Temas de estudio y reflexión

 

 

 

 

La Europa de hoy: Preguntas y desafíos a nuestra predicación

2.- La solidaridad

La institución europea, por razones de método, se constituyó sobre la economía, ésta se convirtió en el eje del proyecto: La Comunidad europea del carbón y el acero (CECA) se convirtió en la Comunidad económica europea (CEE) por el Tratado de Roma de 1957, con el objetivo de crear un mercado único y posteriormente una moneda única. Esta Comunidad económica europea se convirtió luego en Comunidad europea, y finalmente en Unión europea, pero no puede esconder sus orígenes y su lógica propiamente económica... Unión económica creciente, por cierto, fundada en la cooperación de los Estados. De hecho, sin embargo, la historia de esta institución europea está marcada por una tensión permanente entre cooperación, solidaridad y egoísmo nacional.

La Unión europea declara que ha de seguir una política de cohesión europea, social y territorial, tratando de reducir las diferencias de desarrollo que existen entre países y regiones, con los medios disponibles para luchar contra la pobreza. Pero los tratados europeos, incluyendo el proyecto de tratado constitucional que no modifica ese estado de cosas, están marcados por una fundamental asimetría entre lo económico y lo social. En el dominio de la economía, o sea en el del mercado y la competencia, la Unión tiene poder normativo: promulga leyes que se imponen tanto a los Estados como a las empresas, y tiene poder de sanción en la Corte de Justicia de Luxemburgo. La decisión de este orden normativo del derecho está sometida a una mayoría cualificada: uno o varios Estados no pueden bloquear una decisión común. Lo social y lo fiscal –que condiciona mucho lo social-, exigen unanimidad, de modo que si no existe una acuerdo unánime entre los Estados, ninguna regla normativa puede ser impuesta. El resto depende  de la cooperación y coordinación voluntaria. Es decir: lo social está en una situación de fragilidad estructural en comparación con lo económico. Y actualmente los Estados utilizan entre ellos la competencia en el terreno de la fiscalidad y de la normatividad social, siendo los trabajadores y los más débiles quienes pagan el precio.

El desafío de la ampliación de la Unión europea

Los fondos europeos han permitido a un país como Irlanda alcanzar, e incluso sobrepasar, el nivel europeo en lo que se refiere al Producto nacional bruto (PNB) por habitante. Han permitido a Portugal y a ciertas regiones de España e Italia conocer un considerable desarrollo. Han apoyado la reconversión económica e industrial de otras regiones.

La integración de nuevos países amplía fuertemente la separación entre los Estados miembros. La mayoría de estos países son claramente más pobres que los Quince. De hecho la Unión europea ha dejado de ser un club de países ricos. La solidaridad ha de entrar en juego, de modo que, orientando adecuadamente los fondos estructurales, la hagan real. Esto exigirá un esfuerzo mayor que el realizado en anteriores ampliaciones, porque la separación es mayor y es más numerosa la población concernida. En efecto, el paso de la economía comunista planificada a la economía de mercado, capitalista, se ha realizado de una manera brutal y salvaje. Se ha hundido la industria pesada, que ha quedado obsoleta. La pequeña agricultura familiar, que estaba muy extendida, no puede hacer frente a la competencia  de la agro-industria. El subempleo camuflado que asegura un minimum vital se ha convertido en paro no cubierto por seguro alguno. La educación, la salud, la vivienda más o menos gratuita, son ahora de pago. Han crecido fuertemente las desigualdades, la pobreza ha adquirido una amplitud desconocida en la época comunista. Todo esto explica el surgimiento de movimientos populistas, con frecuencia antieuropeos.

Frente a esta situación urge desarrollar una solidaridad activa, es necesaria la generosidad de los antiguos miembros de la Unión. Solidaridad y generosidad que a medio plazo favorecerá a todos, si esos países conocen un verdadero desarrollo. Nuestros gobiernos no han tomado ninguna iniciativa en el curso de los años de negociación de la adhesión de los doce nuevos estados para prepararnos a aceptar el coste de la solidaridad. En lugar de eso, el presupuesto europeo para el periodo 2007-2013 ha sido recortado en casi un 20% de sus recursos.

Los intereses nacionales a corto plazo impiden un proyecto europeo un poco ambicioso, tanto en la investigación fundamental o en la política industrial, como en el aspecto de la solidaridad y del esfuerzo para conseguir más igualdad entre todos los países y regiones de la Unión, y en el seno de cada país entre sus ciudadanos.

Marginación y exclusión

Los diferentes países miembros de la Unión de los quince conocen todos sistemas más o menos desarrollados de seguridad social. Se habla a menudo de un modelo social europeo, expresión poco precisa, vista la gran diferencia de modelos. Pero en cualquier caso es un modelo de solidaridad. Modelo que el pueblo cree que es necesario defender. Sin embargo el modelo hoy se ha debilitado. Acontece además que, a pesar de sus límites respecto a la libertad y a los derechos humanos, el sistema comunista en la Europa central aseguraba a la mayoría de la población el acceso a la vivienda, a la educación, a la salud, lo que no sucede ahora.

Un valor auténtico del proyecto europeo era una solidaridad interna y entre los países miembros, (aunque la solidaridad siempre ha estado limitada). En la época de los “Treinta gloriosos”, de 1945 a 1975, época en la que el crecimiento era fuerte, la solidaridad era relativamente fácil. En principio su extensión era limitada: se reducía a seis países relativamente próximos unos de otros desde el punto de vista cultural y económico. Como el crecimiento era considerable, era fácil un reparto generoso. Además tenía lugar en un espacio relativamente cerrado, poco sometido a la competencia internacional. Ahora bien, el conjunto de estas condiciones ha cambiado totalmente. El crecimiento no se ve tan fácil,  la competencia externa se ha vuelto muy dura, el paro ha estallado en todos los países. Además, con las sucesivas ampliaciones la coherencia original se ha debilitado.

El mercado, la competencia son reguladores necesarios, pero si no se les enmarca y reequilibra, sólo favorecerán a los más fuertes, contribuirán a la concentración de la riqueza y el poder, excluirán a los más débiles. Dificultarán el acceso a los servicios públicos y su universalidad (correo, transporte, y también educación y salud); no asegurarán la calidad de las infraestructuras comunes (las grandes redes de electricidad, carreteras, ferrocarriles, etc), ni la protección de bienes públicos, como el medio ambiente.

La comunidad se creó sobre la base de un principio de cooperación leal. Las dificultades internas y externas dadas por el nuevo contexto económico tienen como consecuencia que los Estados de la Unión se sitúan de hecho, a menudo, en una dinámica de competencia entre ellos más que de cooperación. Los tratados definían un principio de competencia, no falseada, como regla del mercado: la competencia  entre empresas habría de evitar el monopolio. Actualmente la apertura del mercado pone en competencia todas las empresas más allá de las fronteras nacionales, los mismos Estados se hacen la competencia entre ellos, algo opuesto al espíritu de los tratados. Se desencadena así una lógica negativa, un auténtico círculo vicioso que pagan la solidaridad y, en general, la vertiente social. Son los más débiles quienes pagan el precio más fuerte, y la calidad global de la vida en sociedad sufre. Cada día son más visibles las consecuencias de esta falta de proyecto político común y de cooperación: la exclusión y la marginación de los incapacitados, el empobrecimiento de los trabajadores, la inseguridad permanente para la mayoría de la población, sobre todo de los más jóvenes.

Ningún país aislado puede resistir el movimiento de la globalización liberal, menos aún cuando los países se hacen la competencia entre ellos. Europa representa un poder económico y político suficiente para desarrollar una dinámica de cooperación positiva  en lugar de una ciega competencia. Pero eso supone un proyecto común que no se fije sólo en los dividendos a corto plazo.

Jacques Delors, antiguo presidente de la Comisión europea, solía decir que la Unión se apoya sobre tres pilares fundamentales: “la competencia que estimula, la cooperación que refuerza, la solidaridad que une”. Ese es el difícil equilibrio que se ha de buscar cuando el espíritu del tiempo únicamente entrega su confianza al mercado, a la competencia, es decir, sólo al primer pilar.

Por lo demás, frente a la extensión del paro y las llamadas a la seguridad, los Estados europeos son cada vez más restrictivos y represivos, amurallándose ante la inmigración y el derecho de asilo. El Estado de derecho y los compromisos internacionales que se refieren a los derechos humanos son sistemáticamente abofeteados. Ceuta y Melilla son el símbolo dramático de este cierre y del rechazo del otro.

La solidaridad, desafío a nuestra predicación

Por ser religiosos hemos de hacernos presentes en los lugares donde existen marginaciones y exclusiones diversas, como modo de solidaridad concreta. Son muchos entre nosotros los comprometidos a través de múltiples asociaciones de solidaridad. Pero es necesario recordar a la opinión pública,  empezando por quienes acuden a nuestras iglesias, y también al mundo de la política, que el proyecto europeo es fundamentalmente un proyecto de solidaridad. Si los ciudadanos se sienten legítimamente amenazados por la Europa tal como está, habrá cada vez más rechazo de Europa. Ahora bien, rechazar a Europa y plegarse sobre el perímetro nacional es entregarse sin defensas a lo más agresivo de la globalización.

Siguiendo la línea de la Iglesia latino-americana, la Iglesia ha declarado su opción preferencial por los pobres (Cf. Centesimus annus, 57). Esta opción implica una elección: elección ética  y espiritual que implica que se considere la realidad tal como se ve desde la perspectiva de los pobres, de los más débiles, de los excluidos, planteando y plateándose la pregunta: ¿cuáles son los efectos en los más débiles del sistema económico y político tal como funciona en la realidad, las leyes que lo definen, las medidas administrativas que se aplican? Una elección que implica una mirada a la realidad y una sensibilidad que se deja impactar por el punto de vista que los pobres tienen de la sociedad. Esta opción permite estar atentos y solícitos a la movilización personal y colectiva en favor de los que nos impactan por su situación de sufrimiento.

Preguntarnos por el otro, o sea por aquel con el que no se cuenta en nuestra sociedad, como los excluidos del mercado del trabajo, los emigrantes, los exiliados, las poblaciones pobres de los países del Sur, debe ser el centro de nuestras preocupaciones.

Nuestra predicación, nuestro apostolado ha de preocuparse de sensibilizar  a quienes nos dirigimos sobre esa percepción de las cosas. Lo que significa también que entre nosotros se produzca un intercambio, por una parte, con los religiosos y religiosas comprometidos en el terreno del sufrimiento social, y,  por otra, con aquellos y aquellas que disponen de los instrumentos de análisis que les permiten descodificar y comprender el funcionamiento real de nuestra sociedad europea y mundial.