Gracias a la Federación, al Noviciado Federal y a diversos encuentros, las monjas, nos conocemos desde hace varios años.
Ahora atravesamos un periodo especialmente doloroso. Faltan nuevas vocaciones. Las hermanas envejecemos… y hemos de practicar la “acogida” entre monasterios, con hermanas que nos necesitan. Algunos comunidades practican esta ayuda de modo tan generoso que anima a pensar que, entre las monjas, existen valores y vida abundante.
Estos hechos valientes, hermosos, pueden prepararnos para llevar a cabo, otra acogida a los de fuera, que no entraba en nuestros cálculos, al sabernos “solo” contemplativas.
¿Qué quiere el Señor de nosotras llegadas, sin querer, a esta situación actual?
Desde mi incompleto punto de vista creo que las monjas somos muy buena gente; muy centradas en la oración coral y personal.
En mis contactos con otras comunidades, que han sido muy pocos, siempre he visto a las monjas muy buenas, serviciales, buenísimas…; si acaso, por mi modo de ver, un poco inmovilizadas en lo que llaman “lo nuestro”. La sociedad, la cultura, van a dos mil por hora, y nosotras, seguras en nuestra “mejor parte”, hacemos… lo que podemos.
Tendremos que morirnos ¿lo haremos como el grano de trigo para que nazca una vida contemplativa que entiendan y quieran seguir nuestros contemporáneos?¿Qué tendría que morir en nosotras, y en qué tendría que ser resucitada la vida contemplativa?
Los hechos que vivimos pueden hacernos reflexionar… hemos recibido mucho amor en nuestra vida, creo que tenemos responsabilidades personales con el Señor de los talentos. Si es que hemos de morir como un “grano”, también hemos de procurar no enterrar con nosotras el “germen de la vida”, lo que brota cuando lo superfluo del grano muere.
Cada una, con la situación y las posibilidades en las que vive su comunidad, vamos ensayando soluciones.
Hay muchos modos de “predicar” y muchos modos de amar y acoger sin que se dañe nuestro encargo principal: La contemplación, la interioridad… y por encima de todo, “la incorporación a nuestra vida diaria del mensaje de Jesús, tal como está descrito en el evangelio”; cosa que tendrá que resplandecer fuerte y humildemente en nuestras casas.
“Maestro, ¿cual es el mandamiento principal de la ley?
Jesús le dijo: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu mente, con todo tu ser. Pero hay otro semejante al primero: amarás a tu prójimo como a ti mismo. De esto pende toda la Ley y los Profetas.”
(¿Y los fundadores, y las tradiciones, y las costumbres…?)
¿Qué diríamos de un hermano dominico que, porque “lo suyo” es predicar, pensase que la oración y la alabanza no era lo suyo?
Las monjas que nos acogieron hace cincuenta años con los noviciados a rebosar no parecían mejores ni peores que nosotras, sólo que nuestra vida de entonces era emergente. El Señor, ahora, en esta seria situación ¿querrá decirnos algo nuevo?
