Temas de estudio y reflexión

 

 

 

 

La Europa de hoy: Preguntas y desafíos a nuestra predicación

3.- La dignidad humana

En el corazón del derecho contemporáneo en Europa se encuentra un principio: la afirmación de la persona humana y su dignidad.

La dignidad humana  fundamento del derecho europeo

La Carta de los derechos fundamentales y el proyecto de Constitución son los primeros textos, en el ámbito de los tratados europeos, que desarrollan explícitamente una perspectiva de valores, perspectiva solamente esbozada por el Tratado de la Unión europea en 1992.

Es verdad que la Constitución no ha sido ratificada, pero ha sido oficialmente aceptada por la unanimidad de los jefes de Estado y de gobierno. No tiene valor jurídico, pero es de todos modos documento oficial de la Unión. Veamos tres citas importantes a este respecto:

En primer lugar, las primeras líneas del preámbulo de este Tratado constitucional:

INSPIRÁNDOSE en la herencia cultural, religiosa y humanista de Europa, a partir de la cual se han desarrollado los valores universales de los derechos inviolables e inalienables de la persona humana, la democracia, la igualdad, la libertad y el Estado de Derecho,

CONVENCIDOS de que Europa, ahora reunida tras dolorosas experiencias, se propone avanzar por la senda de la civilización, el progreso y la prosperidad por el bien de todos sus habitantes, sin olvidar a los más débiles y desfavorecidos; de que quiere seguir siendo un continente abierto a la cultura, al saber y al progreso social; de que desea ahondar en el carácter democrático y transparente de su vida pública y obrar en pro de la paz, la justicia y la solidaridad en el mundo.

También el artículo 2 de la Constitución está explícitamente consagrado a los valores de la Unión:

La Unión se fundamenta en los valores de respeto de la dignidad humana, libertad, democracia, igualdad, Estado de Derecho y respeto de los derechos humanos, incluidos los derechos de las personas pertenecientes a minorías. Estos valores son comunes a los Estados miembros en una sociedad caracterizada por el pluralismo, la no discriminación, la tolerancia, la justicia, la solidaridad y la igualdad entre mujeres y hombres.

En fin, es necesario citar el preámbulo de la Carta de los derechos humanos fundamentales de la Unión, que constituye la segunda parte de la Constitución:

Los pueblos de Europa, al crear entre sí una unión cada vez más estrecha, han decidido compartir un porvenir pacífico basado en valores comunes. Consciente de su patrimonio espiritual y moral, la Unión está fundada sobre los valores indivisibles y universales de la dignidad humana, la libertad, la igualdad y la solidaridad, y se basa en los principios de la democracia y el Estado de Derecho. Al instituir la ciudadanía de la Unión y crear un espacio de libertad, seguridad y justicia, sitúa a la persona en el centro de su actuación.

Algunas consideraciones sobre estos textos. Se produjeron duras controversias sobre la formulación de los dos preámbulos: si era necesario o no hacer referencia a Dios, si se debería señalar o no las raíces cristianas de la civilización europea. El texto silencia esas referencias. Pero afirma con claridad valores  que nosotros como creyentes no podemos menos que aceptar. Además, la formulación de esos valores evidencia sus raíces cristianas: existe una explícita referencia a la persona, se insiste sobre la dignidad humana, se emplea esta expresión típica, “los más frágiles e indefensos”.

Se ha declarado, por tanto, que la persona humana y su dignidad están en el fundamento del derecho y en el corazón de la actividad de la Unión europea. Hay que reconocer la gran distancia que existe entre esa declaración de principios y las prácticas políticas, económicas y legislativas. Esta distancia entre las declaraciones que suscriben los Estados y la realidad de su práctica, por desgracia está presente en todo de un modo más o menos importante y flagrante.

La afirmación de la dignidad de la persona es un principio que transciende al derecho y que debe ser su referencia última. Es un problema que no haya una definición de la persona humana, ni se precise que implica su dignidad. Es esencialmente negativo el modo como la dignidad humana es considerada en el derecho: el derecho hace referencia a ella a causa de los atentados que sufre para condenarlos; ahora bien al reducir su presencia a esas condenas determina de alguna manera la dignidad. Además lo hace de manera evolutiva porque evoluciona la percepción de esos atentados. En realidad el derecho es evolutivo, aun cuando permanezcan los mismos términos en que se expresa: la igualdad no tiene el mismo sentido en 2006 que en 1789.

Cuestiones más importantes sobre el sentido de la existencia humana

Todo proyecto de sociedad ofrece dimensiones éticas importantes. Nuestras sociedades europeas se han convertido en plurales, y lo serán cada vez más. Tenemos ante nosotros el desafío de construir conjuntamente una sociedad animada por valores humanos, aun cuando nosotros somos diferentes. Son los valores declarados en los textos. Es necesario, sin embargo, definir su contenido concreto, y traducirlos a un texto legislativo que asegure su práctica.

Ahora bien, nos hemos de confrontar a una serie de problemas que han tomado una dimensión totalmente nueva, o que ellos mismos son nuevos por efecto de la globalización o del desarrollo de las ciencias y de sus aplicaciones técnicas. El poder que hemos adquirido por esto último pone en juego el porvenir de las sociedades, el sentido de las relaciones interpersonales, la identidad y la integridad del cuerpo humano, etc.

Un conjunto de problemas alcanzan el hecho del sentido mismo de la humanidad y de la vida en común en el mundo:

  1. El trabajo y el paro, la pobreza, nos llevan a los países pobres: proclamamos la solidaridad como un valor, pero ¿qué es la solidaridad? ¿En qué pobres hemos de hacer valer sus derechos ante los ricos? ¿En qué se fundamenta esa solidaridad? ¿Qué nos exige y hasta qué punto nos compromete, no sólo personalmente, sino también colectiva y políticamente?
  2. Las biotecnologías: frente a las nuevas posibilidades de las ciencias de la vida y de la biomedicina, ¿qué es la dignidad humana? ¿Qué prácticas promueve? ¿Hasta dónde aceptar las manipulaciones genéticas? ¿En nombre de qué se establecen los límites que no se pueden rebasar?
  3. Los debates actuales en torno al cuerpo y a las relaciones afectivas, a la homosexualidad, el matrimonio y la familia llevan a preguntarnos ¿Cuál es  la expresión de la dignidad humana? ¿Dónde puede existir discriminación? ¿Qué es lo que puede favorecer el bien de la sociedad?
  4. El medio ambiente: ¿En nombre de quién o qué las nuevas generaciones de hombres y mujeres, que aún no existen, tienen derechos sobre los vivos de hoy? ¿Cuál es el equilibrio entre el derecho al medio ambiente y el derecho al desarrollo? ¿La Naturaleza tiene algún título por el que sea sujeto de derechos?
  5. La demografía: las tasas de natalidad en Europa están a la baja, a veces hasta no poder alcanzar la reproducción generacional, ¿qué sociedad preparamos para mañana? ¿En nombre de qué puede haber responsabilidades políticas en orden al futuro de la sociedad en algo aparentemente tan privado?
  6. Nuestras sociedades cada vez son más plurales cultural  y religiosamente, la diversidad es una verdadera riqueza; pero no podemos ni vivir ni aceptar todas las diferencias, ¿cómo determinar las opciones fundamentales comunes que se imponen a todos?

 

Ya que nuestra sociedad es plural porque en ella no existe una actitud común respecto al sentido de la existencia, a la significación e implicaciones de la dignidad humana, es indispensable el diálogo y el debate sobre ello entre las diversas tradiciones. Ni la economía ni el mercado ni las ciencias pueden dar una respuesta válida a esas cuestiones. Las formaciones políticas tradicionales tampoco tienen la respuesta.

Los cambios más profundos del derecho en nuestras sociedades son sin duda los que se refieren a las personas y a las familias, de acuerdo con la extensión cada vez mayor que adquieren  los derechos y las libertades individuales: por ejemplo, lo que se refiere a la concepción, al aborto, a la eutanasia, a la homosexualidad, a la relación hombre-mujer, etc. De hecho la evolución del derecho conlleva una nueva antropología dominante, que se ve como expresión de una cultura común, pero a la vez resulta de un compromiso entre concepciones bastante divergentes. Antropología que sitúa en el centro al individuo. Surge así una relación dialéctica entre derecho y cultura.

La dignidad humana: desafío a nuestra predicación

Como creyentes nos sentimos a veces desestabilizados por este estado de cosas, y en ciertos casos legítimamente inquietos.

Ciertos sectores de las Iglesias denuncian con no poca virulencia lo que consideran un relativismo inaceptable, una perversión de valores morales fundamentales, efecto de una ética liberal e individualista. En el congreso organizado por los obispos europeos en Roma con motivo del cincuenta aniversario del tratado de Roma, el papa Benedicto XVI recibió en audiencia a los participantes. Acusó duramente a Europa de apostasía de sus valores. Yo pienso que las cosas son más complejas y tienen más matices. Tendemos con demasiada facilidad a creer que los que piensan de modo diferente al nuestro son más o menos perversos o carecen de referencias morales. Estoy convencido de que necesitamos en nuestra sociedad escucharnos más los unos a los otros, esforzarnos en comprendernos. Y quizás también aceptar que existen legítimas concepciones diferentes de la dignidad humana.

No todo es aceptable.  Pero ¿dónde situar los límites no sólo personalmente o según la compartida práctica de la Iglesia, sino también en la sociedad civil? Pregunta muy difícil de responder hoy por hoy.

Como religiosos estamos llamados, en la Iglesia, a ser testigos de nuestras convicciones, pero sin crispaciones, en espíritu de diálogo y apertura hacia el otro. Hemos de evitar determinar nuestras opciones políticas a partir de una única dimensión. Las cuestiones llamadas éticas  (aborto...etc) son importantes; las que se refieren a los derechos de los pobres y a la justicia social son también importantes y éticas. Como religiosos y ciudadanos hemos de comprometernos en instar a la sociedad europea a que defina una política que valorice  y proteja la dignidad humana en todos sus aspectos y que sea aceptada y reconocida por todos. Esta política ha de tener en cuenta la familia, la vida en su comienzo y en su fin, lo que concierne a la pobreza, la protección social o las posturas racistas o xenófobas. Una tal política ha de ser resultado de un compromiso si tenemos en cuenta la actual división de opiniones y convicciones. Hemos de contribuir a que estos compromisos sean los más próximos a nuestras convicciones evangélicas, conscientes de que no todos viven de acuerdo con ellas.