encabeza este apartado, enseña a sus discípulos, congregados en torno a Él en el instante de la Ascensión, que han de aguardar juntos en Jerusalén la llegada del Espíritu Santo. La lección es clara: cuando el Espíritu venga todo será nuevo, aunque -eso sí- en continuidad y prolongación de lo vivido anteriormente junto a Jesús. De esta forma, y entre otras cosas, la timorata comunidad de discípulos se convertirá en una valiente comunidad misionera, que dará testimonio de Cristo en Jerusalén, Samaria, Judea y hasta los confines del mundo (Act 1, 8). Si nos atenemos a estas indicaciones, dos son las acciones que el Espíritu Santo anima en el grupo de discípulos: la construcción interna de la comunidad y la proyección misionera de la misma. Ambas acciones, aunque distintas, forman parte de una misma dinámica espiritual que, como se comprueba cuando se lee el libro de los Hechos, acompaña el desarrollo de la Iglesia naciente.

En efecto, tras Pentecostés, la comunidad apostólica crece en dos direcciones: hacia adentro en la koinonía (cf. Act 2, 42-44; 4, 32-34), con la consiguiente aparición de ministerios y carismas (cf. Act 6, 1-6), y hacia afuera en la expansión misionera entre los gentiles (de la mano de los helenistas huidos de Jerusalén tras el martirio de Esteban, Pablo y la comunidad de Antioquía...). Como sabemos, en algún momento, estas dos líneas espirituales entran en conflicto, pero, también lo conocemos, éste se resuelve gracias a una interesantísima experiencia eclesial (la asamblea o concilio de Jerusalén, cf. Act 15) de la que el mismo Espíritu es el protagonista: el Espíritu Santo y nosotros hemos decidido... (Act 15, 28). La Iglesia, que modela y empuja el Espíritu desde el inicio, es una comunión misionera.

Si nos atenemos a estas someras indicaciones, es posible entresacar alguna conclusión. Por ejemplo, no hay verdadera vida cristiana, no hay verdadera vida eclesial, sin la presencia del Espíritu que es el dinamizador del ser y del hacer cristiano-eclesial. El impulso espiritual que se percibe en los orígenes de la Iglesia es perfectamente identificable con este ser y hacer de la comunidad. La Iglesia, gracias al Espíritu, se organizó internamente a la luz de Cristo y, simultáneamente, se sintió movida por el Espíritu no sólo para anunciar el mismo evangelio predicado por Cristo, sino para encontrar nuevos espacios y nuevos destinatarios de la evangelización. En este proceso de apertura misionera, el Espíritu guió a la comunidad a través de personas y acontecimientos que hicieron posible la universalidad cristiana. Esas personas leyeron los acontecimientos confrontándolos con Jesucristo y llegaron a la conclusión de que éste, por medio del Espíritu, guiaba su avance hacia territorios desconocidos. Expresado de otra forma, la comunidad, bajo el impulso del Espíritu, vivió a la par un proceso de lectura de los signos de los tiempos y un proceso de inculturación (cf. 1 Cor 9, 19-22) y, de esta forma, respondió fielmente a la originalidad característica de su ser y de su quehacer misionero.

Desgraciadamente, estas dos líneas convergentes de comprensión del impulso espiritual han hallado cobijo, por separado, en la pneumatología de occidente y de oriente. Mientras el mundo latino, marcado por San Agustín, ha concebido al Espíritu como el lazo del amor eterno entre el Padre y el Hijo y, consecuentemente, ha considerado que la obra del Espíritu es la unidad, la paz y la comunión, la teología oriental ha visualizado al Espíritu, sobre todo, como el don de Dios por el que sale de sí mismo con una sorprendente libertad vivificadora. Desde este punto de vista, en Oriente, el Espíritu es el que suscita la novedad, el que abre los caminos del futuro. Es la libertad en el amor. En consonancia con esto, Occidente dice en el credo que el Espíritu procede del Padre y del Hijo. Oriente, por su parte, señala que procede del Padre por el Hijo (1). Comunión y novedad. Dos caras y dos obras del mismo Espíritu no siempre suficientemente acompasadas.

Abramos una nueva vertiente en la reflexión. Estamos evocando el significado del Espíritu en la vida cristiano-eclesial de los orígenes del cristianismo. Lo hemos hecho dando por supuestas muchas cosas sobre las que, no cabe duda, debiéramos volver para elaborar una reflexión cabal. Así, por ejemplo, hemos de preguntarnos qué es lo que se entiende por espiritualidad. La respuesta, necesariamente, ha de ser escueta. Entendemos por espiritualidad la obra “real, consciente y reflejamente asumida del Espíritu, del Espíritu de Cristo en la vida real de las personas, de las comunidades y de las instituciones cristianas” (2). ¿De qué obra del Espíritu hablamos? Hablamos de la obra salvífica del Dios Trinitario que se desvela en el proyecto del reino encarnado por Jesucristo. Dicho de otra manera, la obra del Espíritu, la gran obra del Espíritu, es la de la encarnación. Por tanto, la espiritualidad cristiana es inconfundiblemente crística y cristiforme y tiene en el camino humano del Nazareno su referencia insustituible. El Espíritu, pues, hace posible la con-formación a Cristo de personas y de instituciones. El resultado libremente asumido en este proceso es la espiritualidad. De acuerdo a esto, no hay más que una espiritualidad cristiana, la que haga posible la cristificación. Si se quiere, esa única espiritualidad es la de la encarnación y, en virtud de ello, la del seguimiento de Cristo. Si hablamos de distintas espiritualidades siempre será a partir de la que es referencial y sustantiva, y para destacar un aspecto organizador concreto de la misma, que siempre será adjetivo.

La configuración de las personas y de la misma comunidad eclesial con Cristo, que la espiritualidad cristiana logra, acerca nuestro discurso a las conclusiones que obteníamos antes, cuando destacamos las dos obras del Espíritu en la vida cristiana de los orígenes. Ello nos permite volver sobre nuestras palabras y completar este primer apartado.

El impulso espiritual que se percibe en la génesis de la primera Iglesia, la comunión y la misión, está también en la base de la espiritualidad cristiana. La razón es evidente: el protagonismo del Espíritu. Por un lado, la comunión que produce el Espíritu, y que caracteriza a la comunidad, se llama, desde los tiempos de Pablo, cuerpo (eclesial) de Cristo (cf. Rom 12, 5 y 1 Cor 12, 12-30). La Iglesia es el cuerpo de Cristo. Su identidad es la de su Señor. A su vez, cada miembro en la Iglesia, por el bautismo, también es Cristo. Por otro lado, la misión que ha de realizar la Iglesia es la transmisión, por medio de la palabra y del testimonio, del reino de Dios, que es Cristo. Es decir la misión de la Iglesia es colaborar con el Espíritu en la cristificación de todos y de todo. Ésa es su tarea. Lo que la Iglesia es (aunque se trata de una identidad sacramental, claro está, cf. LG 1) es lo que hace. Ser y hacer coinciden en esta dinámica espiritual. Espiritualidad y misión son inseparables desde la cuna del cristianismo.


(1) Sobre este particular se puede leer, por la sencillez y la claridad de la exposición, lo que dice B.FORTE, En memoria del Salvador, Salamanca, 1997, pp.173ss.

(2) I.ELLACURÍA, “Espiritualidad”, en Conceptos Fundamentales de Pastoral, 1984, pp.303-304.